Como pez en el agua, como pez raro en el escenario

Crónica del show de Peces Raros en C el 7 de octubre de 2022

Hace tres meses Peces Raros llenó Groove. Este año también giraron por buena parte del país sin parar y ahora, de vuelta en la capital, hicieron un C prácticamente lleno. ¿Cómo se explica que un proyecto que no tiene atrás una corpo ni frecuenta las tendencias de YouTube logre todo esto? Para descubrir la respuesta no hay que hacer ningún malabar teórico: Está en el show.

El duo ya lleva ocho años de su álbum debut, “No gracias”, y a esta altura es indisimulable el contraste con su escena en La Plata, dominada por el sonido de El Mató y su sello Laptra. En “Anestesia” (2018) y “Dogma” (2021) definieron del todo sus rasgos de alternative dance: electrónica de canción con estribillos pegadizos, motivos efectivos y el factor bailable intacto. Son hiteros aunque no estén en los charts. Y eso es porque los parlantes objetivo son los de los clubes, y mientras más grandes mejor. Los recitales son su hábitat natural.

Anoche Viktoria Jauregui y Emi Galván fueron entrada y postre respectivamente, mientras que ellos fueron claramente plato principal. Dos horas de show más un doble bis en las que solo dos veces dieron lugar para aplausos antes de amagar a terminar y luego efectivamente terminar. El protagonismo no lo tuvieron las caras de ellos dos, ni sus movimientos, el espectáculo lo dieron las luces y la música. Sí, las luces. Iluminación a tono y al compás que varió colores, velocidades, cantidad, amplitud, dirección y más. Tienen el área trabajada a un nivel altísimo, tope de gama internacional, y combina perfecto con máquinas de humo y, más que nada, su mayor virtud: El repertorio.

Registro audiovisual de la noche en formato reel.

Aún siendo una banda joven la consistencia y extensión de la discografía de Peces Raros les permitió armar una hoja de ruta musical que en la práctica es capaz de hacer que 120 minutos se pasen rápido y hasta dejen al público pidiendo más. El cardumen de, a ojo, 5 mil personas no dejó de bailar y cantar, pero al igual que los protagonistas de la noche, parecían inmunes al cansancio. Más que los highlights reinó una alta meseta de calidad artística y de entretenimiento apto para habitués del circuito de electrónica y también el del rock y el del indie.

Para la prórroga decidieron conscientemente romper toda su construcción atmosférica y estética. Para volver a sus inicios la maquinaria difusa de electrónica se transformó en un ejercicio de rock tradicional donde maltratan la guitarra eléctrica y cantan eufóricos. Las luces se calmaron y el público dejó de bailar para pasar a agitar. Parecía otra banda, pero no. El sueño rockstar sigue en Peces Raros y está en sus manos seguir escalando a la cima.