Daniel Melingo: La música es una sola

Melingo, el artista detrás de ese linyera que tan bien se ve representado en la zapada ‘De Nada Sirve’, lleva décadas acumulando distintivos y aprovechando su capacidad para uniformar y homogeneizar géneros como el rock, el reggae, el twist, el rockabilly, el acid jazz, el trip hop, la milonga, el chamamé, la rebetika, el tango y más

Daniel Melingo es una figura que, como a él le gusta decir, siempre ha ido por la colectora del canon musical, un camino lateral y propio que transita sin llamar toda la atención. Pero a medida que uno va husmeando en cada rincón de su carrera se fascina más y más. Comenzó a sumar kilometraje con un clarinete debajo del brazo y hoy sigue navegando, ya capacitado como cantante, multiinstrumentista, compositor, productor y hasta actor. Acaba de lanzar “Oasis”, su noveno álbum solista, en el que su vagabundo porteño se encuentra así mismo en una tragedia del primer teatro griego. Pero para hablar del linyera y sus travesuras solistas, tenemos que repasar su trayectoria y ver cómo se ha ido definiendo.

En los 80s en Argentina se rompió con el ideal del rock que se venía haciendo. No es como que haya habido una disputa directa entre polos concretos, pero lo seguro es que había una nueva generación que quería cambiar todo. Por un lado el punk de Violadores de la Ley repudiaba la tibieza política del hippismo y su carácter pequeño-burgués; y por el otro aparecía una nueva ola de artistas que no tenían miedo de reírse de sí mismos y, desde esa tranquilidad, reírse de toda la pretenciosidad intelectual de las viejas generaciones. Estos últimos fueron bautizados como “música divertida”, varias bandas que tomaron como inspiración a un estilo tabú para los rockeros veteranos: El pop bailable de los 60s hecho por músicos del Club del Clan, lo que en su momento habían llamado muy despectivamente como “música complaciente”.

Aquellos personajes de raros peinados nuevos y una triple carga de sarcasmo eran descarados, querían pasarla bien, querían drogarse y querían bailar, y la música era vehículo hacia esa libertad.

En ese proceso histórico Daniel participó como sesionista y hasta compositor de importantísimos discos de la new wave del momento, entre ellos obras de Charly García, Los Twist, Los Abuelos de la Nada, Nylon y Fito Páez. A principios de toda esta movida había formado el Rin Club, un proyecto en el que primaba el carácter teatral de la música divertida y que fue la línea de partida de muchísimas bandas que marcarían la escena en los años que siguieron, como Los Abuelos de la Nada, Suéter y las Bay Biscuits.

A pesar de que el Rin Club no haya dejado registros concisos fílmicos ni sonoros formales, fue un proyecto que permitió la experimentación plena y que crearía conexiones entre varios de los músicos más importantes de esa generación. De manera orgánica todos mutaron hacia la reaparición de Los Abuelos de la Nada, una de las primeras bandas del rock argentino, con una nueva formación guiada por Miguel Abuelo y conformada por Cachorro López, Andrés Calamaro, Gustavo Bazterrica, Polo Corbella y Daniel Melingo. Una de las bandas más icónicas de la década que parió toneladas de hits que quedarían en el imaginario colectivo local, especialmente con su clásico indiscutible “Vasos y Besos”. No vamos a profundizar más en Los Abuelos porque está en nuestros planes hacer un video exclusivo sobre Miguel, pero cabe resaltar que el protagonista de esta ocasión compuso para ellos el hit reggae ‘Chalaman’.

 Por otro lado Daniel iba a formar un vínculo muy fructífero con Charly García, que lo tuvo como parte de su banda soporta para tocar en vivo durante años, y produjo el LP debut de Los Abuelos y de su otro proyecto: Los Twist. Una banda cómica muy representativa de la música divertida que Melingo tramó junto a Pipo Cipolatti, un espacio más propio en el que componía una porción importante de la música y podía presentar sus historietas líricas. Eran la agrupación más juguetona del momento y con las personalidades vocales de Pipo y Fabiana Cantilo se convirtieron en referentes del estilo.

Primero editaron “La Dicha en Movimiento” de 1983, una de las muestras más completas de esa ironía gasificada  y ritmos bailables. Un hit atrás del otro encadenados a través de la burla y una musicalización a la medida, ni demasiado boba ni demasiado compleja. Con ese disco se consagraron dentro de la movida, llevando más lejos que nadie las ideas colectivas. Como tantas otras bandas amigas, su popularidad fue decayendo después de cierto tiempo, sacando más LPs que no alcanzaron el éxito del debut.

Siento que acá hay que rescatar «La Máquina del Tiempo«, su disco más border y conceptual. Con Hilda Lizarazu haciendo dúo de voces junto a un Pipo en la cúspide de su frescura y a los dos líderes en un brainstorming sin correa. La estética era más ochentosa con unas baterías embaladas en efectos y un chorro de psicodelia para revolver los pasos de baile. El imaginario irónico semi-kitsch seguía ahí, pero con la suma de una narrativa de guerra fría, con una provocación a los temerosos del fantasma comunista, y el aprovechamiento del sinfín de posibilidades que da una máquina del tiempo. Además, en el disco se incluyen dos tracks claves para el futuro de Melingo: ‘La Cueva de Alí‘ basado en una melodía modal, conocida normalmente como árabe, con la que Daniel soñó y ‘Esta es mi Presentación‘, el primer tango que compuso. 

En 1986, por un lado Melingo extendió sus horizontes como productor más allá de los proyectos propios, cumpliendo ese rol en “Bares y Fondas”, debut de Los Fabulosos Cadillacs; y además se mudó a España aprovechando una gira que hicieron en la península con la banda de Charly García.

 Asentado en Madrid Daniel iba a tener cierta estabilidad económica gracias a participar como sesionista o productor en proyectos exitosos como Los Toreros Muertos y Los Rodriguez. Esa seguridad, además de las influencias de nuevos movimientos europeos, lo motivaron a meterse con propuestas mucho más frescas y arriesgadas comercialmente hablando.

El acid jazz y el trip hop fueron rebotes de la cultura afroamericana reinventados que hubo en Inglaterra, así como el UK Hip Hop, el rock y otros tantos movimientos locales. Una cantidad enorme de movimiento en fiestas, generando un circuito y una cantera de djs y una pasión por el crate diggin’. 

Para 1990 Melingo estaba craneando el debut de su nueva banda: Lions In Love. Un proyecto junto a Pablo Guadalupe y Stefanie Ringes que se completaba con Guillermo Piccolini y Willy Crook. Excepto Stefanie, cantante holandesa que vivió varios años en Buenos Aires, eran todos argentinos que estaban al tanto de estos nuevos sonidos europeos y tenían la capacidad y las ganas para, no solo interpretarlos con una calidad a la altura de los capos británicos, también para innovar sobre esas mismas bases en los momentos en los que se estaban cimentando. No estaban llegando unos años tarde a las nuevas corrientes como nos ha pasado históricamente, eran contemporáneos e incluso lanzando su primer LP en 1990, siendo este parte de la primera camada de discos en los que se colaba el trip-hop.

Los dos discos que editaron son alucinantes, un cóctel psicodélico jugando con el equilibrio entre instrumentos y hardwares, con onzas de acid jazz y trip hop más unas gotas de flamenco, rock, rap, música jamaiquina, funk y house. Discos pensados para una determinada forma de fiestas cada vez más inusual, con una cantidad de droga en el cuerpo que no se suele recomendar. Con estas propiedades se ganaron un espacio muy apreciado en la noche madrileña y un lugar privilegiado en la memoria de quienes conocemos su legado.

Además del doblete de Lions In Love, Melingo y Pablo Guadalupe participaron en otros proyectos híbridos de electrónica. Ambos fueron sesionistas y Daniel produjo una porción de “Salto Mortal”, un disco de acid house con retoques pop del dúo Fangoria, un derivado del grupo de new wave español Alaska y Dinarama. El mismo papel, pero con incluso más participación, tuvieron los primeros tres discos solistas de Willy Crook, especialmente en su debut: “Big Bombo Mamma”, un disco que se cocinó al mismo tiempo que “Psicofonías” y mostraba la cara más jazz-funk de este pseudo-colectivo guiado únicamente por los grooves y la psicodelia.

Poco antes de cumplir diez años viviendo en la península ibérica Daniel volvió a Buenos Aires y le llegó la propuesta de ser lanzado como cantante y solista con un primer disco producido por Cachorro López y grabado en Estados Unidos. Todavía estaba fresco el boom del reggae nacional y Melingo, que siempre se había mostrado cómodo en expresiones musicales jamaiquinas, era visto por Polydor como una posible nueva estrella del género. Fue un álbum en el que se invirtió un fangote de guita que no redituó en ventas, algo que se ve de lejos siendo que no está reeditado y ni siquiera lo encontrás en plataformas digitales. Ha contado varias veces Melingo que se sintió forzado a la hora de hacerlo, había mucha presión comercial y no pudo sentir esa libertad para experimentar que tantos frutos ha dado en su carrera. 

En “H2O” encontramos varios sesionistas de lujo como Pomo Lorenzo, Pedro Aznar y Stan Getz, entre otros, pero a mis oídos falta una banda afianzada que acompañe al cantante, o sea, había un esquema con el Cachorro, Ira Seagal, Sandra Baylac, Pablo Guadalupe  y Martín Aloé, pero siento que no había una conexión orgánica y plena. Sin embargo creo que se mantiene como una sortija oculta del reggae local, con una calidad base con picos como el cover spinettiano de ‘Fermín’, y ventanas de imaginación como ‘Maldito Policía’ y ‘Dub 78’.

Después de la experiencia poco plácida de “H2O” nuestro homenajeado compuso una serie de canciones de aires bonaerenses que el bandoneón de Fernando Samalea transformó en tangos y milongas. “Tangos Bajos” comenzaba el recorrido de Melingo por la historia de la música del Río de La Plata, vinculandose a tiempo completo con la tradición tanguera de su familia y su ciudad. Empezó a conducir un programa radial centrado en rockeros interpretando tangos y a forjar un estilo propio en los códigos y los márgenes de la tradición.

Tangos Bajos” y “Ufa”, el disco siguiente, venían con letras de Melingo, colaboradores y algunas reversiones, todas unidas por una narrativa casi de cuentos, retratando hombres y mujeres comunes con historias no contadas comúnmente. El amarrete, el cantor, el asesino, el adicto, la amante, el malevo y hasta un vampiro, son personajes que resultan familiares y tienen historias entrecruzadas en ambientes marginales. Sus canciones huelen a pucho y hacen un uso orgulloso de la herencia lunfarda. Hay nostalgia, hay miseria y también hay una picardía que alegra los renglones.

Hay una cualidad muy particular de estos discos de Melingo muy específica pero que quiero recalcar. El común de los melómanos en la actualidad está guiado por el álbum como formato estándar, por más que el mercado haya diversificado las maneras de vender música, al menos yo creo que al momento de “juzgar un músico” es a través de los álbumes. Por más de que yo defienda esta prioridad entiendo que quedarse ahí limita a la hora de adentrarse en un montón de movimientos, especialmente aquellos ya viejos. Por ejemplo el tango: Al menos yo todavía no encuentro forma de meterme en la época clásica del género. No solo es música distinta de lo que uno está acostumbrado, también hay que poder adaptarse a la calidad de sonido con la que se podía grabar y la manera en la que se concebían los discos. Quizás es algo puramente personal, pero los discos de Daniel me están ayudando a acomodar los oídos para poder disfrutar y comprender al menos parcialmente a los históricos. Lo que me parece un gran mérito y además puede ayudarlos también a ustedes para bucear en la música rioplatense.

Volviendo a la historia del video: A mediados de los 2000 llegó la conquista europea de la mano de Eduardo Makaroff, miembro de Gotan Project y uno de los referentes del tango electrónico, muy popular a principios de siglo. Makaroff lo lanzó al mercado del viejo continente desde su sello Mañana con “Santa Milonga” un larga duración que compila tracks de “Tangos Bajos” y “Ufa!”. Eso fue en 2004 y tres años más tarde le editó un nuevo álbum llamado “Maldito Tango”. 

Este fue un periodo en el cual se involucró en el circuito europeo a tal punto que hoy le da más oportunidades laborales que el argentino. Esto, además de las inquietudes teatrales que siempre tuvo, lo llevó a desarrollar un personaje en vivo que pueda transmitir, a partir de la gestualidad, lo que cuentan sus letras. Inspirado en actores de cine mudo y en sus propios relatos fue esculpiendo un espectáculo desopilante. Así como en su música, en el show se entrelazan su propia identidad, la identidad rioplatense y la identidad tanguera.

Esa personalidad lleva décadas barcando más y más elementos que la hacen única. En “Maldito Tango” y “Corazón y Hueso”, los dos discos que siguieron, Melingo tiñó sus canciones con tonos más oscuros. Su atracción hacia la composición de bandas sonoras se muestra a través de atmósferas espectrales, enfocando arrabales iluminados por la Luna. Así Daniel innova sobre la música regional, siendo esta la mejor manera de demostrar lo viva que está.

En su periplo por Francia, Alemania, Europa Del Este y los Balcanes, Daniel descubrió que descendía de griegos, un dato no gratuito para alguien tan absorbente. Con esto su atracción a la música de Asia Menor y Constantinopla creció, pero curiosamente era algo que ya estaba ahí. Desde ‘La Cueva de Alí’ con Los Twist y hasta con percusiones konnakol, una música tradicional de India, ejecutadas por Alejandro De Raco en ‘Leonel el Feo’ y ‘Narigón’ de su primer álbum tanguero. Pero en esta etapa se transforma en una constante con la inclusión de la rebetika junto a sus instrumentos característicos, bouzoukis y baglamas.

 Además, la rebetika forma parte de los cinco géneros conocidos como músicas de resistencia junto con el tango, el blues, el flamenco y el fado. Son movimientos nacidos de lo marginal y terminaron siendo los estilos más influyentes de sus respectivas regiones. Sus auges fueron coordinados en distintas partes del mundo y de alguna forma era cuestión de tiempo para que alguien ate los cabos y los empiece a fusionar. Daniel investiga buscando comprender las cualidades de cada género y al mismo tiempo elige traspasarlos, unirlos y moldearlos a gusto. La premisa es que la música es una sola.

Otro dato de Melingo es que le gusta trabajar en trilogías, marcando etapas fuertes. La de “Tangos Bajos” y “Ufa!” que incluye al transicional “H2O” y la de “Maldito Tango” y “Corazón y Hueso” con “Santa Milonga” de intermediario. La tercera sería la más conceptual de todas, inaugurada en 2014 por “Linyera” y basada justamente en el personaje definitivo de su carrera. Un vagabundo por elección que, a lo Diógenes, tiene el despojo como virtud. Un alter ego ideal para describir el mundo y las historias de la vida en los suburbios.

 En todas las biografías de Daniel se destaca que empezó su carrera en Brasil acompañando a Milton Nascimento en una gira por el país. Si bien fueron unos pocos meses, según yo esto es mucho más que una lindo logro en el currículum. Siempre cuenta que esos días respiró la libertad y conoció una región riquísima culturalmente, haciendo dedo con su clarinete bajo el brazo descubrió la vida que tiene el linyera en nuestra imaginación. Esa vida no es algo que se olvide fácil y junto a este personaje pudo retransitarla, no solo en el trópico, también en Buenos Aires y por todo Europa. Su actitud frente al mundo se la puede conocer, además de con la música, a través de “Su Realidad” una ficción casi documental o un documental casi ficción según quien lo mire, hecho durante una gira por Mariano Galperin.

 En 2014 “Linyera” fue la carta de presentación en la que se conciliaron la picardía de su primera trilogía con el dramatismo de la segunda. Mientras que “Anda”, el disco que lanzó en 2016 es su obra más visual, con muchos segmentos instrumentales casi paisajísticos, en los que se logra que el oyente también se sienta un trotamundos. Es un proyecto en el que se transmite un dato importantísimo de las músicas de resistencia: Son todas de zonas portuarias. Encajan perfectamente con sonidos viajantes y, quién mejor para interpretarlos que alguien que entiende la música como un transporte.

 Finalmente llegamos a “Oasis”, su disco de 2020, en el cual se conjugan directa o indirectamente todos los factores que venimos mencionando hasta ahora en el video. La historia del linyera llega a su final. Melingo un día hace más de treinta años soñó con una melodía modal que se concretó en ‘La Cueva de Alí’ y esta historia empieza igual, pero el linyera no hace una canción, sino que decide emprender un viaje a la tierra original de esa música. Su periplo está plagado de personajes extraordinarios que llevan al vagabundo porteño al ojo de una tormenta digna de un mito griego. El ambiente infusionado en blues, tango y rebetika suena pirata y la participación del dj Oliverio Sofía y el mostro de la batería Rodrigo Gómez, líder de Proyecto Gómez Casa hacen resonar las emociones de la historia con mayor intensidad.

 “Oasis” es la mayor muestra del artista increíblemente abarcativo que es Daniel. No solo por ser un brebaje cultural que desconoce todas las fronteras, también le pertenece una forma atípica de contar una historia con un omniverso de personajes de todas las épocas y regiones. Y no es solo un disco, ya hay una ópera planificada para congregar la música y la historia en todo su esplendor.

 Es algo que duele, pero seamos sinceros, son muy pocos los músicos que llegan a sus sesenta años con tanta curiosidad y un enfoque serio como Melingo. No es que esté vigente, es que está en su mejor momento. En cada proyecto aprende cosas nuevas y sigue acumulando características en una personalidad imposible de imitar.

Para los vagos, una playlist: