Reseñas

Miguel Cantilo y Grupo Sur

Cuando el rock argentino a principios de los 70s había crecido lo suficiente como para que haya corrientes dentro del movimiento, se promovió la idea de una división imaginaria entre “blandos” y “pesados”. Los blandos eran los hippies de un palo más folk y sensible, mientras los pesados eran de una imagen más típicamente rockera hedonista. En la realidad todos convivían en una armonía bastante aceptable, sin los roces con los que la revista Pelo insistía. Todas las fechas compartidas y trabajos colaborativos prueban la homogeneidad de la movida de la música progresiva (como se le denominaba por aquel entonces).

La grandísima influencia que tuvieron bandas como Led Zeppelin y Deep Purple sobre el sector más hippie lo demuestra. De repente los blandos aparecieron envestidos en polenta, por ejemplo Miguel Cantilo, Pajarito Zaguri y Luis Alberto Spinetta. Incluso desde el exilio en Francia, pasó algo similar con Miguel Abuelo Et Nada y ese ígneo disco homónimo. Fue una camada muy específica de bandas y lanzamientos, pero fue altamente fructífera.

Miguel Cantilo fue una figura crucial para el rock argentino desde fines de los 60s hasta principios de los 80s. No se suele rescatar todos sus aportes, a pesar de que haya sido uno de los que mejor representó el hippismo en Argentina con su duo de folk, Pedro y Pablo (junto a Jorge Durietz), y hasta fue pionero del new wave local junto a Punch. Ya con esos dos proyectos debería bastar para que tenga su lugar en el panteón de rockeros de las primeras etapas, las anteriores al fin de la dictadura militar que duró del ’76 al ’83. Sin embargo, incluso hay algo más, un disco poco conocido que podría ser el mejor del hard rock nacional: “Miguel Cantilo y Grupo Sur”.

Cantilo influenciado por Zeppelin, tomó su lado más silvestre (aquellas épicas inspiradas en J.R.R Tolkien), pero desde una perspectiva más realista: Por aquel entonces Miguel estaba viviendo en El Bolsón, el paraíso hippie de la Patagonia. El espíritu del álbum nació de la vida cuasi-salvaje en los bosques sureños de la mano de Miguel y Kubero Díaz (Cofradía de la Flor Solar y La Pesada), quien no grabaría, pero fue co-autor de la mayoría de las piezas. El hecho de que se haya publicado en 1975, dos años luego de ser grabado, probablemente haya ayudado a que pase desapercibido.

El redescubrirlo a día de hoy es una experiencia tremenda. La característica voz de Cantilo es propulsada en falsetes puntiagudos y la banda consigue un sonido potentísimo sin desconectarse de la naturaleza. La guitarra eléctrica corre por Willy Pedamonte (bajista en Piel de Pueblo), mientras que el bajo y la batería los ponen Alejandro Marassi y Diego Villanueva respectivamente, dos tercios de La Banda del Oeste, una banda conocida como el grupo peronista por excelencia de la época, que solo llegó a grabar un simple. De la formación lo más brillante son los invitados, Isa Portugheis de La Pesada en percusión, del mismo colectivo el violinista Jorge Pinchevsky, un instrumento de cuerdas persa llamado kemanchá por el misterioso Harotium y el saxo rabioso de Gastón Cubillas. Además, ocho coristas elevan la música y por sobre todas las cosas refuerzan el sentido de comunidad de la obra, representando un grupo de personas que había encontrado una forma de vida alternativa.