¿Quién puede hacer periodismo sobre Trap? Crítica a “Gritos de Neón” de Kit Mackintosh

Disección de lo bueno, lo malo y lo raro del nuevo libro sobre trap, drill y bashment editado por Caja Negra

La bibliografía sobre el trap y su árbol genalógico es escasa y aun menor en nuestro idioma, por lo que cuando una editorial de confianza como Caja Negra ayuda a cubir la necesidad, es motivo para celebrar. A la vez, el peso que toma “Gritos de Neón” en territorio hispanohablante es riesgoso, porque pasa a ser una fuente principal para lectores interesados, pero no tan sumergidos en este mundo. Kit Mackintosh en este tomo no demuestra ser el escritor más riguroso del planeta, por lo que además de rescatar lo positivo y dialogar con su tesis, toca poner en duda una larga serie de afirmaciones dudosas que lleva inserta la lectura.

Hay dos planteos fuertes en “Voces de Neón”, el más interesante no se lo presenta para discutir y es sobre la relación entre la música y el futuro. Kit entiende que emular el porvenir, preverlo y predecirlo es una necesidad artística y la música es la encargada principal actualmente, más que el cine. Aunque ignore al videojuego, la idea vale la rosca. Cuando el autor busca innovación busca las formas androides, inspiradas por hackers, cyborgs y realidad virtual. La pregunta es si la música realmente hace una imitación del mañana posible o un reflejo de la actualidad. Piazzolla suena a una nueva metrópolis, el synthwave a autopistas y luces artificiales y el bubblegum bass a la hiperconectividad virtual. Dudo que en la década de los 30 Playboi Carti y Charli XCX suenen más actuales que ahora, probablemente se sientan como vívidos registros de esta época, pero me gusta esa tensión.

Charli XCX plasmando un presente pandémico en clave futurista.

El otro planteo, mucho más problemático, tiene que ver con establecer la “psicodelia vocal” como un nuevo paradigma musical que une todos los estilos donde la búsqueda principal es la exploración sonora a través del autotune. Ahí aterrizan el trap y el dancehall de los 10s y el Brooklyn Drill. El argumento para separar estas corrientes de sus paradigmas originales es contundente: Un tema de Future tiene mucho más que ver con uno de Vybz Kartel que con uno de Nas, con el cuál comparte poco y nada. Pero sucede que más allá de esta base la teoría tiene varios problemas.

Primero de categorización: Como “trap” no funciona por la lejanía que presenta entre la generación de Gucci Mane y Waka Flocka Flame con la de Migos y Lil Uzi, Mackintosh sirve dos ideas de géneros. Mumble rap y frag rap. Mumble (murmullo) hace unos años se usaba peyorativamente para catalogar a los raperos con líricas “banales” y hasta absurdas. Quienes promulgaban el término eran un grupúsculo de conservadores con muy poca gracia que se creían salvadores del Hip Hop, Eminem y un séquito al que el núcleo vivo del rap miraba con vergüenza ajena. Hoy día “mumble rap” se ve solo satiricamente en páginas de shitposting. La misma historia ha dejado en offside la bolsa de Kit, donde incluso entran muchos mumble rappers que se divierten sin autotune (oigasé Yung Gravy o hasta Bhavi).
Mientras que el mumble según Kit tiene la búsqueda general del autotune, más atmosférica y visual si se quiere, el frag rap va a lo tactil, la textura fracturada. El concepto, esta vez de autoría propia, viene flojo de papeles. Básicamente refiere a los flows que popularizaron Quavo y Offset, juegos en sttacato y tresillos que en su mayoría inventó Bone Thugs-N-Harmony en los 90s, exceso de ad-libs y call and response, ya muchos practicados por Lil Jon en los 2000s. No llega a género o sub-género por más de que sea un estilo de rapeo muy extendido en la última década.

El segundo problema es de genealogía: En el libro Kit toma el UK Drill, por más de que él mismo da constancia de que no lleva autotune. Pero más raro aun descarta automáticamente el Drill original de Chicago, que sí creaba ambientaciones psicodélicas con un procesado digital de las voces. Ahí surge la limitación autoimpuesta y sinsentido de solo tomar el autotune para este paradigma, cuando hay otros softwares con los que se explora la proyección de la voz. ¿Por qué Kid Cudi y Travis Scott no serían referentes enormes con el eco etéreo de sus gargantas que parece llegar desde Marte? ¿Qué pasa con Lil Peep, Young Lean y la generación de Soundcloud? ¿Y la influencia de Lil Ugly Mane y SpaceGhostPurrp? A su vez hay una ponderación gigante a las innovaciones del rubro de los traperos, que han creado océanos de material genérico, cuando en las familias del hyperpop y el R&B alternativo se lleva a extremos distintos y muchas veces más demenciales a la psicodelia vocal.

El tercer elefante es el futuro del paradigma: El mundo del trap, sobre el que se funda el paradigma, se maneja en años caninos. Desde que salió el libro todo cambió violentamente. “Voces de Neón” apenas cumplió un año este agosto y parece viejísimo mencionando a Snapchat. En el trap se consolidan variantes a una escala inalcanzable. Plugg, Detroit Trap, emo rap, rage, slime, sampledrill y HexD ya son mucho más importante que las tendencias que delinea Kit. El autotune está desangelado.

Ejemplo de una voz procesada a lo maldito en la escena PC Music.

Kit quiere discutir la idea de que no se innova más en la música con una tesis de que la psicodelia vocal es la revolución de esta generación. Lucha con un hombre de paja hecho de críticos de la movida raver británica y foristas, opiniones generalmente invisibles por fuera de UK y me atrevería a decir que no lo suficientemente serias como para tanta saña. Además se equivoca en darles parte de la razón, asentando que la única innovación es de la psicodelia vocal, no hubo novedades en el vaporwave, el hyperpop ni el deconstructed club. Kendrick Lamar, James Blake, Roc Marciano, SOPHIE, Death Grips, BROCKHAMPTON, A.G. Cook, Rosalía; todos repitieron fórmulas por lo que da a entender.

Entre lo más raro están su obsesión con metáforas sexuales no muy a tono y una estructura de libro insólita, donde se alaba al autotune y se menciona a Lil Wayne, Kanye West y T-Pain por primera vez en la página 97. El libro suele ser divertido y cada tanto las exageraciones se dejan pasar, como cuando se le ocurre que “en los tempranos 2010, el rap sonaba como se veía Rick Ross. Calvo, robusto y con barba. Su sola presencia emanaba niveles de testosterona que podrían mover placas tectónicas”. Por más de que esté mal organizada, en su escritura frenética uno se involucra con las historias e imágenes, hasta le cree.

Pero al fin de cada capitulito me cuesta lo poco que toma dimensión de lo que habla. No espero solemnidad sociológica a la hora de acercarse a estas escenas, pero el cinismo consciente de Kit parece ilimitado, como si se tratase de ficción toda la realidad retratada, como si Young Thug y su equipo de YSL no hubiensen sido encarcelados después de que se publicó el libro, como si Rebel Sixx y Pop Smoke, para él los máximos referentes del Trinibad y el Brooklyn Drill, no hubiesen sido asesinados a balazos en sus casas.

Se lee en todo el material faltas de respeto al Hip Hop. Incluso en el prólogo ni más ni menos que Simon Reynolds suelta una barbaridad como que “los breakbeats y los samples no son relevantes en el rap al menos hace veinte años”, veinte años donde omite a J Dilla y Madlib en su prime, ambos haciendo beats con esos mismos cimientos. Veinte años donde omite sonidos actuales, no solo la ortodoxia novedosa del drumless, también el abstract hip hop, en constante mutación y vigencia, y el flamante sampledrill que ya con el título da a entender como desarticula esta tesis. Mackintosh no cree que la psicodelia vocal simplemente se desprenda del Hip Hop, llega a decir que “Es hora de jubilar al rap”. Una provocación que supone que, si su idea paradigma se concretase, tendría una relevancia y producción año a año realmente comparable a la del Hip Hop o como si remotamente fuese incompatible la coexistencia.

Mackintosh tiene 25 años, es el típico crítico que consume y discute vorazmente, pero solo en internet. Especie abundante actualmente. No le interesa entrevistar músicos, lo que deja un gran vacío de distintas técnicas y formas con las que han sido creativos con el autotune grabando (no creo ser el único que quiera data de cómo rompen sus voces), y se toma todo a la ligera. Esto tiene ciertas ventajas de libertad a la hora de opinar, pero le vendría muy bien tocar pasto de vez en cuando.

En una entrevista que cierra el libro se evidencia la soberbia: “Malgasté mi adolescencia escuchando básicamente toda la historia de la música en grabaciones. Si alguien llegó a tirarse un pedo en frente de un micrófono en los últimos cien años, es muy probable que yo lo haya escuchado”. No quiero caer en la fácil, que es asegurar que Kit jamás escuchó chamamé, chicha o rebetika, porque cualquiera que haya escuchado bastantes discos solo puede empezar a dimensionar lo infinito de la música, lo matemáticamente imposible de conocerla toda. No lo corro por joven, yo tengo 23, lo hago porque derrapa. Por ejemplo: Llega a afirmar que los raperos con fuerte influencia de reggae son exclusivos de Inglaterra, como si no hubiese ejemplos por todo el mundo y un género extremadamente dominante que literalmente se llama reggaetón y nace de la mezcla de Hip Hop, ragga y dembow que se hizo en Puerto Rico y Panamá.

Ejemplito de regalo de tintes psicodelia vocal en el reggaetón. 2002.

Toda la crítica no quita que “Neon Screams” sea una buena adición a la biblioteca de cualquier interesado. Ojalá no la única. Cuando Mackintosh trata la música de UK y las antillas es mucho más aportador que cuando habla de USA, algo que lo hace valer la pena porque casi todos en el rubro conocemos más de lo que se hace en Norteamérica. Las recomendaciones son buenas y ciertos caprichos hacen a su pluma. Esperemos que salga una versión extendida donde pueda reformular o involucrar más géneros a su paradigma.