Atalaya del Jazz #2: “Interplay” y el problema de la centralidad

Un quinteto excepcional dentro de su obra basta para alterar todo el sistema: en “Interplay”, Bill Evans deja de ordenar la música desde el piano para empezar a construirla en conjunto.

Atalaya del Jazz nace como un punto de observación privilegiado: una torre desde donde mirar el campo amplio y movedizo de un género que nunca dejó de transformarse. El último sábado de cada mes intentaré no solo abordar y analizar discos, sino y sobre todo pensar cómo suenan hoy la tradición, el cruce de géneros y la búsqueda de nuevas formas de narrar con música.

En esta segunda edición, les traigo “Interplay” (1963) del pianista estadounidense Bill Evans.


Interplay” representa, dentro de la discografía de Bill Evans, un punto de fuga: emerge como un elemento extraño, inusual, excepcional. Es que de los cincuenta y un álbumes que publicó en vida como líder, treinta y uno de ellos son en formato trío, y en los veinte que quedan por fuera predominan las performances individuales, consistentes en un piano solitario. Es por eso que este LP implica desde el vamos algo peculiar: es el único publicado bajo la forma de un quinteto. “Interplay” se ubica por fuera de la lógica que funciona como núcleo de la discografía de Bill Evans. Esto es un punto de partida clave para entender el carácter excepcional de la grabación. Se trata de un caso atípico en el que Evans se encuentra por fuera de su sistema de control habitual en el que todo está comandado por su piano, para poder así darle lugar a algo diferente, a un nuevo lenguaje para él. No se trata simplemente de sumar instrumentos, sino de alterar el modo en que la música se organiza y circula: por momentos, el centro se vuelve difuso, y con él, la autoridad que Evans suele ejercer sobre el conjunto.

Como introducción, se puede afirmar que hablar de Bill Evans implica referirse a una de las figuras que redefinieron el lugar del piano dentro del jazz moderno: su estilo, en el que el instrumento se aborda menos como una simple digitación pianística y más como una voz con sus silencios y sus espacios, se caracteriza por una sensibilidad armónica inédita y una escucha atenta que privilegiaba el diálogo por sobre la exhibición. Esto transformó el formato trío en un espacio de interacción horizontal más que de acompañamiento, aunque siempre esté comandado por su piano. Su manera de construir climas desde la sutileza y de trabajar la armonía, influido por la música clásica, para volverla rica y expansiva, lo posicionaron como una referencia ineludible para generaciones posteriores de pianistas.

Además vale decir que Evans venía realizar su colaboración más famosa, aunque breve: participó de las grabaciones de “Kind of Blue” (1959) de Miles Davis y de las presentaciones en vivo que este lanzamiento implicó, pero no grabó nada más con él. Aunque ya gozaba de cierto reconocimiento, esto terminó de catapultarlo al mainstream del jazz de la época, a la vez que lo consolidó como un artista con gravitación propia, marcando su propia impronta estética en el álbum. Así, este joven Bill llega a 1962 como un músico con mucha trayectoria como sideman o sesionista, pero todavía con un largo camino por recorrer como líder. Hay, en ese punto de su carrera, una tensión latente entre la escucha atenta que exige el trabajo colectivo y la necesidad de construir una voz propia: “Interplay” se inscribe en ese umbral.

En ese sentido, el momento histórico en el que se enmarca el álbum no es menor. Durante la década del 50, el jazz había alcanzado un nivel de consolidación notable: tras el predominio del swing en formato big band, el desarrollo del bebop primero y del cool jazz después había desplazado el eje hacia formaciones más reducidas y una exploración más sofisticada de la armonía y la interacción entre músicos. Para fines de esa década, ese lenguaje parecía haber llegado a un punto de madurez, incluso de cierto equilibrio. Sin embargo, ya entrados los años 60, comenzaron a perfilarse nuevas búsquedas que pusieron en tensión el movimiento, abriendo el juego hacia expresiones más libres e incluso cruces con otros géneros. En este otro umbral también se ubica “Interplay”: un disco que, por un lado, recoge con claridad la impronta estética del jazz de los 50 en su repertorio, en su estilo y en su sonido, pero que al mismo tiempo deja entrever, en la decisión misma de alterar el formato habitual de Evans, una voluntad de desplazamiento, una apertura hacia otras formas posibles de organización musical. 

Para esta ocasión reunió a una banda que nunca antes ni después convocaría: un joven Freddie Hubbard en trompeta, de sonido incisivo y frontal, que apenas comenzaba su camino con los Jazz Mensengers; al consolidadísimo Percy Heath en contrabajo, capaz de ordenar sin imponer, que venía también de tocar con Miles y con el eterno Modern Jazz Quartet; Philly Joe Jones en batería, motor rítmico del LP, acompañante de Davis tiempo antes; y finalmente Jim Hall en guitarra, cuya intervención, más que irrumpir, se filtra con una sutileza casi imperceptible. Más que un conjunto de nombres, lo que se configura es un campo de fuerzas: líneas que avanzan, se repliegan y se tensan sin terminar de resolverse en un único centro. En ese entramado, el piano deja de ser eje absoluto para convertirse en un vector más dentro de una red en constante diálogo.

Con todo, creo ya se aprecia el carácter singular del álbum no solo dentro de la discografía de Bill Evans, sino en la escena jazzera de aquél entonces y, así, en la historia grande del género. Es que estaba destinado a eso tanto por la formación de músicos como por el tracklist que lo constituye: cinco standards y apenas una producción propia de Evans hacen que el disco esté hecho para triunfar, para sonar naturalmente en cualquier parte. Además, desde la portada, ya se postula una premisa que estará siempre presente: el contraste, la ambivalencia, la simetría y la falta de ella, el orden y el caos conviviendo armónicamente, el cambio de perspectiva, la posibilidad de ir en dos direcciones a la vez. Ese principio organiza la escucha a la vez que define la lógica interna del disco: cada decisión parece responder a la necesidad de sostener tensiones sin saturar, para lograr una amena conversación entre las partes. Acaso la idea de incluir standars está vinculada con esto: en efecto, se trata de reinterpretar canciones que fueron tocadas muchas veces, pero abordándolas con la impronta que solo Bill Evans y esta selecta banda podían darle. En ese sentido, el repertorio funciona como un terreno común, un espacio de juego controlado donde ninguno de los músicos parte con ventaja: lejos de ser composiciones que pertenezcan exclusivamente a Evans, se trata de materiales compartidos que habilitan una verdadera puesta en circulación de las individualidades. Lo importante, entonces, no es tanto la creación sino la ejecución.

Abre con ‘You and the night and the music’, guiño al bebop tradicional que automáticamente hace mover los pies al ritmo del compás. La icónica melodía principal sirve de plataforma sobre la cual cada artista tendrá la oportunidad de desplegar su destreza en su respectiva improvisación: solo se abre y se cierra el tema con ella, pero está presente como inspiración en toda la grabación. Así, los solos se van sucediendo uno a uno con la fluidez que caracteriza a los álbumes que marcan una época, siempre acompañados por el walking bass de Heath y el platillo en constante vibración de Jones; con esto, el aura de clásico se concibe desde un primer momento. Sin embargo, incluso en esta aparente linealidad, ya se percibe un leve desplazamiento: en vez de acumularse, el protagonismo circula, como si cada intervención necesitara de la anterior para tomar forma. Esto da comienzo a la dinámica alternada que configura todo el disco: un tema intenso, frenético, movido, seguido de otro más tranquilo, apacible, relajado; así, sucesivamente. Pero esta mecánica interna se encuentra enmarcada desde una sobriedad general, por lo que las partes más “caóticas” jamás llegan a abrumar: sirven más como contraste con aquellos pasajes más distendidos que como una expresión del bop en sí. Más que funcionar como simple variación de climas, esta alternancia se configura como un modo de administrar la tensión que atraviesa todo el disco.

Esta canción funciona como un interesante punto de comparación, dado que ya la había interpretado en formato trío junto con Paul Chambers y Philly Joe Jones en el ’59, aunque las grabaciones recién verían la luz en el ’75. En esta versión, se puede apreciar el predominio absoluto del piano en la dimensión melódica de la canción: el contrabajo y la batería son meros acompañamientos del protagónico Evans, que lidera la performance de principio a fin. Ese año, Evans y Chet Baker llevaron adelante unas legendarias sesiones donde también grabaron el mismo standard. La antítesis es evidente: esta interpretación se configura desde el cool, conformando una versión mucho más tranquila y hasta melancólica que la que oímos en “Interplay”. Más allá de las diferencias de clima, lo que se modifica es la forma misma en la que la música se organiza: donde antes había un centro claro, ahora el protagonismo se distribuye, se comparte, se construye entre todas las partes. El mismo material deja de ser un mero vehículo para la expresión de Evans y pasa a convertirse en un espacio de colaboración, en el que cada intervención redefine momentáneamente el rumbo del conjunto. En ese desplazamiento se vuelve visible el efecto del quinteto: además de ampliar el sonido, logra una transformación de su lógica interna. 

El ineludible punto alto del disco es el tema homónimo, ‘Interplay’. Se acerca como una marea, paulatinamente, en oleadas, primero con la línea de bajo y luego con la melodía introducida por el piano, al que se le suma la trompeta y finalmente la guitarra. No sería osado afirmar que acá se sintetiza un elemento visceral del LP: en conjunto, cada artista aporta su grano de arena para formar una calma armonía signada por la serenidad del cool jazz. En esta fluida conversación polifónica, se distingue la forma en la que Hall dialoga sutilmente con el resto, arrimándose con el perfil bajo que lo caracteriza. Como contraparte, Hubbard se suma frontalmente, agregando cierta tensión con su participación, antagonizando de manera directa con el piano, pero diluyéndose debidamente cuando la canción lo requiere. Así, cada instrumento alcanza virtuosamente su momento sin ansiedad alguna, permitiendo rotar y hacer circular el protagonismo con total solidaridad, sobre todo en lo que respecta a lo esencial de cada canción, su melodía. Esto es lo inusual: ver al mítico pianista en una posición liberada del constante reflector principal, permitiéndose prestarlo para lograr un sonido mucho más coral, grupal, acompañando como nunca antes instrumentos igual de centrales que el piano. Lo que aparece entonces, más que una pérdida del control, es otra forma de ejercerlo: más descentralizada, más compartida, más abierta al desvío.

El ineludible punto alto del disco es el tema homónimo, ‘Interplay’. Se acerca como una marea, paulatinamente, en oleadas, primero con la línea de bajo y luego con la melodía introducida por el piano, al que se le suma la trompeta y finalmente la guitarra. No sería osado afirmar que acá se sintetiza un elemento visceral del LP: en conjunto, cada artista aporta su grano de arena para formar una calma armonía signada por la serenidad del cool jazz. En esta fluida conversación polifónica, se distingue la forma en la que Hall dialoga sutilmente con el resto, arrimándose con el perfil bajo que lo caracteriza. Como contraparte, Hubbard se suma frontalmente, agregando cierta tensión con su participación, antagonizando de manera directa con el piano, pero diluyéndose debidamente cuando la canción lo requiere. Así, cada instrumento alcanza virtuosamente su momento sin ansiedad alguna, permitiendo rotar y hacer circular el protagonismo con total solidaridad, sobre todo en lo que respecta a lo esencial de cada canción, su melodía. Esto es lo inusual: ver al mítico pianista en una posición liberada del constante reflector principal, permitiéndose prestarlo para lograr un sonido mucho más coral, grupal, acompañando como nunca antes instrumentos igual de centrales que el piano. Lo que aparece entonces, más que una pérdida del control, es otra forma de ejercerlo: más descentralizada, más compartida, más abierta al desvío.

Escucha "Interplay" (1963) de Bill Evans en Qobuz, Spotify, Tidal, Apple Music y Bandcamp:

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