Atalaya del Jazz nace como un punto de observación privilegiado: una torre desde donde mirar el campo amplio y movedizo de un género que nunca dejó de transformarse.
El último sábado de cada mes intentaré no solo abordar y analizar discos, sino y sobre todo pensar cómo suenan hoy la tradición, el cruce de géneros y la búsqueda de nuevas formas de narrar con música.
En esta tercera edición, les traigo “Golden Retrieve Her” (2025) de la cantante Adja Fassa.
Cuando el ingenio se encuentra en función de la vanguardia, yendo desde el NeoSoul directo al jazz, reverberando en el rock, siendo a veces explosivo y otras tranquilo, inclusive íntimo, solo queda contemplar lo que años después, quizás, sea visto como una obra maestra. Es que el disco debut “Golden retrieve her” de Adja Fassa, cantante radicada en Bruselas, condensa un mensaje complejo y movilizante, tanto por la alquimia musical que propone como por la dimensión conceptual de la poesía: con sus versos y rimas nos incita a preguntarnos por nuestro lugar en el sistema, por nuestros deseos, por nuestros vínculos más profundos y por cómo nos hace sentir la imposible conciliación entre estos elementos. Sin embargo, no se trata de una crítica abstracta al capitalismo, sino de una exploración de cómo esa lógica invade la vida afectiva, la percepción de uno mismo y hasta la posibilidad de experimentar algo tan simple como la felicidad.
Lo interesante es que esta búsqueda no se organiza desde una homogeneidad sonora, sino exactamente desde su contrario: cada canción parece exigir su propio lenguaje, como si cada conflicto emocional necesitara una forma distinta para poder ser narrado. Más que al capricho o a la exhibición técnica, el eclecticismo del álbum responde a una necesidad expresiva: cuando se habla de ansiedad, la música se repliega; cuando aparece la ironía, el groove se vuelve más filoso; cuando la pregunta es por el amor o el cansancio compartido, la instrumentación se hace más cálida y flotante. La variedad sonora refleja justamente la imposibilidad de encontrar cierta estabilidad dentro del mundo que describe: no hay centro fijo porque tampoco lo hay en la experiencia contemporánea que retrata. Quizás por eso mismo este debut resulta tan potente; Adja parece preferir la exploración antes que la pertenencia, como si todavía estuviera probando todas las formas posibles de decir lo que necesita decir. Tal vez más adelante su obra encuentre un sonido más reconocible y estable, pero en este disco la riqueza está precisamente en esa búsqueda abierta, en esa negativa a asentarse definitivamente en un solo lugar.
"Golden Retrieve Her" se nos presenta claramente dividido en dos partes, separado a la mitad por un interludio, pero esto no significa que cada una no tenga la misma impronta. En ambas, el bajo tiene siempre una nitidez que marca implacablemente el ritmo, pero, claro, solo cuando está, porque los instrumentos como la trompeta y la batería parecen entrar y salir cada vez que quisieran, lo que da la sensación de que tienen cierta vitalidad autónoma en cada canción. En cualquier caso, las primeras tres canciones señalan el camino que seguirá el LP, cada una a su manera, porque los tracks nunca se parecen entre sí: el comienzo introduce en una especie de narración que crea, más que una sola historia, una ambientación en la que se desenvuelve en todo el álbum.
Es en este punto donde aparece una de las grandes virtudes de la voz de Adja: funciona a la vez como centro melódico y como una fuerza que reorganiza todo alrededor suyo. Su registro profundo pero versátil puede sonar íntimo y confesional para, segundos después, volverse irónico, confrontativo o casi teatral. Esa elasticidad hace posible que el disco se desplace entre géneros sin perder identidad: aunque cambien los climas y los arreglos, su voz sostiene una unidad emocional que impide que el álbum se disperse. No es solo una gran cantante; es la intérprete que vuelve coherente una propuesta que, en otras manos, podría desarmarse fácilmente.
Abrir con ‘Happiness and butterflies’ parece una declaración, un manifiesto potente aunque breve: el groove y el flow hablan por sí solos, los instrumentos parecen intermitentes pero en cada melodía viene una ola que refresca la canción renovando su fuerza. El género, en este caso, es inclasificable: atraviesa las barreras con una fluidez sin precedentes. Aunque el soul y el R&B signan una parte importante del tema, los coros y el órgano con reminiscencias gospel y su voz por demás jazzera, poderosa y distinguible de cualquier otra, llevan la composición a un extraño lugar nuevo, imposible de encasillar. Se trata de un magistral manejo de la música y de los silencios, del ambiente que genera y de la letra, que más que una historia narra un dilema, una pregunta casi existencial. La poesía versa sobre el momento en el que perdemos la ingenuidad, en el que dejamos de perseguir mariposas para empezar a perseguir monedas, plata, lo que quiere el sistema y no lo que cada uno desea: “I guess I have forgotten when / Happiness and butterflies / Were the two sides of the same coin”. La felicidad deja de ser una experiencia sensible y pasa a convertirse en una cuestión económica: “Now I just need coins, apparently”. Esto anticipa con elocuencia el tema central del LP, que tiene una fuerte crítica a la vida en sociedad y al capitalismo, pero va más allá: Adja se pregunta por cómo este sistema trastoca nuestra vida afectiva, por cómo este afecta la imagen que tenemos de nosotros mismos y, sobre todo, por cómo podemos recuperar la amabilidad, la ternura o la inocencia dentro de un modelo de producción que obliga a traducir todo en valor de cambio. En el mismo sentido, se habla continuamente de una “rueda” (“Get on the wheel now” repetidas veces) haciendo referencia a esto mismo: puede leerse como la rueda del hámster, el ciclo repetitivo de productividad y supervivencia en el que no hay ascenso espiritual ni realización individual, sino solo una maquinaria donde uno corre sin conseguir avanzar. Así, el tema dialoga con el duelo por una sensibilidad perdida; más que sobre la pobreza material, se extiende sobre la dificultad de sostener la suavidad, el ocio, el amor desinteresado y la inocencia cuando todo parece tener precio. La felicidad ya no se piensa como estado sino como acceso, no como vivencia sino como costo a pagar.
No es casual que el verbo que atraviesa todo la obra sea precisamente retrieve: recuperar. Recuperar la bondad, la salud mental, el tiempo propio, la infancia, la posibilidad de sentir sin traducir inmediatamente esa emoción en utilidad o rendimiento. El juego con “golden retriever” deja de ser entonces una ocurrencia ingeniosa para convertirse en una tesis estética y, por qué no, hasta política: en una sociedad que premia la obediencia y la domesticación, recuperar algo de uno mismo se vuelve un gesto de resistencia.
‘A moment’ aparece como un segundo movimiento dentro de esa misma pregunta que estructura el disco, pero desplazando el foco desde la crítica social hacia el vínculo íntimo. Musicalmente, el tema trabaja desde una base sostenida por una guitarra con un pulso cercano a la bossa nova, cálido y circular, sobre la que se apoyan una trompeta de impronta jazzera y la voz de Adja, que a través del falsete parece conciliar todos los elementos, como si su interpretación intentara mantener un equilibrio siempre en construcción. Hay una suavidad melódica engañosa, porque debajo de esa calma se percibe una tensión constante: la sensación de estar avanzando sin saber muy bien hacia dónde. La letra confirma esa incertidumbre. “We have lost the road, we’ve lost our grip, we’ve lost the way” habla tanto de una relación amorosa como del agotamiento compartido de seguir sosteniendo algo en medio del desgaste y deterioro general. El “ride or die”, lejos de sonar heroico, aparece cansado, casi resignado, como si amar también fuera aprender a atravesar la fatiga del otro. Cuando canta “I don’t wanna be a victim of my self-induced stagnation / You don’t wanna be the outcome of external expectations”, la pregunta cambia: ya no se trata solo de qué hace el sistema con nosotros, sino de qué hacemos nosotros con eso dentro de nuestros vínculos. Se desprende con esto que sobrevivir con otros, en comunidad, también puede ser una forma de resistencia. Por eso la canción, más que proponer una una salida grandilocuente, habla de algo más complejo y más real: aceptar el desvío, llorar si hace falta, y después seguir avanzando. En ese sentido, ‘A moment’ expande el corazón del álbum: no alcanza con recuperar la ternura individualmente, también hay que aprender a sostenerla con otros.
Pero, sabemos, no es posible mantener siempre la intensidad del LP en el mismo nivel, por lo que es necesario fluctuar, subir y bajar la potencia para lograr cierto equilibrio. Es por esto que el interludio traer cierta calma, pero hacia el final ya adelanta con susurros el banger ‘Sucking on my Emphatitties’ que por momentos parece una oda al rock pesado de antaño, pero que se transforma en algo mucho más progresivo. Así, con fuerza, arranca segunda parte, que luego baja la intensidad aterrizando con el tema homónimo y un outro para derivar en ‘Nook’, en el que todos los géneros anteriores convergen con cierto spoken blues especial que se vuelve algo más melódico y meloso. Lo interesante es que ese descenso no se siente como una pérdida de energía, sino como una retirada necesaria hacia adentro. Después de la ironía, del conflicto y de la confrontación, el disco necesita un espacio donde la pregunta principal pueda formularse sin disfraces.
‘Nook’ cumple justamente esa función. Con una impronta de blues marcada, mucho más solemne y triste que el resto del álbum, el tema funciona como un repliegue íntimo donde la producción se vuelve más desnuda y la voz de Adja aparece casi sin protección, sostenida por una instrumentación que parece acompañar más que intervenir. Hay algo confesional en esa atmósfera, como si finalmente ya no quedara espacio para la ironía ni para el juego. La canción se construye desde la ansiedad, el insomnio y la culpa: “Are my thoughts that bad?” se repite como una obsesión, como una pregunta que vuelve en mitad de la noche y no permite descanso. Pero el verso más importante aparece antes: “And retrieve me mental health”. Ahí la obra se revela a sí misma. Otra vez retrieve. Recuperar la salud mental, recuperar el centro, recuperar una forma de habitar el propio cuerpo sin miedo. La búsqueda ya no es social ni romántica, sino radicalmente interior. Cuando finalmente afirma “The body doesn’t lie”, aparece una especie de resolución silenciosa: después de tanta exigencia externa, tanta ansiedad y tanta lógica de rendimiento, el cuerpo aparece como la última verdad posible. ‘Nook’ no ofrece una solución, pero sí un lugar de pausa, una pequeña cueva donde volver a escucharse. Y quizás ahí reside la verdadera salida que propone el disco: no escapar del sistema, sino encontrar todavía un rincón desde donde seguir sintiendo.
En suma, en su álbum debut Adja no propone una escapatoria del sistema, sino una pregunta mucho más difícil: cómo seguir siendo sensible dentro de él. En esta cuestión radica la verdadera originalidad de “Golden retrieve her”. No se limita a denunciar la violencia del presente, sino que se atreve a preguntar qué queda de nosotros después de adaptarnos a ella. Y esto lo hace en más de una dimensión: desde la música y desde la letra en simultáneo, conformando dos caras de una misma moneda; anverso y reverso de su arte. Porque con su voz profunda pero versátil, acompañada armoniosamente con su banda, Adja logra reinsertar a quien la escuche una y otra vez en su música: con su oferta variopinta puede fluctuar la atención, pero lo ocurrente y virtuoso de su creación la recobra constantemente, interpelando esa sensibilidad de la que tanto habla, planteando ineludiblemente la pregunta que la llevó a realizar esta obra. Precisamente, es en esa tensión entre supervivencia y ternura, entre productividad y deseo, entre el cinismo y la posibilidad todavía viva de la amabilidad, donde el disco encuentra su fuerza más singular.
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