Anttonias: una historia y las raíces de su música 

Anttonias se convirtió en una de las bandas más convocantes y polémicas de la nueva camada de rock chileno. A partir de su debut homónimo conversamos con Diego, Oscar y Agustín.

Los hermanos Diego y Pipe organizaron una fiesta cuando comenzaban a salir del  periodo de pandemia. Como casi todo el mundo en esos meses inciertos, tenían la  necesidad urgente de volver a encontrarse, de recuperar esa humanidad y cercanía que había permanecido enclaustrada durante tanto tiempo. Entre los asistentes estaba Antonia, que había llegado por un amigo en común. La conversación entre  los tres fue tomando distintos caminos: hablaron de lo que hacían, de sus orígenes —ambos hijos de profesores— y, por supuesto, de aquello que los movía artísticamente. 

Eso ocurrió en 2021, en la comuna de Padre Hurtado, en Santiago de Chile. Ese  primer contacto, esa conexión espontánea que nació casi sin querer, sigue intacta  hasta hoy. Ya estamos a finales de 2025 y Anttonias responden a la distancia  algunas preguntas sobre sus orígenes. Es domingo por la mañana y a Diego (guitarra), Óscar (guitarra) y Agustín (batería), tres de los cinco miembros de la banda, apenas se les distingue la voz ronca,  producto de un recital que tuvieron el día anterior. 

Anttonias estuvo a punto de nacer como una banda de covers, pero terminó  imponiéndose una idea más seductora: la de escribir sus propias canciones. En 2023 el proyecto pasó a ser oficial y para entonces nacían el conjunto de temas que daría forma a su debut homónimo, publicado este año. 

Meses antes del lanzamiento del disco, canciones como ‘Atado a tu sentimiento y ‘Dulces corazones habían conectado con una buena cantidad de personas a través de YouTube, que pedían constantemente más material. Quizás fue ese mismo interés el que despertó la atención de perfiles anglosajones en Instagram que,  buscando música con estética lo-fi noventera, dedicaron reels a lo que estaba  ocurriendo con la banda. 

Si bien el rock es lo que unifica el sonido de Anttonias, no es lo único que despierta  su interés cuando se trata de escuchar música. Poseen una admiración inclaudicable por figuras como Víctor Jara y un cariño natural por ritmos folclóricos chilenos como la cueca. En ese escenario, tienen claro que lo más autóctono de su país los impulsa a crear, más que a moldear un sonido. Sin embargo, cuando se trata de las letras, esa raíz ha sido una fuente inagotable de imágenes e ideas para enriquecer el trabajo  lírico del grupo.

Ninguno de los cinco integrantes supera los 25 años, pero todos tienen muy claro lo  que buscan en su propuesta. Ven con entusiasmo a figuras contemporáneas como  Rusowsky o Akriila, de corte más urbano y alternativo. Sin embargo, Anttonias tiene parte de su memoria musical depositada en décadas pasadas. “Decidimos  tener este sonido porque son las influencias que nos unen: Oasis o el “Dynamo de  Soda Stereo”, comenta Agustín. Diego refuerza: “Nos dimos cuenta de este revival de bandas como Fontaines D.C. o Wunderhorse, e hicimos una versión chilena de eso”. También proyectos como Men I Trust se suman a ese cúmulo de  influencias. Anttonias es una banda que tiene claro que su melancolía está conectada con los sonidos del pasado, pero también se refresca con propuestas más  contemporáneas. 

En cuanto al sentido de sus letras, destaca ese rostro romántico, sensual y poético  que, al ser interpretado con la voz distintiva de su vocalista, adquiere una melancolía envolvente, de esas que seducen con delicadeza, casi al estilo de Mazzy Star. 

“La idea es que no tengan un solo sentido, que la gente pueda usarlas como quiera. Con ‘Mariposas me pasó algo así: al principio no quería que fuese una canción de  amor. Puede serlo, pero también es, para nosotros, una canción de lucha”, dice Diego sobre la balada del disco. Ubicada a mitad del álbum, la canción ofrece un respiro íntimo, sostenido por una guitarra acústica que proyecta una calidez de reunión alrededor de una fogata. 

El álbum reúne siete canciones —un número ajustado que deja con ganas de, al  menos, unas tres más—, pero cada una está situada con precisión dentro del viaje  que propone. ‘Adicción, coronas y flores abre con una intro guitarrera que remite a  ese grunge que coqueteaba con el pop. La pieza crece con cada estribillo que se  intensifica cuando suenan las palabras: «Sumérgete, Oh, mar Venus. Entre edificios  voy a consumirme». Hacia el final, la rítmica de la canción cambia y abre paso a un  solo de guitarra bien trazado, que envuelve el gran clímax de la canción. 

Un caso similar es el de ‘Cuerpo Eterno’. A diferencia de la anterior, aquí el pulso se vuelve más psicodélico, con guitarras atmosféricas que rozan el shoegaze. Persisten  los cambios de ritmo y las variaciones armónicas, apoyados en un diálogo en el que  se entienden muy bien el bajo y la batería, que parecen estar casados. Al final de la  pieza, la voz vuelve a aparecer. Esta vez invocando un claro homenaje a ‘The Great Gig in the Sky’ de Pink Floyd.

Una semana en Buenos Aires 

“Nos llegó una oferta de Romaphonic para realizar la grabación. Estábamos súper  felices porque nos habían tomado en cuenta. Luego supimos que era algo que hacen con el circuito de bandas emergentes. De hecho, el correo de invitación nos volvió a llegar cuando ya habíamos grabado el disco”, recuerda Óscar entre risas,  evocando la experiencia de haber trabajado en Argentina. 

En siete días grabaron, mezclaron y masterizaron. Aunque la banda ya tenía bastante ensayadas las canciones y sus arreglos, las siete piezas sufrieron un poco en su resultado final, producto del poco tiempo disponible. Esa inconformidad los motivó a rehacer la mezcla con el apoyo de Cristian Mendeville, profesor de Agustín en la Escuela Moderna de Música y Danza. 

Su vínculo con Argentina y su música no es nuevo. Desde siempre han mostrado  interés por lo que ocurre allá. “Soy fanático del rock rolinga: Intoxicados,  Callejeros, Viejas Locas. Es un nicho con una identidad muy reconocible en  cualquier lado. Su actitud es la de rockeros desinteresados, pero latinos”, comenta Diego. 

El mañana de Anttonias 

Anttonias, si bien es una banda que aún da sus primeros pasos, es una de las  revelaciones chilenas de este 2025; no deja indiferente a nadie. Para ellos, este  reconocimiento —que ha llegado un tanto rápido— todavía resulta difícil de asimilar.  Las invitaciones a tocatas no dejan de llegar, su público sigue creciendo y ya están confirmados para el Lollapalooza Chile 2026. “Hace unos meses nadie nos  cachaba, y ahora vamos a algún lado y nos saludan, nos piden fotos… No puedo asimilarlo bien. A veces me cuesta pensar que hay fans del proyecto”. 

Sin embargo, se están preparando para lo que viene. Su equipo crece cada vez más: trabajan junto al sello Lotus Records y colaboran con La Vibes (colectivo artístico), lo que demuestra su intención de profesionalizar aún más el proyecto. 

Aún es temprano para hablar de un segundo disco, pero la idea les entusiasma  enormemente. El valor de la música de Anttonias reside en su búsqueda creativa;  solo quieren seguir la intuición que los guía al crear. Como cualquier proyecto  musical, entienden que apoyarse en sus influencias también les permite encontrar  su propio lenguaje. 

Anttonias, por más que la nostalgia los acompaña, suena a presente, pero también  a una promesa que ya empezó a cumplirse.

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