Es una tarea sumamente soberbia decir algo nuevo de un disco ya analizado hasta el hartazgo. Del que la crítica orgánica a la industria, los yeites irónicos y la agresividad cómica tildaron de incómodo en su época, destinando a Weezer a ser una decepción. Rolling Stone los juzgó como uno de los peores lanzamientos del año 1996. La misma publicación lo reivindicó con una crítica de 5 estrellas en 2004 y como uno de los mejores de la historia según sus oyentes. Ninguno de estos reconocimientos es un mármol ni un canon donde erigirse, porque “Pinkerton” está tan roto como nosotros.
Los puntos de vista y los análisis de este disco, el segundo de Weezer en Geffen, han poblado la crítica musical desde su lanzamiento y develan tanto sus propias condiciones (la de los analistas) como algún punto ciego de quienes se introducen en una obra incómoda, expositiva y abrasiva. A la hora de darle más profundidad es importante considerar algunas cosas:
- Weezer inicia su carrera con un álbum multiplatino, un éxito con hits, composiciones energéticas y muy sólidas, líricas ingeniosas y sinceras, y un carisma simpático y blando. Los nerds contraatacan. Podemos hacer toda otra crítica de “Weezer” (1994), un disco seminal para el rock alternativo de los 90. Pero el carácter final es que Weezer no es una banda “seria”, no tiene las penurias depresivas ni el aplomo emocional de pares como Nirvana, Pearl Jam o Alice In Chains. Son divertidos, poco serios, adorables: goofy. A mi también me molestaría que no me tomen en serio de esa manera después de haber escrito ‘Say It Ain’t So’ o ‘The World Has Turned and Left Me Here’.
- El quid creativo de Weezer, antes, durante y hasta la actualidad órbita alrededor de Rivers Cuomo, un muchacho que se crió en una “secta” hippie en el estado de Nueva York, no conoció a su padre, creció como un inadaptado en la escuela pública, se encantó con Kiss y el glam metal en los 80, se interiorizó en el metal técnico de Ygweeen Malmstean, formó bandas tanto de metal como lo que se conocería a posteriori como “rock alternativo”, se mudó a California, descubrió el indie de Pixies, escuchó a Nirvana por la radio, se armó un proyecto serio y es conocido como el tipo de ‘Buddy Holly’. Es famoso, exitoso y tiene libertad creativa… por hacer ‘Buddy Holly’.
- Cuomo, además de rescatar su sueño, ha estudiado música, composición y producción. Es una persona curiosa e interiorizada en lo que hace que la música “funcione”; esto es algo en lo que incursionará en sus proyectos a futuro, improvisando y planificando manuales y técnicas donde se plasme las maneras de componer “pop” o canciones que tengan ese impacto que todos esperamos cuando revelamos nuestros impulsos.
“Pinkerton” es la introspección en la psiquis de un hombre de casi treinta años, que alcanzó la masividad, que ha desestimado la gira, el éxito y el exceso por estudiar música de manera académica y que se ha aislado de la esfera pública, tanto personal como físicamente, con una operación quirúrgica en una pierna.
¿Que nos puede devolver alguien con todas las características del chivo expiatorio del siglo XXI?
“Pinkerton” no es un manifiesto, es un espejo. Es un portal que ha permitido a muchísima gente ver dentro de sí mismos y no de una manera complaciente, si no encontrándose con aspectos desagradables, poco humanos, insensibles, duros, incomprensibles. “Pinkerton” para mucha gente fue el abismo; el que no responde, el que uno mira tanto tiempo que le devuelve la mirada.
¿Soy yo el que está harto de ponerla y de no tener ningún afecto humano con las personas que deberían representar mi vínculo más íntimo (‘Tired of Sex’)?
¿Soy el culpable de sentir cómo traicionan los valores que armé en mi cabeza, exponiendo lo mínimo indispensable de mí para atraer gente, y que esta misma me devuelva un cuadro vacío (‘Getchoo’)?
¿Soy realmente quien sufre de haber desarrollado el vínculo co-dependiente con mi pareja donde no somos honestos, nos traicionamos y sin embargo nos abrazamos lastimándonos como puercoespines (‘No Other One’)?
¿De verdad prefiero pajearme solo ántes que vincularme con otra persona (‘Why Bother’)?
¿De verdad esa distancia que establecí con el mundo exterior y mi propia alienación me lleva a pensar que mi vínculo más íntimo es por carta con una fan de la que desearía saber cada fibra, con la comodidad de la distancia física (‘Across the sea’)?
No, no es así. Mañana será domingo, me voy a levantar y el espejo me va a devolver un espectro. Alguien sin vida, sin gracia, que se exprimió hasta quedar inutilizado. Que no sale a la calle hace un año o dos, a mover el culo o hacer el amor (‘The Good Life’). No se hace cuanto tiempo estamos fuera de la vida.
Es hora de volver.
Volver implica adaptarse a la vida corriente. A nuestros hábitos y los ajenos, a nuestros gustos, a lo que nos gusta, a qué tan careta es ver a Green Day como para encontrar a Cho-Cho san (‘El Scorcho’). Tenemos mucho más en común con ese mundo exterior al que nos alejamos, pero…
La vida es cruda. No por cruel, sino por inflexible. La gente que encontramos a nuestro alrededor muchas veces no quiere lo mismo que nosotros (‘Pink Triangle’). Otras veces pasamos por alto todos esos miedos, esas dudas internas y esas señales del exterior para contentarnos y pensar que esa misma alegría que nos devuelve nuestras acciones, ese calor y esa reacción es correspondida (‘Falling for you’). ¿Qué es lo que puede salir mal? Aquí hacemos un apartado para hablar acerca de una influencia textual de este disco.
“Madama Butterfly” es una ópera compuesta y estrenada por Giacomo Puccini en 1904, que habla de los devenires de una de las expediciones “americanas” (estadounidenses) a Japón en el siglo XIX. Sin entrar en spoilers, las acciones del capitán Pinkerton llevan a la tragedia por la distancia, el desamor, sus consecuencias y cómo buscamos el perdón (‘Butterfly’). Esa búsqueda de algo imposible es lo que nuestros personajes encuentran eterno.
Lo siento.
Es difícil centrarse en el aspecto musical de un disco tan cargado de contenido emocional en las letras. Más tratarlos como aspectos independientes, cuando están tan interrelacionados. La diferencia con su predecesor es notable cómo una mutación. Las distorsiones y la producción se llenan de ruidos, acoples de guitarra, los golpes de la batería se vuelven mucho más punzantes y de momentos hay cortes entre secciones que asemejan arranques exabruptos de energía contenida. Ninguna de estas cosas es accidental. “Pinkerton”, tanto en el orden de las canciones, el pasaje de un tema al otro, la construcción de secciones y los cambios de atmósfera entra en la desesperación, la seriedad, el alivio momentáneo, el lamento y la conciencia. Todo eso se sulfura en el fuzz, en el ruido ambiente, en los cortes, en cómo los temas crecen, se inflan y explotan o como arrancan directamente. Hasta cuando se vuelve acústico da la sensación correcta de que no hay nada más. El sonido está tan solo en el mundo como su personaje y las consecuencias de sus acciones.
Varios críticos dieron cuenta de este ruido y “desprolijidad” como si se tratara de una mala producción o por falta de capacidad de la banda para hacerlo (el disco no tiene un productor externo, fue la misma banda), sin concebir que, intencional o no, es parte esencial de la obra: la mente se nubla, los racionamientos son fuertes y a veces violentos, y no hay una cuota de silencio disponible hasta que la cabeza se despeja.
Algo que me gustaría dejar en claro es que ninguna de estas cosas es una excusa de comportamiento, una justificación ni, mucho menos, una celebración de esta humanidad rota. Mucha gente, cada vez más y con más espacio, se ha refugiado en estos aspectos para devolver algo malicioso y psicópata, como si haber recibido daño fuese una excusa para dañar. Citando a un fantasma cuyo espectro ronda Twitter como un oráculo:

Si hay un valor en “Pinkerton”, en este análisis, es la posibilidad de no volver a pensar el mundo ajeno como algo que no nos compete. Cerrar esto en la experiencia de un rockstar solitario e incómodo con el mundo es no dimensionar cómo afectamos a los demás y cómo eso nos devuelve a nosotros una visión propia. No podemos vivir utilitariamente solo con nuestra propia felicidad. Y quienes así piensen deberían volver a escuchar el disco. El afecto y amor que damos a los demás tiene que ser el motor para construirnos como personas. Seamos lo que seamos, tenemos que volver a la buena vida.
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