Una breve biografía de la electricidad

¿Sabes lo qué pasa con el ámbar quemado? Luego de un extenso ciclo de composición, el relato íntimo y testimonial de Javiera Electra se presenta como un método de supervivencia en el esperado debut “Helíade”. A días de su primer aniversario, recordamos su presentación en Santiago de Chile.

Cuando en noviembre del 2024 se lanzaba “Espadámbar”, título amalgama de las canciones  ‘Espada‘ y ‘Ámbar‘, como el primer sencillo oficial del disco debut de Javiera Electra, lo entendí como una revelación. Cantautora oriunda de la zona centro de Chile, destacaba ya en 2020 por su voz en el “Ollón de las Putas”, espacio cultural y comunitario autogestionado que tenía como fin el proveer de alimento a corporalidades marginadas en plena pandemia.

Desde ese entonces la artista rancagüina se dedicó a desarrollar su presencia en el territorio y pulir un repertorio que se ha vuelto indispensable en el canon local, sin embargo no sería sino hasta “Reprís” (2023) que se presentaría formalmente mediante un desafío creativo de rápida gestación. Fue tan extenso el alcance que tuvo el monólogo con el que cierra la canción ‘Cuarta Pared‘, que se ha transformado en una suerte de himno para quién conozca a la artista, transformándola en la gestora de una nueva “nueva” canción chilena de matices alternativos o el Art-Folk de Javiera Electra.

Por eso no fue extraño que al abrir, ‘Espada’ lo hiciera con una guitarra arpegiada que modulaba expectativas en la gracia de una anticueca, ya que si bien el instrumento seguía siendo uno de los elementos fundamentales dentro de la canción, es discutible si en el plano sonoro continuaría siendo un protagonista. Rápidamente, la composición revela un acompañamiento rítmico electrónicamente tratado y las distorsiones consolidan un lenguaje particular, pero conocido, sin desconocer que esta tendencia no es ajena en la discografía de Javiera. Colaboraciones como las realizadas con Pastora Bohemia en ‘Corazón Tormenta’, la reinterpretación colaborativa de “Reprís” con “Reprís / E: reimaginado” (2024) y ‘YEWA’, forjado entre Javiera Electra y Tankboy, productor y cómplice en “Helíade”, son algunos de los ejemplos en su repertorio que manifiestan ya desde el 2020 una sensibilidad profundamente inquieta. 

La ternura y el caos terminaban luego por colisionar en un cierre que opera como la introducción de ‘Ámbar‘. Electra la ha definido como canción hermana de ‘Espada’, pero la familiaridad no radica en elementos tangenciales, más bien en el intento de explorarse una vez más desde la intimidad. En un imaginario que comprende naturalezas exaltadas, una habitación y una pregunta, Javiera establece la relación entre el dúo de canciones como un similar designio testimonial al margen de una sensibilidad que arde cada vez con mayor discreción. 

Esta es una de las razones por la cual, a mi juicio, “Espadámbar” caló hondo. No tendría otra forma para explicar por qué, a ya más de un año de haberla escuchado por primera vez, sigo sintiendo que la honestidad de su lirismo y la intensidad magnética de sus arreglos permean con la misma fuerza mis listas de reproducción. Íntima como una herida y filosa como una espada, da como resultado una pieza que presentaba ya en noviembre de 2024 el sello de “Helíade”.

Estas canciones hermanas presentaron un disco que justamente basa su nombre en el mito griego de las helíades, hermanas de Faetón, que en su trágica caída hacia la muerte, lloraron desconsoladas hasta ser convertidas en álamos y sus lágrimas de ámbar adornaron el fondo del lago Erídano. Considerando ambas cosas es que la insinuación de un elemento biográfico se convertiría en un punto de interpretación basal. Con esto en consideración, cuando repentinamente se me extendió la invitación para asistir al pre-lanzamiento del disco, lo tomé como una oportunidad. 

La ciencia ficción según Claudia 

Eran las siete y media y esperábamos fuera del Centro Gabriela Mistral en la capital chilena. Conversábamos con mi compañero sobre la larga lista de personas que se reunía un martes de septiembre por la tarde, sobre lo mucho que quería que ‘Ancla‘ estuviera dentro de la lista de canciones en el álbum y por supuesto, sobre los sencillos lanzados a modo de adelanto. Pasaron meses desde “Espádambar” y no fue sino hasta mediados de junio que ‘El tiempo y la distancia entregan mucho más de lo que yo podría’ aparecería sin advertencia alguna como recomendación. Cuando le compartí emocionado el sencillo al mismo acompañante con el que asistía al evento semanas antes en un bar, me reía de mi incapacidad de poder recordar el título completo, pero aún así persistir en el intento.

La impresión que dejó fue inesperada por el contraste con los sencillos lanzados anteriormente, sin embargo esta fricción solo servía para destacar el brillo detrás de un filo autoral que era en igual proporción conocido y por conocer. Fijando una tendencia, la guitarra abría lánguida los primeros compases y el centro de la composición era ahora un cuerpo que encontraba su domicilio en el rock hispano alternativo. Una sonoridad que de a poco se hacía más presente como otra textura en el arsenal del nuevo disco y que como tradición musical iberoamericana enraizada con mayor fuerza en Concepción, reflejaba a su vez algún grado de asimilación musical de la artista nómade con lo que fue en algún momento su territorio.

Dentro del local, logramos tomar asiento y mientras la sala se llenaba notamos lo transversal de la convocatoria con jóvenes, adultos e incluso personas de la tercera edad en un lugar que parecía prometerles de manera individual algo especial. Entre una aglomeración ya acomodada en algún asiento o buscando dónde poder hacerlo, una mujer que mirábamos de reojo sentados unos asientos atrás llamaba la atención por su cabellera dorada. 

El evento contemplaba proyecciones audiovisuales y al centro de la habitación dos taburetes, una mesa de cóctel más los implementos para amplificar un pequeño conversatorio. El ambiente era íntimo sin importar el muro-cortina que nos rodeaba y aún con una lista de canciones por develar, Electra salió a recibir al público eufórica al escenario. En su rostro se vislumbraba el brillo de estar viviendo uno de los primeros hitos importantes de un ciclo de composición que alcanzaba su término tras siete años de trabajo y como de costumbre, haciéndolo encima de sus nunca bien ponderados tacones. 

Cómo las helíades, hijas del sol, envueltas en álamos como dríades, quienes simbolizaban con sus lágrimas el ḗlektron, o ámbar al traducirlo, Electra abrió la ronda de preguntas hechas por el locutor hablando sobre la coincidencia. Su nombre era dado años antes por una amiga, quién al buscar representar la esencia de Electra en la reinvención travesti, la bautizó con el nombre sin tener conocimiento de la eventual relación que tendría en su desarrollo artístico. En esa introducción, la artista, saludando al público y a las amistades, presentó de manera particular a la mujer sentada a unas filas delante de nosotros.

“El horrorismo es pensarse antes de que te piensen” escribía Claudia Rodriguez en “Manifiesto Horrorista”. Activista por los derechos de la comunidad LGBTI+, poeta y también una asistente más, se vio particularmente aludida en ese saludo. La sala se llenó de aplausos en tanto el título del disco se proyectaba enramado como helíades en una de las murallas y un sentido de gratitud se dibujó como un gesto pasajero en el rostro de las artistas. No sabríamos hasta que empezó a reproducirse por los parlantes de la sala que Claudia sería la primera mentora y titular en el prólogo del mismo. 

Haz de tu piel corteza
Echa raíz tu tierra fértil
Estira tus ramas cual Helíade
Tus ramas como armas cual espada
Intro: Claudia Rodríguez

Relata Claudia al son de una cueca lúgubre, que oscila entre ser una pieza de carácter contemplativo con sus arreglos y monólogo por los versos que adquirían un registro distinto en la voz de la poetisa. Su obra se ve reflejada en estas palabras y Electra, a su vez, en la obra de la poeta, mientras la sala veía correr la presentación con una audiencia cautiva. “Que las travestis, igual que los peores indigentes, tendríamos que desarrollar armas déspotas y horrorosas para gritar y en el último caso sobrevivir” escribió Rodriguez, presentando la idea del horror y la transformación de la mano en la supervivencia y era Electra, a mi parecer, quien ahora interpretaba el mito con una pena transfigurada. Una que encontró su cauce en la imagen de la helíade petrificada y taciturna, habitando las diferentes vitrinas que adornaban el evento. 

Luego de que los primeros sencillos antes lanzados hicieran su aparición, ‘Lágrima del Sol‘ –cuarta canción en la lista– llegó con una versión de estudio a la sala, agregando elementos musicales sudamericanos más variados a una selección sonora que de momento había oscilado entre el rock y el folklore nacional. La influencia de territorios vecinos se hacía ahora presente al incluir referencias andinas y tropicales dentro del disco, recopilando como un antecedente biográfico sus matices en el mosaico musical. Con las luces del proyector aún encendidas en el local; con una sala llena de gente que ahora bordeaba incluso de pie las filas de asientos, un coro de voces resonó por algunos segundos mientras la voz de Electra se apagaba una vez más con un solemne vibrato por los parlantes de la habitación. 

Para dar luz hay que prenderse fuego

Entre las preguntas hechas al comienzo de la presentación, Electra reparaba en sus influencias y destacaba una vertiente más alejada a nuestro territorio. Artistas como Miley Cyrus, a quien Electra visita constantemente en entrevistas; la esencial Björk con los ritmos en miniatura de “Vespertine” (2001) y un Perfume Genius que, desacomplejado, escribía el depurado “No Shape” (2017) con arreglos de cámara para honrar al amor. Todos avatares presentes en el repertorio de la artista y que llevan su corazón en la manga pero a la vez, el filo de una vanguardia abstracta en los bordes. 

La fusión entre una pulsión latina, arreglos de cuerdas, ritmos en miniatura y bronces tomaron la sala como un fenómeno que cambiaba de vestimenta la presentación, pero no así su esencia. Una muestra sincretista que llegaría a su punto cúlmine con ‘Sagrado por esencia‘, antesala del segundo momento del disco. “Siempre frente al dolor hay algo de juego. Algo muy poderoso, como de resistencia a lo terrible” decía Susy Shock, artista trans sudaca de la escritura, la actuación, el canto y figura de una generación de activismo histórico en Argentina, quien ahora figuraba como una nueva voz en la segunda narración del disco.

¿Por qué duele tanto el asesinato de faetón?
Deja a tu hermano morir, que muera
Dale tiempo al duelo
Y distancia al muerto en vida
Interludio: Susy Shock

El monólogo revela algo que hasta ese momento está presente solo como subtexto dentro de la alusión al mito. Electra abre la puerta de su casa y por un momento comparte un atisbo de su biografía mediante la voz de Susy, mostrando que la necesidad de catarsis es una forma para procesar la pérdida y la experiencia puede ser a su vez una exploración de su dimensión monstruosa. La sala, colmada de sonidos reversados, texturas brillantes y otros elementos sonoros tratados electrónicamente, vio materializar ahora un ritual de destierro al fantasma presente en la memoria y el mito.

La alegoría que propuesta con la helíade, sirviendo su propósito como vehículo narrativo, coloca en el volante a su titular con una honestidad desconcertante. En algún grado la colección de musas formaron parte de un recorrido personal, pero el duelo familiar opera como la quintaesencia del disco, logrando erguir en él el tronco del figurativo álamo. Tanto aquellas canciones de sensibilidad alternativa, con ‘(te voy) a’mar‘, o ya lo más experimental del segundo momento con ‘Helíades; Roma, Mar y Sol‘, pieza instrumental que mezcla elementos de ambient y la electrónica para honrar la memoria de Roma, amiga de Electra; se presentaban así para explicitarlo. En paralelo, una pátina de distorsión eléctrica se incorporaba a cada una de las canciones de este segundo momento, progresivamente desnudando la obra a las características de un rostro completamente formado y maduro. 

Como audiencia, el cambio tonal de la obra fue drástico. El tipo de tensión propuesto en un inicio dejaba de pronto la pretensión musicológica para priorizar lo visceral del clímax y en plena vulnerabilidad, la sala parecía permanecer más quieta y silenciosa que antes. Electra allanando su sombra y sometiéndose al relato poético, constructor de la narración biográfica presente en “Helíade” se presentaba como un último acto de valentía respaldado por una necesidad que no era sólo personal.

El ejemplo de Javiera Electra inmolándose lentamente por 36 minutos no es sino un ejercicio biográfico de supervivencia que aprovecha su espacio porque reconoce su relevancia en el ámbito local. Siguiendo de pronto una hebra mayor, se hace claro que en la práctica, "Helíade" es una forma de praxis en una memoria personal, pero que es rebelde y travesti y en ella vive Claudia Rodríguez como una artífice. En cada uno de sus fanzines; en cada una de sus actuaciones y por sobre todo en cada una de sus reflexiones, Claudia abogaba por la idea de una continuidad en la memoria travesti. Desde la falta ortográfica manual que opera desde la plasticidad del lenguaje hasta la declaración de un cuerpo desnudo en el escenario iluminado, esta idea se hacía presente.

Por esto resonaba también al otro lado de la cordillera la voz de Claudia. El nacimiento de perspectivas similares de la mano de Marlene Wayar y Susy Shock creó una idea comunitaria en torno a la autodefensa de quienes no habitan el binarismo, que se rebelan contra él y que pagan por cierto el precio más alto y es que hay heridas que no cierran jamás, que supuran y que se vuelven necrológicas, citando a Claudia, y la única forma de hacer frente es mediante la colaboración. Por aquellas otras voces que ya no pueden abogar por ellas mismas, viven eternas en la crónica y lápiz de ambas; para que quienes les sucedan, tengan su registro como referencia para crear “un nuevo y propio proyecto de felicidad”, citando a Claudia una vez más.

Por eso la conjunción de géneros musicales, a veces disímiles, no hacen sino presentar un testimonio biográfico de la Electra herida con la espada en la mano. Una que entendiendo la importancia de su huella, mira desafiante a la cámara en un ejercicio poético-visual y la misma que una vez terminada ‘Me Retiro’ –canción con la que cierra el disco– sale a recibir al público que la espera con vítores y aplausos tan brillantes como las luces del escenario.

Las lágrimas corren libres una vez desatado el nudo en la garganta y el abrazo a distancia entre el público, Claudia y Electra es amistoso y fraternal. La catarsis biográfica de Electra en “Helíade”, como un ámbar que ha combustionado, desprendiendo su luz y calor, encuentra su cauce con el caluroso recibimiento de una audiencia que al abrir su corazón, le hace un espacio en su memoria. Un público que responde la pregunta de ‘Ámbar mediante sus actos de cariño, como recipientes ignífugos donde el rayo encuentra un nuevo domicilio. La impresión de su presencia en la retina es duradera y vive como un destello en la memoria; una fuente de inspiración que no termina de disiparse pese a su rápida extinción.

La sala pareciera quedar inmóvil en una foto con la memoria del aplauso por algunos minutos. Susy Shock abriendo su espectáculo para su disco debut “Buena Vida, Poca Vergüenza” lo hacía diciendo «Para dar luz hay que prenderse fuego».

Cristina nunca me dejes sola

Había tenido la posibilidad de ver a Javiera Electra en otras ocasiones, pero recuerdo la primera en particular. Se presentaba en Casa Palacio, un recinto histórico en pleno centro de Santiago, que había sido remodelado hacía poco para fines culturales. Meses antes de que “Reprís” fuese lanzado y ya con un nombre que se gestaba en los circuitos musicales de la zona centro-sur, la artista se presentaba en esa ocasión sola con su guitarra y una lista de nuevas composiciones sin publicar.

En el subterráneo se había habilitado un espacio reducido para eventos y, aprovechando su formación en teatro, Electra se disponía a hacer completo uso de sus recursos escénicos. Fue entonces que en medio del silencio, una voz aterciopelada cortaba la tensión para entregarnos una rendición descarnada de ‘La Llorona’ de Chavela Vargas. Encima de unos lustrosos tacones rojos y con una cartera en miniatura sujetada a dos dedos, Javiera se abría paso entre un público expectante mientras se dirigía hacia el escenario desde el fondo del recinto.

Rápidamente nos vimos envueltos en un peregrinaje que Javiera lograba solo con la fuerza de su canto. Con su poder histriónico y versatilidad para afectar las diferentes cuerdas emocionales por las que transita, nos invitó a profundizar en lo íntimo de su universo y ya con ‘Lágrima del Sol‘, número con el que usualmente cierra, su interpretación se veía despojada de aquella teatralidad musical con una salvedad.

Nos pedía cantar con ella la frase con la que cierra los últimos versos. Un “No te apagues” con voces que en un comienzo trataban tímidamente de encontrar un espacio dentro del público. El frío del subterráneo lentamente desaparecía conforme las voces se afinaban entre sí y en su lugar, un calor comenzaba a habitar lentamente el recinto gracias a un intercambio en el que la dinámica público-artista parecía de pronto invertirse. Ya no era Electra cantándole al público, sino el mismo reciprocando la petición.

Si bien la artista rehúye etiquetas más rígidas con el fin de combatir la idea de que se le asigne una casilla, hay elementos que hablan desde su abstracción con voz propia y uno de ellos es la idea de la disforia que enviste de significado la canción. En el ejercicio terapéutico de gritar las últimas líneas 

La capacidad eléctrica de la artista se mostraba como un mosaico de una historia personal. Los atisbos que lograban percutar hacían eco a un antecedente performático que precede incluso la formación teatral de Electra. Ya sea como referencia o la coincidencia de vertir en una misma forma artística el brío de la inspiración, la intención irruptiva de la performance tiene una larga data de célebres huéspedes en la fauna cultural chilena. Ejemplos como los del colectivo Yeguas del Apocalipsis de Pedro Lemebel y Francisco Casas o la performista Hija de Perra son, por cierto, de los más destacados. Así mismo, Claudia Rodríguez en un escenario relatando con ritmo lento, masticando cada palabra para intencionarlas de manera correcta, lograba canalizar una intensidad similar. Conectándose con el público en su obra "Vienen por mi". 

Desde el uso consciente de la falta ortográfica como elemento biográfico en sus escritos hasta ocupar la dimensión del nudismo, Claudia captaba la atención del público mediante un relato duro contrastado por aquellos momentos donde la ternura tomaba lugar. En “Cuerpos para Odiar”, mediante una locución histriónica, la artista hablaba sobre la importancia de politizar una existencia transexual, siendo esta necesaria para poder reconfigurar vidas que en un margen social han sido despojadas de la dignidad de poseer una memoria propia dentro de nuestra sociedad, fijando algo esencial. 

Es en este espacio discursivo donde quizás existe el lazo más fuerte entre la obra de Claudia y la de Javiera Electra. Pese a que la chilena se ha definido desde las diversas temáticas que se abordan en su obra, la identidad por cierto es una más de ellas y tomando como ejemplo ‘Lágrima del Sol‘, composición que aborda desde una sensibilidad personal e íntima la disforia, se traza una línea que convive con sus predecesoras. Una que ahonda en ese acervo mediante la experiencia vivencial de la artista que desde joven ha tenido la oportunidad de hacerlo mediante una tribuna que se ha construido mediante su esfuerzo, el de Claudia e incontables más.

Por eso cuando la petición de la artista se tornaba hacia el público, el canto tomaba otra dimensión y con las luces del proyector aún encendidas en el Centro Gabriela Mistral; con una sala llena de gente que ahora bordeaba incluso de pie las filas de asientos, aquel coro de voces resonó por algunos segundos en la memoria mientras la voz de Electra se apagaba una vez más con un solemne vibrato por los parlantes de la habitación. 

-En agradecimiento y memoria de Claudia Rodriguez. 


Escucha "Helíade" (2025) de Javiera Electra en Tidal, Spotify, Apple Music, Qobuz y Bandcamp:

Publicado el 28/09/2026