El escenario de Bebop Club, conocido por su cercanía y su acústica privilegiada, se convirtió el pasado sábado 3 de octubre en el espacio perfecto para atestiguar la vigencia de una histórica tradición. A sus 55 años, Joshua Redman llegó para presentar su último trabajo de estudio, “Words Fall Short” (2025), y demostró por qué es uno de los pocos músicos de la actualidad capaces de encarnar el legado del bop y el hard bop con la intensidad que le hace justicia a ambos géneros. Para lograrlo, no se refugió en la comodidad de los músicos consagrados, sino que decidió rodearse de un vigoroso tridente de artistas menores de 30 años: Paul Cornish en piano, Philip Norris en contrabajo y Nazir Ebo en batería. Sin embargo, esta inyección de juventud funciona como una condición necesaria pero no suficiente: son la herramienta rítmica ideal, un sostén imprescindible, pero relegado a un segundo plano ante el magnetismo del band leader. En el centro absoluto impera Redman. Es la vehemencia inconfundible de su instrumento, pero sobre todo su semblante reconcentrado y la atmósfera casi solemne que impone con su sola presencia, lo que comanda la noche y convierte al resto del cuarteto en un satélite atrapado en su gravedad.
Mientras el resto de la banda responde educadamente a los saludos del público levantando la mano, Joshua Redman permanece inmutado, serio. Aunque resulta extraño, está lejos de ser descortés: el aura que emana de su rostro augura la concentración del artista. Desde el minuto cero, Redman está en la zona, en su zona, y quiere hacérnoslo saber. Esa desconexión aparente es, en realidad, el preámbulo necesario para una conexión mucho más profunda: el artista no nos saluda con la mano, sino que nos invita a adentrarnos en la gran escenografía sonora que está a punto de construir.
Manteniendo una misma nota en su soprano, Joshua Redman inaugura el primer tema de la velada ‘Words Fall Short’, con suspenso: ¿Cuánto podrá mantenerla? No se alcanza a vislumbrar la respuesta porque, en cuanto se incorpora el resto de la banda paulatinamente, esa tensión se comienza a repartir, a disipar entre todos los integrantes. Sin embargo, la capacidad pulmonar de Redman ha de ser objeto de estudio para más de un especialista en anatomía: no pareciera haber relación alguna entre su inhalación y su exhalación; puede pasearse por las escalas más imbricadas y laberínticas en un solo soplido, requiriendo menos de un segundo para recobrar fuerzas y continuar. Lejos de utilizar esta destreza física para abrumar con tecnicismos, la pone al estricto servicio de su melodía finamente construida, conformando solos que priorizan la narrativa de su canción.
Fotografías: Valentina Rebaudengo.

La estructura de los temas, eso sí, es clásica del bop: una vez concluido su segmento inicial, Redman se hace a un lado para darle lugar al piano, que toma la posta y comienza su solo. Aunque antes lo habían esbozado, ahora parece quedar más claro que nunca: el sonido de la banda se afianza en el sentido más tradicional del género, rozando al unísono la histeria del hard bop, solo con los tres instrumentos en escena; piano, batería y contrabajo. Así, la melodía es una excusa, un mero pretexto que da inicio y fin a cada composición, pero sirve como una plataforma sobre la cual cada integrante tendrá su momento de esplendor para lucirse. Por supuesto, los instrumentos más melódicos, en este caso el saxofón y el piano, gozarán de mucho más tiempo para hacerlo que los rítmicos, relegados a un segundo plano no menos importante que el primero. Sin embargo, la sección rítmica comandada por Ebo y Norris empuja con ímpetu las melodías, deslizándose sobre métricas complejas con naturalidad, demostrando que la tradición puede mantener su típico rigor incorporando ritmos novedosos, ligeramente alejados de la percusión y de los graves que fundaron el género. Es acá donde la juventud del ensamble justifica su presencia: vienen a inyectarle a una estructura consagrada la tracción a sangre necesaria para que suene con una fuerza renovada.
Un largo solo, ahora de saxo tenor, introduce el siguiente track, ‘Icarus’. Pero esta introducción contrasta desde el vamos con todo lo anterior: al principio solemne y distendido, luego cada vez más apresurado, el solo está signado por un estilo singular de Redman, que toca su tenor generando una vibración mientras produce la melodía. En novatos, quizás, podría interpretarse como un error de ejecución. Acá, no cabe duda: el sonido es deliberado. Suena como si el saxofón se resquebrajara, como si se le quebrara la voz en el intento de hablar, como si el sollozo interrumpiera lo que quiere decir. Cuando parecía que el tema terminaba, en realidad estaba recién comenzando: la banda, repentinamente, comienza a tocar un riff rápido, corto, roto, sobre el que Joshua imita melodías breves, como si las escupiera una a una. La composición se estira y cambia de forma como si de una obra plástica se tratara, atravesando múltiples velocidades y ánimos. Sin embargo, un mismo recurso parece establecerse y ganar cierta consistencia: aquellas melodías que el tenor mantiene y repite, las toma el piano para continuarlas de fondo, como si fuera un loop del saxofón. Así, Redman gana mayor libertad, comandando a la vez la melodía principal a través de las teclas, pero conservando el privilegio de improvisar al mismo tiempo. Volviendo al theme de la canción cada vez con mayor frecuencia, anticipan el final inminente, pero no sin antes alcanzar Redman puntos elevadísimos de sus solos, clímax que lo hacen gritar y golpearse la pierna en los intersticios en los que debería tomar aire. Esa aura transmitida en el comienzo toma forma ahora en medio de una canción: Joshua irradia una energía frenética, casi violenta, que se contagia entre sus compañeros de banda que se miran incrédulos entre sí, mientras el líder señala a alguien entre el público que levanta su brazo a la vez, reconociendo la virtud del artista. Así, de repente, esa intensidad brutal se transforma en comunión, recordándonos que el jazz, en su esencia, es un diálogo en tiempo real, no solo entre los músicos, sino también con el espacio y los oyentes.
Terminado el tema, Bebop parece caerse a pedazos: los aplausos ensordecedores colman el club de jazz. Por vez primera, Redman toma el micrófono, forma una sonrisa de oreja a oreja y presenta a su banda con total tranquilidad, como si hubiera sido otro quien realizó la interpretación de hace instantes. Detalla que los primeros dos temas son de su álbum “Words Fall Short”, agradece al club por recibirlo y a la gente “hermosa” (textual) por haber venido a verlo. Sin más dilaciones, retoma su saxofón tenor y su semblante cambia por completo: su rostro vuelve a ser inexpresivo, señalando nuevamente que había entrado en su palacio mental, donde nada ni nadie podría molestarlo.


Con el principio del tercer tema, ‘Wish’, se transforma en certeza una sensación que de a poco se fue confirmando: escuchar al cuarteto de Joshua Redman es escuchar un clásico, es escuchar al jazz tradicional de los 50 y de los 60 en su máximo esplendor, pero es escucharlo en vivo. Ahí radica la virtud del grupo: conservan la esencia de lo que hizo grande al género, al mismo tiempo que le agregan el vigor y el rigor de la interpretación en vivo, con el ímpetu que sólo Joshua Redman puede aportar. Este es el legado que el tenor defiende: no el de las partituras intocables, de academia, ni el de los standards que suenan igual a la versión original, sino el de la inmediatez, el del constante cambio, el del bop que transpira y se reescribe cada noche.
Apenas el saxofonista introdujo la balada con unos pocos acordes, se hizo a un lado, apoyó su espalda en la pared y cerró los ojos, como si fuera un espectador más, presentando una escucha atenta a la música de sus compañeros. Este gesto no debe confundirse con una impostura o con vanidad: se inscribe en la misma línea que toda su actuación. Desde un primer momento, Redman se nos presenta como alguien intenso, sumergido en su música, en profunda conexión con el espacio y el tiempo que ocupa. Es por eso que, ante los arreglos casi de música clásica del pianista, frunce el ceño desde los márgenes de la tarima, o bien, ante un excepcional solo del contrabajista, grita sin previo aviso para fogonear aún más la energía de la interpretación. En el centro o en los bordes del escenario, Joshua gravita de igual forma, aportando el mismo vigor en cada caso.
De vuelta, un solo del tenor introduce una nueva canción; ¿la quinta? ¿la sexta? difícil saberlo sin una clara distinción, porque se trata siempre de interpretaciones largas, cargadas de improvisación, que parecen fundirse unas con las otras. En este caso, desde el comienzo, la interpretación se auguraba lúdica, juguetona, como si ahora Redman ya se hubiera quitado cierto peso de encima; en efecto, el grueso de la presentación ya había pasado, por lo que encontraba lugar para divertirse por primera vez. Por momentos, el tenor se entremezcla con el piano: más que una conversación, lo que tienen es un monólogo a dos voces; dicen lo mismo, continúan una misma melodía una y otra vez, dejándola y tomándola con perfecta y tácita sincronización, como si de un solo instrumento se tratara. Esa simbiosis no hace más que confirmar que el ensamble, a pesar de su juventud, ha logrado asimilar el lenguaje de su líder hasta el punto de la mimetización. Pero, en otros pasajes, mientras se anima a melodías cada vez más extremas, las intercambia con sonidos casi sordos, como si escupiera dentro de su saxo, generando risas y aplausos en el público por partes iguales. Todo esto anticipó un riff bien funk del bajo, casi al estilo de “Head Haunters” de Herbie Hancock, sobre el que todo el ensamble encontró ese mismo espacio para jugar que Redman había generado al principio. Como la noche, la música ya se encontraba más distendida, despreocupada, aunque no por eso menos profesional o descuidada; parecían, de repente, cuatro amigos arriba del escenario, disfrutando del momento.
En vano fue su primer intento de bajar del escenario: más que los aplausos, lo que lo hizo quedarse fue la cantidad de espectadores, que coreaban su nombre. Sorprendido, aclara que es tarde para él, pero que harán un último tema, una balada para terminar la noche. Inclusive en esta última balada, Joshua se lamentaba a los gritos cuando una nota no sonaba exactamente como él quería, demostrando lo compenetrado que seguía estando sin importar la instancia de la velada. Ese nivel de inconformismo y autoexigencia, esa necesidad inclaudicable de seguir empujando los límites hasta el último acorde la canción final, confirma por qué Joshua Redman sigue siendo una figura insoslayable: en sus manos, la tradición del jazz es una lengua viva que transpira, se tensa y se resuelve, noche a noche, en el presente absoluto.
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