En un domingo caluroso, las calles de Nuñez se llenaban de gente con remeras alusivas al show, sombreros de paja, y banderas de Puerto Rico. Los símbolos de amor al conejo aparecían en todos los territorios adyacentes hace días, sin importar el calor, ni la masa de gente del Barrio Chino un fin de semana.
Muchos asistentes portaban abanicos, para aplacar aquel calor húmedo que tanto invade Buenos Aires en el verano. Para sumarle mística al acto de “tirar fotos” tan significativo para el último disco del conejo, nos dieron una cámara con luces, sincronizadas con el potente setlist.

Luego de que Chuwi nos recibiera con un poco de sabor, empezó la fiesta. Un clip en dónde dos actores sentados cerca de Caminito recitaban LA MuDANZA, exhibiendo la transversalidad de la imagen que da tapa al disco, dos sillas en un exterior. Al rato, vestido de traje, apareció el nene hijo de Tito y Lysi. Es difícil procesar que hace una semana estaba en el Superbowl cantándole a las masas estadounidenses, abanderando por la unión americana. Parecía que todas las quejas de conosurenses que “no se sintieron representados” por aquel despliegue musical, iban a ser calladas. La marea de gente cantando a los gritos Callaíta (incluida mi madre), probó exactamente eso.
El big band brilló, con gran desempeño en los bombos, los teclados, y un cover de Por una cabeza con una mandolina. BAILE INoLVIDABLE sigue siendo una salsa hermosa y conmovedora, y los bailarines de NUEVAYoL supieron transmitirnos aquel sazón del norte de la cultura latina al verano de Buenos Aires. Tras eso, nos vino a saludar el Concho, sapo autóctono de PR, icono de este disco. Soltando algunos hechos no tan bien corroborados sobre nuestra historia mundialista, estaba borracho de fernet con coca, y le hablaba al público del Campo Delantero, quienes tenían sus Conchos miniaturas (me encantaría tener uno).
Tras eso, el show se trasladó a La Casita, la puesta al fondo del estadio. Aunque no se veía demasiado desde nuestra ubicación, el perreo se metió por completo en nuestras venas. Dejé mi voz en Neverita, y gozamos la mezcla techno de Sí veo a tu mamá. Hablando de progenitores, mi madre describió este momento como “un boliche gigante” y así se sintió, dado que todos estábamos bailando. Salvo Wanda Nara, que hizo una aparición estelar dentro de La Casita, al punto que su nombre fue coreado por la audiencia. Claramente la reina del quilombo argentino no necesita bailar para hacer ruido.

Luego de tocar el histórico himno trapero Diles, Benito agradeció a nuestro país por creer en su música desde hace años, preguntando si alguien del público había estado en aquellos shows en Pinar de Rocha y Jesse James allá por 2017. Siempre resulta chocante pensar en el crecimiento astronómico que ha tenido el conejo desde ese entonces, y aunque los escenarios sean otros, hay algo que sí se ha mantenido, y es apostar por su cultura y su idiosincrasia. El momento trapero del show demostró eso, y nuestro invitado exclusivo fue Eladio Carrión, eminencia de aquellos códigos. Personalmente no me interpela demasiado esta figura (más sabiendo que el sábado se cantó Loca Remix con Duki, Khea y Cazzu, himno del fin de mi adolescencia), pero nunca está de más un poco de variedad en la vida, algo que el conejo siempre supo hacer muy bien.
Por ahí la variedad hubiera sido un componente útil cuando seleccionaron a parte de los invitados de La Casita, en dónde figuró una belleza hegemónica alusiva a looks demasiado estandarizados, que no representa mucho el sazón latinoamericano (ni gatero) que tanto parece ponderar la propuesta artística del conejo. Aunque tal vez lo más desacertado del show probablemente sea que le pongan un gorro de nieve a Benito en pleno verano, ¡Hacían más de veinticinco grados!
Tras una buena dosis de plena con Los Pleneros de la Cresta, Benito volvió al escenario, para angustiarse un poco, rememorando La canción que encendía relaciones pasadas. Sin embargo, volvió la fiesta, nos hizo gritar a todos “Puerto Rico está bien cabrón” y saltar sin parar junto a sus bailarines durante El Apagón. DtMF, el himno a la nostalgia y al amor fraternal, encendió nuestros corazones, y abrazados continuamos acompañando al conejo en su manifestación de cariño inmenso hacia los que lo escuchan. No sin antes, despedirse a puro perrEoO, en dónde volaron todos los fuegos artificiales que no podían llevarse hacia Brasil, la próxima parada de esta icónica gira.
Baile y noche inolvidable para las masas argentinas, del rey indiscutido del perreo en su completo peak artístico y performático. Bad Bunny, baby.











