Conversar con Alejandro Salazar Pezo, más conocidos como A.Chal, es dejarse llevar, ir un poco a la deriva. Domina a la perfección el español, pero como todo angloparlante dice “uhmm” en vez de “ehhh” para llenar los vacíos. Salta de un idioma al otro con naturalidad, y en sus respuestas que parecen no llegar a ningún lado concreto, es donde empiezan a aparecer las cosas importantes. Fragmentos de su historia. Contradicciones. Ideas que no están del todo cerradas, pero que dicen mucho. Como si su forma de hablar fuera un reflejo exacto de cómo ha vivido: entre idiomas, entre ciudades, entre versiones de sí mismo.
Esa dualidad no es nueva. Viene de mucho antes. Su historia empieza en Queens, Nueva York, en una escuela bilingüe donde todo era relativamente sencillo, hasta que dejó de serlo. Pasó a un colegio griego-judío donde no solo el idioma era distinto, sino también la cultura y la religión. Luego, llegó a Chelsea, Massachusetts, a un entorno mayoritariamente latino pero atravesado por tensiones internas. “Los caribeños no querían a los sudamericanos, nos llamaban wetbacks”, confiesa.
Alejandro recuerda que, para encajar en la escuela había básicamente dos opciones: hacerte el blanco o meterte en pandillas. En ese contexto, la música, más que una ambición temprana, fue una salida. Una forma de evitar un camino que ya había visto de cerca: su mejor amigo fue asesinado por conflictos entre pandillas cuando tenía tan solo 15 años. En ese momento, A.Chal se dio cuenta de que no había forma de que esa fuese su vida. Así que no eligió ninguna de las opciones y siguió su propio camino: el arte.
Ese impulso lo llevó a moverse. Ciudades, estudios, escenas. Nueva York, Los Ángeles, París, México. Un recorrido que no responde tanto a una estrategia sino a una necesidad constante de encontrar su lugar. O de inventarlo. En ese tránsito empezó a abrirse paso en la industria musical. Primero como productor y compositor, luego como artista, insertándose en una escena que mezclaba R&B, trap y sonidos latinos. Poco a poco, su nombre empezó a circular y fue colaborando con reconocidos artistas y productores como French Montana, Tainy, Nicky Jam, Rosalía y C. Tangana.
En Los Ángeles, ese impulso pareció dar resultado. Mientras salía a correr por los lujosos vecindarios de Beverly Hills, y se cruzaba con artistas como Leonardo DiCaprio y Dr. Dre, soñaba con algún día vivir allí, y lo consiguió. Firmó un contrato por un total de US$ 5 millones con Epic en 2018, se rodeó de una industria que hasta entonces había visto desde afuera y vivió junto a su equipo musical en la casa de sus sueños. “Tuve de vecino a Robert Pattinson, que en ese entonces estaba saliendo con FKA Twigs, era todo muy loco. Gasté mucho dinero en esa época”, recuerda. Durante un tiempo, todo encajó. Hasta que dejó de hacerlo.
Como parte inicial de su contrato, le dieron 1.5 millones para un proyecto de un álbum de al menos doce canciones. “Les entregué solo cinco canciones y me quedé con el dinero. Al toque me botaron. Vivazo, ¿no?”, cuenta entre risas que luego se transforman en reflexiones. “Justo luego llegó la pandemia. Todo es karma, esa decisión me quitó cinco años de mi carrera”.
Ahí es donde su discurso empieza a cambiar. No desde la industria, sino desde algo más interno. Parte de ese giro, explica, vino después de experimentar con el ayahuasca. “El humano cree que el mundo gira en torno a él. Pero eso es falso”, dice. Y cuando esa idea se rompe, algo se reconfigura.
A.Chal habla del ego como una carga que uno lleva sin darse cuenta. De cómo crecer con la idea de que uno es el centro de todo —el más importante, el protagonista— termina condicionando cada decisión. “Cuando sacas eso de tu cabeza, te quitas un peso enorme”, explica. No es que deje de importar lo que uno hace, sino que uno deja de verlo como absoluto.
“Tu espíritu está usando tu cuerpo como ropa”, dice, mezclando idiomas sin darse cuenta. Su idea es simple: lo físico es temporal, la energía no. Y en ese marco, el éxito, el fracaso, el dinero o la fama pierden dramatismo. “Puedes ser el más rico, el más famoso… y al final no es tan profundo, no es tan serio”, dice.
Y eso se refleja en su momento actual. Su llegada a Perú no fue estratégica, fue emocional. Llegó por el cumpleaños de su padre, en medio de una ruptura amorosa, y decidió quedarse. Y ahí, sin presión, apareció algo nuevo. “Si me preguntabas antes, nunca te habría dicho que iba a hacer música con vibes peruanos”. Pero ahora, en sus paseos por mercados, en sus visitas a la sierra y en sonidos tradicionales, encuentra una inspiración distinta. “Escucho huayno y pienso: esto está duro, ¿cómo le doy la vuelta?”.
Su regreso a Perú no solo ha sido un giro personal, sino también creativo. Sus últimos lanzamientos reflejan ese cambio: ‘Chologante‘, su single más reciente, ya roza los 1.3 millones de vistas en YouTube, mientras que ‘CHUCO‘, en colaboración con Los Mirlos y Kayfex, supera los 1.7 millones, y ‘Pituko‘ se acerca a la misma cifra.
Ese posicionamiento también se refleja en cómo ve la industria local. A.Chal no intenta encajar en ella. Reconoce que el circuito más fuerte —representado por grupos como Grupo 5, Agua Marina o Corazón Serrano— funciona bajo otras reglas, con una lógica distinta de hacer dinero y construir audiencia. “Lo respeto”, dice, pero marca distancia: “Yo estoy en otra línea”. Hoy, más que hacer música, dice que quiere construir algo más grande. “Mi misión es crear un mundo”. Un espacio donde todo, la estética, el sonido, el lenguaje, tengan coherencia. Donde él no tenga que elegir entre ser una cosa u otra, sino poder ser todas al mismo tiempo.
Cuando le pregunto por cuál es el papel que cree jugar en la industria musical peruana, insiste en que no todo tiene que traducirse en colaboraciones visibles o estrategias de exposición. A veces, lo más valioso ocurre fuera de cámara. Conversaciones, intercambios, opiniones honestas. “Cuando conozco gente auténtica, siempre les digo lo que pienso”, explica. Una práctica que es escasa en la industria. “Cuando yo estaba empezando, me hubiera gustado que alguien me dijera las cosas de frente, con honestidad. Mucha gente se guarda esos consejos”.
Esa misma lógica se extiende a la competencia. No la niega, pero la redefine. “Siempre va a haber competencia, hay pocos espacios y todos quieren llegar arriba”. Para él, esa tensión no es negativa en sí misma. Puede incluso ser útil. “Los celos pueden ser saludables”, admite. “A veces ves algo y piensas: ‘me hubiera gustado hacer eso’”. El problema, dice, es cuando esa energía se transforma en otra cosa. En frustración o en necesidad de minimizar al otro. “Eso ya es destructivo”, explica. “Eso pasa cuando no estás dando tu máximo y tratas de bajar a alguien más para sentirte mejor”.
“Desde que llegué a Perú, por primera vez en mucho tiempo no estoy rodeado de mis amigos de Estados Unidos que hacen música, arte o moda”, dice, moviéndose entre el inglés y el español espontáneamente, como suele hacerlo. “Ya no estoy mirando a otros artistas pensando ‘quiero eso’ o ‘quiero estar ahí’. Ahora solo estoy en Perú, tranquilo, haciendo música”. Y en esa distancia —sin ruido, sin comparación— parece haber encontrado algo que antes no tenía.














