En abril de 2022, Dillom financió parte del videoclip de ‘ROCKETPOWERS‘ con un sponsor de Mercado Pago. El QR que se veía a la izquierda del rockstar (sí, dije rockstar) dirigía al acceso para descargar la aplicación a usuarios nuevos de entre trece y diecisiete años. Más allá de las (pocas) puteadas que se comió y alguna que otra decepción, ya nadie recuerda la decisión marketinera. Claro, a favor tenía un disco lo suficientemente sostenible por sí sólo. Una decisión poco feliz más bien interpretada por la mayoría como una atajo para catapultar su magnum opus. A lo largo de cuatro años, cientos de adolescentes se desbandaron con la guita, aprendieron de memoria el concepto de dinero en cuenta, desplumaron a sus padres y creyeron que borrando la aplicación de sus teléfonos la deuda desaparecería. Otros timbearon con guita extranjera y muchos fueron y siguen siendo parte del engranaje de ese tipo de compañías, subidos en sus dos ruedas, llevándole la extra bacon con Pollock de cheddar a un fan promedio de Nadie dice Nada.
A fin de 2025, Little Boogie graba en el piso de OLGA el videoclip de ‘SE TE QUEDÓ EL VENTO‘ con Mc Caco, menciona Mercado Pago como medio económico y el logo gigante aparece en pantalla. No es publicidad (quizás sí la de la constructora responsable del edificio donde funciona el canal de stream, y cuyo nombre se lee durante varios segundos), sino una incorporación de un hábito: hoy se usan las billeteras virtuales hasta para pagarle a una grúa. Quedarse en un barrio picante es bastante distinto a jugar con una lluvia de plata (verde) ubicada dentro de un parque de diversiones. Paradójicamente, el tema del pibe de Sarandí suena más festivo que el de Colegiales. La analogía no intenta (ni intentará en ningún momento de este texto) poner a competir a los artistas, las citas son necesarias para demostrar corridas temporales y contrastes, por momentos más evidentes que otros. Y porque historizar a través de los transitivos nuevos ídolos es una forma de contar nuestra época. Si piensan que hay capricho, cabe recordar que ambos tienen un tema a dúo: ‘0800-Plug‘ y que el rubio lo invitó al bailarín a grabar después de quedar flasheados en un show cuasi popularmente clandestino.
"EL QUE COMPRÓ PERDIÓ" es el nombre del segundo álbum de Little Boogie. En 2021 sacó "Blocks", un disco asincrónico con una portada de videojuego. Un LP que se perdió por la canaleta de ese período, donde todos quería desesperadamente formar parte del arpón del traperismo explícito y muchos, muchísimos, quedaron afuera igual que un manojo de legumbres manipulado por un principiante: fuera de la olla y sin siquiera haber sido hidratos con anticipación. Hablemos de lo que acontece ahora: ¿qué apostaron los que perdieron estos días? ¿A quién le entregamos nuestra ilusión? En términos políticos, creo que la banca saltó hace rato, en términos musicales, digamos que los monumentos se encargaron con premura. No hay garantía de leyenda cuando las consagraciones se devaluaron y el exitismo es tomado como el verbo multiplicador de la creación, sólo hago más para agotar, para ganar un récord, para creerme más qué.
El día que entrevisté a Boogie me dijo que estaba por sacar un disco, "OKUPAS". Pero finalmente fue un EP, y el de larga duración terminó saliendo este año. En su segundo proyecto entonces, el pibe de Sarandí irrumpe con el tema que da nombre al álbum, montado en un sample de A$AP ROCKY, y en su enumeración de rechazos, se pone en fila junto al grupo generacional que no ha podido conseguir identificarse políticamente. Más o menos exacerbados (“Ni con Cristina ni con Milei”, así El Doctor con su ‘Ni Makri Ni Kirchner‘) en algo pueden coincidir todos: su despojo apático quiere, al igual que muchos, ignorar al fantasma merodeador de Alberto Fernández. Boogie termina el primer track con reflectores de emergencia: “Gracias mamá por pegarme con el cinto, nunca voy a tener una hija como Cande Tinelli”, así aligeraba la inercia del bloque tempranero en su participación en el Lollapalooza.
El primer featuring de "EL QUE COMPRÓ PERDIÓ" deja al menos tres enseñanzas. Primero: la intro de una declaración del Potro Rodrigo hablando sobre las ventajas de la idolatría póstuma. En el tema hay una interposición clave (conociendo el trabajo de sus productores STEREO, totalmente buscada): cuando el cuartetero menciona a Magenta, el infame sello de la cumbia en los 90 y 2000, se mete la voz de Milo J con el segundo aprendizaje, que debería ser más bien un mandamiento de la música contemporánea: “no dejen que Suno (la plataforma musical de inteligencia artificial) haga sus melodías / Ponga su nombre en el título del tema y cómprense un Golcito con las regalías”. Una barra valiosa por su didáctica y, como no podría ser de otra manera en manos de Camilo, bien argentina (la medida de ese modelo de auto en específico y su posibilidad local para trocarlo por cierto dinero). La tercera lección es menos directa (la omisión de Magenta) pero igual de resonante temporalmente: la frecuencia con que los artistas jóvenes han visto derrumbar su carrera por culpa de algún empresario corrupto. ‘VOY A DISPARARME‘ no sólo es un tema consecuente con el mote de ambos artistas (la rabia de Boogie encuentra el equilibrio ideal con el cariño unánime que la prensa expresa por el de Morón, en esa postura sintomática del presente, que sólo busca el todoloqueestabienísmo, una condescendencia que intenta confirmar el sistema de valores de gente con cierta edad). La canción además demuestra lo mucho más aventurero que puede ser Milo si se anima a salir de su corset folklorista. En el videoclip que lo acompaña, grabado en una casa rodante, muestran dos símbolos antiguamente transgresores, hoy incorporados en las señas de una considerable parte de la población nacional (los tatuajes en la cara) o sepultados por opulentos (las joyas desparramadas en la mesa, notablemente truchas). Como ex empleado de un frigorífico, Martin sabe bien que no hay nada mejor que los huesos animales para darle sabor a un caldo. Y entonces su set cartilaginoso exhibe las piezas que lo parieron, compactado en un creepypasta tropical (el supuesto asesinato de Rodrigo).
Hay bastante de Boogie en un ídolo de otro momento. La interferencia performática con la que incomodó a Matías Martin y Clemente Cancela en Urbana Play, del mismo modo que Ca7riel y Paco Amoroso descansaron a Kusnetzoff y compañía en la radio Metro del 2019. No es irse muy lejos fantasearlo en el living de un programa de los 90 yendo a alborotar un piso, tiene la irreverencia suficiente. Así y todo, Boogie es mucho más reservado fuera de su música, quizás justamente porque sabe la dificultad del mainstream periodístico para tomarlo en serio es que ante todo arroja parquedad y disuelve en su furia (impresionantemente asimilada en sus vivos, un espacio donde no deja demonio sin exorcizar) la galería de prejuicios a los que vive acostumbrado.
Con Gardel y Diego a cuestas (cuyo cruce sólo admite desde su origen villero) Martín Velázquez cala su propuesta en un diálogo mestizo, consecuente a todo argentino sin peros. Así es que busque acopiarse del punky de Dos Minutos, el indie de El Mató o el pop de Cerati, mientras ofrece una sustancia que entra en armonía con las del pop estadounidense. La elección del primer ídolo de nuestra infancia es posiblemente uno de los recuerdos más difíciles de olvidar. El de Boogie es Michael Jackson. Y Boogie no olvida, pero tampoco a La Saladita, el Gauchito Gil y los relatos de boxeo de Osvaldo Príncipi. Argentino hasta los demos.
El juego de la eternidad es usado también en la portada del disco. Un PNG transparente, como capa de Photoshop, adivina una silueta de Martín, con alas de ángel y una luz prístina al nivel de la cintura; un borrador que cuenta más de lo que muestra. La falta de personalización (primer plano de una cara) puede aludir a la cantidad de oportunidades que un pibe puede llegar a tener antes de ganar su consagración, que es en definitiva, la falsa promesa que justamente “compraron” muchos de los cantantes, el mito de la mal llamada música urbana, como si de una política pública se tratase. ¿Quién es Boogie entonces? El que lo sigue buscando, con resultados mucho más alentadores que tiempo atrás. Eso sí: de garantías en estos tiempos, casi ninguna.
Alejado ya de su debut, Boogie experimenta mucho más con su voz, bordea, agudiza y conmueve como el Kanye West de antaño, y hasta provoca ecos del buen Justin Timberlake, cuando sobre un piano flexea a sus groupies en el sentimental ‘MAMÁ TENÍA RAZÓN‘. ‘PUTISHORT‘ y su estribillo de cancha mantienen la novedad por el intercambio de samples. Lo que los STEREO traen es ‘Nude‘, de Radiohead. “No traigas ninguna gran idea, no van a ocurrir”, desanima Yorke. Pero el artista es educado en su desobediencia, y plantado en la melodía melancólica rompe la congoja con un riesgoso: “Ese culo es más grande que una casa / Te voy a dejar un negro adentro de la panza”. Como diría Mauro Albarracín (aka Les Amateurs): chorreante.
“Arrancó la guerra gente, sin trabajo, techo ni educación, la calle con olor a mierda parece que esto es el fin”, pinta para ‘NEGRO MONOBLOCK‘ con la melodía de ‘Ageispolis‘ de Aphex Twin (que años más tarde popularizarían los Die Antwoord en ‘Ugly boy‘). Boogie democratiza la barbarie, porque bien puede referirse a la inoperancia bonaerense como la mugre del abandono porteño. Mugre y calentura, igual que en las películas de Abel Ferrara, este rapero (y bailarín) transita una lírica cotidianamente turbia, así anticipaba en ‘BILLIE JEAN‘, canción que forma parte de "LOS MÁS ODIADOS", el EP que grabó con El Doctor, el broche de oro para una amistad entre parias. “Te re gustó que te ponga en cuatro dentro de la habitación de tu padrastro muerto”. Los encares carnales de sus letras son chocantes y se agradecen en tanto y en cuanto el léxico actual ha preferido los anglicismos en detrimento del erotismo español (“me hottea” por el noble e infalible “me calienta”). Su saciedad ni se avizora, por eso Boogie arremete y parece, en una simpática casualidad, labrar el preámbulo (“le voy a dejar un negro adentro de la panza”) de otra famélica crónica, la que la grandiosa Zé Pequeña comparte sin pudor en ‘TORNIQUETE‘: “estoy segura, va a querer darme aunque esté fresca la cesárea”.
La bifásica sonora de su tándem productor subraya la destreza de Boogie para subirse a las pistas. Charly García (‘Promesas sobre el bidet‘ en ‘BANDO (FREESTYLE)‘, Caroline Polacheck (‘Sirens‘ tema donde canta junto a Flume, que es usado en ‘VOY A DISPARARME‘), y hasta el ya mencionado Richard David James. Aunque quizás los que hablen por encima de su propia voz (esta vez mucho más a favor de lo melódico) sean los más cercanos en el tiempo, porque Boogie también cita a sus contemporáneos. Y es esa última palabra y no otra la que denomine el dilema: Martín Velázquez es absolutamente parte de una nueva generación de artistas y que haya usado ‘She Don’t Give a Fo‘ de Duki como sample en ‘JOVEN POR SIEMPRE‘ es paradigmático. Canción rompedora, una de las primeras molotovs de Mauro, son las justas para tomar consciencia de la distancia en la que nos encontramos. El mismo Martín dirá que la referencia es usada para señalar una “época dorada”. Duki, que acaba de cumplir treinta años y está a meses de una década de carrera (sin novedades musicales en todo 2026, a excepción del remix de ‘Medusa‘ de Neo Pistea), empieza a percibirse como un recuerdo de lo que fue, pasa a ser de material original a archivo para reconvertir lenguajes musicales, lo cual es bastante meritorio, por otro lado.
Cuando ‘JOVEN POR SIEMPRE‘ llega al clímax, la base se parece curiosamente a ‘Los del espacio‘ (en el momento de esa canción donde entra FMK), esa meca de la realityshowización del tema, haciendo más radical el sample. Hay una diferencia palpable entre los ya materialmente instalados chicos y chicas del tema que parecen competir para ver quien compone una línea más alcalina. En contraposición a la inercia creativa que suele generar la abundancia, Boogie agradece el alivio: “ya pasamos lo peor”.
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