asia⭑core es el arte del diggin’ y la investigación: nuestro combustible para informar y divulgar esa música que el algoritmo no comparte. Cada país y cada ciudad tiene su propia frecuencia. Porque la música asiática no importa por ser inusual o alternativa: importa porque en cada lugar hay algunas de las mutaciones sonoras más interesantes e intrigantes del presente. Esta columna será una guía de territorios, géneros y de esa Asia adonde nos lleve la curiosidad. El 20 de cada mes elegiremos un punto en el mapa para escuchar lo que clama cada metrópoli oriental.
En este momento son las 12 AM en Tell Tamer, un pueblo al noreste de Siria; seis horas más que en Buenos Aires, desde donde escribo.
Camellos, zigurats y arena, mucha arena. Quizás esas sean las primeras imágenes que aparecen en nuestro cerebro al escuchar una melodía árabe, una estampa impuesta por décadas de películas y series, que ha reducido tradiciones artísticas del mundo arábigo a una simple "música de nivel desértico", una etiqueta que no se toma el tiempo de entender cómo nace un sonido cultural.
Entonces, ¿cuál es el sonido árabe y qué lo hace tan distintivo? Tal vez baste con cerrar los ojos, soltar los clichés occidentales y dejarse llevar. Como primera sensación, la música arábiga desmonta las expectativas y nos desafía a continuar sin guías preexistentes. No hay una armonía que resolver ni un estribillo que anticipar. Lo que sí hay, en cambio, son melodías que se estiran, se quiebran y se deslizan por escalas que nuestros oídos no están acostumbrados.
Esa primera extrañeza tiene una explicación musical. La tradición árabe se organiza en los maqamat, sistemas de escalas que construyen las inflexiones melódicas fuera de nuestro compás occidentalizado. No es que suene exótico por casualidad, es parte de una lógica distinta, donde la belleza no está en la resolución armónica sino en el viaje de la melodía, en la forma en que se enrolla sobre sí misma y se rehúsa a terminar.
El ritmo, por su parte, no es un simple acompañamiento. En muchas de sus formas tradicionales —como el dabke, en el que luego indagaremos— la música fue y está pensada para ser bailada en grupo, con pasos que agrietan la tierra, con cuerpos que se aferran unos a otros. No es parte de ningún soundtrack, es un sonido que convoca un movimiento colectivo.
Introducción a la música levantina
Esta tradición musical no sólo sobrevivió al paso del tiempo, sino que fue tomando cada partecita de vida que atravesó por esas tierras. Fueron siglos desde las cortes de Bagdad, con viajes de poetas y músicos, que se encontró en la palabra cantada su forma más depurada, y por suerte, también fue la banda sonora de la calle, de las bodas, de las celebraciones populares. Para los intereses de esta columna, hagamos un poco de zoom y quedémonos en el Levante árabe, una región que hoy abraza a Siria, Líbano, Jordania, Palestina y el sur de Turquía.
Históricamente, este rincón es un verdadero cruce de caminos: allí se encontraron fenicios, griegos, judíos y cristianos, entre muchos otros. Con el tiempo, la región se arabizó y el islam se extendió, pero esa diversidad dejó huella en su cosmovisión. Desde la era preislámica en adelante, la música levantina bebió de la tradición árabe y la poesía originaria de la península arábiga (Arabia Saudí, Yemen, etc), pero también absorbió influencias griegas, turcas y mediterráneas. Mientras el sistema de escalas sigue siendo el eje, los ritmos y los instrumentos cuentan una historia de intercambios constantes.
Artistas de la región han mantenido vivo ese compromiso músico-cultural con distintos tintes. En los 70 y 80, el libanés Ziad Rahbani fusionó la tradición musical de su país con el jazz y sonidos occidentales, creando un lenguaje propio que sigue siendo referente. Fairuz, su madre y una de las voces más emblemáticas del siglo XX en el mundo árabe, encarnó esa herencia desde la canción popular, convirtiéndose en un símbolo cultural del Levante. Más cerca en el tiempo, el también libanés Ibrahim Maalouf ha llevado esa fusión al territorio del jazz contemporáneo con su "Levantine Symphony No. 1", una obra que concibe la región como un espacio de encuentro entre la tradición y la modernidad.
De todo este cóctel de necesidad de expresión social, hay un género que ha sabido mantener su pulso popular sin perder su esencia: el dabke.
Su nombre en árabe se puede traducir como "golpeo de pies" o "zapateo" y se basa en una danza folklórica rápida y colectiva, muy popular en ocasiones festivas y con un repertorio propio de canciones que varían según la región. Según la propia mitología, el baile habría nacido a partir de los pisotones que los paisanos fenicios daban a los techos de barro para compactar la materia y volverla más resistente. Hay versiones bailadas solo por hombres, solo por mujeres, o mixtas, pero en todas ellas hay un elemento común: una línea de personas tomadas de la mano o agarrados de los hombros, moviéndose al unísono como un solo cuerpo que avanza y retrocede al ritmo de la música; es parte de su historia y del alma de todo un pueblo.
Con una fuerte intensidad emocional y letras de amor, anhelo y reproche, se suman una gran variedad de instrumentos levantinos, desde el reconocido laúd, el derbake (percusión), el kanún y rebab (cuerdas), el daff (simil pandereta) y el mijwiz (una especie de clarinete de caña), entre otros. Dentro de las mencionadas maqamat, la escala musical preferida para los dabkes es el bayātī, gracias a su estructura melódica generosa y maleable que permite crear calidez sonora adecuada a la sinergia rítmica del conjunto. El paso del tiempo y las modernizaciones actuales permitieron que el género pudiera innovar con el uso de sintetizadores y cajas de ritmos, expandiendo su abanico sonoro.
Omar Souleyman: embajador del dabke

Omar y la producción típica de casetes de la región.
Este soplo de aire fresco no podía entenderse sin su principal delegado a nivel internacional: Omar Souleyman. Nació en 1966 en la provincia de al-Hasakah, Siria, y creció en Tell Tamer, un pueblo cercano a la frontera turca con una asombrosa diversidad cultural. Fue agricultor y obrero de la construcción, mientras que la música era un simple hobby. A mediados de los años 90, su voz y su presencia en el escenario empezaron a darle trabajo como cantante en bodas. Desde entonces, ha acumulado una discografía de más de quinientos casetes, en su mayoría grabaciones en vivo de los casorios.
Su socio clave fue el artista y teclista kurdo Rizan Sa’id, con quien empezó a trabajar durante esa época. Juntos incorporaron sintetizadores y cajas de ritmos en el dabke, y poco a poco surgió la idea de ir acelerando las cosas. Una curiosa consecuencia técnica, que para ellos fue puramente práctica, encontró un eco inesperado en el pulso contemporáneo. Sin saberlo, estaban afinando el sonido de una era que, fuera de sus fronteras, comenzaba a moverse a una velocidad sin precedentes, con estímulos constantes.
La casualidad quiso que su salto a la fama internacional tuviera una historia detrás: Mark Gergis, músico californiano de ascendencia iraquí, escuchó por primera vez una cinta de Souleyman en un puesto de mercado en la capital siria de Damasco. Le fascinó tanto que empezó a comprar sus casetes en masa y, en 2006, contactó con el cantante para editar, un año después, sus mejores temas en un disco para el sello Sublime Frequencies —especializados en música tradicional de cualquier parte del mundo— llamado “Highway To Hassake (Folk and Pop Sounds of Syria)”. A este primer compilatorio la discográfica lo complementó con otros dos: “Dabke 2020” y “Jazeera Nights”, que le permitieron su entrada en el mercado de oyentes a nivel mundial, por fuera del mediterráneo oriental.
Paréntesis para una curiosidad: aunque el dabke es identidad del levante árabe e Irak esté cerca geográficamente, del otro lado de las montañas Sinjar, existe el choubi, pariente más que cercano del género, también caracterizado por su ritmo rápido y percusivo, al que Mark Gergis no dudó en difundir en esas épocas con los compilados “Choubi Choubi! Folk and Pop Songs From Iraq”.
A partir de la década del 2010, en paralelo a sus primeros cuatro álbumes de estudio, se marcó un punto de inflexión muy importante en lo referido a la proyección internacional de Omar. Las invitaciones y participaciones en eventos no tardaron en llegar, una de ellas fue la colaboración con Björk, en donde remixó ‘Crystalline’ del álbum “Biophilia”. En el tema se puede apreciar al dabke en un entorno de calidad de producción notable, pero que no se desprende del sonido crudo e impulsivo casi lo-fi de sus mejores canciones. También viajó por presentaciones y festivales a Reino Unido, Europa, Estados Unidos y Japón, incluso con varios shows en Latinoamérica, repitiendo países como Argentina, México y Chile, uno de los lugares donde más abrazaron sus raíces y tradiciones árabes.

Sin embargo, en paralelo a su contexto de éxito internacional, comenzó a desarrollarse una tragedia personal y colectiva. Con el estallido de la guerra civil siria en 2011, Souleyman se vio forzado al exilio. Su ciudad natal se volvió inhabitable, provocando al cantante a huir, en una odisea esquivando balas y cadáveres. La violencia y el desplazamiento tiñeron sus canciones de amor, antaño festivas, con un inevitable matiz de melancolía y preocupación.
En octubre de 2013 lanzó su primer álbum de estudio, "Wenu Wenu", producido por el británico Kieran Hebden, más conocido como Four Tet, quién acompañó a Omar a grabarlo en un estudio en Brooklyn. Su trabajo como productor fue importante ya que logró encapsular el sonido de Souleyman sin modificar su esencia en absoluto. Desde esta perspectiva logra realzar los matices de los instrumentos y los enérgicos sintetizadores a un nivel de trance árabe que va directo en vena, impulsando la necesidad de bailar con el plus de velocidad. Es la sensación de comprarse unos auriculares de calidad y recibir una amplia escena sonora a disposición para sentir la inmersión completa que tus audífonos Samsung con cable comprados en un quiosco no podían ofrecerte.
En cuanto a las letras, la música de Souleyman explora el romance y la compañía. Esos tropos toman más peso en su siguiente álbum, "Bahdeni Nami" de 2015. Entre los idiomas árabe y el kurdo, los mensajes universales del amor viajan entre el incansable teclado de Rizan Sa’id y el tiempo, de la forma que lo hizo el amor como idea abstracta durante toda nuestra existencia como seres capaces de experimentar. “No se trata solo de amantes, ni del amor en un contexto específico. Es una comprensión general del amor”, declaró en una entrevista para The Guardian.
Entre 2015 y 2019, Souleyman publicó dos álbumes más bajo el sello Mad Decent de Diplo —“To Syria, with Love” (2017) y “Shlon” (2019)—, consolidando su presencia en la escena electrónica internacional. Pero mientras su música viajaba por el mundo, su vida personal atravesaba su momento más angustiante. Desde el estallido de la guerra civil siria en 2011, Omar vivía exiliado en Turquía, donde incluso llegó a abrir una panadería gratuita para ayudar a las familias refugiadas. Sin embargo, en noviembre de 2021, fue arrestado en Urfa, acusado de presuntos vínculos con las Unidades de Protección Popular Kurda (YPG), una milicia que el gobierno turco considera terrorista. Liberado al día siguiente sin cargos, el episodio desembocó en un nuevo exilio.
Su hogar pasó a estar en Erbil, la capital del Kurdistán iraquí, un lugar que le ofreció un refugio y consuelo en medio de estas dificultades. A esta ciudad, que representa su realidad actual, le dedicó un álbum homónimo en 2024. Siguiendo con la fórmula de instrumentos tradicionales y los modernos, en “Erbil” se suma a la mezcla propia el EDM, que abrió paso a una cadencia hipnótica que mantiene en vilo al escucha durante toda la obra.
Lejos de quedarse en su zona de confort a sus más de sesenta años, Souleyman sigue demostrando su capacidad para conectar con audiencias globales. Su trabajo más reciente fue formar parte del single de Gorillaz, ‘Damascus’, del LP “The Mountain”. El tema, —con la colaboración del rapero Yasiin Bey— es una pieza que combina Hip Hop con una clara impronta del sonido árabe de Souleyman, tachando una nueva combinación de mundos.
Aunque el dabke pertenece tradicionalmente a la región levantina, Omar supo ser la bandera global del género incluyendo a todos los pueblos como parte de su sello de identidad y como símbolo de resistencia cultural. Lo que algunos quieren separar con guerras, la tradición ancestral y la música logran que florezcan hasta en los terrenos más áridos.
Mi música proviene de la comunidad de la que vengo: los árabes, los kurdos, los asirios, todos forman parte de esta comunidad. Incluso la turca y la iraquí, porque están muy cerca, justo al otro lado de la frontera.
-Omar Souleyman (The Guardian, 2013)
La inquietud y la curiosidad pueden mover montañas, o al menos la vida de las personas. ¿Quién le diría al Omar de los años 90 que habría gente fuera de Siria bailando sus canciones, sintiendo en la piel poesías en un idioma que desconocen?. Y es que, en su música, el significado no está al completo en las líricas sino en la atracción de los instrumentos, en la celebración colectiva. Porque incluso en el exilio, incluso cuando las letras hablan de corazones rotos o de lealtades inquebrantables, lo que prevalece es el pulso. Souleyman lo sabe. Y ese pulso, como nuestra existencia, no espera a ser entendido para seguir latiendo.
Escucha "Dabke 2020: Folk and Pop Sounds of Syria" (2009) de Omar Souleyman en Spotify, YouTube y Bandcamp:









