La escena contemporánea del jazz porteño tiene la extraña virtud de tomar forma en los espacios que le plazca: no se limita a los recintos consagrados al género únicamente. Así, ir a escuchar al Pipi Piazzolla Trío en Artlab, un lugar habitualmente destinado a la música electrónica y las artes audiovisuales, supone desde el vamos un choque estético: la tracción a sangre acústica invadiendo el territorio de los hardwares. Esta agrupación, que completa su triángulo de vanguardia con Damián Fogiel en saxos y Lucio Balduini en guitarra eléctrica, no es un ensamble más en la prolífica agenda de Daniel Piazzolla. Se trata de un trío bassless, una decisión estructural que los obliga a renegociar la armonía compás a compás, saltando al vacío sin la tradicional red de contención rítmica que brinda típicamente el contrabajo.
El Pipi Piazzolla, solemne, iluminado por un único haz de luz, comienza un solo de batería introductorio que sumerge a todos de inmediato en su atmósfera. Un repiqueteo acumulativo domina el sonido, sugiriendo cierta sensación de espera, de desarrollo, de inminencia. Esta decisión de abrir el espectáculo a pura percusión marca el territorio de una banda donde la batería, lejos de limitarse a acompañar, dirige la música y comanda al resto de los instrumentos. Al terminar, aclara que el tema inaugural fue ‘Para Max’, en referencia a Max Roach, quien, decía, fue el primero en sostener un ritmo por tanto tiempo, algo que evidentemente cambió la forma de la batería para siempre y abrió un inmenso campo de posibilidades antes vedado.
Después, celebra los 100 años del nacimiento de John Coltrane y presenta al trío: Damián Fogiel en el saxofón tenor y Lucio Balduini en la guitarra eléctrica, quienes suben al escenario.
Fotografías: Valentina Rebaudengo.



Comienzan con una fuerza singular: sobrevuelan la canción, con la batería al comando del ritmo, Lucio Balduini como guitarra rítmica y el saxo desplegado con desenfreno. Es acá donde la ausencia del contrabajo se vuelve un motor creativo, obligando a los tres a cubrir esos vacíos con texturas mucho más elásticas, arriesgadas, casi impropias de sus instrumentos. Lejos de exasperar, el final es melódico, relajado y apacible, como una gran exhalación de toda la banda.
Tocan luego un “estreno mundial” en palabras del Pipi, para ellos, pero porque lo aprendieron esa misma tarde: ‘Despierta en la Brisa’, del último disco de Luis Alberto Spinetta, “Un mañana”. El riff, reinterpretado en modo casi country por Balduini, retrata el tema de forma diferente, pero no deja de ser tan tranquilo como la versión original. Es Damián Fogiel quien, envuelto en el humo, toca armoniosamente el solo. Todo esto muestra la versatilidad de los intérpretes al variar de géneros magistralmente: pasan de un jazz experimental, al que le saca el máximo provecho a la rara formación, a uno mucho más melódico que roza el folk por la clara predominancia de Balduini. En estos pasajes, el guitarrista demuestra que puede ser el artífice del estilo del grupo, dirigiendo desde las sombras, utilizando un magistral despliegue de pedales para rellenar las frecuencias graves mientras sostiene la estructura armónica.
A continuación el Pipi anuncia un tema suyo, ‘Polacos’, que le dedica a Mariano Sívori y al propio Fogiel, porque su vínculo tan hermanado le provocó crear una canción para ellos, de ascendencia polaca. Aclara: “Si les gustan los solos pueden aplaudir; si no les gusta, no aplaudan”. Piazzolla mantiene un ritmo inverosímil a lo largo de todo el track, como si aún hicieran falta pruebas de su destreza. Compás a compás, Balduini y Fogiel se reparten equitativamente la melodía principal y los espacios con mayor independencia para improvisar. Lejos de imponerse como un líder totalitario, el Pipi asume un rol de combustión colectiva, invitando a sus compañeros a desenvolverse con autonomía, dejando en claro que en este formato íntimo encuentra una libertad de negociación musical que sus proyectos de formato más orquestal no siempre les permiten. Es en esta compleja armonía, que instalan con tanta facilidad, radica una de las principales virtudes de la banda: lograr un sonido distintivo, original, distinguible de tanto jazz que suena hoy en día.
Tras la lluvia de aplausos, el Pipi anuncia que tocarán dos versiones de un mismo tema, ‘Apocalipsis’: “una ATP, ‘para mi mamá’, aclaró; y la otra, bueno… la otra es una deformidad: vamos a tocar las dos para que se den una idea”. De repente, la guitarra de Balduini suena como un sintetizador casi de ambient, mientras el tenor revolotea en melodías y el Pipi acumula energía hasta estallar. A medida que avanza el tema, más se descompensan los instrumentos, colapsando; este fue el contraste entre la primera y la segunda versión. Ese estallido deconstruido expone el lado más salvaje del trío, confirmando que su sonido orbita muy cerca de la improvisación libre sin perder jamás el groove.
“Vamos con el mejor tema de la noche, que es el de Lucio Balduini”, dice el Pipi. Y sin embargo, detallaron, aún no tiene nombre. Antes de que el público sucumbiera al desconcierto, un sonido agudo y recurrente como de un radar, al estilo de Pink Floyd, introduce la pieza. Pero el sonido distintivo se agrega con lo que hace Lucio después: con los graves tocaba el fondo, el ambient, mientras con los agudos destellaba la melodía. A la vez, Fogiel rinde un homenaje a la altura de Coltrane con su solo, que la gente aplaude como pidió el Pipi. Hacia el final, se limita a mantener la base de la canción para que Fogiel y el Pipi se fundieran en la vorágine del bop. “¿Vieron?”, ríe al final Piazzolla.
Sigue ‘Steve’, de Steve Coleman, lo que demuestra que el trío tiene un inagotable entramado de referencias a múltiples artistas. El tema emerge inquietante, desacompasado, casi rozando un punteo colectivo de notas sueltas, en el que los músicos encuentran virtud. Acá, es Balduini quien comanda la melodía de forma tan errática como deliberada. Y sin embargo ingresa en un estado de exploración de tablas infinitas, demostrando que no es ni una cosa ni la otra, ni una improvisación desenfrenada ni una técnica más que académica, sino la integración de las dos en un mismo estilo de jazz. Es insoslayable que Lucio sobresale inclusive rodeado de músicos experimentados como el Pipi Piazzolla y Damián Fogiel, y la gente se lo reconoce al aplaudir tanto al final del solo como antes, en los puntos más elevados de la improvisación. El Pipi cierra el tema en un estallido digno de la representación a Steve.
Al primer intento de bajar del escenario fracasan: la gente los pudo retener pidiendo una más. Con naturalidad, vuelven. El Pipi sentencia que el último tema de la noche será en homenaje a Norberto Minichillo como prueba, de vuelta, de una inter-musicalidad interminable; en vez de escuchar a una sola banda, uno se va con la sensación de haber escuchado a cientos de artistas a la vez. De Minichillo explica que fue el primer percusionista en mezclar jazz con chacarera y con samba, por lo que fue pionero de un jazz fusión autóctono del país. Arranca Piazzolla en un solo que sonaba como si un tropezón nunca terminara de caer, un ritmo irregular que auguraba una caótica interpretación, pero que viró hacia una chacarera sutil, baja, casi silenciosa.



Entre aplausos y gritos del público, Piazzolla tomó el micrófono para agradecer a cada uno de los productores y sonidistas de Artlab y en especial a Diego Gendler, productor de la presentación, por hacer posible aquella noche. Finalmente, con simpleza, los tres músicos hicieron una reverencia en conjunto y bajaron del escenario, mezclándose entre la gente del auditorio, como si no hubieran sido los artífices de una noche cumbre del jazz en Argentina.
La rareza escénica de presenciar este entramado en Artlab cobra todo el sentido del mundo una vez que las luces se encienden. En un espacio habitualmente dedicado al futuro y a las pistas programadas, Piazzolla, Balduini y Fogiel demostraron que no hay nada más desafiante que el riesgo de la improvisación de vanguardia. No es casualidad que hayan prescindido del contrabajo: es exactamente en ese vacío armónico donde el trío encuentra su territorio más fértil para desarmar el género y volverlo a ensamblar en tiempo real. La noche funcionó como un manifiesto rítmico que nos recordó que, a veces, la música necesita quedarse sin una red de contención para poder expresarse en su máximo esplendor.
Escucha "Apocalipsis" (2025) de Pipi Piazzolla Trío en Tidal, YouTube, Apple Music y Spotify:












