Para el hinduismo, reencarnar es parte de un ciclo que termina en unión con lo divino. Los sijes, por su parte, lo ven como un proceso evolutivo hacia purificar el espíritu. El jainismo, en cambio, indica que el buen karma puede llevar a mutar directamente en un deva o semidiós.
¿Y si fuera posible reencarnar en uno mismo? ¿Lo elegirías?
Jaloner lo hizo. No es que haya elegido cada uno de los sucesos que se desprendieron de su primera visita a Argentina. Pero una vez acontecidos, Jal eligió. Eligió dejar su rostro al descubierto, cosa que hasta ese punto no había hecho; eligió teñirse el pelo de rojo; y eligió mostrar su verdadera esencia. Así fue como el Jaloner hermético que tuvo su ciclo vital desde 2008 hasta “Llaves” (2023) devino –tras dos apariciones en Liga Bazooka y un puñado importante de colaboraciones– en un frontman que rapea despiadado, con su entusiasmo en plena ebullición. ¿Qué diferencia a uno del otro? Muy simple: el segundo no quiere ser under. Dejó de abrazar el anonimato. Bajó la guardia, pero subió la vara.
“Pangea: La Grieta” (2024), su disco más reciente, es la crónica y la celebración de este fallo en la matrix de la reencarnación. La tan temida luz al final del túnel se presenta como un fractal esperanzador. Un caleidoscopio que en cada una de sus proyecciones habilita el libre albedrío, incluso después de la muerte. Junto a Dabe, su primo y partner in crime, el rapero alicantino da puntapié inicial a un universo conceptual totalmente sujeto a detalle, que, como comprobaremos más adelante, cuenta con un amplio radio para expandir sus dimensiones.
Nos reunimos en el laboratorio del que emergieron sus últimos lanzamientos: su casa en Alboraia, Valencia. Un espacioso galpón en el que se pueden apreciar cuatro habitaciones, cada una con su pequeño home studio. Atravesando el patio se halla el estudio principal, sala que supo ser anfitriona de más de una jam con amigos, muchos de ellos instrumentistas que sembraron la semilla del free jazz presente en “Pangea: La Grieta”. Cada rincón se presta para ir de la cama a grabar y de grabar a la cama. Es el caldo de cultivo perfecto para la creación.
En su dulce hogar Jal convive con tres amigos y Linda, la perra de uno de ellos: Talym Kolor. Si hacemos la cuenta, probablemente sea el artista con el que más colaboró: “EKETOPÍA” (2025), su último disco, contiene un verso de Jal en dos canciones y también hizo de las suyas en más de un track de “Pangea: La Grieta”. Juntos mantienen vivo un espíritu jameable que acaba de desembocar en “Apofenia” (2025), EP colaborativo en el que se animan a estrechar la mano con beats de electrónica y un ejemplo fugaz de que el proceso de exploración de estos dos no acepta un “no” como respuesta.
El intercambio con Jal por momentos se torna filosófico, no podía ser de otra manera. Entre anécdotas de viaje, reflexiones poéticas y adelantos de próximos proyectos, intentamos volver sobre los pasos que lo llevaron a tenderle una trampa a la reencarnación. Como él mismo va a mencionar, también son los pasos que lo trajeron a esta entrevista, una de las pocas que dio hasta el momento y en la que –me atrevo a decir– habla por varias de las que no dio.
El life-long learning, un concepto educativo, habla de la capacidad que tiene una persona de ser aprendiz toda la vida. ¿Qué lugar tiene el aprendizaje en tu desarrollo artístico?
Tengo el corazón dividido con el tema del aprendizaje. Por un lado se nos dice que venimos a esta vida con un propósito y que hasta que no aprendamos algunas lecciones no es nuestro momento de despedirnos. Sucede lo mismo con los estudios. Te dicen que tienes que elegir lo que te gusta, estudiarlo y, entonces, tu vida tendrá sentido. Como una especie de excusa para justificar el capitalismo, porque no todo el mundo necesita estudiar para ganarse la vida. En “Pangea: La Grieta” trato muy sutilmente este tema con una analogía entre el cuerpo físico y el alma. El capitalismo requiere tu cuerpo para trabajar en pos de que otros estén cómodos y ganen mucho dinero. Con el alma sucede lo mismo: nos dicen que venimos al mundo a aprender algo, pero hay gente que aprovechando esa idea utiliza nuestra energía para su propio bienestar.
Por otro lado, obviamente me encanta aprender. Soy muy sagitariano y no puedo parar. Me estimula y me hace sentir realizado. Es algo natural en mí. A veces siento que no sé nada y que todo el mundo tiene una visión interesante. No soy de ideas fijas ni cuadrado. Me dejo llevar por las energías que hay a mi alrededor. Por ejemplo, antes me gustaba la competición dentro del rap. La competi sana, el discurso del egotripping, el ser el mejor a toda costa. Con el tiempo fui viendo que eso no tenía mucho sentido para mí y lo fui cambiando.
Entonces: por un lado me estimula, por otro lado hay que ver si es una trampa o no. Y, por otro, cada vez veo más claro que lo más importante es desaprender y que todo lo que necesitamos aprender en realidad ya está dentro nuestro. Simplemente hay que desaprender toda la programación que hay en nosotros. Por ejemplo, yo estudié telecomunicaciones, que supuestamente está pensado para el bienestar de la sociedad, pero a la vista está que es un arma de doble filo y que puede utilizarse para someter y controlar a la población. Si fuera para facilitar la vida, tenemos herramientas suficientes para erradicar el hambre y las guerras. Se puede utilizar la tecnología para el bienestar real. Tengo la mente y el corazón divididos en todo eso.
En este esquema en el que el aprendizaje termina siendo funcional al capitalismo y a los intereses ajenos, ¿Qué lugar ocupa el arte?
Me gusta pensar que el arte aboga por la metáfora en contraposición de la certeza. Estamos en un mundo en el que se habla mucho de lo que “es así” como si fuese un absoluto. Eso tiene su cosa buena, pero es muy pequeño y no abarca todo. Una certeza normalmente está separada de su contexto y al ser puesta en otro puede perder todo el sentido. Por ejemplo, el uso de la violencia en la sociedad: hay veces en las que es injustificable y otras en las que, para mí, es necesario. Entonces el arte es una ventana hacia una visión metafórica que puede ser hasta más valiosa que la certeza. Una frase, puesta de una determinada manera, puede significar algo en un contexto, algo diferente en otro, y ambas pueden ser válidas. El oyente puede completar esa certeza y hacer la suya, que para otro es otra. Creo que la sociedad debería ir más acorde a las metáforas que a las certezas.
Volviendo a este camino de transformación que te mencionaba al principio, ¿en qué sentís que cambiaste en estos últimos años y qué circunstancias generaron esos cambios?
El mayor punto de inflexión en mi relación con el arte fue ir a Argentina, sin lugar a dudas. Fue un enfrentamiento directo a mis miedos más históricos: la exposición, el qué dirán, el miedo a brillar, el miedo a perder el anonimato. Yo estaba seguro en mi refugio como un gatito, sin tener que estar paseando por el mundo o enfrentando situaciones que podían llegar a ser incómodas. Y gracias al viaje perdí el miedo a ser yo mismo.
¿Qué tuvo ese viaje para que desbloquearas todo eso?
Pasaron muchas cosas mágicas. Típicos viajes que te cambian la vida, en los que te redescubres. La energía de la gente fue determinante. Sentir un feedback a todo el cariño que le había dado al rap. Ver que no era algo que estaba tirando al aire, sino que había una red real de gente que me había escuchado. Llegar a Liga Bazooka, bardear todo el formato y que hubiera gente que me dijera que le había encantado. Esa clase de cosas fueron las que hicieron que Dabe y yo dejemos el laburo al volver a Valencia. Hicimos “Pangea: La Grieta” y hasta aquí venimos solo trabajando de nuestra música. Nos propusimos conscientemente salir del underground. Hacer discos, giras y mostrar nuestro arte al mundo. Antes nos mostrábamos a cuentagotas, de una forma más intimista. Que ahora estemos haciendo una entrevista para mí es un montón.
Antes mencionabas que habías cambiado de parecer respecto a lo competitivo. ¿Nutrió de alguna manera tu universo artístico el paso por Bazooka?
Sí, claro. En realidad yo tomé la decisión de ir a Argentina para ranchar con la gente. Lo de Bazooka era secundario. No tenía que mantener una máscara de battlecat, porque si quiero hacer una carrera en esto no tengo por qué adaptarme a un formato. Pero Bazooka me permitió ser honesto conmigo y no enroscarme mucho con la imagen que iba a dar, algo que en la escena suele ser enfermizo. Ahí vi que el resultado de mostrarte como eres es precioso. Que podía mostrar mi rabia, mi frustración, mi odio hacia la competición y que la gente lo valore. A partir de ahí se armó La Tinta. Eso antes no existía. No sé si he tenido algo que ver con que se haya creado, pero creo que sí. No quiero ser pretencioso ni mucho menos, pero muchos competidores que estuvieron el día de mi batalla con Replik me dijeron “gracias, vamos a pensar qué estamos haciendo con las batallas”.
Mostrarme vulnerable y compartir lo que pensaba originalmente para mí era un reto. No quería faltarle el respeto a Argentina ni a los organizadores, pero sí poner en el foco en qué se está convirtiendo esto. Le estamos haciendo publicidad a Red Bull mientras utilizamos el talento de las calles para insultar públicamente al otro a toda costa. Unos mercenarios, ¿sabes? Y unos chivatos también. Estamos chivando al mainstream de nuestros hermanos en lugar de chivarnos a nuestros hermanos del mainstream. Al haber estado muy dentro las compes cuando era pequeño, tengo conocimiento de causa. Pero sabía que me tenía que currar una propuesta. No podía llegar, descalificar una cosa y no proponer otra. Tampoco ser solamente antisistema o contracultural diciendo que está todo mal. Me parecía que era una causa interesante y que tenía que enfocarla de una forma más humana. Quedé muy contento con esa experiencia. Pero es que al día siguiente ya estaba en el conurbano, luego con el Duki, luego con el Malandro en la villa. Fueron un montón de realidades de golpe, todo muy mágico.
Antes de empezar la entrevista me decías que estuviste en “la realidad más real” de Buenos Aires. ¿Qué tipo de contacto sentís que tuviste con ese núcleo?
Dentro de lo que se podía en ese tiempo y siendo un privilegiado que venía de Europa, estuve en Claypole. La gente estaba como: “¿Qué hace aquí Jaloner?”. En Lomas de Zamora lo mismo. Desde mi posición de ser un artista al que mucha gente de allí conocía, fue bonito. No es que estaba regalado en el medio del camino de pasto [risas]. También hicimos un concierto gratuito en el conurbano, que fue lindo porque sabemos cómo son los tickets allá y que aunque estén a diez o trece lucas para mucha gente sigue siendo un montón. Al final si voy a Belgrano, Caballito o Villa Crespo, me quedo una semana y doy mi concierto en Uniclub o en Niceto, no estoy viendo Argentina. Estoy viendo a lo mejor una capital casi europea con mucho contraste, pero no lo que es subirme a un bondi y vivir la experiencia de “¿me habilitás la carga, amigo?”. No es lo mismo vivir la gran ciudad que estar en el conurbano y que te pongan ahí en la calle un pollo que está cocinando uno en su casa.
Cuando escuché “Apofenia” lo primero que pensé fue: “¿Apreté mal? ¿Es esto un EP de Jaloner?”. Por la búsqueda de sonido, no es algo que te hubiéramos escuchado hace unos años.
Eso tienes que decírselo a Dabe. Yo llevo desde 2013 laburando con él y siempre ha sido muy genio pa’ la música. Un día me pasó el beat de ‘Eterno retorno’ que es irrapeable. Si algún día me pasa una samba, me lo voy a hacer. No es una decisión tanto mía, sino que estoy fifty-fifty con él en el mismo barco. Cuando tira boom bap, pa’lante, es nuestra zona de confort, pero también nos encanta cualquier género. Hacemos casi cualquier cosa. “Apofenia” salió cuando nos juntamos varios músicos en el estudio que tenemos en casa, que es bastante grande, hicimos una jam con varios instrumentos y la grabamos por pistas. Él agarró una parte de la grabación en la que la batería hacía un bombo en negras y compuso el beat. Le dimos forma e hicimos un single raro. Nos justa jugar con lo que la gente espera de nosotros y hacer totalmente lo contrario. Nos parece divertido.
¿Y cómo vivís esa exploración sonora? ¿Te lo tomás como “me voy a meter en un nuevo género” o venga lo que venga lo tenés naturalizado?
Es que no es lo mismo si agarro una pista de electrónica que ha producido alguien que no conozco. Yo lo que veo es que es algo que ha hecho Dabe. Él es mi primo, mi compañero musical y desde muy pequeños hemos jugado juntos. Tengo una visión un poco rara, pero que me sirve, que es que hay una relación tuya con todo lo que tú hagas, un vínculo invisible que generas con tu propia obra en tu cabeza. Y si logras que sea muy importante, ese vínculo también está en el aire. Entonces no es que yo me relacione con la pista de electrónica en sí, sino con el vínculo que Dabe generó con esa pista. Eso se siente muy diferente a decir que estoy haciendo un género u otro.
Otra figura recurrente en tus últimos proyectos es Talym Kolor. Tiene tres apariciones en “Pangea: La Grieta” y es íntegramente parte de “Apofenia”. ¿Cómo ves el vínculo artístico con él?
Increíble. Es el mejor, soy fan de lo que él hace. Lo conocí aquí en Valencia cuando vine en 2020. Fue mi primer compañero de piso aquí y ahora estamos volviendo a vivir juntos. Siempre hemos estado en contacto y nos llevamos muy bien. Tenemos una visión muy similar de la vida y el arte. El año pasado estuvo en Argentina con nosotros y grabó allí unas canciones que pronto va a sacar como parte de un álbum. Él también tiene una relación especial con Argentina. Pero bueno, ha sido todo muy orgánico. Hemos compartido estudios para ensayar. Él produce y es muy bueno haciendo arreglos. En “Pangea” hay muchos temas en los que ha estado presente aportando ideas.
Es interesante el cruce, porque no sé si el Hip Hop es lo primero con lo que lo asociaría a él musicalmente.
Sí y no. A él le gusta mucho el reggae, tiene muchas influencias jamaiquinas y también le gusta mucho la música experimental, el tratamiento del sonido. Ese rollo de tempos lentos, automatizaciones, filtros, efectos, atmósferas. Trabaja mucho eso en su música, pero tiene al Hip Hop como columna vertebral. Se integró a mi proyecto por pura convivencia. Nosotros armamos todos los meses una jam que se llama Delirios. Somos de juntarnos en el estudio a mostrarnos ideas. Vivimos nuestros procesos muy en conjunto.
Pangea se sigue agrietando
Está prácticamente asegurado que no nos va a dar la vida para conocer la totalidad de nuestra propia ciudad. Mucho menos la del planeta, por supuesto. Sin embargo, ¿no vale la pena proponérselo? ¿Toparse en carne propia con el límite? Pangea es el medio por el cual Jaloner traspola este pensamiento a su mundo interno. Es la cinética que hace girar su globo terráqueo identitario. Aunque la percepción del ser tenga una geometría todavía indefinida, queda mucho por seguir explorando. Y, afortunadamente, Pangea no termina en “Pangea: La Grieta”.
La primera aproximación a este universo tuvo que ver justamente con descifrar lo amorfo. Si bien Jaloner siempre fue de colarse entre los recovecos más recónditos de la palabra, en el disco esas esquinas se doblan como cucharas, a la par de los cimientos conceptuales que él tenía sobre su entorno antes de entrar en proceso creativo. Entre instrumentales serpenteantes y palabras que se voltean hasta voltear su significado, la búsqueda es la de un entendimiento más profundo, desde dentro hacia afuera. Encontrar un apoyo para hacer equilibrio y, así, aprender a habitarse a sí mismo en esta nueva versión posreencarnatoria. Si eso no llegara a alcanzar, al menos quedan sobre la mesa las preguntas indicadas.
El 2026 nos recibe con la primicia de que hay un sendero mediante el cual es posible recorrer estas preguntas. Jal decidió, en contraposición al famoso meme, no darle la espalda a la posibilidad de nuevos diamantes. Pangea no es la excepción. Su segunda entrega promete explorar el pantanoso terreno de las emociones. Es un modo de redoblar la apuesta, de decir “si pude conocerme, puedo conocerme otra vez”. Solo que esta vez no es necesario partir hacia una próxima vida para hacerlo. La forma en la que Jaloner dialoga con su propia obra permite entender que Pangea no es lisa y llanamente un universo discográfico, sino una premisa de vida. Una que no distingue credos: es compatible con todo individuo que, viva una o muchas vidas, se comprometa a transitar la que está viviendo como la única que importa atender.
¿Qué lugar ocupa Pangea: La Grieta en tu catálogo?
Es el punto de ruptura con lo antes conocido. Atravesar los miedos. Te agrietas, pero ese dolor es positivo porque aparece una luz a través de ti. Es una especie de renacer sin miedo. A mí me gusta mucho el simbolismo. El disco tiene muchas metáforas. Por un lado hay una apología a la fragilidad: cuando tú te rompes, en realidad estás siendo fuerte al aceptarte como eres. Por otro, Pangea, el continente que era todo y se agrieta con los terremotos, simboliza bastante este punto de la sociedad tan dividido por las guerras. Luego también es una metáfora de la reencarnación, que para mí es una trampa. Cuando tú te mueres, arquetípicamente se supone que hay un túnel con una luz al fondo. Se conoce que el túnel tiene grietas y que si te cuelas a través de ellas no vas hacia esa luz que veías al principio, sino hacia la verdadera luz, que sería tu verdadero propósito. Ahí tú decides si quieres reencarnar o no. La luz del fondo del túnel es artificial, como una especie de cebo. Sería el equivalente al dinero. A esa idea de que tienes que estudiar para conseguir dinero y que recién ahí podrás ejecutar tu propósito, siempre que tengas el dinero. Hay gente que dice que si te vas por la grieta del túnel, te vas del sistema, como esa gente que consigue vivir fuera de él. Si te interesa volver, porque te quedan cosas por hacer o porque quieres laburar, también puedes. Me parece una metáfora muy potente. Así que por un lado me baso en experiencias que fueron catalizadoras de mi transformación, como la de Argentina, pero también está la metáfora de la luz simbolizando los focos, la fama, el éxito y todos esos lugares a los que se supone que tienes que ir. Habiendo salido del underground, me venía muy bien incluirla.
Tengo entendido que Pangea estaba pensado para un universo más grande que un disco. ¿Está cerrada esa puerta?
Esto acaba de empezar. El disco tiene una segunda parte que, si todo va bien, sacaremos a fin de este año. Se podría decir que es la contrapartida del disco anterior. “Pangea: La Grieta” es el inicio de un universo. Hay un terremoto, la tierra se separa y aparece el agua como elemento principal, representando las emociones. La continuación va bastante relacionada con eso y con navegar, que fue lo que nos hizo cruzar el charco y llegar hasta Argentina.
También tengo entendido que los títulos de las canciones de Pangea: La Grieta forman un poema. ¿Cómo es tu relación con la poesía?
Me encanta. Hay gente que dice que soy un poeta. Creo que soy demasiado rapero para la poesía y demasiado poeta para el rap. Pero me gusta esa ambigüedad. Y me gusta la poesía, más que las novelas o los ensayos. Hago mucha. Voy bastante a esos recitales que se suelen organizar en la ciudad.
Si ponemos tus letras en una licuadora, probablemente encontremos señales de un juego obsesivo con la palabra. El camino hacia dominar todos los trucos, como decías antes. La poesía, ¿logra calmar esa obsesión o la refuerza?
Creo que las dos. Es como hablar de Dios. No me voy a meter en las creencias de la gente, pero al final Dios es una experiencia personal. Si lo sientes, lo sientes. No tienes por qué hablar de ello ni hacer propaganda, pero parece que hay especial interés en hablar de ello y en hacer propaganda para que la gente contacte con Dios. Creo que hay una relación así, medio extraña. Sé que lo importante no es la palabra. Es verdad que tiene mucho poder, que es posible crear realidades a partir de mantrificar y repetir las cosas. Pero también creo que lo importante es lo que hay detrás de la palabra, la emoción que viene primero. La emoción va antes que las palabras. La poesía, al menos la contemporánea, la del verso libre, me refuerza la parte de las emociones más puras. Y me gusta mucho jugar con la palabra. Es algo que no quiero perder nunca. Decir: “Si le cambias una letra a esta palabra, puede significar esto; y si pones esto acá, puede significar esto otro”. Ese baile me encanta en la poesía y en el rap. No es lo mismo una voz poética que una voz rapera, pero, al menos como yo lo vivo, cuando rapeo trato de conectar con mi identidad y cuando hago poesía trato de conectar con todas las identidades que puedo representar en el fractal de la existencia que todos experimentamos. En la poesía trato de buscar aún más metáfora.
¿Y ves puntos de conexión entre poesía y rap?
Sí, yo estoy entre los dos mundos. Creo que la capacidad de crear imágenes locas es pura poesía. Con que sea “corazón violeta en el mechero dormido”, lo rapeas y es una barra, es algo. Y si lo incluyes en un poema, también es algo. Yo nunca he tenido miedo a perder el street cred al usar palabras locas. Me parece un juego divertido, sin más. Es como si hicieras graffiti y tuvieras miedo a usar unos colores u otros. Como si dijeras “hay que usar solo el plata y el negro, no puedes juntar violeta, verde y rosa, porque cuidao’, eso no es graffiti”. A mí todo me parece bien. Cuando escuchaba rap de pequeño y no sabía lo que era una palabra, me daba alegría buscar el significado. Me gusta sentir que sigo en esa rueda de inspiración para otra gente. Trato de poner esos puntos detectivescos para quien quiera seguir los hilos, aunque reconozco que a veces me enrosco demasiado. Ojo: no descarto sacar un librito en el que mezcle algunas lyrics con algunos poemas.
Llevás cinco años viviendo en Valencia, ¿cómo se respira el Hip Hop acá a diferencia de Alicante?
Es distinto, pero piensa que ambas forman parte de la misma comunidad autónoma que se llama Comunidad Valenciana, en la que están Alicante, Valencia y Castellón. Históricamente Alicante ha sido una ciudad muy potente dentro del Hip Hop junto a Madrid y Barcelona. En el ’88 ya estaba colmada de graffitis. Entonces allí hay más historia. Aquí también, pero no la he vivido. Conozco muchos grupos que están hace tiempo aquí en Valencia, pero no he visto todo tan de cerca. Algo que pasa con Valencia es que al ser una ciudad un poco más grande, absorbe más las tendencias. Aquí hay más moderneo, la gente se sube más fácil a ese carro y todo es un poco más líquido. Alicante es más pueblo. No hay tanta gente, así que va todo un poco más lento. Aquí hay muchos más planes, más opciones de ocio, de teatro, de cultura, más intercambio de ideas. Tiene su parte buena y su parte mala, porque estás en una y de repente cuando llega otra diferente, no terminas de asimilar la anterior. Estás en el hyperpop y no has terminado de entender el trap, después llega el surf y así. También sucede que Valencia es plana, prácticamente no hay geografía en la ciudad, y Alicante es casi todo montaña, así que la energía es otra.
¿Y qué impresión tenés de la escena valenciana?
Me pone muy contento, por ejemplo, gente como Hoke, que ha salido de Valencia y que le está yendo muy bien. Tampoco es que esté muy en contacto con la escena, porque hay de todo y además yo estoy bastante en mi mundo. De quienes frecuento más, además de Talym y Hoke, te puedo nombrar a Kiamya, una chica que ahora está con la música electrónica pero también ha hecho soul y flamenco, y a Atari Hanzo, que le ha producido a Hoke varias veces.
En Reconocer la falla están encapsulados algunos de tus deseos para la sociedad. ¿Compartís la mirada que tenías cuando escribiste ese tema o cambió de alguna manera?
Comparto el speech inicial de que en la fragilidad está el verdadero poder. Esa parte está bastante inspirada por las últimas guerras, un poco por el patriarcado y por ver a tantas familias fragmentadas por maltrato. Me sirvió por la coyuntura que ha habido en mi familia, de mis padres separados hace un montón. Hay un anhelo de que se junten las cosas que están separadas por falta de valentía, de asumir que todos estamos heridos y que de reconocerlo no habría tanta pelea.
Otro tema que genera grietas actualmente es el de los avances tecnológicos, que están aterrizando cada vez más en debates musicales a partir de la irrupción de la inteligencia artificial en los procesos creativos. ¿Formaste alguna mirada puntual sobre eso?
Tengo mis ideas, pero pueden cambiar mañana. Podríamos preguntarle a la IA [risas], pero va a tirar una mierda complaciente seguro. Es una realidad que la IA está arruinando nuestras vidas. Hay cada vez más música creada por IA y no se puede ir contra eso. Hay que aceptar que estamos en un punto “X”. “Efugio” (2022), el álbum que saqué antes de “Pangea: La Grieta”, es justo sobre eso. Sobre el capitalismo de plataformas, la dictadura de la tecnología. Así que estuve mucho tiempo orbitando sobre su aspecto negativo, lo conozco muy a fondo. Al haber trabajado de programador soy consciente de la cantidad de locuras que se hacen con la tecnología para nuestro perjuicio. Quise salir de ahí, no me hace bien ser consciente de eso. Creo que sobrevive la idea que alimentas y ahora yo quiero alimentar que está en nuestras manos usar esto con un fin positivo y utilitario, en el sentido humano, no mercantil.
La vida es como una caja de alfajores
La relación de Jaloner con Argentina encuentra síntesis en su fascinación por una de sus golosinas más típicas: me cuenta que gastó (invirtió, en realidad) una excesiva cantidad de plata en cajas de alfajores. En el backstage de uno de los shows que dio acá, puso las cajas a disposición de todos los presentes. Los alfajores se esfumaron en cuestión de minutos, obvio, pero: ¿quién le quita lo bailado? Digo que este fetiche es una síntesis, porque el profundo vínculo que Jal estableció con el país se refleja en detalles microscópicos como saber que el Capitán del Espacio se consigue más fácil en Zona Sur.
Tanto el caos como la belleza de un lugar tienden a invisibilizarse a ojos de un local, pero desde su condición de visitante, él desnaturaliza ambas. De esa mirada se desprende “Alfajores”, un souvenir a la inversa: un regalo que deja quien se va. La dinámica es atípica, pero igual de excepcional resulta que una visita deje una marca del mismo tamaño de la que se lleva a casa. Es que es así: que Jal te visite se siente igual de hospitalario que visitarlo. Este disco de feats, próximo a salir, advierte barrer a un costado todo lo malo que los discos de feats suelen tener. Dada su elaboración artesanal, estos alfajores tienen pinta de aumentar su sabor fuera de la caja.
Yendo al futuro inmediato, ¿querés contar algo de “Alfajores”?
Espero que salga entre fines de marzo y principios de abril. Como muy tarde en junio. No debería decir esto, porque después me corre el calendario [risas]. Estoy muy contento de haber podido hacer un disco en Argentina. Llevamos la placa, el micrófono y el ordenador allá. El Acru me dejó los parlantes, tal otro la guitarra y así completamos la quest, recolectando las piezas del puzzle. Colaboramos con un montón de artistas que nos encantan, con muchas palabras de allí que me encanta usar.
Al haberlo hecho allá y viendo el nombre, calculo que está muy atravesado por la argentinidad.
Sí, totalmente. Todos los beats estuvieron hechos allá por Dabe en Avenida Corrientes. Queremos hacer una analogía con el tema de la comida, quizás al estilo MF DOOM, con este rollo de: ¿hasta qué punto quiero comer alfajores realmente?, ¿hasta qué punto quiero todo el rato azúcar procesado? Un poco es una analogía entre el hambre y el dinero: ¿hasta qué punto es mi hambre realmente por el alfajor o es solamente un caramelito que me ponen para que vaya hacia adelante sin parar? No quise que quede en el típico disco de feats que ni fu ni fa, que ni el artista ni los colaboradores se lucen. Nuestro laburo fue representar una experiencia real de viaje con todas sus paradas. Cada persona tiene su alfajor representativo, sea de su barrio o porque simplemente le gusta. No es un álbum conceptual ni de coña, pero tiene su miga y queremos que tenga un lugar en nuestra historia.
Me gustaría dejar abierta una última grieta y terminar la entrevista con una pregunta tuya.
¿Es la reencarnación una trampa? ¿Para qué o para quién es necesario el aprendizaje?
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