Reseñas

Los Machetes: guarapo, perros y puñal en Bogotá

En su álbum debut Los Machetes hicieron una banda sonora bogotana que escapa a los city tours para turistas extranjeros, hincando el pie en un sentido de pertenencia como pocas veces llega a la superficie

El 9 de abril de 1948 Sady González, pionero del fotoperiodismo en Bogotá, capturó la naturaleza de Los Machetes mucho tiempo antes de que la banda existiera. Puso su ojo sobre una fila de campesinos, vestidos de paño y sombrero, con caras intimidantes, cargados de cuchillos, martillos y palustres. Son las armas que recogió décadas más tarde la banda que formó Rafael Piedrahita. Él a la cabeza, con un cuatro llanero en la mano, el bajo metálico de Camilo Infante, una guitarra de palo a cargo de Juan David Rozo, percusiones delante Daniel Aguilar y completando la cuadrilla con una pesada voz perteneciente a Fernando Del Castillo. Así como la foto de Sady, esta banda registra los fantasmas que siempre han estado en la ciudad de Bogotá, susurros que han trascendido y son evidencia de las cicatrices del tiempo.

Los Machetes son una gallada muy rola. En el prontuario de sus integrantes figuran bandas como 1280 Almas, R.A.Z.A, Sagrada Escritura y Nanook el Ultimo Esquimal, bandas capitales de la movida underground colombiana. La chispa de conformar esta cuadrilla, al igual que la foto de Sady Gonzalez, surgió en medio de un episodio de profunda violencia que vivía la ciudad. En noviembre del 2019 la movilización social en contra del gobierno de Iván Duque llegó a picos muy altos. No sólo en temas de creatividad e ingenio, como los cacerolazos y cánticos con los que se expresaba el descontento popular, sino de represión, miedo y violencia. Las marchas por la ciudad hicieron que Rafael y Fernando se encontraran en las calles de Teusaquillo, un barrio bogotano cercano al sitio donde se hizo la foto que tomó Sady González en 1948. Entre charlas, surgió la idea de experimentar alrededor de músicas del interior del país y usar esos sonidos para combatir en el presente. Dos personajes de la generación punkera de los años noventa, que tocaron con 1280 Almas y Sagrada Escritura en los circuitos underground bogotanos, decidieron remozar el filo de sus creaciones con una nueva banda: Los Machetes.

Con el Diablo a la Espalda” es el primer larga duración de este grupo. Una obra que contiene diez canciones que mezclan identidad campesina, punk y un habilidoso cuatro llanero. A primera escucha destaca ‘Somos perros’, el homenaje al pasado propio, tratándose de un cover de la canción del disco “¡Que Pasa! de Sagrada Escritura, editado en 1997. Una nueva versión cantada, con un bajo golpeador que hace mover la cabeza y querer poguear. “Tienes hambre de ir a’ palante, záfate los hierros cortantes” suena a sentencia venida del margen de la sociedad, de ser perros con mala suerte, sin collar ni correa ante un orden de miedo que quiere imperar. Ese es el espíritu de esta canción y de Los Machetes.

 La de esta banda es una música contestataria sin tapujos. ‘La Bola de Cristal’ ilustra con detalle el descaro de los medios de comunicación: pantallas de control que anuncian enemigos colectivos, marcan rutas electorales y dan falsas esperanzas sobre el futuro del país. En ‘Paniko, se entremezclan las cuerdas con tal rapidez que recuerdan la zozobra diaria con la que se vive en esta ciudad, dejando la pregunta de cómo es posible soportar sobrios una realidad tan violenta. La canción ‘Ramona’ despabila con la sabiduría de una vieja poeta que juega a las cartas en el Cementerio Central. Uno de los miles personajes de Bogotá, cercanos a la muerte, con rituales en los que lloran almas benditas y ponen la vida al azar todos los días, como si llevaran el diablo a la espalda. A su vez, ‘La 56’ y ‘Medialuz’ guardan arrullos para medias noches frías, de borrachera y caminata sin rumbo por la ciudad. En el sonido de Los Machetes se percibe la comodidad de saber decir las cosas con la palabra y el instrumento, una habilidad que sólo puede venir de la experiencia.

Este primer larga duración de Los Machetes, así como la foto de Sady González, da cuenta de un contexto y un momento histórico. Hay preguntas agudas habitando en la memoria, manifestadas en un presente que expone nuestra tradición violenta, los personajes de la ciudad y los sentimientos dentro de una guerra que no cesa. Una música bogotana como pocas, con unas letras que viven en lo liminal junto a ritmos del altiplano cundiboyacense, de bajo machetero y cuatro llanero. Una homilía que invita a la desobediencia civil, al pogo y a recordar pasados, sin dejar de lado el registro de los tiempos presentes. Como dijo Rafael, líder de Los Machetes, en una entrevista, se trata de: “hacer esto antes de morirnos, la vida es demasiado corta”.

¡Así que a la carga y resistencia sumercé, katajuaz!