Atalaya del Jazz #6: Un histórico liderazgo desde las sombras

Publicado a nombre de Cannonball Adderley, pero bajo la inconfundible dirección conceptual de Miles Davis, el álbum funciona como un monumento a la claridad y el diálogo. ¿Qué sucede cuando un sideman comanda la estética de una banda desde el silencio?

Atalaya del Jazz nace como un punto de observación privilegiado: una torre desde donde mirar el campo amplio y movedizo de un género que nunca dejó de transformarse. El último sábado de cada mes intentaré no solo abordar y analizar discos, sino y sobre todo pensar cómo suenan hoy la tradición, el cruce de géneros y la búsqueda de nuevas formas de narrar con música.

En esta sexta edición, les traigo “Somethin’ Else” (1958), de Julian Adderly.


Tan solo un año separa la grabación y lanzamiento de “Somethin’ Else de Julian “Cannonball” Adderly de “Kind Of Blue de Miles Davis, disco en el que Cannonball participa como sideman junto con su saxofón alto. Y este dato, que parece mera efeméride, esconde una verdad insoslayable: ambos álbumes forman parte de una misma búsqueda musical. Por una parte, el LP de Davis, siempre desde el cool jazz, explora las infinitas variaciones que encontrará con el jazz modal. Por otra, “Somethin’ Else”, que es el que compete a esta columna, parte desde el cool jazz para encontrar su punto de convergencia con el bebop y hasta con el hard bop, fusionando subgéneros bien distintos del jazz para, así, crear un nuevo espécimen, algo más. Esta transición no es menor: representa el momento exacto en que la pirotecnia técnica y la velocidad desaforada del bebop de los años cuarenta comienzan a replegarse en favor de un espacio donde el silencio, la economía de notas y la elegancia del discurso cobran un valor prioritario. 

La formación no pasa desapercibida. No tanto porque el líder de banda sea Cannonball Adderly, quien ha publicado decenas de discos de esta forma, sino porque el primer sideman es Miles Davis, evento prácticamente inédito a partir de 1955, cuando Miles se consolidó definitivamente como bandleader. Su ego no le daría el gusto de presentarse como segundo o tercer músico en álbumes ajenos, pero este es el caso y no precisamente porque Davis estaba de buen humor por esos días: figura a nombre de Cannonball Adderley por cuestiones contractuales, pero el espíritu, la dirección de arte y el pulso conceptual llevan la firma inconfundible de Miles. El quinteto lo completan artistas de altísimo calibre: el inigualable Art Blakey en la batería, líder indiscutido de la escena con sus Jazz Messengers; el pianista Hank Jones, de gran trayectoria para la época y que luego publicó más de 50 discos como líder; y el contrabajista Sam Jones, sesionista de Adderly a lo largo de toda su carrera. Esta conjunción de músicos genera una fricción tan única como fascinante: la exuberancia rítmica y torrencial de Blakey junto con el soplido cálido y vigoroso de Cannonball deben convivir con la sobriedad quirúrgica de Miles y el toque de seda, aristocrático y medido de Hank Jones. 

Arranca con ‘Autumn leaves’, un standard que se estableció como tal rápidamente luego de haber sido lanzado en 1945 y ser reversionado una infinidad de veces por artistas de gran renombre como Duke Ellington, Stan Getz y Edith Piaf. Aunque el tema condensa armónicamente dos subgéneros del jazz que estaban en su auge en ese entonces, el bebop y el cool jazz, tiene cierta preferencia por el segundo. Esto se evidencia en el ritmo suave que lo signa entero, en los platillos constantes pero ralentizados en comparación con los típicos del bop, en los momentos bien alternados entre el saxo alto de Cannonball y la trompeta de Miles. Entre los dos parecen recorrer la melodía sin ningún apuro, acompañados siempre del walking bass de Sam Jones que sirve un marco inmejorable para que los vientos sientan la total libertad de explorar variaciones. Estructuralmente, la pieza se basa en una clásica progresión en círculo de quintas que va alternando cadencias menores y mayores. Es sobre este flujo armónico donde Miles opera de manera casi pictórica: reduce la melodía a su esqueleto esencial, haciendo hablar a los silencios con una melancolía conmovedora. A su vez, Cannonball se hace cargo y, aunque su esencia es puro dinamismo y virtuosismo bop, en este solo adapta su tono, construyendo fraseos que buscan contener lo hecho por Miles. 

El piano recién tendrá su protagonismo bien entrada la canción, porque su impronta es más bien una marca de agua a lo largo de todo el track, que brinda espacialidad y profundidad sin pasar al frente. Ahora bien, cuando lo hace es tan solo por un momento, para recordarnos que estuvo allí todo este tiempo; sin pirotécnia, sin solos sobreejecutados. Miles nos recuerda una y otra vez que es él el que comanda esta banda desde las sombras: no solo porque es quien da comienzo a la melodía de la canción, sino porque en cada retorno al liderazgo su presencia resulta ineludible, como si el resto de los músicos, menos Adderly, sonaran unos decibeles más bajos. 

La inclusión de ‘Love for sale’ resulta interesante y destaca dentro del álbum porque le brinda a este un aire renovado. El piano reproduce los arreglos de manera casi lúdica, juguetona, mientras la trompeta de Miles con su característica sordina se encarga de darle forma a melodía principal, que completa el ambiente de la canción. Al incorporarse Cannonball la canción parece volver a empezar: los platillos de Blakey súbitamente rejuvenecen y el ritmo está más vivo que nunca, para que Adderly pueda potenciar desde sus notas el bop que parecía perdido ya para la época. Como siempre, el walking bass de Sam Jones es el punto de partida de estos pasajes rápidos, mientras que el piano de Hank Jones se funde imperceptiblemente con el resto de los instrumentos para completar el cuadro. Todos los instrumentos parecen fluir con relativa libertad, pero cediendo siempre religiosamente el centro de atención a la trompeta de Miles cuando esta así lo requiera. Esto ocurre, no casualmente, en los momentos más álgidos de improvisación, lo que le permite al trompetista hacerse del momentum musical y culminarlo él, volviendo a los acordes que signan el standard

Ahora bien, no sería el primero en afirmar que es con ‘Somethin’ else que el disco alcanza su punto más alto, tanto de armonía entre las partes como de virtuosidad individual. Es que esta composición original de Davis le permite a cada integrante sacar lo mejor de sí y ponerlo en común con el resto, para formar parte de un conjunto que es mucho más grande de lo que cada uno podría llegar a dar. Es así que, tras divagar en varios pasajes de la canción con sus improvisaciones, a la mitad y hacia el final de la canción la trompeta de Miles y el saxo alto de Adderly logran aunarse en una dinámica casi conversacional: lo que Davis desarrollaba con su sordina era respondido simétricamente por Cannonball en unos cuantos tonos más graves, a lo que seguía nuevamente la trompeta de Miles aportando una nueva variación a la melodía, y así, creando un diálogo que podría repetirse por mucho más que los 8 minutos que dura el tema. El resto del quinteto parece limitarse a acompañar esta conversación, siendo no más que oyentes privilegiados; en poquísimos momentos rompen su papel para destacar por encima de los vientos. En ese ida y vuelta es donde resalta la elegancia de Hank Jones, aportando acordes en bloque (block chords) tan sutiles que funcionan como el catalizador perfecto para que la sección rítmica reaccione e impulse el contrapunto entre la trompeta y el saxo.

Esta misma vibra conversacional y terrenal se traslada de inmediato a ‘One for Daddy-O’, un blues de doce compases compuesto por Nat Adderley (hermano de Cannonball) en homenaje a un popular DJ de Chicago. Aquí, tras una introducción marcada por el piano, los vientos exponen el tema al unísono para dar paso a un solo expansivo y visceral de Adderley, secundado por la contención lírica de Miles. El track culmina con un detalle de estudio imperdible: al apagarse las últimas notas, se escucha a Miles preguntarle en frío al productor de Blue Note: “Is that what you wanted, Alfred?”, una muestra cabal de quién llevaba las riendas de la sesión. 

El cierre del álbum original encuentra su contrapunto perfecto en ‘Dancing in the Dark’, un estándar del Great American Songbook introducido en 1931. Este tema representa un giro crucial en la dinámica de la obra, ya que es el único track del disco donde Miles Davis no participa. Es el momento en que Cannonball reclama el centro del escenario para brillar en formato de cuarteto junto a la sección rítmica. Su interpretación de esta balada es un despliegue soberbio de sensibilidad, donde exhibe la redondez de su sonido, su fraseo heredero de Charlie Parker y una expresividad romántica que equilibra la frialdad conceptual del resto del trabajo. 

De esta forma, de las cinco canciones que conforman el tracklist, tres de ellas son standards y tan solo dos son composiciones nuevas. Sin embargo, el disco encuentra cierto equilibrio con esta configuración. Aunque la atención parece concentrarse en ‘Autumn leaves’ y en ‘Love for sale’, canciones que años antes ya habían alcanzado el número uno de los charts años antes, el tema que da nombre al álbum sí es una creación original. Parece ser que Miles Davis compuso ‘Somethin’ else especialmente para esta sesión de grabación, no solo para dejar explícitamente su huella dentro del álbum, sino también para balancear las fuerzas que este mismo contiene dentro de sí. Porque, de no ser por él, lo que más predominaría en el disco sería un cool jazz suave, apacible, bien al estilo de Bill Evans, con quien Davis y Adderly se reunirían un año más tarde. Con la inclusión del tema homónimo, la impresión del disco vira hacia otro lado, abrazando el bebop desde el primer segundo de reproducción, brindando la energía que todavía no había podido emerger en la grabación.

En suma, aunque no cabe duda de que “Somethin’ Else se trata principalmente de reversionar temas clásicos, priorizando así la ejecución sobre la creación, no se resigna a abandonar esta última incluyendo nuevas composiciones que forman parte de la esencia del álbum. Quizás es por esto que el álbum logró destacar entre el resto de producciones de ambos artistas, porque en la convergencia entre estas dos búsquedas, la reversión y la creación, alcanzaron la producción de algo por fuera de los estándares de la época, de algo que no encajaba por completo en los moldes fusionando el bebop y el cool jazz, de algo más. 


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