Atalaya del Jazz #1: Un pequeño vértigo onírico para despertar

En “Pequena Vertigem de Amor”, Sessa expande su paleta sonora y cruza soul, bossa y jazz en un disco donde la tensión nunca estalla, pero tampoco se disuelve: flota, gira y encuentra en su propia inestabilidad una forma de narrar.

Atalaya del Jazz nace como un punto de observación privilegiado: una torre desde donde mirar el campo amplio y movedizo de una género que nunca dejó de transformarse. El jazz importa por su trayectoria, por las corrientes culturales que impulsó y por las formas en que enseñó a escuchar de otro manera, pero también por su presente, por la vitalidad de una escena contemporánea continúa enriqueciendo su historia inagotable. Esta columna asume esa doble tarea: revisar los clásicos que fundaron un lenguaje y, al mismo tiempo, seguir las experesiones actuales que lo fusionan, lo deforman y lo renuevan. El último sábado de cada mes intentaré no solo abordar y analizar discos, sino y sobre todo pensar cómo suenan hoy la tradición, el cruce de géneros y la búsqueda de nuevas formas de narrar con música.

En esta primera edición, les traigo “Pequena Vertigem de Amor” (2025) del brasileño Sessa.


Paisajes sonoros somnolientos infusionados con un downtempo que ralentiza la experiencia, pero acompañados también con ritmos típicos de la música popular brasilera, conforman apenas una tentativa de aproximación a “Pequena Vertigem de Amor”, el tercer y último disco que Sergio Sayeg publicó bajo el seudónimo de Sessa. Instalado en la escena paulista y vinculado a una generación de artistas que conciben la música desde el cruce entre tradición y experimentación contemporánea, Sessa ocupa un lugar singular: dialoga con la historia del soul, el samba-jazz y el pop brasileño sin convertir ese diálogo en un gesto solemne. Esta producción, grabada en su propio estudio, funciona además como el cierre de una trilogía que fue ampliando, paso a paso, su horizonte sonoro y su forma de pensar la música. 

Ya desde la portada, este álbum se nos presenta como una suerte de collage: una yuxtaposición de elementos heterogéneos que, lejos de resultar azarosa o desorganizada, genera una plena armonía. En buena medida, esa convivencia de capas responde a una expansión deliberada de su paleta sonora, que ahora incluye piano, sintetizadores, guitarras procesadas, cuerdas y hasta una percusión de pulso casi maquinal, sin que ninguno de estos elementos se imponga como centro absoluto. Acaso eso sea lo extraño: esta obra no tiende al caos, sino a una relación orgánica de todas las partes, por más diferentes que sean; parece un sueño que Sessa tuvo justo antes de despertar de buen humor. Esa organicidad no proviene de una síntesis neutra, sino de una fricción constante entre tradiciones afroamericanas (de San Pablo a Norteamérica) y una noción de groove (mucho más torcida que ortodoxa) conviven en un mismo plano, como si el disco se negara a elegir una sola herencia.

Abre con el tema casi homónimo, ‘Pequena Vertigem’, cuyos coros, sintetizadores y cuerdas pretenden teletransportarnos a ese espacio sideral tapa del LP, con mayor o menor éxito. La voz aterciopelada de Sessa pronuncia cada melodía con una sensual naturalidad, como si las palabras se desprendieran de su boca con total autonomía. El clímax del tema parece llegar en cámara lenta o no llegar, pero esto, casi contraintuitivamente,  deja una estela de tranquilidad, una marea sobre la que uno, si quiere, se puede dejar llevar. Esa suspensión permanente funciona como una declaración de principios del disco: la tensión no buscará nunca resolverse, sino que siempre permanecerá flotando.

Es recién con ‘Nome de Deus’ que uno comienza a entender cierto código de “Pequena Vertigem de Amor”: la percusión y las melodías parecen ahora enmarcarse dentro una reminiscencia jazzera con vetas de todo tipo; no solo tradicionales. El piano minimalista y la línea danzante del bajo se acoplan a esta lógica en la misma medida que la constituyen. Pero en esta canción, además, esa estructura rítmica sostiene una confrontación más áspera: la voz de Sessa se mueve entre lo instintivo y lo desafiante, mientras que la poesía se extiende sobre un dilema existencial; es como si discutiera con una ley superior, divina o natural, tensando el cuerpo de la canción entre obediencia y deseo de fuga.

Una y otra vez el álbum pareciera detenerse para volver a empezar, dar un paso atrás, pero con el objetivo de tener un nuevo impulso. Tanto ‘Dodói’ como ‘Roupa dos mortos’ se alinean en esta tendencia, pero el reset que propone esta segunda canción parece abrir una nueva propuesta: un sonido meramente instrumental que se vuelve más lisérgico con las flautas replicadas como pájaros por la mañana. En ‘Dodói’, en cambio, ese movimiento pendular se apoya en una energía más corporal y elemental, donde lo rítmico acompaña una letra atravesada por la infancia, lo frágil y lo vital, como si la canción respirara al mismo tiempo ternura y una inquietud difícil de nombrar. Pero esto sólo ocurre por un momento, ya que todo pareciera estar menos planeado de lo que verdaderamente lo está. Esa sensación de espontaneidad encubre un trabajo fino de capas y arreglos que remiten tanto al funk como a ciertas tradiciones del soul y del samba-jazz, filtradas por un pulso contemporáneo que evita cualquier gesto de reconstrucción nostálgica.

Vale a pena’ se consolida como otro corte de difusión del disco, retomando la prístina sensación que generan las dos primeras canciones. La guitarra suave de Sessa y su pegadisísima voz cantando el nombre de la canción en el estribillo se funden con total fluidez con el saxofón y con los violines, que le agregan una tensión que, de nuevo, nunca llega a su estallido sino que desemboca directamente en el tema siguiente. Debajo de esa ligereza melódica, la pieza funciona casi como una afirmación programática: una insistencia en que vivir, con todo lo que eso implica, sigue siendo algo que merece la pena, incluso cuando la obra parece empeñada en esquivar cualquier resolución enfática.Lo que creo vuelve tan especial a “Pequena Vertigem de Amor” es la constante capacidad que demuestra en poder converger ritmos propios de la bossa nova, naturalmente bailables, con melodías psicodélicas que nos llevan hacia otro lado. Esa mezcla no responde a una simple suma de estilos, sino a una relectura personal de tradiciones que van del soul y el funk estadounidense a la música popular brasileña de raíz más jazzera, siempre atravesadas por un swing irregular que parece hacer del desvío una estética, su impronta personal. Esta extraña conjugación se sirve de su propia inestabilidad para explorar un sonido mucho más profundo que el que se obtendría llevando esta tensión hasta las últimas consecuencias. Sessa lleva la tranquilidad de un experto, con una amplia trayectoria respaldada en muchos álbumes publicados, pero también la voluntad de un jóven que recién emprende su camino musical. Es por esto, creo, que suena tan cálido y a la vez tan experimental, tan propio y tan ajeno. Quizás la experiencia que suscita el LP se encuentra íntimamente relacionada con lo que transmite el título: muchos pasajes del mismo se transitan con cierto vértigo, pero este nunca es ni grave ni infranqueable, sino que siempre se mantiene pequeño, accesible y hasta tierno. En ese vaivén entre lo familiar y lo extraño, entre el pulso bailable y la deriva contemplativa, el disco encuentra su identidad más fuerte. Y Sessa explora precisamente los límites de esta sensación, pero permitiendo que crezca y decrezca fluídamente, que vaya hacia donde tenga que ir.

Escuchá “Pequena Vertigem de Amor” (2025) de Sessa en YouTube, Apple Music, Spotify, Tidal, Deezer y Bandcamp:

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