¿Puede ser que el peligro más grande para el futuro de nuestra cultura musical sea su pasado?
Esta pregunta la planteó Simon Reynolds hace años en su libro “Retromanía”, y con cada año que pasa va tomando cada vez más fuerza. ¿Es cierto que vivimos en una era donde la nostalgia es nuestro peor enemigo y, como consecuencia, provoca una ausencia de ideas originales? Sería demasiado catastrofista afirmar rotundamente esa cuestión, si bien siempre hay cosas interesantes pasando en muchos rincones del planeta, los charts y el mainstream no están dando su mejor material estos últimos años, incluso décadas. Hay una gran fatiga general por parte de los artistas más grandes: es todo un desierto solitario donde estepicursores y polvo son lo último que queda. Donde antes había un prado verde con ideas originales, ahora aplaudimos cuando algún artista hace un disco conceptual bien trabajado, sin venderle humo a unos fanáticos ya perdidos a la deriva desde hace mucho.
Las décadas que han marcado un gran paso en la cultura pop y, por supuesto, un precedente para la reinvención de sonidos con los que se adueñaron las generaciones venideras: desde los 70 psicodélicos, hasta los 90 electrónicos. En los 2000 solo nos quedaran microtendencias y géneros combinados. Esto se puede deber en gran medida al internet y expansión de la cultura. Solo nos quedaría ver cómo los dichosos Re- (Revivals, Remakes, Reboots, Returns) se apoderaron de todo lo que conocemos: sagas que vuelven a empezar una y otra vez, deluxes y expansiones de discos clásicos, remakes de juegos innecesarios, etcétera.
Cuando tributas, ya sea obra o género, de una manera respetuosa y sin un fin solamente mercantilista detrás, puede dar a que un nuevo público conozca dicha inspiración. Un claro ejemplo reciente de ello sería “DeBÍ TiRAR MáS FOToS” de Bad Bunny: géneros afro caribeños referenciados cincuenta años después de su auge, pero de una manera puramente pasional por la misma cultura.
A finales de los 2000 empezaba a formarse la cultura electro pop, todo apoyado bajo los sintetizadores electrónicos e innovadores. El reggaetón (ya género pop por aquel entonces) no se iba a quedar atrás. Daddy Yankee hace ya casi dos décadas apodó al dúo de productores puertorriqueños Musicólogo y Menes como Los de La Nazza, por lo futuristas que sonaban sus beats en aquel entonces. Fue una época donde las mesas de mezclas quedaron en el cobertizo y los sintetizadores midi pasaron a un primer plano, adueñándose de un futuro temprano y prediciendo dicho sonido. A principios del 2010 había comenzado el porvenir modernizado del reggaetón.
Un porvenir que sonaba a una visión ya lejana del género: leads esquizofrénicos, arpegios caóticos y mucho autotune. Los ya mencionados, Musicólogo y Menes, eran los imbatibles en dicha hazaña, el dúo maestro que agitaría el perreo para que todos estuviesen bailando a sus sones. Los fabricantes de tales piezas como la gran serie de mixtapes “Imperios Nazza”, que tuvo numerosos volúmenes entre 2012 y 2016. En esta saga sacaron el máximo potencial de artistas como J Álvarez, Justin Quiles y Farruko.
Volviendo al presente, ¿qué pasa cuando tomas gran inspiración en algo pasado, que ya por esa época sonaba al futuro y lo reinterpretas a cómo ha evolucionado el estilo para ti? El reggaetonero chileno Sinaka responde dicha duda de una manera fácil y rápida: creando “El Nuevo Sonido”. El oriundo de Quilpué venía avisando de dicho sonido a finales de 2024, con la declaración de intenciones que fue ‘La Confesión’, de 2024 donde dio un giro a su carrera y encadenó una racha impresionante.
Sinaka llega para romper estos cánones y sacudir una fórmula que ya funcionaba hace años: fórmulas instrumentales que parecen sacadas de las mixtapes de Gotay de hace una década, pero acelerando los beats y superando así los 100BPM, algo nada común dentro del género. El reggaetón son las patas de una mesa que sostienen las novedades que propone Sinaka, tomando de todos los lados para hacerlo propio y, a su vez, crear nuevos diálogos y traer algunos antiguos al presente. Él vive mezclando la esencia underground de productores como Falo o DJ Secuaz, como ya oíamos en “Kema”, pero esta vez con una producción más cuidada: a niveles del tratado de la voz, se nota un gran salto de calidad respecto a sus discos y tema anteriores y con una nueva dirección al sonido que bebe de los ya mencionados Musicólogo y Menes. A ello le suma un delivery y una curaduría sobresalientes.
Un tracklist que, pese a durar treinta minutos, lo sientes como menos al escuchar tantas cosas sucediendo dentro del mismo. ‘Senda bellakona’ es el eje central del disco, el tema que más repercusión alcanzó y en donde se puede ver su esencia en su máximo esplendor. Un hit que le hizo llegar a muchos oídos y el empujón que necesitaba para ser reconocido como merecía. Siendo el primer tema del disco (obviando la intro) hace ver que es una declaración de intenciones hacia donde dirige «El Nuevo Sonido«. Sinaka pudo perfectamente haber calcado la fórmula de ese banger en doce más y venderlo como álbum, pero no. Tomó su magia y la dividió en muchos estilos distintos para no hacer una escucha monótona. Temas como ‘Descontrol’ o ‘Secreto a voces’ son feats que apuntan a un éxito comercial bien producido; por otro lado ‘Azote’ o ‘Scratch’ tienen una pulsión mucho más aterradora y bajo perfil, desarrollando una estética tenebrosa debajo de una bola de espejos. Tanto los invitados, que sirven como pausa vocal al delivery infeccioso de Sinaka, como con los cambios de batería y leads en todo momento, dan un ritmo perfectamente construido que sirve para no sobresaturar al oyente.
Sinaka llega para quedarse y romper con una sequía generalizada. Se nota que ama los tiempos de marquesinas y al más puro perreo, por supuesto. Así mismo, toca aplaudir cuando alguien entiende la diferencia entre absorber influencias y la de copiar sin descaro, como un saqueador de tumbas sin moral. El reggaetonero chileno es un historiador del género y que no sorprenda cuando el aprendiz supere a sus maestros, dejando así un legado intacto e histórico para su país natal. Él habita el pasado, en el presente, con un sonido del futuro.
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