“Te sorprende mucho más el amor que el odio”: Dojo Sambrailo

Una conversación con Shinovi Sambrailo y Ozymandias, línea fundadora del Dojo Sambrailo y embajadores de la palabra y el Hip Hop del interior profundo de la Argentina.

La calle es de tierra y el sol aprieta, pero no ahorca. De un costado, Casilda; del otro, campo. Sin decirme para dónde vamos, Shinovi Sambrailo me pasea a pie por un barrio nuevito, aparentemente surgido por una inversión de la familia Sampaoli. En el recorrido desde el centro hasta acá no nos cruzamos con prácticamente nadie. Todavía es la hora de la siesta y aunque el pueblo no es tan chico como imaginaba, disimula muy bien ser cuna de una de las redes más grandes y movilizantes del rap argentino hoy por hoy. “Te traje a una emboscada”, me dice cuando paramos en la puerta de una casa de ladrillo a la vista, casi a estrenar. Quien abre es Ozymandias, titular de la morada e ideólogo semi-oculto del Dojo Sambrailo.

Entramos con una docena de facturas y mientras se define qué va a tomar cada uno, peloteamos ideas sobre la figura política de Tito, el origen croata del apellido Sambrailo y músicos casildenses célebres: Agustín Magaldi, Marikena Monti y, el favorito de Ozymandias, Víctor Parma. “Somos el centro”, establece Ozymandias sobre Casilda. No es una cuestión meramente geográfica, forman parte de la zona cerealera más grande del país. En el EP “Archipiélago”, con pistas de Taida SGB de Mar de Ajó, los versos de Shinovi dan a entender que vivir en un pueblo así es como estar en una isla, rodeados por campo en vez de agua. “Acá lo único que hay de juventud son estudiantes de la facultad de veterinaria”, aclara. Son 38 mil habitantes, que siempre se sienten menos. Basta una hora de ruta para llegar a Rosario y ver que la ciudad es otra cosa. 

Arriba nuestro está el estudio donde banderas de Yugoslavia, Cuba y Argentina atestiguan semanalmente la grabación de temas que casi nunca ven la luz. La exposición siempre es controlada: algún que otro videoclip con más panorámicas que rostro, cyphers de plaza y poca presencia en redes. Eso le suma peso a cada palabra: “Yo creo en la seducción desde el desinterés incluso”, asegura Shinovi. “Lo mío está ahí. Yo ya sé que bueno, no te lo tengo que decir. Vos tenés que entrar ahí y darte cuenta”. Esa misma lógica se imprime a todo el Dojo. Un colectivo grande, pero hermético, de nombres en su mayoría desconocidos, provenientes de pueblos en su mayoría desconocidos. Su música parece estar más hecha para ellos que para un público al que impresionar. Hay una sensación de que cada pieza es especial, porque bien podría ser la última, porque bien podría no haber salido. Se genera intimidad.

No todos pueden ser gángsters, alguno tiene que ser poeta
Yo no soy tan bueno, solo me malinterpretan
Que Salga el Sol

Camiseta de Newell’s, los ojos oscuros y el pelo castaño, con barba y patillas al ras. Joaquín “Shinovi” Sambrailo habla, rapea y se ríe bajito. Fluido, pero sin apuro, con la tranquilidad del que está en su lugar en el mundo. Vive como eligió, regido por sus valores, pero sin tomarse demasiado en serio a sí mismo. Se autopercibe “un zurdito tirabombas”. Con ese perfil y apenas un par de EPs y apariciones esporádicas se convirtió en un favorito de la escena de drumless más prominente de habla hispana.

Si Shinovi desentona de cualquier estereotipo del rap, lo de Ozymandias sorprende: cuarenta años, pinta de civil y unos rulos barrocos que terminan en la pera. Discreto a la hora de mostrarse a las cámaras y muy celoso a la hora de subir su propia música: a día de hoy hay solo seis temas suyos en el canal de Glifosato Dungeon, la sucursal del Dojo Sambrailo en YouTube. En persona, en cambio, toma muy fácil las riendas de la conversación. Marca la cancha, te mide, hace preguntas de sopetón, explica su pensamiento y lo justifica con máximas cortas y convincentes (“Hay una inocencia muy grande en esto de querer ser el mejor”) o anécdotas que vienen al caso. Esta de la creación del EP “Yugoslavia”, originalmente hecho con beats de internet del tirón (luego remixado por Taida SGB), ilustra la dinámica de los dos: 

Domingo. Día horrible. Muerte contundente. Recibí un mensaje: "Voy a grabar." Cae. Y cae con el mambo. Pla, pla, pla. Lo escupe, lo vomita, lo sufre. Yo quiero que vos entiendas que lo sufre, no es que está fingiendo lo que dice, lo dice con el sufrimiento. Y cae la provocación. “¿A que no sale hoy?”. Y la provocación fue porque sino no salía nunca. 

Antes de conocerse ambos tenían una conexión con el Hip Hop lista por explotar, pero dormida. Para Gonzalo había llegado en su adolescencia, durante los 90, con Illya Kuryaki y Molotov, pero se quedó ahí. El metal ocupó el centro de su vida musical, pero más por lo que expresaba que por sus formas. Por su parte, Joaquín había descubierto el rap en la pubertad y se enganchó por algo simple: “Estaban diciendo un montón de cosas y yo era un pendejito medio frikón y me llamaba la atención”. Para ese momento, 2011, no había nadie rapeando en todo Casilda y él todavía no se animaba. En 2016, con el auge del Quinto Escalón, aparecieron los compañeros que necesitaba para empezar. Competir, organizar competencias y viajar para llegar a más competencias se convirtió en rutina durante su adolescencia. En ese periodo se encuentran los dos. Gonzalo, muy metido en la militancia política local y activamente interesado en la participación de pibes, se acercó a las compes a colaborar desde su lugar y terminó insertado.

Con dieciocho, Joaquín se mudó a Rosario para estudiar profesorado de historia. Confirmó que la ciudad no era para él, pero en el año que vivió allá se curtió en algunas de las plazas más exigentes del país. Se volvió con la experiencia para Casilda, pero entre el fin de la era de la masividad del freestyle y el año y pico de pandemia, se encontró con que en el pueblo no quedaba nadie interesado en rapear. O casi: estaba Ozymandias.

Juntos se complementan como núcleo del colectivo. Una figura admirada en el nicho, presta para todo, y otra oculta, pero magnética. Armaron La WakeUp, una competencia donde primaba el formato pandilla, con equipos que ronda a ronda cambiaban, lo que te obligaba a compartir con un desconocido. Más importante, salieron a buscar personas como ellos.

¿Cómo nace el Dojo?

O: Nosotros empezamos a viajar por estos pueblos, por el boom de las competencias post-pandemia. Año 2022. Y le metimos mucho viaje, fuimos a un montón de pueblos de este tipo. Salía un flyer en Instagram e ibamos a ver, a competir. El Dojo empieza en un viaje a Arrecifes. Lo fundamos Rolfi, Kayetano, Medynna, Shinovi y yo. Y nace por esta necesidad de encontrarse, de no sentirte solo y abandonar la actividad, porque sabés que hay otros en tu misma situación. ¿Cuántos buenos hay que dejaron todo lo que hacían por sentirse así? También queríamos llevar algo distinto a todos lados donde íbamos. Hemos ido con mujeres a lugares donde nunca había rapeado ninguna mujer. Y eso te muestra que es cuestión de animarse, de empujar. La idea nuestra siempre fue provocar, pero no para generar disturbios, sino para generar una incógnita, una necesidad.

¿Y qué se encontraban en esas compes?

O: Te voy a contar la historia de Zeta Sport. Un día fuimos a Roldán. Zeta es de Funes, que es ahí al ladito, llega con un colectivo interno. Había una compe muy pretenciosa que caía a lo mejor un cuatro barras pensando que era Klan [risas], mucha imitación de lo que se veía en internet.

S: Y cayó Zeta que tenía quince años, con una campera medio otaku y un fleco que se le asomaba detrás de la capuchita. No dábamos dos mangos. Y se pone a rapear amigo… Hace una referencia a las Malvinas, una cosa así. Aparte el tono y la forma de clavarlas.  Nos miramos y dijimos, “¿qué onda este guacho?”. Encima había nada, treinta personas ponele, y no le gritaba nadie.

O: Lo vivimos como una secuencia de videojuego que vas desbloqueando personajes a medida que vas subiendo de niveles. Descubrir a Zeta Sport con quince años, con la pasión con que hacía lo que hacía. ¿De dónde se influenció este pibe para salirse del esquema? ¿Qué es lo que escucha? ¿Qué es lo que le importa? A nosotros eso nos parecía maravilloso. Encontrar esos pequeños rasgos en lugares así era como encontrar agua en el desierto. 

Lo que he visto muchas veces en pueblos es que se llega muy rápido al techo. Pibes que son los mejores de su ciudad y con eso se conforman.

S: Hay una diferencia entre las conformidades del ego y las conformidades del espíritu. De hecho la vara de ser el mejor siempre me incomodó. Las cosas que se han logrado en cuanto al rango o el estatus que nos dan no es más que algo colateral de querer hacer algo que me satisfaga a mí.

O: Es que el ego trip que tiene el rap es autodestructivo. Si hablas de Hip Hop, de comunidad, del esfuerzo conjunto, eso termina desapareciendo. Y si no desaparece impide que esto crezca. ¿Vos querés ser el mejor? Lo podés ser siempre, el mejor de tu cuadra, el mejor de tu barrio, el mejor de tu ciudad, el mejor de tu provincia, el mejor de tu país, el mejor de Sudamérica y así podés ponerte los títulos que quieras. Si te faltan los cinco amiguitos que siempre te festejan todo, cuando caes a un pueblo donde nadie te grita nada, ahí aprendés que la cosa es de otra manera. Vos le podés pegar una paliza al tipo que tenés enfrente y ver que las manitos hacen tac para el otro lado. Y ya está, moriste. Nosotros llegábamos a algunos pueblos y yo creo que éramos el Vietcong que estaba entrando. ¿Me entendés? Eran miradas de odio. Entonces tenés que aprender que tu arte tiene que ir mucho más allá de todo eso.

Volvamos a la motivación, ¿Qué otras metas existen por fuera de “ser el mejor” para sostener todo esto?

O: El Dojo Sambraillo es una comunidad de 28 personas. ¿Querés medirla por algo? Historias, anécdotas, momentos.

S: Esto es por la anécdota, las medallas las regalamos [risas]. Para mí la trampa de la  meta es esa, que conseguiste la meta. ¿Y después? Yo siempre hago referencia a un video porque me encanta: hay una nota que le hacen a Iniesta, que él en 2010 ganó la Champions, la Liga, la Copa, ganó el Mundial, había sido el segundo para el Balón de Oro. Y el guacho cuenta que se deprimió porque ya no había más nada.

O: Ganar te aleja del sueño.

En el colectivo conviven varias generaciones. No solo Ozy es más grande, sino que incluso entre Shinovi y, por decir, Zeta y Taida, hay una diferencia de edad palpable. ¿Qué tipo de dinámicas hay? ¿Se evita el paternalismo?

S: No lo evitamos para nada [risas].

O: Es que es distinto cuando realmente vos escuchás en vez de imponer o decir “tenés que hacer esto”. Cuando vos escuchás a una persona y la dejás hablar y se abre con vos, entiende que no hay edad de por medio que pueda llegar a ser un limitante, que lo único que hay es una conversación. 

S: Volviendo a lo de Zeta, por ejemplo: así como nosotros fuimos y encontramos a uno igual, alguien tenía más o menos la misma inquietud, alguien que tenía una propuesta. Él también vio lo mismo en nosotros y ahí nos concede un cierto paternalismo, sobre todo a él, porque imagínate que no aceptarlo es quedarse solo.

Shinovi, viniendo por acá me contabas que prácticamente estás sin competir y querés seguir así. Con toda la importancia de las batallas como móvil del Dojo y demás, ¿cómo convive eso ahora?

S: A mí las compes me gustan. Como espectador me encantan. Pero hay un desencuentro, primero por una cuestión de que me gusta mucho más la música. También porque ya me metí. Estuve en los lugares que de chico quería estar. No sé, en la regional de RedBull y demás. He tenido mis viajes por el freestyle y en un momento dije: "Bueno, ya está".

O: La felicidad se llama [risas]. Era más sufrir que disfrutar.

S: Hay gente que tiene ese bicho competitivo. A La Prima y el Enzo les re gusta eso y yo los re banco, porque son como recontra embajadores de nuestro fla’ en ese lugar. A ellos les dicen una gilada y les hierve las ganas de defenestrar al otro. A mí no me pasa eso, yo me quiero matar [risas].

¿Cómo era ese lado B de lo competitivo, de quererse matar?

S: La vuelta era siempre un vestuario de derrota. Nos sentíamos como el equipo de Bielsa en el 2002, que clasificó veinte fechas antes del mundial, jugaban recontra zarpado, fueron y perdieron en primera. Decíamos: “Wacho, pero si hacemos cosas piola” [risas]. Nosotros competimos un montón en la Élite Free. Para mi ganarla es como ganar el mundial, son todos monstruos. Una vuelta fuimos con el Kayetano, el 747… y perdimos todos en primera. Y este nos dice: “Verlos a ustedes es como ser hincha de Racing. Sí, juegan muy lindo, todo bien, pero no ganan nada muchachos, no tienen sangre”. Y a la fecha siguiente fui a la Élite y cada ronda sonaba en mi cabeza “es como ser hincha de Racing”. Y la gané.


Una revolución invisible

Más que rapear, a estos dos los une la militancia. El primer seudónimo de Joaquín era “Lenin”. Ozymandias todavía lo tiene agendado así. “Milité en el PCR porque básicamente es el único partido comunista que hay en Casilda, pero no soy tan de los chinos ni de Stalin, de hecho me he ido reconciliando con la idea de que posiblemente sea un trosko”, cuenta Sambrailo entre risas. “En la experiencia partidaria el camino para convencer al prójimo siempre me pareció invasivo y poco seductor”, reflexiona ahora. En estos años encontró su propia forma de transformar el mundo.

Hay una postura en cada decisión. En quedarse en Casilda, en mapear artistas que habitan los márgenes de los márgenes y conectarlos sin salir de ahí. En cuidar lo estético. En conocerse a uno mismo. En el discurso de Ozymandias se entienden más como lemas que como reglas. Nadie está obligado ni tiene que abonar una cuota a fin de mes. Varios miembros de Dojo ni siquiera han publicado música, algunos llevan más de un año sin mandar un mensaje. “Pero les hace bien saber que son parte”, asegura Ozy.

Fuera de las estadísticas, fuera de lo contable, construyen vías para hacer la realidad más habitable para todos. “Todos los días muere una metáfora y nace un empresario”, dice Shinovi en ‘Lágrimas y alambres’. La idea es revertir ese promedio.

¿Cómo construyen políticamente en su música?

O: Hay una honestidad en la obra que busca que utilices el razonamiento. Lo que tiene esta cultura es que te obliga a informarte, y eso no pasa en otros géneros. No son ideas políticas lo que implementamos, es comprender, más allá de todo eso, lo que está bien y lo que está mal, lo que te cambia, lo importante de un instante o de un abrazo. 

S: En este contexto no hay otra forma más tangible de ser revolucionario que esa. La manera más efectiva de convencer al otro, de aunque sea informarse, tener alguna inquietud por la política, es hacer algo estético que te genere curiosidad, que te guste y ahí un día te pinta y decís, "che, ¿por qué esta referencia Ho Chi Minh? ¿Qué significa?” Alguien que hace muy bien eso es Franco Carter. Para mí ahí está el camino de la efectividad: hacer algo que tenga valor en su ámbito, en este caso la música, y que después si uno quiere profundizar, tarde o temprano va a terminar llegando a lo que te quiere comunicar.

¿Qué nos queda de la revolución?

O: La revolución existe. La escuchás en temas de él, en temas de otras personas. Existe en ideas, en transformaciones, en maneras y formas. No son tiempos de ametralladora y puñalada. Quedan estas luchas. Despertar a pibes que están viviendo en el Conurbano y no saben por qué son pobres. ¿Por qué tienen la vida mierda que tienen? No es que el destino los marcó. Hay políticas creadas para que ellos sean de esa manera. Y ese despertar del que yo hablo es aprender a ver las cosas de otra forma. Razonar las cosas que te dicen, no repetir como un loro.

¿Y si el mensaje no llega?

O: Leyendo los comentarios de la participación de él en La Tinta hay gente diciendo “esto es rap de cheto”. Y te metés a ver las cosas que sube y son todas de Milei. Y eso tiene que ver con el hartazgo, con la comunicación, con Goebbels. Tiene que ver con no saber diferenciar las posibilidades. El que no conoce es el que más errores va a cometer. ¿Cómo poder juzgar a gente que solo conoce una forma? Necesitan otra, que nosotros no somos capaces de mostrarles. Que un rapero vote a Milei es responsabilidad de nosotros. Hemos hecho muchas cosas mal. 

Me interesa eso.

O: Tiene que ver con no entender, con abusar, dar por sentado al otro, no saber escuchar. Con todo lo que nosotros criticamos, pero en nosotros mismos. No saber rendirse, no saber criticarse, no aceptar quejas, no aceptar otras propuestas, no abrir el diálogo. Eso lo aprovechó Milei. Y no es que Milei ganó solo, lo ayudamos un montón. Creer que Milei nos ganó es no comprender lo mucho que nos equivocamos. Y lo seguimos haciendo.

Shinovi, en lo que hacés hay muchas referencias a la historia de Europa del Este, ¿qué te llama de esa parte del mundo?

S: Lo que le pasa a mucha gente con los signos a mí me pasa con los apellidos. Me gusta sacar conclusiones en base a eso. Tengo la teoría de que todos los que tenemos un apellido croata o de Europa del Este somos bastante mambeaditos. No quiero pecar de ser muy esotérico, pero hay algo así como una especie de memoria generacional que permanece. Y lo que tiene Europa del Este es que son países que por lo general siempre fueron ocupados. Mi bisabuelo vino de Croacia antes de la Segunda Guerra Mundial. Se estableció en Los Molinos. Acá todos los pueblos agrícolas, sobre todo Los Molinos y Sanford, son todos croatas. Ves la guía telefónica que son todos terminados en “ić”. Croacia siempre fue un lugar invadido por el Imperio Romano, por los nazis y bueno, Yugoslavia medio que fue ese momento de alivio.

Bueno, justo con Yugoslavia ya hay algo en tu obra que va mucho más que un name dropping.

S: Me gusta la historia de Yugoslavia, de la unión. Tenía lo mejor de los dos mundos, una política muy estatista y por otro lado las libertades individuales que existían en Occidente. Buscando samples de esa época de ahí eso se re nota si comparás con lo que encontrás en los países satélites soviéticos, que era todo más tipo marcha. Cuando cayó la URSS, el bloque occidental de la OTAN dijo: "Bueno, estos son pollo." Ahí cobraron mucho poder las fuerzas más nacionalistas de cada lugar. Hubo muchos intereses extranjeros en financiar ciertas ideologías y ciertos partidos en particular que promovieron eso antes de la guerra de Yugoslavia. Subsistió el relato este de que se odiaban entre todos, pero si indagás, te encontrás con que los locos a su idioma le empezaron a decir naški, que en español significa “el nuestro”. Era muy normal que guachos de Bosnia o de Serbia vacacionen en las costas de Croacia y no existía esa diferencia religiosa hasta que ciertos partidos con discurso del odio, del enemigo interno, tomaron poder.

Otro símbolo muy fuerte es el del glifosato, ¿qué tan presente está en la vida de ustedes?

O: Acá el rico es un tipo que no hizo la secundaria, que heredó un campo que trabajó desde siempre y que le chupa tres huevos si tiene que tirar veneno para que crezca la cosecha. Si hace falta, agarran y se bañan en glifosato para decirte, "No pasa nada, todo bien." Y vos ves que alrededor de los campos nacen pibes con hidrocefalia. Hay mucho cáncer acá. El único químico que se está utilizando en abundancia y que nos rodea es el glifosato. Vos mirás por la ventana, ves que están sembrando y que tiran veneno ahí. Y el viento mueve todo.

¿Y por qué tomarlo como parte de su identidad como colectivo?

O: La justicia un poco poética de toda esta historia es tener gente que piense y diga que esto está pasando, que lo visibilice. Entender que nuestro peor veneno, qué es lo que mata nuestra gente, es la propia productividad de la zona, o sea, lo que te hace fuerte también te está matando. Es una retórica poética muy loca.

S: Más allá de las consecuencias físicas del veneno, también quisimos marcar el problema cultural de ser pueblos agrarios. Acá es como que la salvación culturalmente hablando es irse a Rosario. No hay propuesta, no hay casi nada de eventos ni de nada. Casi todos los pibes que hemos conocido compitiendo son el único que rapea de su pueblo o son tres o cuatro, pero es el único que tiene ganas de moverse y demás. 

O: Acá hay un gran problema con manifestarse. Son pueblos donde todo el mundo se calla la boca, nadie protesta. Que alguien diga algo contrario a lo que piensa el resto está mal visto. En la dictadura militar eso se implementó mucho. Y en ciudades más grandes se fue descontracturando, pero en las más chicas nunca dejó del todo de ser así. Porque acá también secuestraron personas. Acá también mataron gente, pero no se comenta, no se dice, no se instruye, no se informa. Todo es silencio.

¿Qué los hace quedarse en Casilda en vez de irse a Rosario o Buenos Aires?

S: Yo tengo todas las contradicciones con el pueblo, pero las tengo más con la ciudad. Literalmente lo único que destaco de la ciudad es la oferta cultural. Por lo demás, se le da al prójimo mucha menos entidad, porque están todo el tiempo conviviendo con una cantidad excesiva de personas. Es un hormiguero. Me asfixia.

O: Él no tiene reconocimiento acá. El Secretario de Cultura nos conoce y todo lo demás, pero no hay respaldo a que se esté generando algo. Pero estamos acá por el arraigo. Tiene que ver con que te quieran escuchar, con que te interpreten, con que te vean.

La idea del Hip Hop y Nueva York, la metrópolis, parecería no tener nada que ver con Casilda. ¿Cómo transitan esa contradicción?

S: Creo que se puede hacer rap desde un pueblo y darle una identidad pueblerina. Como todos los géneros para mí florece con la mezcolanza y no tanto con la ortodoxia. Compro con que hay que estudiar el rap, junar las raíces, entender el mambo de dónde viene y demás. Pero también me crié mucho con el rap de España, que tiene sus propios códigos. Me parece que el rap ya es tan maleable que ni siquiera es un género musical. Como existe cantar, existe rapear. En Argentina ya es lo más parecido al fútbol que hay en la música, puede llegar a cualquier rincón. Es recontra popular y lo puede hacer cualquiera.

Algo positivo es que con la distribución digital y la accesibilidad de la tecnología tienen la oportunidad de desarrollar su arte sin salir del pueblo prácticamente. 

S: Cambió muchísimo toda la logística para hacer música, estamos en una época de home studio. Nosotros tenemos todo acá arriba. La decisión es mantenerlo un poco artesanal y en ese sentido juega el pueblo. Yo no tengo intención de profesionalizar mucho lo que hago y lo que hacemos en general como grupo. Ahí sí tendría que irme a Rosario, que le faltaría tener una oferta de eventos en vivo más fuerte, pero que tiene a gente como Brapis y los Golden Boyz, que pueden hacer carrera desde allá. Aparte, estamos cerca, entonces podemos ir y venir en esa frontera y vivir esas experiencias. Pero prefiero mantener la mística pueblerina.

¿Cuál es la vuelta con el tema de profesionalizarse?

S: Por ahí tengo una mirada equivocada porque tampoco me metí tanto, pero sería como industrializarse un poco. De tener fechas para sacar cosas, tener que sacar un disco por año, tener que hacer colaboración con tal y con tal. Hacer lo que estás obligado a hacer si querés vivir de esto. No lo cuestiono moralmente, mientras tenga un objetivo noble, pero a mí particularmente no me da. Está la puerta abierta siempre a que intentemos hacer cosas para hacerlo redituable, pero no cómo está planteado. Yo no me llevo muy bien con la idea de los managers, porque no la entiendo, soy de pueblo [risas]. Pero si queremos ponernos con Gonza y empezar a gestionar fechas, dividir tareas, tomárnoslo de otra forma.

O: No hacen falta los extremos. La música es algo muy propio. Por ahí tenemos más música que cualquier rapero conocido, pero nunca la sacamos. Yo conozco frases y temas de él que me parecen una locura y jamás van a conocer la libertad de que otros lo escuchen. Y eso tiene que ver con cuidar lo que haces. También cuidar lo que uno muestra de uno. Él se expone mucho con lo que dice, por eso se muestra poco.


Criterio versus talento

Lo suyo participa del rap argentino, incluso se sienten representados por propuestas como las de Alkoy o Replik, pero cuidan mucho no caer en ciertos vicios. “Hay gente que te puede llegar a escuchar y si tu mensaje siempre es violencia y destrucción, no te va a tener en cuenta para otra cosa que no sea eso”, señala Ozymandias.

Lo que cierra el círculo es que a la hora de hacer la música todos esos valores están ahí. No a la forma burda del rap conciente circa 2008, pero quien preste atención los va a sentir. Y no es solo eso, hay contraposiciones estéticas, epístolas nostálgicas, corazones por el piso, corazones alzados. A Shinovi los blocs de notas se le amontonan. Algunos versos enteros, otros una sola frase. Son esquirlas de cada Joaquín que se paró a escribir, que se vuelven un mosaico al final de la lucha contra su mayor crítico: él.

Siempre que me viste estaba estudiando como la chica de lo-fi
Fiyi

A su proceso lo describen como artesanal. No hay arrebatos, se respetan los tiempos de cada pieza. Si Shinovi se imagina algo que no sabe hacer lo aprende. Además de rapero es beatmaker, diseña y edita videos. “Todo eso tiene que ver también con ser de pueblo. Acá no hay diseñadores que me convenzan de la mirada que tienen. Acá no hay productores, no hay nada de eso”, comenta. Con esa misma lógica, la mayoría de lo que hacen es entre ellos: “Me cuesta mucho la dinámica que se maneja de caer al estudio, escribirse la letra ahí y vemos qué sale. Eso siempre me cerró puertas de colaboraciones”. No es una cuestión solo de método, cuidar los procesos personales es algo que les da placer. Sobre su desdén al protagonismo Ozymandias responde: “Mi idea es contagiar. Prefiero estar atrás porque disfruto ver a estos chicos transformándose”.“Él se dice el último romántico, pero somos embajadores del amor en todas las cuestiones. No llevamos odio. A nosotros el odio no nos moviliza”, aclara. Esa es su trinchera, su vara, su motor y su límite.

Dijeron que la mayoría de la música que hacen no se publica, ¿qué es lo que hace que uno sea celoso con ese material?

S: Yo soy muy experimental. No tanto desde el sonido, sino con la letra y el discurso. Por ahí me pasa que grabo mucho y tardo en escribir, en decidir qué frase sí, qué frase no. Grabo, lo dejo fermentar y después capaz que hay una cosa que no me convence y chau. A lo mejor un inédito se termina transformando en otro tema que sí sale. Los pibes se me quejan porque voy a un cypher y son todas barras que ya escucharon, pero son todas de distintos temas.

¿Cómo aplicás esa mirada autocrítica a la hora de escribir?

S: Yo marco siempre la diferencia entre el talento y el criterio. Hay gente que es realmente talentosa y vos te das cuenta porque hasta son inconscientes de lo que están haciendo. No saben cómo lo hacen. Yo soy solamente criterio: hago, hago, hago y después, como espectador, decido qué es bueno de lo que hice y qué no.

¿Qué encontraste en Taida SGB para que se convierta en tu dupla?

S: A mí me gusta mucho jugar con el contraste. Una barra hiper filosófica y después una barra hablando del culo de la guacha. Que la letra sea pesada y deprimida, pero que el beat sea feliz. Porque también a mí las sensaciones que más placer me dan son esas que son medio contradictorias. La nostalgia por ejemplo. Es una mezcolanza entre la tristeza y la felicidad con el recuerdo que es única. Y el Taida capta eso. Otra persona no sé si hubiese entendido que yo quería decir algo recontra suicida de una re pálida que me pasó y que el beat suene al cielo.

Si bien sos beatmaker nunca te escuchamos sobre tus propias pistas, ¿hay alguna razón particular?

S: Es duro. A los beats, como con las letras, es darle muchas vueltas, muchas vueltas. Cuando terminé uno ya estoy cansado de escucharlo. Entonces, como tengo los procesos creativos tan largos e insoportables, me costaba mucho. Ahora le estoy sacando la ficha a ponerme a hacer varios beats al mismo tiempo, dejarlos estar, volver y así. Quiero hacer cosas con pistas mías, para tener más el control de todo e intentar ser lo más experimental e impredecible posible. Dentro de lo que es mi campo igual, no irse muy de mambo, pero sí jugar con cambios de beats y esas cosas.

¿Cómo convive ese proceso creativo con la idea de crear un álbum con mayor compromiso?

S: Convive mal. Siempre estoy coqueteando con la idea de hacerlo. Más que nada para dejar algo que con el paso del tiempo envejezca bien. Documentar todo este momento en el que nos está yendo bien dentro de lo que es el nicho. Ya lo he empezado a hacer en mi cabeza, pero está recontra verde. Antes quiero terminar un par de cosas. Estoy con unos EPs. Pero bueno, de la idea que tengo ahora dentro de un mes seguro me arrepienta.

Tu escritura está muy depurada de imitar influencias. Tiene una honestidad y una falta de muletillas que a muchos les cuesta un proceso de publicar un montón de música primero. ¿De dónde sale esa confianza en lo que es realmente propio?

S: Para mí es por fe poética. No hay más [risas]. Nosotros entendemos que ese es el sentido de la vida. Somos bielsistas de Newell’s y como tal vamos a estar siempre al lado del camino largo, de respetar los procesos y de que las cosas solo tienen valor si se hacen bien y son propias. Los atajos no son el verdadero éxito. Ni siquiera es algo que piense: lo siento así. La deshonestidad me genera culpa y la honestidad me genera placer. No hay más que eso.


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