Tomás Kadijevich quiere dejarnos algo muy en claro: no se considera el portavoz de ninguna revolución. Al escuchar “Usuarios de la Rabia”, el disco debut que sacó a fines del año pasado, es tentador pensar que se propuso hacer una radiografía de época con la osadía de quienes están seguros de poder transformar el mundo con sus convicciones. Pero la verdad es que Kadijevich está inquieto: incluso al cierre del álbum, con ‘Fantasmas’, continúa dándole vueltas a la “pregunta nacional”, insomne, acompañado por arpegios de guitarra eléctrica que se despliegan en una cadencia magnética.
“Es muy difícil estar enojado con el sistema y escribir sobre eso. No estamos en los 70. La lucha que atravesaba el plano político y social signaba al rock de un carácter que hoy hay que buscar conscientemente. Hacerlo era revolucionario, porque estaba prohibido. Ahora tenemos el desafío de encontrar un lenguaje de combate para nuestra época, donde sostenemos nuestros principios, pero nos atraviesa una coyuntura sumamente líquida que dificulta alinear lo que queremos que pase con nuestra capacidad de hacerlo suceder”, opina Kadijevich, con una sobriedad que escasea entre los varones de su generación que hacen rock.
En 2008, a Charly García le preocupaba lo mismo que a Kadijevich. Ese año, en una entrevista a la Rolling Stone, argumentó que hacer rock posdictadura implicaba enfrentarse a un estado de situación donde “[el enemigo] está diseminado. Está en los celulares, está en la gente. Ahora todos son botones”. Para ese entonces, Cristina Kirchner llevaba apenas unos meses de su primer mandato, a Macri se lo conocía más por ser presidente de Boca y Milei trabajaba en el sector privado. Por otro lado, el iPhone empezaba a venderse en Argentina. “Anotá”, le dice Charly a la periodista: “dream is over”. Se refería exclusivamente al rock nacional (y ya la propia afirmación es discutible), pero, como toda persona que supo leer la palma de la mano de este país, sus declaraciones siguen vigentes en las discusiones sobre la capacidad del rock para actuar como un agente de cambio social.
La rabia a la que hace alusión Kadijevich tiene mucho que ver con la frustración de salir a la calle y ver que aún así no termina pasando nada. Pero si no pasa nada entonces hay que seguir hablando hasta que un día algo pase. La canción como resistencia. ¿Es mejor hablar o rendirse? Hablar, hablar, hablar, y cantar, aunque las voces caigan como una paloma que revienta contra la ventana de un edificio en Once. Ahí, sobre Avenida Rivadavia, donde Kadijevich terminó de encontrar la claridad que necesitaba para escribir “Usuarios de la Rabia” cuando en 2024 empezó a vivir con Tomás Grimberg (Teo No) y Santiago Toranzo (La Vida Secular), músicos y co-fundadores del sello independiente Senda Discos. Esa claridad vino en la forma de una sensibilidad que atraviesa a todos sus miembros: la canción como bandera.
Parece que hay un espectro recorriendo el under nacional: la nueva canción argentina. Es complejo definirla, como todo fenómeno que pareciera estar ocurriendo al mismo tiempo que uno lo vive. Tampoco queda claro si es nueva. Kadijevich se siente limitado para describirla, pero lo intenta: “Vos ibas a algunos shows post pandemia y sabías con lo que te ibas a encontrar. Se armó una movida en donde el sonido estaba más en el centro. No es una crítica, son distintas escuelas y está buenísimo. Los que formamos parte de Senda proponemos una vuelta a la canción, sintiendo que fue perdiendo un poco de su lugar y sus representantes. Puede ser rock, pop, folk, pero la letra siempre está en un lugar central”.
La nueva canción argentina no es novedosa por cómo suena ni porque reserve el derecho de admisión a sus filas a quienes solo escriben letras brillantes. Tampoco es disruptiva por estar politizada, porque en ningún momento dejaron de existir en el país artistas que hicieran una crítica social a través de su música. Supongamos que durante la primavera indie el grueso de las discusiones corrían por otro lado, y que post pandemia volvieron a brotar el rock psicodélico, el post-punk y derivados mediante bandas como Dum Chica o Winona Riders. Varios de estos artistas optaron por gritar sus frustraciones generacionales, entendiblemente, con el apoyo de una estética sonora pesada. En contraste, a la nueva canción argentina la podés pelar como una mandarina sin que pierda su potencia, aunque esté conformada por tres acordes que se repiten y se toque solo con una guitarra.
La nueva canción pide que la ames sin esperanza y a cambio puede llegar a devolverte algunas coordenadas para habitar el presente y pensar el futuro. Viene a liberar a varios artistas de la presión de inventar algo nuevo, pero les propone algo que quizás sea mucho más difícil: correr la mirada del celular y no componer un estribillo como si estuvieras completando un sudoku. Implica, sin desestimar la búsqueda de sonido, lograr inducir en el otro un estado de euforia con la letra que otros artistas logran con un riff increíble y un pedal de fuzz. Es importante, entonces, generar espacios de encuentro para celebrar la canción y hacerla más fuerte, porque no hay nada más esperanzador que un pueblo que trata de entenderse a sí mismo.
En “Usuarios de la Rabia”, Kadijevich no sacude nuestras rotas y oxidadas cadenas solo para hacer ruido. Tampoco le exige a la canción que resuelva los problemas del presente. Más bien, agarra los fragmentos de su vida y de nuestro paisaje nacional, eternamente relacionados, para tratar de construir una posibilidad de futuro. Tomás se reconoce como alguien que hace lo que puede, atravesado por la preocupación de llegar a fin de mes y sus propios dramas personales. Alguien que no tiene todas las respuestas e incita a los demás a desconfiar de quien dice tenerlas todas. Decide abrir el disco, entonces, con ‘Un Renglón del Evangelio’, donde le advierte a un público tan sediento de fe como él que no se enamoren de cualquier profeta: “Vi los milagros ser tóxicos / Y la sustancia caer / Ya no hay paraguas, es una parte de crecer”.
Desde ese lugar, Tomás esboza una serie de preguntas mucho más interesantes que cualquier promesa de revelación: ¿Qué hacemos con la rabia de sentir que nos están queriendo expulsar de nuestro propio país? ¿Y con la que surge a raíz del colapso de nuestros propios vínculos personales? ¿Qué dice, realmente, la rabia sobre nosotros mismos? A lo largo del disco, encarna a distintos personajes para tratar de entender si es posible que la rabia no nos consuma, incluso cuando todo se desmorona alrededor. Tiene, sin embargo, la humildad de no creerse ajeno y de entender que hay algo de él en cada uno de ellos. Como mirarse en un espejo deformado y entender que el reflejo es mucho más fiel de lo que uno imaginaba.
¿Qué sonido tiene la rabia? Tomás y sus productores, Blas Bizzio (Rey Bichito) y Martín Schindell, citan a Queens of Stone Age como una gran referencia. “Nos atravesaba la sensación del rock rítmico, bailable. Y después el gran ordenador de todo fueron las guitarras, que es mi muletilla a la hora de componer, mediante los arpeggios, por ejemplo. Varios de estos temas son llevados como trances o atmósferas que se encuentran entre la guitarra y la percusión”, menciona el artista.
En ‘Un Renglón del Evangelio’ aparecen los primeros elementos que configuran la paleta sonora del disco: la batería implacable, líneas de bajo grooveras y guitarras distorsionadas que, junto a la percusión, le dan una sonoridad febril a gran parte de “Usuarios de la Rabia”. Es rock bailable que te hace querer subir al escenario y tirarte para que te atajen los diez locos que estaban pogueando en primera fila cuando Kadijevich tocó a fines de abril en Humboldt. Y es gracioso, porque en este tema, el artista aprovecha y le tira de las orejas a las figuritas más estiradas del under.
Me tiene podrido tu sabor a cumpleañitos frito
Solo me aburre tu pose de malo recuperado, tan superado
No entiendo tus letras en crayón
No me midas la sangre
Por hablar de mis problemas con tanta azúcar
En la mesa, en la mesa
Un Renglón del Evangelio
El rock que no está vaciado de su potencia va a delimitar a un enemigo siempre, pero incluso cuando Kadijevich no es tan literal a la hora de contarnos a quiénes apunta sus misiles, lo entendemos igual. En ese sentido, lo interesante del artista es que combina un sonido rock con la poética de la nueva canción argentina, a través de la cual encuentra imágenes poderosas para darle al género una carga política que no necesariamente transcurre por la pesadez del sonido, sino por la letra. Saber jugar al borde de la solemnidad y divertirse es lo que evita que sus versos se vuelvan panfletarios. Podemos ver un ejemplo de esto en ‘El Apagón’, donde Tomás se reconoce adicto al scrolleo apático del celular, incapaz de dejar de ver cómo la rabia de su entorno brota desde ahí como una espuma maloliente.
Sintonicé tu rabia
Adicto a la luz
Un hueso de metal
Televisándose
(…)
Las texturas se disputan
Traficándose
Hasta algorítmicamente
Rompernos el corazón
El Apagón
Pero no todo está perdido. En la misma canción, Tomás propone lo que bien podría ser el antídoto al derrumbe de todas nuestras buenas costumbres: “La ternura / Es tan superior / A la espuma de tu estética tan cruel”. Las guitarras te envuelven en un abrazo lisérgico y le dan a la canción una sonoridad funk rock, inspirada en ‘Sasha, Sissi y el círculo de baba’ de Fito Páez. En el estribillo, Kadijevich sintoniza su lado más combativo y, a través de la advertencia de que se viene el apagón, construye un manifiesto alineado con “La revolución no será televisada” de Gil Scott-Heron. Propone, también, recuperar las horas de nuestras vidas que nos pasamos mirando “ese hueso de metal”.
Crear “Usuarios de la Rabia” no fue una consecuencia natural de las ambiciones de Kadijevich. El cantautor estuvo, por bastante tiempo, envuelto en el tire y afloje de querer mantenerse en la periferia y hacerse lugar en la escena musical independiente. “Hasta hace 5 años, no tenía idea de que iba a terminar haciendo esto. O sea, ni loco. Siempre fui muy vergonzoso. Me costaba mucho encarnar la música, apropiarme de ella. De chico iba al colegio Musicum y volvía llorando. Claramente significaba mucho para mí, pero todavía no sabía qué hacer con eso que me pasaba”.
Durante la pandemia abandonó el CBC de Economía, compró una placa y recién ahí empezó a hacer sus primeros experimentos musicales. Sus producciones de aquella época tenían una fuerte impronta spinetteana, un detalle que recuerda con gracia: “Un inexperto compositor obsesionado con Spinetta es por definición medio personaje”. En 2024 llegó el primer single, ‘Viento Digital’, donde ya se oye la predilección del artista por las voces dobladas y etéreas cuya atmósfera folk se dinamiza con la incorporación de sintes y riffs de guitarra eléctrica. Pero, en las propias palabras de Kadijevich, todavía no se la jugaba: “Cuando escucho Viento Digital percibo una cierta vagancia en la letra, pero totalmente por inexperiencia y vergüenza”.
Cuando Tomás se anima a escribir sobre lo que le pasa, el resultado son unos versos tan conmovedores que sobresalen en cualquier sad indie mix que te pueda armar Spotify. “En mi lienzo vacío / La mejor versión de un amigo” susurra, a lo Elliot Smith, en ‘Miradas Prestadas‘, una canción folk donde el artista se pregunta si puede construir una amistad a partir de las cenizas de una relación en la que ya no se halla más. Este tema marca la transición en el disco de un Kadijevich más caricaturizado hacia su primera persona, crudo, dispuesto a hablar sobre las cicatrices que todavía duelen. ‘Princesa’, con influencias más indie pop melancólico, juega con la idea de la ausencia del ser amado que ya no está versus aquel tiempo en donde ambos habían logrado unirse hasta convertirse en una canción.
Actualmente, el artista se encuentra trabajando en un nuevo proyecto, atravesado por la necesidad de ahondar en su propia sensibilidad y de verla reflejada en sus versos. Tendrá una fuerte impronta rock y tratará con la propia relación que tiene con el concepto de la atención: ser visto o no, escuchado o no. Por lo pronto, en ‘Miradas Prestadas’, Kadijevich se mira en el espejo y ve cómo muere la ternura en su rostro. Quedará por ver si la recupera en el próximo disco.
Al reflexionar sobre el camino que lo llevó hasta acá, a lo que parece ser un inicio prometedor, Kadijevich habla de una sucesión de milagros. Fue milagroso haber conocido a Teo No en el CBC de Economía, milagroso haberse mudado al epicentro de Senda Discos, milagroso haber logrado sacar un disco. Quizás la mayoría de los milagros sean tóxicos, como él dice, pero todavía hay algunos que vale la pena presenciar. “No se rompió mi fe / Voy a seguir acá”, afirma el artista en ‘Fantasmas’, optando por cerrar “Usuarios de la Rabia” con la templanza necesaria para atravesar estos tiempos de cólera.
Escucha "Usuarios de la Rabia" (2025) de Tomás Kadijevich en Tidal, Apple Music, YouTube, Qobuz y Spotify:












