Viaje al corazón del país

Violencia, literatura, viveza, pasión, esperanza, dualidades y otros lugares que hacen el común de un país se hacen fintas, bailan, pelean y se abrazan en "Hijo del País", el nuevo álbum de Broke Carrey.

Un inglés es mucho más semejante a otro inglés que dos argentinos entre sí. Aquí no existe más unidad que la del territorio y la del idioma (…) Los pueblos de formación inmigratoria como el nuestro, resultan, según es fácil colegir, los más ocasionados a la anarquía.
Leopoldo Lugones, El Estado Equitativo, pp. 75, 1932.

Recuperado el sentimiento, volvemos a lo nuestro; a lo que es esencialmente nuestro; a lo que se ha formado a través de múltiples generaciones por obra del amor a la tierra y a fuerza de luchar con cuerpo y alma para consolidar y defender palmo a palmo cada conquista. Volvemos a lo nuestro, al ser íntimo de esta alma nuestra que, a fuerza de querer dotarla de una “personalidad destacada”, haciéndola asimilar culturas ajenas, se despersonalizaba, perdía sus características peculiares y quedaba sin los rasgos que definen la reciedumbre de su potente individualidad.
Juan Domingo Perón, La Doctrina Peronista, pp. 23, 1948.

¿Qué significa ser un “hijo del país”?

¿Significa que sos un peón cañero de Tucumán que escucha zamba?

¿Qué sos un hijo de la oligarquía que viaja a Europa con una vaca atada para proveerle de leche fresca? ¿O que se toma el primer avión a Miami pagado gracias a la soja fumigada con pesticidas de última generación?

¿Significa ser un varón de clase media de la Ciudad de Buenos Aires, tatuado y con aritos, vestido con remeras oversize, que va a una fiesta electrónica?

¿Ser una mujer trans cuya identidad es reconocida gracias a una ley pionera en el mundo?

¿Ser un trabajador petrolero de Neuquén que se fue allí a soñar el gran sueño dorado de Vaca Muerta? 

¿Ser un agente de la Policía Federal?

¿Un profesor universitario?

¿Una madre que apenas tiene licencia por maternidad?

¿Un jubilado de la mínima?

¿Un militar en un ejército descuajeringado? 

¿Una maestra rural de Catamarca?

¿Un peón yerbatero de Misiones?

¿Un streamer de Caballito? 

El último y extraordinario disco de Broke Carrey es otro eslabón de la cadena de retorno a las raíces que viene arrasando en la música pop latinoamericana, con resultados, propósitos y objetivos diversos. Al pibe de Boedo, que ya le había escrito una carta de amor a la ciudad de Buenos Aires, ahora le pintó preguntarse por la siempre resbaladiza cuestión de lo argentino y explorar sónicamente aquello que es caracterizado como “la música nuestra”. De esa forma, además, se mete, voluntaria o involuntariamente en otro debate de larga data en el corazón de nuestro país: la oposición Buenos Aires-Interior. La discusión es tan eterna como la existencia del país. De un lado, se acusa a Buenos Aires de monopolizar los recursos y las energías del interior, de construir un país hipertrofiado en una provincia, de ignorar la diversidad cultural y la producción de los otros veintidós distritos de esta inmensa nación. Del otro lado, se espeta atraso, precariedad, imposibilidad de progresar sin las luces tutelares de la gran urbe. El intelectual, poeta y ensayista Ezequiel Martínez Estrada, quién no tenía en gran estima el unitarismo de facto de nuestro país, escribía ya en 1940 en su monumental "La Cabeza de Goliat": 

Las grandes ciudades de provincia han delegado en Buenos Aires, dentro del orden natural de las cosas, ricas porciones de la vida superior del espíritu y cuanto significa continuidad con lo anterior y responsabilidad del futuro. Esta transferencia no se ha hecho, por supuesto, a Buenos Aires como urbe sino a Buenos Aires como Nación. Quiero decir que no se trata de un depósito de bienes materiales voluntariamente hecho, cuanto de un holocausto de carácter psíquico o religioso, si se prefiere. Las provincias han creído que Buenos Aires, como sede de las autoridades nacionales, era el punto supremo de la aspiración de todos, mientras que Buenos Aires procedió con esos aportes sagrados con un criterio no sólo unitario sino verdaderamente municipal. Se engrandeció, se embelleció, se fortificó, más exclusivamente como urbe y no como capital federal. (pp. 29) 

En este caso, Carrey se juntó con dos novísimos músicos santiagueños (cuatro singles editados hasta ahora) Facundo Trouve y Ulises Feraud, que componen el dúo bautizado con sus apellidos, con quienes co-compuso la totalidad del disco, y con el productor Luis Lamadrid (en Argentina la historia brota de las piedras: Gregorio Aráoz de Lamadrid fue un militar, héroe de las guerras de independencia, gobernador de la provincia de Tucumán, unitario y arma a disposición del caos magmático de las guerras civiles argentinas que se iniciaron poco después del triunfo contra los españoles) quién ya había ejercido esas funciones en “Buenos Aires Hotel”, además de en “POST MORTEM” y “Por cesárea” de Dillom. A ellos se suma el chileno elmalamía y Cocó Orozco, mendocino, de Usted Señálemelo, banda insignia de lo que en algún momento se conoció con el nombre de “manso indie” y que fue uno de los intentos de disputar la centralidad musical bonaerense desde las provincias. Ellos también ofician de productores y Orozco figura como invitado en ‘Monumento’ uno de las joyas del disco. Con ese team Carrey triangula perfecto: la ciudad, la provincia, el continente. ¿Alianza o extractivismo? La equitativa distribución de las tareas y el sonido orgánico del disco, que no traiciona impostura o disfraz, al menos en los oídos de este escucha, apuntaría a lo primero.

Pero mencionaba que este LP es parte de un rosario, que también puede ser considerado un movimiento comercial, que también puede ser considerado una moda, de discos que buscan volver a las raíces de lo “nuestroamericano”. En este artículo me enfrenté a las incógnitas que me producía este movimiento tomando como foco “La Vida Era Más Corta” de Milo J. La pregunta que me hacía en esa ocasión era como se había producido esta extraña confluencia entre el deseo de producir una obra total modernista, un laurel que engalane la sien del Artista, recuperando los sonidos que en general están más unidos a lo colectivo, a lo anónimo, a lo ancestral. 

Me reúno hace unas semanas a tomar cerveza con Richard Villegas de Songmess en el Bar San Bernardo (otro lugar que funciona como un vórtice de significaciones: bar tradicional del porteño que juega al billar entre nubarrones de humo, adoptado por los hípsters hace ya más de una década, que sin embargo conserva sus precios baratos, sus mozos de oficio, sus baños mugrosos que invitan al consumo de cocaína). No nos conocíamos y su viaje a Buenos Aires fue la oportunidad perfecta. Richard es un personaje con un punto de vista único que explicita de la siguiente manera: “Al no sentirme yo de ningún país puntual de Latinoamérica [nacido en Estados Unidos, de padre colombiano y madre newyorkina, pero criado en República Dominicana, con largas estancias de vida en Buenos Aires, Santiago de Chile y CDMX] yo me siento parte de todos”. El tema de la conversación es por supuesto la música y rápidamente llegamos a la charla sobre este “giro telúrico” como le digo yo, o la tendencia raíz-pop, como le dice él. Richard, con la desfachatez que lo caracteriza, espeta la pregunta: “What’s the point?” ¿Cuál es el punto de este retorno? No lo dice burlón, no lo dice prejuicioso, sino con verdadera curiosidad, en el sentido de “¿Cuál es tu objetivo artístico?”. Enumera una lista: en el caso de Bad Bunny, una reivindicación político-identitaria que está en su música desde sus orígenes; en Cazzu, una composición autobiográfica opaca, que abreva en los sonidos de los lugares que componen su historia; en Karol G, un deseo de vender con la nostalgia; en Broke Carrey un componente político. Agrego yo: hay una búsqueda de respeto, de seriedad, y hay, al menos en los artistas masculinos, un juego con formas de masculinidad del pasado, que oscila entre el cosplay y el afecto sincero, un deseo de parecer mayor, que se expresa en los looks de padrino del arrabal que a veces utiliza Dillom, en la apropiación de la estética yuppie menemista de Marttein, en la seriedad constitutiva de hijo de la tierra de Milo J

Pero volvamos a lo político en Carrey, porque coincido con Richard. En “Buenos Aires Motel” la idea era pintar un retrato de Buenos Aires, alejándose en partes iguales de las músicas tradicionales de la urbe portuaria y de la perniciosa extranjerización permanente del sonido. Y lo logró haciendo un disco que se escucha como una cosa insomne, maniática, melancólica y caradura. En “BAM: La Suite” continuaba el concepto, pero si en BAM buscaba escaparse del disfraz de porteño, acá le metía una proto rumba en ‘La Última’ y una especie de tango darks con Melingo en ‘Me Odio’. Pero fue en “Río de la Plata”, su EP de tres canciones del 2024 en el cual el componente político se acentuaría, particularmente con la canción ‘Montonero’. A mí esa canción me impresiona mucho, no solo por la referencia en términos no necesariamente negativos a la cápsula de cianuro que llevaban los miembros de la guerrilla urbana ante la amenaza de aprehensión por las fuerzas de seguridad (mejor morir que caer, mejor morir que la duda del espíritu frente a la posibilidad de delación) sino también por el odio virulento contra el recientemente electo Javier Milei y su hermana. 

Sin embargo, no era esa la única canción que, a mí parecer, avizora el destino político de Carrito. En ese mismo EP está ‘Señales de Humo’, la primera colaboración con elmalamía, una canción que es una colección de frases memorables atadas a la economía política como “Vi una lágrima caer en el espejo del cajero automático” y “No se mira, se gana y se gasta”. Pero, sobre todo, me conmueve el estribillo cantado de forma tremenda por elmalamía: “Haciendo señales de humo / Mientras veo arder mi futuro / Esa seguridad es una condena / Vamos a quemarla y escapar”. Me parece que en ese estribillo (aunque lo cante otro) se cifra algo de la poética de Carrey sobre esa resbalosa quimera conocida como la argentinidad: la distancia entre el deseo y la realidad, la sempiterna frustración nacional por ese algo (la economía, la industria, el espíritu, el orgullo patrio) que debería despegar y no lo hace del todo, más bien lo contrario: cuando parece que está por hacerlo se prende fuego, llega la destrucción, hay que volver a foja cero, hay que reconstruir todo, pero reconstruir toma el doble de tiempo que la destrucción, y a veces es imposible. Ese pareciera ser el espíritu de la Argentina en la que creció Carrey, quién nació en 1997 y tiene veintinueve años. O sea, que toda la década de su juventud independiente la vivió de crisis en crisis. 

El otro elemento que me parece vital de la poética carriana en relación a la argentinidad es la dimensión de la chantada: a un argentino hay que comprarlo por lo que vale y venderlo por lo que cree que vale. Muchos de los personajes que aparecen en sus canciones, y en particular en “Hijo del País”, son buscas, chantas, malevos, atorrantes. Tipos que hacen un arte del hablar rápido, del prometer cosas, del abrumar al interlocutor para no que no caiga en cuenta que está siendo estafado. El Darín de “Nueve Reinas”. El argentino es un gran fabulador, que aúna improvisación con capacidad, pero cuya moneda puede caer del lado de la consagración o el escarnio, y ahí Carrey encuentra un abrevadero lleno de agua límpida para llevar a sus canciones.

Hijo del País” continúa esta línea en dos aspectos: el temático y el sonoro. En lo sonoro, está repleto de folklore, y de un folklore muy santiagueño, que hace de la percusión una fuente permanente de ritmo, en la cual el bombo legüero reemplaza a las máquinas de ritmo, pero cumple la misma función de zapateo, de baile y de galope al trote. Mientras que otros discos que abrevan en los ritmos folklóricos ponen en primer plano la voz o la guitarra, en este Carrey no se aleja tanto del beat que marcó a sus etapas anteriores. A veces, incluso, esta predominancia del beat adquiere tonos marciales, o desesperados, como en ‘Zupay’ o ‘Leones’. La primera es un lamento desesperado de un personaje, en apariencia muy humilde, del monte profundo, que intenta hacer las cosas bien pero finalmente termina vendiéndole el alma al diablo, el Zupay, un ser mitológico que simboliza el mal en todas sus formas, y que, según Adolfo Colombres, ilustrísimo sabio del folklore argentino, en su libro “Seres Mitológicos Argentinos” es una mezcla entre las tradiciones incas en donde era “principio o genio del mal que reinaba en el Supaihuasin, inframundo situado en el centro ígneo de la Tierra. Era la encarnación de los misterios selváticos y causante de los maleficios, pestes, inundaciones, sequías y todo cuanto hiere la imaginación y horroriza”, y la figura de Satán traída a estas tierras por la Iglesia Católica, “el Señor de las Tinieblas, cuya lucha contra el bien se manifiesta en distintas clases de tentaciones que llevan todas a la caída.” ‘Zupay’, la canción, crece y crece en un mar de melancolía y derrota, pero su ritmo es irresistible. ‘Leones’, por su parte, parece un grito de rebelión y unidad nacional en tiempos aciagos (“Si alguna vez besaste el suelo, somos hermanos / Si alguna vez besaste el cielo, somos hermanos”), un grito de hartazgo profundo, desde las tripas, una forma de canalizar mucha rabia y mucha frustración (“Nunca nos sentimos así, la sangre nos hierve por dentro”) en un lamento esperanzado de supervivencia pese a todo (“Y nos quisieron dar por muertos / Ahora nos miran volviendo a casa”). 

En lo temático, “Hijo del País” agrega un componente muy bienvenido a los flirteos con lo telúrico: el humor. Carrey tiene una forma de cantar, un delivery entre lo irónico y lo furioso y lo vulnerable, que hace de algunas de sus letras chistes instantáneos. Pero, además, hay canciones enteras que habitan lo cómico. ‘Monumento’ es una inversión de términos en la que la solemnidad de la balada, de la canción romántica, se convierte en una oda a un culo. Parece una serenata tocada entre el sentimiento y la procacidad, con un payador que no desentonaría en la competición de aro aro aro. Carrey por momentos es tierno, nostálgico de verdad recordando a esa amada con la que ya no se ve, por momentos parece alguien a punto de tentarse, por momentos simplemente está caliente. ‘Miguelito’ es una viñeta, un retrato de un arribista profesional de la política cuya narrativa, simplista y maniquea pero no por ello menos efectiva o real, no opaca el tono que la tiñe de indignación desde abajo, de burla lanzada desde la impotencia, de canción de desahogo de cantautor popular. 

Uno de los puntos más altos se obtiene en la alquimia entre ritmos populares y el evangelio del éxito contemporáneo en la extraordinaria ‘El Aplauso’ una gran canción que, espero, esté destinada a convertirse en un clásico del cancionero argentino, que troca lo gozoso de ‘La Guitarra’ de los Auténticos Decadentes en ansiedad y fatiga para una generación que solo quiere pegarla y que ve que el esfuerzo se consume en un festival de deuda, con un estribillo que tiene, además, un dejo de poesía sesentista que remite simultáneamente a la famosa tapa de Almendra y a ‘El Extraño de Pelo Largo’: “Va el cantante perdido en su horizonte / Persiguiendo el aplauso de los hombres / Una lágrima cae de sus ojos, pero su corazón no hace caso / Todos lo ven pasar y nadie mira”.

Este tipo de temáticas de desborde y de estrago individual aparecen también en ‘NMQN’ y ‘Renacimiento’. Hay un mal de época que surca todo el disco de Carrey, un disco de neurosis a full y exasperación, algo que, también, parece haberse convertido en un signo de la argentinidad que vivimos. La tapa muestra al músico en el medio de una multitud de personas apuradas, al borde de un ataque de nervios, caminando al filo de la navaja, empujándose, una imagen que remite a la manifestación, el pogo y la demencia de una congestión urbana en la ciudad de Buenos Aires. En el medio, su cara, la única en foco, con una expresión inescrutable, entre la calma y el momento previo a la acción. Es un disco que, también, parece hecho para hablar con alguien, para intentar sanar o dar escape a algo de este malestar, y a eso pareciera apuntar Carrey cuando opina, en una entrevista aparecida en Remezcla también de Richard Villegas, que “Todos somos hijos de esta tierra, así que todos somos hermanos y vecinos, incluso aunque tengamos ideologías opuestas. La idea de que existe un abismo insalvable entre nosotros es errónea, porque hoy en día la gente vota en contra de lo que odia en lugar de a favor de lo que cree.”

Esta idea de que la Argentina es un país dividido artificialmente que debería ser reconciliado nuevamente en un entendimiento que supere las diferencias, es uno de nuestros grandes mitos políticos. En la más reciente generación tomó la forma de la entelequia por la “superación de la grieta”. Pero ha estructurado más de un proyecto político. Es el tema del nacionalismo, que es lo que subyace, o lo que me parece interesante ver subyacer, al disco de Carrey. Cómo indicó el gran historiador marxista inglés Eric Hobsbawm en un clásico al respecto: 

Utilizo el término «nacionalismo» en el sentido en que lo definió Gellner, a saber: para referirme «básicamente a un principio que afirma que la unidad política y nacional debería ser congruente». Yo añadiría que este principio también da a entender que el deber político de los [ciudadanos] para con la organización política que engloba y representa a la nación (…) se impone a todas las demás obligaciones públicas, y en los casos extremos (tales como las guerras) a todas las otras obligaciones, del tipo que sean.
Eric Hobsbawm, Naciones y Nacionalismo Desde 1780, pp. 17

Este es el tema del nacionalismo: la unidad, la armonía, el deber y la obediencia a los principios nacionales, la homogeneidad. La diversidad es la trama del país, un país es irreductible a una sola idea, y sin embargo al pensar en el espíritu nacional es imposible no concebirlo como una sola cosa, como un fantasma que insufla el pecho de orgullo. Las dos citas que comienzan este artículo son buenos ejemplos de proyectos de este tipo. Lugones, uno de los escritores fundacionales de nuestra literatura, precursor del género fantástico en Argentina, para 1924 estaba harto de la disipación social y política que la democracia y la inmigración había causado. Entonces agarra y escribe un discurso que pronuncia en Lima en el centenario de la Batalla de Ayacucho donde propone que llegó la hora de la intervención de los militares en la política, para traer orden y restaurar la jerarquía. En 1930 apoya el primer golpe de estado de la democracia argentina moderna, liderado por Uriburu. Escribe la proclama revolucionaria y cree en la posibilidad de instaurar un régimen corporativo, al estilo del fascismo europeo. El proyecto sale mal, Uriburu dura un poco más de año como presidente y muere a los dos meses de dejar el cargo. En 1938, amargado por la realidad política de nuestro país, Lugones se suicida en el Tigre tomando whisky y cianuro. 

Y es que este es el otro mito fundante de nuestro país: el de la violencia. Cuarenta años de guerras civiles luego de la declaración de independencia. Golpes de estado. Torturas. El fino arte del asesinato político. Todo proyecto de orden es un proyecto de aniquilación del contrario. Y siempre una fractura, en todo momento histórico: unitarios versus federales (o sea, provincias versus Buenos Aires), rosistas y anti rosistas, radicales y conservadores, peronistas y antiperonistas, izquierdistas y fachos, militares nacionalistas y militares extranjerizantes. En 1984, con el retorno de la democracia, Juan Sasturain convoca a Ricardo Piglia a seleccionar y presentar un conjunto de textos fundacionales de la literatura argentina. Con ellos, re-escribe el canon bajo la teoría de que el gran tema de nuestra literatura es la violencia. Sasturain, que era el jefe de redacción de la revista Fierro, se los da a un seleccionado de historietistas del olimpo para adaptarlos y de ahí sale uno de los grandes libros de historieta de nuestro país, que a la vez es una tesis sobre su alma. ¿El título? “La Argentina En Pedazos”. En el primer texto, el que presenta ‘El Matadero’, Piglia eleva a este cuento de Esteban Echeverría y al “Facundo” de Sarmiento al lugar de fundadores de nuestra literatura, a la vez que propone que presentan: “una opción fundamental frente a la violencia política y el poder: el exilio (con que se abre el “Facundo”) o la muerte (con la que se cierra ‘El Matadero’)”.

Por momentos, “Hijo del País”, con su furia a punto de ebullición y sus declaraciones derrotistas y amargas sobre el triunfo del mal, la mendacidad de la clase política y la supervivencia con todo en contra, parece más alineado con este segundo mito nacional, abrevar en el enfrentamiento primigenio, en el deseo de ver al otro destruido, más que a un hipotético cantar Kumbaya bajo un cielo de estrellas en donde hemos aprendido a superar nuestras diferencias políticas, incluso cuando estas diferencias políticas incluyen la negación a tu derecho a existir. Y si bien “Hijo del País” no propone una respuesta definitiva a esta eterna dualidad argentina (un disco, por otra parte, no podría ofrecerla), si parece sugerir que, si durante demasiado tiempo pareció que la única opción era el exilio (el exilio interior, el exilio en el dinero, el exilio de los sonidos), si ahora vamos a retornar “lo nuestro”, esta arma debe ser blandida con propósito. Carrey, en su disco, alberga el movimiento pendular entre lo serio y lo jodón, la tradición y lo moderno, la tragedia sentida de un pueblo y la chantada del estafador de poca monta, el deseo fulgurante de destruirlo todo y la aceptación agobiada de la realidad. Por un nacionalismo plural posible.


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