La entrega hecha show: Jorge Vercillo en Buenos Aires

El cantautor carioca Jorge Vercillo se llevó el corazón de los porteños la última semana de mayo en una presentación inolvidable en el Torquato Tasso. Así lo vivimos.

Referente ineludible de la música popular brasileña contemporánea, Jorge Vercillo construyó una trayectoria singular combinando la sofisticación armónica de la bossa nova y la MPB con una sensibilidad melódica capaz de convocar públicos masivos. Dueño de una voz extraordinaria, que alterna con naturalidad registros graves y falsetes, el compositor carioca desarrolló un lenguaje donde conviven la intimidad de la canción y la potencia expansiva de los grandes estribillos. El pasado miércoles 27 de mayo se presentó en el Torquato Tasso acompañado por un percusionista y un tecladista en formato de trío, ofreciendo un espectáculo que osciló constantemente entre la cercanía y el virtuosismo, entre la conversación íntima y la celebración colectiva.

Al ser anunciado por su banda en el Torquato Tasso, la energía de la audiencia bonaerense cambió por completo: los aplausos, alaridos y gente de pie no se hicieron esperar. Desde el inicio ya pude apreciar que su estética y su ímpetu no parecían coincidir con sus 57 años; desde donde estaba, le podría haber dado menos de 30 sin arriesgar a perder. Comenzó con una canción tranquila, con una balada, a la que siguió inmediatamente con ‘Yo vengo a ofrecer mi corazón’ de Fito Páez. Los aplausos parecían no dar a basto para reconocer semejante virtud. Ya desde esos primeros minutos se volvió evidente una de las características más llamativas de Vercillo: la capacidad de desplazarse entre climas muy diferentes sin que la transición resulte forzada. Una canción podía comenzar desde la delicadeza casi susurrada de la bossa nova y desembocar, pocos compases después, en una explosión rítmica celebrada por todo el auditorio.

Al término de aquel tema, presentó a sus músicos y anunció que teníamos que interpretar este show como un "laboratorio", como una experimentación; indicó que tomaba pedidos de canciones que quisieran que interpretara. Más allá que esto generó inentendibles vociferaciones, lo que era claro era su intento de conectar con el público desde el primer instante, al punto que minutos después llegó a preguntar "¿y ahora qué cantamos?"; una calidísima primera persona del plural que causó que la mitad de los espectadores se paren y lancen nuevamente a gritos sus canciones deseadas. La idea del espectáculo como laboratorio no parecía una mera ocurrencia. Había en la propuesta una voluntad genuina de dejar espacio para lo imprevisible, de permitir que el repertorio se construyera parcialmente a partir del intercambio con quienes estaban presentes.

Después, bajó, caminó y cantó por el salón con notable naturalidad, todo mientras la gente se le abalanzaba desesperada: los hombres le daban la mano con orgullo; las mujeres lo tomaban de sus brazos con euforia. En este momento yo observaba incrédulo. No me había imaginado la excitación general que produciría Vercillo con tal facilidad, que luego se paró sobre una silla sin dejar de cantar, con una falta de esfuerzo casi inverosímil. Tampoco dejaba de sorprender la soltura con la que sostenía cada frase mientras se desplazaba entre las mesas. Incluso en movimiento, su voz conservaba una estabilidad admirable, alcanzando falsetes y notas agudas que parecían ejecutarse sin causarle agotamiento alguno. Al volver al escenario, interpretó ‘Beatríz’, famoso tema de Chico Buarque, y el contraste fue alucinante: el público pasó de la excitación y a la emoción al borde de las lágrimas de un segundo a otro. El espectáculo parecía más un intenso compilado de los mejores shows de Vercillo que una sola presentación. 

Transcurrida ya una hora del show, dijo que el Torquato Tasso era nuestra casa y que podíamos hacer lo que quisiéramos. Por eso, invitó a quien quiera a ir a bailar adelante, justo debajo del escenario. Como una marea agitada, el auditorio entero se paró y corrió hacia allí hasta colmar el espacio. Uno por uno iba agarrando los celulares de quienes se lo daban y se sacaba selfies con el público, inclusive grabó algún que otro video que quedará guardado en la galería de algún afortunado. La escena terminaba de confirmar algo que se había insinuado desde el comienzo: más que ofrecer un recital en el sentido tradicional, Vercillo parecía empeñado en desdibujar la frontera entre escenario y platea. Fue un punto de encuentro tan extraño como exquisito: él hizo lo que quiso con los espectadores, y los espectadores hicieron lo que quisieron con él; cada parte parecía incondicionalmente entregada a la otra.

Quizás allí resida el secreto de una carrera tan extensa como vigente. No solamente en sus canciones, ni siquiera en la impresionante calidad de su voz, sino en esa capacidad poco frecuente de convertir un concierto en un espacio compartido, donde la admiración y la cercanía dejan de ser fuerzas opuestas para convertirse en una sola experiencia.

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