La primera vez que supe de La Prima fue a principios de marzo de 2024. Casualmente para ambos, también fue la primera vez que el rap nos llevó a Rosario. ¿El motivo? Ese domingo se realizaba una nueva edición 5vs5 de la Élite Free. En ese entonces yo organizaba competencias de freestyle y, ya que viajaba, se me ocurrió armar una fecha el día anterior. Me tocó un sábado lluvioso y, entre el tiempo acotado y los nulos recursos logísticos, no me quedó otra que someter a las sesenta duplas anotadas a unos sobrepoblados octavos de final. Ante mi dificultad para negarle la inscripción a cualquier equipo que me lo pidiera, la última batalla de octavos tuvo que dividirse en dos enfrentamientos, cuyos ganadores luego se disputarían el último pase a cuartos. La primera mitad transcurrió en orden y parecía que la segunda iba a correr con la misma suerte, hasta que vi acercarse a una chica de unos veintilargos con el pelo rapado y una preocupación imborrable en su rostro.
— Te faltó llamarnos —exclamó, en representación de su equipo.
No sabía dónde meterme.
—¿Quieren…rapear…ahora?—titubeé. La mirada que siguió a mis palabras me fusiló. Era una invitación directa a dejar de hablar por el resto de mi vida.
—Y sí… —respondió asertivamente, terminando de nominar mi pregunta al premio de la más obvia de la historia.
Ese día conocí a La Prima.
A María Victoria Etcheverry la conocí tres meses después en Gualeguaychú, Entre Ríos. Junto a la Entre Freestyle y otra competencia de zona oeste, organizamos un fin de semana cargado de fechas. La del sábado tenía como principal atractivo un cypher del Dojo Sambrailo. Esa tarde la Avenida Bernard vio llegar una combi de la cual bajaron, uno por uno, los miembros del Dojo. Cuarenta minutos antes del inicio del cypher, vi a lo lejos a la misma chica a la que tres meses atrás casi dejé sin competir. Solo que esta vez estaba peinada con dos coletas y su cara dejaba ver otra expresión: eran nervios. Caminaba en círculos, murmurando la que minutos después iba a ser su primera letra expuesta en una plataforma de esta índole. Luego vendrían en cadena otras tres participaciones con su respectivo boom de reconocimiento. Pero en ese debut la única repercusión fue un enorme alivio interno. En medio de su propia guerra anímica dio la impresión de que, aún de capa caída, pudo sostener su escudo con fuerza. Al menos durante los dos minutos que sonó el beat.
Ahí fue cuando lo entendí: La Prima existe para enfrentar las circunstancias difíciles que se le presentan a Vicky. No se trata de un alter ego, sino de una coraza. Un artilugio construido artesanal y delicadamente para que el clima a veces hostil de las plazas no infecte sus heridas entreabiertas.
La Prima es sagaz, no tiene un gramo de pudor en su organismo. Sus canciones van un paso más allá de la retrospección, presentando descargos que se ríen de sí mismos una vez emitidos. El tono de su letargo combina melancolía y carisma, como esas cumbias en las que uno busca consuelo con un trago en mano y la mirada hacia el cielo. Por más sólida que sea esta armadura, la conciencia de Vicky logra colarse entre los huecos. Su primer EP, “Memoria Emotiva” (2025) remite a un tiempo anterior a la escritura, a las plazas, al rap y a La Prima misma. Es una conversación entre dos versiones de una misma voz separadas en el tiempo. El portal comunicativo entre una Vicky que se supo desprovista de herramientas y una Prima cuya existencia hoy es inminente.
Más allá de este “yo” fragmentado, la narrativa de La Prima está atravesada por una dicotomía entre la calidez de lo pueblerino y la aspereza del asfalto. Por eso cada una de sus instancias de autoconocimiento es dual: el pueblo es su punto de regresión y la urbe su campo de batalla. No es casual que su versión más sanguinaria se haya forjado compitiendo en el Paseo Sobremonte en Córdoba Capital (“yo sangro cada vez que un gil como vos respira”), ni que recién en las afueras de ese epicentro se le haya ocurrido rapear un Shinovi Sambrailo type beat, para terminar conociendo al mismo Shinovi en persona en ese preciso sitio. Tampoco es casual que la nostalgia de “Memoria Emotiva” nos arrastre al campo, ni que el principal grupo de pertenencia de La Prima haya terminado siendo el Dojo Sambrailo, caracterizado por su espíritu combativo desde la periferia hacia las grandes civilizaciones.
Esta binariedad no pasa solo por lo territorial. Está atada a la misma esencia de La Prima. El día anterior a esta entrevista participó de una competencia de canciones y otra de freestyle con tan solo unos minutos de diferencia. Después de saludarnos me cuenta, con la misma proporción de alegría en el cuerpo, que se dio un La Prima vs Teorema y que presentaron dos temas con Santa María, su dúo junto a Juli L. Aún así, es paradójico que a la hora de batallar no sea confrontativa, pero que sus canciones se asemejen a un campo minado. Es la más filosófica de las competidoras y, al mismo tiempo, la más aguerrida de las letristas. Y esa contradicción no precisa resolverse.
No siempre son buenos días para las niñas introspectivas
No Siempre
Nos reunimos durante su último paso por Buenos Aires con la excusa del pronto estreno de “OG Drumless”, mixtape que reúne versiones de estudio de todas las letras que expuso en las plazas y dejará registro simbólico de su desenfrenada evolución artística. Nuestra hora y cuarto de charla empieza con una evocación de los años en los que solo Vicky existía: relatos de una infancia pura, una adolescencia desafiante y la escritura como el mantra que vino a equilibrarlo todo.
¿Qué recordás de tu infancia en Concordia?
Siempre fui una niña muy grande. En mi familia laburaban todos hasta tarde y era como: “Vamos a meter a la niña en algún lado a que haga algo”. Estaba metida en el club todo el día. Hice todos los deportes y todas las danzas habidas y por haber. Toda actividad que había, la hice. Nunca fui mucho de estar con la compu o ver la tele, me aburría muy fácil. Mis hermanos me llevan quince años. A los seis, apenas aprendí a sumar, me enseñaron a jugar al truco. También jugaba mucho al tutti frutti con mi mamá y Andrea, que fue quien me crió. Era ejercitar la mente de otra manera. No jugaba mucho sola, no me gustaba jugar a las muñecas. Jugaba mucho a que tenía un programa de cocina. Iba al patio de mi casa, juntaba un bowl hecho mierda, tierra, hojas y hacía unas tortitas, en vez de jugar a tomar el té, por ejemplo. Eso me aburría. Me gustaba hacer.
Entiendo que tu adolescencia fue una etapa de mucho descubrimiento.
Sí, pero también muy pesada. A los trece o catorce años descubrí mi existencialismo. Tuve mi primer “no entiendo nada de lo que está pasando”. Empecé a tener ataques de pánico. No podía entender ni procesar el mundo. Nada tenía sentido. No tenía un propósito. Pensaba, “¿qué carajo hago acá?”. Todo esto hace quince años, cuando todavía no había la inteligencia emocional que hay ahora ni los mismos recursos en cuanto a medicina. Así que era rebeldía total y autodestrucción. La adolescencia fue mucho de eso, pero también de descubrir que los límites eran totalmente míos. Por ahí mis papás no me bajaban tanta línea. Obviamente eran mi guía moral de cómo tenía que ser la vida, pero después el “no” era mío. Capaz en el colegio no me sobreexigían, pero si me iba mal me deprimía. Lo que más me ayudó en ese lapso fue hacer terapia. Y el deporte: me sentía mal, iba al gimnasio y mi entrenador sabía que venía con un montón de problemas. Llegaba dos horas antes de mi horario de entrenamiento y cagaba a pelotazos una pared o corría vueltas a la manzana. Todo para poder dormir tranquila, porque sino mi cabeza no descansaba ni medio segundo.
Hasta los diecinueve/veinte años fue un poco así. Terminé el secundario a los diecisiete, después de haberme cambiado tres veces de colegio, y hasta los veinte no pude venir a estudiar a Buenos Aires, porque mi familia no tenía confianza en que no se me crucen los cables y termine en cualquiera. Hasta que no me sintiera bien conmigo misma y no tuviera un autocontrol más claro, no había chance. Yo allá me la pasaba encerrada en mi casa, no hablaba con nadie y las pastillas que me daban me dejaban como medio estúpida. Me medicaron muy mal. Los médicos que me atendieron eran los mismos que atendían a mi mamá y mi abuela. Entonces, de repente, ¡pum! Alplax con catorce años. Y yo pesaba cuarenta y dos kilos mojada. Era un delirio, la falta de información era mucha. Después con terapia empecé a autorregular mis ataques de pánico, a encontrar otro tipo de calma y de respuestas.
¿Cómo fue ese trabajo que hiciste entre los diecisiete y los veinte hasta poder irte?
Mucho de responsabilidad, ganarme una confianza del resto que no tenía. Mis viejos lo único que estaban tratando durante mucho tiempo era que yo no termine en cualquiera. Que no me haga daño ni pase algo. Yo capaz me iba a lo de una amiga dos días y no me había llevado las pastillas, volvía y estaba destruida. Me daban ataques de pánico que no eran solo hiperventilar: se me dormía la mitad del cuerpo, se me trababa la mandíbula. Episodios heavy que dentro de mi familia eran bastante normales, porque mis hermanos sufren de ansiedad, mi mamá era bipolar y mi papá tiene depresión. Entonces era normal, pero al no haber información era como, “ya se le va a pasar”. Ahí me puse a hacer lo que en ese momento me gustaba. Seguía entrenando. Entré a laburar con mi hermano. Empecé a andar en skate, a caer a las plazas, a escuchar rap. Si bien había cosas que me seguían doliendo, no eran tanto conmigo misma. Aunque me seguía costando, entendí que no era culpable de todo y solté un poco. Ya cuando estuve mejor les dije a mis viejos: “Quiero estudiar periodismo deportivo. Tengo la opción de irme a Rosario o a Buenos Aires, que son los únicos dos lugares en los que es posible”. Me dijeron: “Si vos creés que podés, mandale. Nosotros te acompañamos”.
¿En qué momento de todo esto entra la escritura?
Mucho antes. Yo empecé a escribir a los siete años. Mi mamá leía mucho, entonces siempre tuve un contacto muy cercano a los libros. En la primaria se hacían olimpiadas de literatura y había un ejercicio en el que todos los niños de segundo grado del país escribían un cuento. Yo escribí uno que, recordándolo a día de hoy, tiene mucho que ver con La Prima. Se trataba de una nena que era pobre y un día encontraba una piedra mágica que si la ponía en agua podía hacer comida infinita. Salvó a toda su familia y literalmente se terminó el hambre en el mundo por una piedra que podía hacer sopa para todos. Ahora lo recuerdo y es muy loco que a los ocho años ya estuviera pensando en eso. Salí segunda o tercera en esa olimpiada, publicaron el cuento en un libro y me hicieron ir a un acto al que iban varios niños a leer. Imaginate yo toda chiquita con dos colitas leyendo el cuento más triste del mundo [risas].
Yo no tenía internet en mi casa. Ponía en el reproductor los discos que había y me sentaba en la compu a escribir las letras. Después las leía y me las aprendía. Hasta que empecé a cambiarle la letra a las canciones. Las volvía canciones de cancha o les agregaba una estrofa más con cosas que se me ocurrían. También en el colegio, cuando había que hacer trabajos en grupo, tenía una conciencia muy prolija de la redacción. A los catorce años mi hermana, que leía todo lo que yo escribía, me regaló mi primer libro de poesía. Cuando me lo dio la miré raro. Era una colección de poesías románticas. Yo la miré como: “Ay, qué lindo” [pone tono sarcástico]. Mucho tiempo después se lo re agradecí. Mis hermanos son todos muy estudiosos. Mi hermana mayor es abogada; la hermana que le sigue es politóloga y se licenció en alto riesgo social; y mi otra hermana es profesora de historia y de filosofía. Así que el pensamiento siempre estuvo. Lo que no podía decir –porque todos eran más grandes y discutían de cosas super intelectuales– lo escribía.
¿Recordás qué forma tenían esos textos? ¿Eran poemas?
Sí y no. A veces eran poemas, a veces solo escritos. O desahogos. O cartas: escribía muchas cartas a gente y no se las daba nunca. Por ejemplo, tenía un tío con problemas de adicciones. Yo era chiquita y no entendía nada, pero veía que le estaba haciendo mal y que todos en mi familia tenían miedo de que explotara. Le escribí una carta re triste diciéndole: “Tío, te quiero mucho, no quiero que te pase esto”. No se la di nunca. Esas cartas las quemaba, las tiraba. Escribía lo que le quería decir a la gente y chau. No es muy común. Nuestra generación no está acostumbrada a esa relación con la escritura.
Las canciones tienen un poco eso, ¿no? Son como cartas para alguien que nunca las va a recibir.
Sí, totalmente. Y muchas veces son cartas para uno mismo. Siento que muchas veces escribo cosas que otras personas deberían haberme dicho.
Un cuaderno de tres plazas
La Prima no tiene los mejores recuerdos de Concordia, pero Gualeguaychú le dio su justicia poética. Entre Freestyle fue el espacio en el que desenredó los sentimientos encontrados con su provincia hasta encontrarse con un nuevo sentir. El primer Cypher Deluxe del evento contó con una carga energética especial. Los drumless cristalinos de VinylTracker dieron pie a que cada uno de los integrantes de la ronda dejara, casi como una ofrenda, su mayor muestra de honestidad. Desde el banger confesional de Ser G Soul hasta la intervención westcoastera de Valentín Franko. En el caso de La Prima, su presentación dejó constancia de una nueva cúspide en su capacidad introspectiva: “Soy polirrubro emocional con tendencia a la huida”. La participación resultó ser una enorme catapulta de visibilidad y la instancia habilitante a invitaciones soñadas como un show de apertura a Varoner, dos participaciones en La Tinta y un lugar en el cypher que acompañó la presentación de Roc Marciano en Buenos Aires.
Pero, al margen de este aval en alza, la reconstrucción del vínculo con su raíz fue el principal motivo para seguir volviendo. Sabe que Buenos Aires es tierra de oportunidades, pero también entiende que es posible crecer desde lo genuino de conectar con el propio origen. Ese entendimiento la llevó a compartir ronda en pleno suelo entrerriano con referentes como Jaloner o, más recientemente, Acru. Con este último compartió un full circle moment: su segunda participación consecutiva en el Cypher Deluxe.
Ninguno de estos sucesos hubiera sido posible sin que La Prima pisara Córdoba. “Si vas a buscar respuestas, vas a encontrar”, cuenta por experiencia. La variedad de ecosistemas la flechó: las sierras están a un instante del centro, sin que unas sean un gran desierto ni el otro una gran ciudad. La gente, sin embargo, fue la que dio por confirmado su enamoramiento. Las cualidades del ambiente se traducen en la calidez y el carisma de los mismos cordobeses. Santoz, Naista y Killimet –según Vicky, “el ser más cordobés que existe”– fueron algunos de los responsables de la experiencia positiva que la llevó a la decisión de mudarse.
La ciudad también la encontró rapeando por primera vez. Competencias como Only Bars o Anticops, que a día de hoy distan notoriamente del estilo característico de La Prima, fueron espacios genuinamente influyentes en el proceso de forjar su carácter. Solo en medio de esa vorágine competitiva pudo desarrollar la perspectiva de que la poesía iba a ser su mejor aliada dentro de la cultura. También entendió que era necesario moverse más allá de ese circuito familiar, salir en busca de otros poetas melancólicos. Córdoba la llevó a Shinovi Sambrailo, Shinovi al Dojo y el Dojo a Rosario. Desde ahí la evolución transcurrió a la velocidad de un pestañeo.
Rosario cría genios incomprendidos y la Élite Free los junta. Como resultado, la rareza se vuelve norma. La Prima encontró en el Dojo su forma de ser y en Rosario un lugar donde expresarla. Que la asonancia sea moneda corriente, que la vulnerabilidad pueda aflorar en un punchline y que no exista una regularidad rítmica hegemónica hacen que rapear en espacios como la Élite sea semejante a correr libremente por la pradera. Colmada de novedad, La Prima comprendió que la distancia entre los beats de batalla y los drumless campestres que frecuentaba el Dojo era tan amplia como la que hay entre la comida con aditivos y la orgánica. Contraste que mucho tiene que ver con las premisas del grupo, en defensa de lo natural y en repudio de lo artificial, tal como resalta el nombre de su sello, Glifosato Dungeon. Gracias a esa predominancia de lo crudo, lo vivo, lo sangrante y lo transparente es que La Prima pudo terminar de desarrollar en Rosario la versión desenvuelta, impúdica y frenética que le conocemos.
Su sonido es una mezcolanza cartográfica. Tiene raíces cordobesas, tallos rosarinos y sus frutos se cosechan en Entre Ríos, de donde es originaria la semilla.
En una entrevista, Shinovi contó que estaba intentando competir menos para no profanar su palabra. Siento que en tu caso fue a la inversa: la plaza fue un lugar en el que encontraste tu palabra desde otro lado.
De hecho es algo que hablamos bastante con Shino. Él me dijo algo muy flashero: “Yo te veo ir a guerras que parecen perdidas y salir de la niebla con la cabeza del enemigo en la mano”. Quizás a él no le daría la nafta para ir a mapas que son más competitivos, como La Pampa, en los que a mí a veces me chupa tanto todo un huevo. Yo voy, hago mis cosas y ya. Si sale bien la peregrinación, bárbaro. Y si no, no pasa nada. No empecé a competir queriendo ser competidora. Encontré un lugar al que puedo ir a decir lo que se me canta. Y también está la agilidad mental del debate. Lo que más me gusta del freestyle es eso: escuchar lo que tiene en la cabeza la otra persona. De eso puedo agarrarme para empezar un debate diciendo lo que quiero decir. Más sabiendo que hay mucha gente que rimando no dice lo que quiere decir. Prefiere la prolijidad o entretener al público, que es totalmente válido, pero va desde un lado competitivo que no tengo tan presente. Yo me voy más contenta habiendo perdido en cuartos pero habiendo dicho lo que quería y que digas: “La Prima perdió en cuartos, pero dio la mejor batalla del día”, que ha pasado muchas veces. Y lo que más me gusta de llegar a finales es que tengo utilizadas todas las instancias posibles para rapear. Con eso ya me voy chocha.
¿Cómo llega a tu vida el Dojo Sambrailo?
En enero de 2024 me voy a trabajar a Villa Carlos Paz, a hacer temporada en un bar. Estaba parando en la casa de Cold y Ro Baico, dos amigos míos que considero hermanos. Esto es muy loco: un día estábamos con Juli tirando freestyle en el living de casa como siempre y, viendo qué beat poner, ella me preguntó qué tenía ganas de rapear. Yo soy una persona que no escucha mucha música, pero hay cosas que me van quedando. “Un type beat Shinovi Sambrailo”, le respondí. Me fui a trabajar y ese mismo día a las doce de la noche Rocío me dice: “Está por venir un amigo. Está de paso y se va a quedar en casa”. Cuando llega, me lo presenta: “Él es Shinovi Sambrailo”. Quedé así [pone cara de shock]. Aparte yo nunca había escuchado un tema del Shino por motus propio. Solo me quedó el sonido del drumless que era muy particular. Y ese día lo conocí. Me preguntó si rapeaba, yo toda tímida le dije: “Sí… hace poco… me gusta escribir también”. Le mostré un par de cosas que tenía escritas y el chabón se quedó flasheando como: “¿De dónde saliste?”. De ahí nos hicimos superhomies, fuimos pareja un tiempo también. Y la primera vez que viajé a competir a otro lugar fue a la Élite 5vs5 de ese año, porque Shino vivía en Casilda y me quería presentar al Ozy. Empecé a conocer a los pibes del Dojo, a ranchar y a rapear con ellos. Ellos iban a pueblitos cercanos y el Ozy me decía que fuera con ellos así empezaba a moverme y la gente me escuchaba. Descubrí un tipo de rap muy distinto al que tenía todos los días en Córdoba. Era muy extrema la diferencia, teniendo como referentes del freestyle cordobés a tipos que son profesionales, con un estilo más competitivo y no tan desarrollado en hablar de sus emociones, como sí encontré en Santa Fe. Lo mismo notaba sonoramente en los beats: no es lo mismo escuchar un beat de Baghira, del Zone o del Pacha en una compe, que escuchar un type beat Griselda o un drumless. “Me gusta esto”, dije. En los pibes del Dojo encontré cosas con las que me identifiqué mucho. Me representa que sean de pueblo, que hayan tenido una crianza similar a la mía y que su búsqueda artística sea tan profunda. Básicamente me adoptaron, son como mi familia.
De hecho, cuando volviste a competir en Córdoba después de algunas secuencias en Rosario, se te empezó a escuchar de otra manera.
¡Obvio! Cuando los pibes empezaron a ver que me lo estaba tomando en serio, que iba a todas las compes a vender comida para juntar plata para viajar a competir a otros lugares, que las compes grandes que ellos respetaban me pasaban cabida, ahí empezaron a moverse cosas. En realidad siempre me trataron bien, el cambio tuvo que ver más con un tema de estilos y con los parámetros de lo que era ganar una batalla. Pensá que yo fui a una Red Bull y nunca había ganado una Only [Bars]. Y estamos hablando del año pasado. Imaginate el tiempo que tuvo que pasar.
Tus últimas dos participaciones en los cyphers de la Entre Freestyle despegaron a niveles impensados, pero la primera también tuvo mucho significado: “Todos buscan volver a casa, Entre Ríos, ya estoy acá”. ¿Cómo fue esa vivencia de volver a tu provincia por el rap?
Lo loco es que a los pibes de Entre Ríos los conocí en Rosario. La primera vez que clasifico a una Élite 1vs1 me cruzo con Tempt en clasis. Nos ponemos a rapear cosas re entrerrianas y me dice: “¿Cómo puede ser que seas de Entre Ríos y nunca te haya visto?”. Él había ido a rapear a Concordia y todo. Pasa que yo hacía diez años que no vivía allá. Franco La Parka [Valentín Franko] vive en Concordia, pero fue para allá cuando yo ya me había ido. Cuando caía a las compes en Concordia ellos tenían trece, catorce años. Al Bishop [One] lo conocí a esa edad. Él para mí era “el Toti”.
Ir a rapear a Entre Ríos fue muy loco, porque energéticamente era mi tierra. Mi cuerpo lo asimilaba de otra manera. En el primer cypher estaba muy asustada. Tengo problemas para memorizar las letras y sentía la presión de no poder olvidármela porque me iban a matar. Tenía al Shino y al Ozy al lado fijándose si me la había aprendido. Los pibes son super estrictos en muchas cosas. Cada vez que me quejo de algo me dicen: “¿Preferís volver a laburar a la panadería diez horas?”. Siempre me llevan a ir a todo o nada. Me llevaron a descubrir que tengo eso dentro mío. Los otros dos cyphers cambiaron todo. El Cypher Deluxe era la segunda canción que hacía. Yo suelo escribir sin beat y después veo arriba de qué rapeo. Esta era la primera vez que tenía el beat de antemano. Me dije: “Va a haber gente re piola, acá no puedo dar ocote”. Ese tema lo escribí en una noche. Normalmente me toma más tiempo escribir las cosas, porque escribo barras sueltas. Pero acá no. Estaba emocionalmente super explotada así que tenía mucho para decir. Faltaban diez días y me senté a escribir. Aproveché que estaba sola en casa y lo fui construyendo desde cero, poniendo y pausando el beat.
Hay un momento de coincidencia impresionante entre un verso y otro, justo cuando corta el beat…
¡Lo del bebé! No me había dado cuenta en vivo ni cuando lo volví a ver. Cuando lo estaban editando me escribe Pitu diciéndome: “Amiga, esto no tiene ningún tipo de sentido”. Se corta el beat, llora un bebé tipo [hace ruido de llanto] y yo entro: “Escuchá que mi niña interior está regando las orquídeas”. Todo el mundo pensó que era parte del beat y no, fue aura [risas]. Más adelante me di cuenta de lo potente que había sido.
La banda sonora del dejà vu
La emoción se acurruca en esos rincones donde la racionalidad no cabe. De ese desequilibrio nace la nostalgia, el único sentimiento capaz de desear volver a un pasado agridulce meramente por su familiaridad. En algún que otro momento de desamparo, La Prima se ha transportado mentalmente a su vieja Concordia, a pesar de las cicatrices, a pesar de los malos tragos. Hay algo difícil de verbalizar en la nostalgia. Un lenguaje que solo “Memoria Emotiva” puede decodificar. Este EP es más que un compilado de drumless rompecorazones. Es un primer trabajo que es más suyo que primero. Es con sus palabras, con su gente y a su ritmo. Evoca la mirada de esa niña que estudiaba en el campo, pero al mismo tiempo es la mayor muestra de madurez que puede dejar alguien que está debutando artísticamente a sus veintinueve años.
“OG Drumless” es otra cosa. La nostalgia está, pero no se manifiesta como el deseo de viajar al pasado sino como el paladar con el que saborear el presente. Una forma de agradecer lo vivido y desear un porvenir aún mejor. La Prima condensa en un solo lanzamiento los vertiginosos dos años que la adentraron de lleno en la cultura. Pincha siete puntos clave en su línea de tiempo y los saca de la vitrina para hacerlos parte de un museo repleto de vida. Así sus mejores momentos siempre la van a acompañar. Vicky sigue siendo dueña de la mano que empuña la pluma, pero ahora, con cierto optimismo por lo venidero, es La Prima la que empieza a escribir su propia historia.
Dos cosas necesita un dejá vu para existir: memoria y novedad. Un recuerdo que nos gustaría revivir y una vivencia que nos gustaría recordar. María Victoria ya tiene suficiente de la primera categoría. En 2026 se propone hacer de la segunda una rutina. Colaboraciones picantes, EPs para todos los gustos y, como plato principal, su primer disco, trabajado enteramente junto a Kido Beats. Esos anuncios, sumados al presente activo de Santa María, guiaron la conversación hacia el final. La fugaz intervención de Juli L, la fantasía de un Nobel de Literatura y un breve atisbo a la reencarnación dan el broche de oro a esta visita guiada por el corazón de Vicky.
Lo primero que me llamó la atención de Memoria Emotiva es la dimensión visual. Tiene ese tinte nostálgico que, incluso teniendo el EP muteado, te puede hacer imaginar el sonido. ¿Cuánto interviniste vos en esa parte?
Te voy a ser muy sincera: filmé las visuales y el EP no existía. Fuimos a la casa de campo de una amiga y le pedí a Keidi [rapero cordobés] que me preste su handy. Dije: “Voy a filmar un par de cosas, por ahí me pueden servir”. La idea principal era sacar fotos, porque me faltaban para los flyers y demás. Estuvimos tres días en esa casa y me puse a filmar pelotudeces. Para cuando nos fuimos tenía una banda de material. Recién después de eso empecé a escribir el EP.
Pero matcheó mucho una cosa con la otra.
Sí, pero porque toda mi inspiración artística tiene ese color. La Prima es un poco así. El fotomontaje lo hice yo, ponele. Lo agarro a Blaster [rapero y organizador cordobés] y le digo: “Amigo, no quiero hacer algo muy complicado, enseñame a meter un par de transiciones nomás”. Y quedó. La portada es una foto que me sacó una amiga con el iPhone, le puse un filtro y se la mandé a Blaster. Me preguntó qué quería agregarle y le dije: “Me gustan las letras chinas del estilo de La Princesa Guerrera, medio ochentosas”. No fue mucho más que eso. Todo muy orgánico y hecho con mis amigos. Si hubiese querido imaginarlo, no sé qué habría salido.
Yendo a las canciones: cuando escribiste Kosovo y Buzios, ¿te imaginabas que iba a tener la respuesta que terminó teniendo?
No. De hecho, es de las cosas más simples que escribí, pero en ese momento sentía todo. Me dolía todo. Y se lo escribí a todos. El beat me llevó un poco a eso también. Lo escribí de una sentada como el Cypher Deluxe. Cuando lo terminé de escribir, lo grabé con el celu y se lo mandé al Ozy diciéndole: “Amigo, acabo de escribir el tema más cajetero de la historia”. Me dijo: “Por favor que se llame ‘Kosovo’. Y yo justo había pensado en ‘Kosovo y Buzios’. Todos los nombres de los temas son las barras de referencia por las cuales yo me los acuerdo. Aproveché también la dinámica de que había mucha dualidad en todos. Al otro día que escribí ese tema fui a juradear una regional. Había open mic y me subí tipo: “Hola, escribí esto ayer”. Rapeé la letra con otro beat, vi la reacción de la gente al escuchar ciertas barras y estaban flasheando. No me esperaba que fuera tan así.
Lo que tiene lo simple es que le llega a la gente de otra manera.
Totalmente, es mucho más digerible. Aparte habla de algo que nos pasó a todos. Todos estuvimos ahí, de un lado o del otro.
Además de participar en Ajedrez y Conventillo, Santoz produjo No Siempre, el primer tema que sacaste. ¿Cómo es tu relación artística con él?
Santoz es de las personas que más amo en el mundo. Nos conocemos hace muchos años. Es una persona que a mí jamás me dijo que no. Cuando hicimos ‘No Siempre’ fue más porque él me cagó a pedos. Me dijo: “No puede ser que no tengas un tema. Un tema bien grabado, bien producido. No te digo que le hagas un video, pero vos tenés que empezar a hacer música. Vení a casa un día y hacemos una canción”. Yo ya había estado en el estudio viendo grabar a otras personas seis millones de veces. Por ahí yo solo estaba ranchando en su casa, tomando mate, escuchando a alguien más grabar sin haberme tirado ni media barra en mi mente. Al mixtape que acabo de terminar lo grabé todo con él. Es una bestia sonoramente. Muy prolijo, muy pulcro. Tiene un sonido muy particular que es muy difícil de conseguir en el rap. Si bien hay muchos beatmakers muy buenos, a veces cuesta encontrar productores con los que te puedas sentir cómoda, que esté el feeling y la disponibilidad para ir a grabar. Yo no tengo home studio y si me quiero grabar tengo que andar renegando o pidiéndole a los pibes que me segundeen. Todas mis referencias de Santoz desde que lo conozco son buenísimas, todo suena increíble. Así que le dije: “Amigo, yo quiero hacer eso también [risas], ayudame”.
Tanto en Ajedrez y Conventillo como en A. Granata y C. Fabiani con Killimet, la letra está repartida barra a barra. ¿Cómo surgió esa idea?
El tema con Santoz salió de freestyle. Estábamos en su casa, él estaba reproduciendo un beat, dijimos de grabar algo y salió hacerlo así, una barra y una barra. Nos sentamos uno al lado del otro con el micro en el medio y en veinticinco minutos estaba terminado. Con Killi lo mismo. Estábamos sentados en la compu en casa el mismo día que hice ‘Kosovo y Buzios’ y que hicimos el feat que va a salir en su disco. Nos pusimos a escribir entrelazado. Y justo andábamos un poco con el corazón roto los dos. Me gustó ese formato de contraste de las voces, que es algo que en el freestyle se usa mucho. Es mi traslado de eso que me cuesta un montón hacer en las compes, porque tenés que tener química con la otra persona para mantener la cohesión. Hacerlo con mis amigos fue otra cosa. No conozco a nadie que haya hecho feats así.
Hablando de química, con Juli tenés una conexión especial. Hace poco dijiste que querías llevar Santa María a todos lados para que la escuchen cantar. ¿Qué visión tienen para ese proyecto?
La Prima: No hay un proyecto concreto, solo siento que el mundo necesita escucharla. Todo empezó pinchándonos entre nosotras. Juli hace música hace ocho, nueve años. Yo admiro mucho las cosas que sé que no podría hacer.
Juli: Es mutuo.
La Prima: Me pasa también con bailarines, o gente habilidosa en general, que me salen las ganas de decir: “Miren esto”. Ahora además secuestramos a Cande Ross, una amiga nuestra, y ya es Santa María. Ella tiene una presencia super distintiva, viene de una formación de comedia musical que va a ser muy nutritiva para el proyecto. Vamos a buscar cualquier espacio para mostrar lo nuestro, que es algo super particular. No sé si en habla hispana hay mucho como lo que hacemos. Vamos de drumless setentosos a hacer covers de temas viejos. Tiene mucho que ver con lo que escuchamos.
¿Y tienen temas que no hayan salido?
Ayer mostramos dos en una batalla de canciones. Hay uno que ya salió en “Radio Rubor” (2026), el mixtape de Juli. Y después hicimos uno específicamente para esa fecha, que hay que ver dónde lo metemos. Nosotras creamos por el simple hecho de crear y vamos viendo qué sale. Jugamos a ver qué pinta.
Es un espacio en el que vale todo.
La Prima: Totalmente, es una identidad de progreso.
Juli: Después si te vas a lo más profundo, hay muchas cuestiones sociales. Yo estaba en Córdoba haciendo mis movidas, juradeando, ni en pedo me anotaba a competir. Y me encontré con Vicky, que somos muy distintas, pero también tenemos muchas cosas en común. Podemos hablar horas y horas de cualquier cosa. De política, de esto, de lo otro. Esa es la parte más simbólica y profunda en la que nos encontramos. Y después, ella tiene el movimiento que capaz yo no. Yo venía haciendo mi música re chill y ella me transmitió eso de “es esto o me muero”. Cosas como ir a mostrar lo que hacemos a otra provincia son las que ella me hizo ver posibles.
La Prima: Compartimos todo. Hemos vivido juntas, ahora ella vive con Cande. Así que imaginate. Compartimos depresiones, compartimos alegrías, compartimos dengue [risas]. Nos acompañamos en todos nuestros procesos y entendemos que creamos desde lo que somos. Todo lo que hacemos tiene que ver con lo que vivimos, con lo que pensamos, con nuestra forma de ver el mundo y con lo que queremos para nosotras.
Antes me decías que de chica escribías lo que no te animabas a decir. Yo noto que Vicky es muy tranquila, pero La Prima es muy atrevida. ¿Cómo manejás esa dualidad?
Soy geminiana [risas]. La Prima hizo lo que Vicky por mucho tiempo quiso hacer y no le daba. La cultura me hizo sufrir mucho. Cuando me descubrí a mí misma más adulta, más segura y con una visión del mundo distinta, entendí que el rap es un jueguito. No es que no lo viva como algo real, pero no deja de ser parte de un sistema que funciona de cierta manera, con ciertas reglas y códigos. ¿Que La Prima es muy parecida a Vicky en muchas cosas? Sí, pero también soy muchas otras cosas que no mostraría siendo La Prima. Algo tiene que quedar para mí. Pero sí, La Prima fue el resultado de tener más ganas de ir a la guerra y que me chupe un huevo todo. Nadie va a venir a decirme lo que soy. Yo soy yo, punto. Si quiero decir algo, lo digo. Si estoy de acuerdo, lo digo. Si no estoy de acuerdo, lo digo. Me animé a mostrar mis cosas más pesadas desde otro lugar. Cosas que si te sentás a charlar con Vicky seguro te cuente más en detalle, pero que La Prima refleja un montón. También me pasa que tengo que disociar, porque sino me pierdo. Hay lugares en los que tengo que ser La Prima y se pone difícil porque Vicky está vulnerable. A veces me toca jugar a ser La Prima y Vicky es muy consciente de eso.
En las canciones hay mucho autodiagnóstico. ¿La Prima te ayudó a conocer mejor a Vicky?
Totalmente, porque La Prima me obliga a ver lo que es Vicky. Cuando uno se expone, ya no se puede esconder. Si algo es público, ya dejó de ser mío. Hay cosas de las que digo que me dan mucha impresión, porque nunca me las diría a mí misma ni las diría sobre otras personas, pero las visualizo en mí. La Prima me obliga a indagar en qué cositas me están pinchando, pero también me da la posibilidad de limpiarme, de soltar.
Se viene OG Drumless. ¿De qué trata este mixtape?
“OG Drumless” es el rejunte de todos mis cyphers hechos en estudio. Necesitaba que existan oficialmente como temas. Existían en vivo, porque las fui presentando entre cyphers de compes, mi viaje a Uruguay y el cypher de Roc Marciano. Pero ahora van a estar en su versión 2.0, sonando clean. Santoz grabó todas las voces, masterizó todo e hizo dos beats, porque el beat del cypher de Roc Marciano se lo vendió Joc[beats] a la organización del evento. Ese tema no podía quedar afuera, me encanta tocarlo en vivo. El beat era muy particular, pero con Santoz intentamos recrearlo y quedó. También grabamos el primer tema que escribí en mi vida, que lo presenté en un cypher a capella en la Insert Beat. Tuve que ajustarle cosas, porque mi delivery cambió mucho en los últimos años. En total son siete canciones. De ahí arranca todo lo demás: tengo un EP con Canterbeat de tres temas, que solo me falta grabarlo. Otro con Taida, de cuatro. Y a fin de año, con Kido vamos a cerrar con un disco.
¿Qué se puede contar del disco?
Está todo muy en proceso, pero es muy particular el sonido y el tipo de samples que quiero. Va a ser algo muy mío, muy descriptivo de mi persona. Quiero escucharlo en diez años y poder decir: “Soy esa”. Pero bueno, primero se viene todo el otro material. Y también, por fuera, grabé un par de feats que se van a ir al carajo [risas]. Estoy creando mucho, se me hizo natural y cotidiano. Escribo algo todos los días. Por mí sacaría doscientas canciones por año, pero entiendo que no funciona así. Igual, si me propuse sacar todo eso este es porque el año pasado entendí que todo es posible. Solo hay que tener ganas, dedicación, energía. Y también hay que saber cuándo parar. Si en algún momento no quiero hacerlo, nadie me obliga. Mientras tenga ganas lo voy a hacer, porque entiendo que la vida es súper cambiante, que quizás en cinco años no quiera rapear más y quiera hacer otra cosa.
A eso quiero ir: una vez dijiste que tu sueño es ganar un Nobel de Literatura. ¿Te imaginás publicando otro tipo de textos a futuro?
Sí, re. Yo sé que nunca voy a dejar de escribir, porque lo hice toda mi vida y porque mi cerebro necesita hacerlo. Es algo que ya viene conmigo. Quizás algún día me aburra el sonido, la industria, el jueguito y quiera tener otro tipo de vida. Lo digo porque con casi treinta años he tenido muchas vidas distintas. Así como me cambió todo en los últimos dos años, antes fui árbitro, fui costurera, fui panadera, fui encargada. Soy periodista deportiva y no ejercí un día de mi vida. Entiendo que todo puede cambiar demasiado, pero hay algo que sigue manteniendo el hilo común y es escribir. Los escritores van mejorando con el tiempo. La madurez en la escritura va muy de la mano con los procesos individuales de la persona. Es una cuestión de identidad. Si sigo desarrollando mi estilo, en treinta años puede ser una locura. Si sigo escribiendo durante toda mi vida, tarde o temprano va a pasar. “Cien años de soledad” se escribió en veinte años. No pienso tan lejos en el tiempo, pero ojalá llegar toda arrugada a los setenta y cinco años y que me digan: “Tomá” [hace gesto de entrega de premio].
Te escuché decir que creés en la idea de otras vidas. ¿Cómo te gustaría recordar esta vida en la próxima?
Ojalá pueda, ya pude ver un par para atrás. En mi próxima vida me gustaría poder escucharme o leerme. Recordarme a mí misma leyéndome en un libro o escuchándome en una canción. Creo que sería la manera más directa de reencontrarme conmigo, porque es lo más esencial que tengo. Sería mi forma de volver a casa.
“OG Drumless”, el nuevo mixtape de La Prima, estará disponible este lunes 13 de abril en plataformas digitales.














