Atalaya del Jazz nace como un punto de observación privilegiado: una torre desde donde mirar el campo amplio y movedizo de un género que nunca dejó de transformarse. El último sábado de cada mes intentaré no solo abordar y analizar discos, sino y sobre todo pensar cómo suenan hoy la tradición, el cruce de géneros y la búsqueda de nuevas formas de narrar con música.
En esta quinta edición, les traigo “Where Light Settles” (2026), de Jasmine Myra.
La madurez compositiva y la complejidad conceptual parecen converger en “Where Light Settles”, una producción que se propone abordar la dualidad de la experiencia humana a través de la música, deteniéndose de lleno en el dolor inevitable de las pérdidas y en el preciso instante en el que el cielo vuelve a clarear después de una tormenta. Plasmado en nueve piezas instrumentales con un profundo desarrollo narrativo, el álbum funciona como un tratado sonoro sobre el crecimiento y la sanación, tanto individual como colectiva. Detrás de este entretejido musical está Jasmine Myra, saxofonista alto, compositora y líder de banda formada en el Conservatorio de Leeds, que se consolidó rápidamente como una de las artistas más personales y originales de la escena. Su propuesta instrumental esquiva la “pirotecnia” técnica y el virtuosismo egocéntrico del bop tradicional para plantarse desde una paciencia contemplativa distinta, en la que su propia ejecución elige no sobrevolar el ensamble sino envolverse horizontalmente entre sus músicos, de igual a igual. Con esta sensibilidad, el disco se inscribe fuertemente dentro del jazz espiritual y el jazz fusión contemporáneo. Una pieza de catálogo fundamental para el influyente sello británico Gondwana Records, discográfica que en los últimos años viene rediseñando el mapa de la música instrumental moderna al desdibujar las fronteras entre el ambient, el minimalismo y el lirismo de tintes orquestales.
Como un antiguo eco, a pesar de haber salido hace poco más de un meses, “Where Light Settles” nos llega a través de las primeras notas de un piano que prefigura la coralidad que tendrá el disco: al repetirse la melodía de ‘Opening’ se suman los vientos y las cuerdas, envolviendo el sonido y otorgándole la profundidad buscada. A su vez, los arreglos de la guitarra eléctrica se esmeran por proporcionarle un tinte profundamente nostálgico a la composición, lo que plantea una pregunta: ¿qué clase de apertura es esta? Porque, lejos de parecer una abertura a una producción nunca antes oída, suena como la introducción a una vieja canción ya conocida, que rememora emociones antes ya experimentadas. Esta familiaridad melódica funciona como el primer indicio de una propuesta que prefiere cierta contención por sobre la sorpresa de lo novedoso. La transición entre esta canción y la siguiente, ‘Reflections’, es tán armónica como natural, transformando apenas aquella melodía para darle espacio a nuevos instrumentos como los violines y el vibráfono. Por su parte, la guitarra acústica y sus acordes sencillos rememora, quizás, a ‘Is there anybody out there?’ de “The Wall”, lejana referencia que aporta ciertas vetas de melancolía a la canción.
Es así cómo ya desde el comienzo se empieza a construir la idea conceptual que trabajará el álbum: el momento en el que se asienta la luz. Lo interesante de este concepto es que tiene tanto un valor en sí como un potencial en la referencia a aquello que se esconde justo detrás de ese instante de claridad: la tormenta, el dolor, la adversidad en su forma más compleja. En ciertas declaraciones, Myra explicitó su voluntad de explayarse sobre el crecimiento, la dualidad y el inevitable crecimiento que adviene luego de una tragedia, afirmando “The duality is the growth and coming out the other side. I had the concept from the start”; es decir que quiere centrarse en el preciso instante en que escampa luego de una tempestad.
Lo que en una primera escucha ya resuena es que Myra no se ubica en el centro de su propio disco, sino que se rodea de músicos tan virtuosos como ella a los que constantemente cede el protagonismo de cada canción. Aunque ella compuso las melodías de las cuerdas, el piano, la guitarra, la flauta y el vibráfono, en la versión final todos los instrumentos parecen tener la misma importancia que aquellos o que de su propio saxo alto. Esta renuncia voluntaria al foco de atención exclusiva configura una ética de trabajo grupal, donde la líder elige ser una fibra más de todo el tejido musical en lugar de la voz dominante que somete al ensamble.
Así, el arte de resguardarse en el ensamble adquiere su forma más nítida en los momentos de mayor complejidad estructural, donde la polifonía se convierte en un lugar en el cual refugiarse. Es por eso que uno de los puntos más altos del disco es ‘Likeness and shadow’: canción tan apacible como vertiginosa, que comienza con una recursiva línea del contrabajo y con el repetitivo arpegio del arpa. Sin embargo, la melodía central trabajada tanto por el piano como por el saxo alto es suave y pausada, lo que contrasta con aquellos componentes iniciales que se asemejan al tik-tak de un reloj. En más de un momento, todos los componentes se aunarán en un aparente desenlace de la canción, pero lo hacen solo para volver a empezar. La mayor prueba de esto es el solo de clarinete de Arran Kent, en el que la canción encuentra su in crescendo final a partir del repiqueteo de los tambores, de las idas y vueltas del arpa renovando la armonía, del piano intentando abrir cada vez más el horizonte de posibilidades estirando sus notas, culminando en el estallido del clarinete que, al terminar, baja escalonadamente para volver al estribillo. A lo largo de toda la canción, es como si se hiciera y deshiciera una y otra vez una misma idea en constante mutación, como si se andara y se desandara un mismo camino, solo para volverlo a emprender. Quizás a ese doble movimiento es a lo que se refería Jasmine Myra al hablar de dualidad: la estructura y la melodía de ‘Likeness and shadow’ suena como si fueran las dos caras de una misma moneda. Allí, su saxo no interviene de manera disruptiva para romper la tensión con un arrebato solista, sino que se pliega de manera horizontal al crescendo de Kent, demostrando que la verdadera fuerza dramática de la composición reside mucho más en la resistencia coral que en la destreza individual.
En el mismo sentido, ‘In an instant’ refuerza esta idea, ya que la sucesión principal de acordes parece indistinguible de cualquier otra de las tantas del álbum. Sin embargo, como vimos, en la cosmovisión de Myra la vuelta al origen no produce lo mismo que se generó en aquella primera vez, sino que causa una nueva sensación, una experiencia distinta. Así, aunque esa melodía resulte familiar, a partir de la incisiva repetición del arpa y del ritmo de la percusión que suena entre desacompasado y acelerado, se constituye cierta incertidumbre y zozobra que tiñe la escucha con matices bien diferentes que los que abrieron el disco. Quizás se deba a que poco a poco el LP se va consumiendo y terminando, pero, aún así, la lectura que entiende ese retorno al punto de partida como un escenario posible para crear nueva música está más presente y viva que nunca. De hecho, esa sensación de intranquilidad tampoco resulta consistente. Con el correr de los minutos, ‘In an instant’ se consolida como la expresión más cercana al jazz espiritual de todo lo que Myra haya producido hasta el momento, desembocando en pasajes melódicos signados por la participación de todos los instrumentos en simultáneo, resolviendo la tensión generada a lo largo del track. En este punto tienen un rol fundamental las cuerdas (violines, viola y contrabajo) que, siendo componentes exógenos al jazz, le proporcionan algo que el género, de por sí, no tiene: la sobrada epicidad para alcanzar y culminar un climax. Así, inclusive dentro de una canción en la que se vuelve sobre una melodía similar a las anteriores, Myra señala que es posible crear nuevas derivaciones, ya sean esbozos de ideas posibles o resoluciones de aquello que se venía rumiando hasta entonces. El protagonismo descentralizado se convierte, así, en una herramienta de salvación colectiva: al fundirse con la masa de cuerdas y percusiones, el saxo alto de la compositora encuentra un lugar donde el peso del dolor no recae sobre una sola intérprete, sino que se distribuye de manera equitativa entre las trece voces de la orquesta.
Esa insistencia por revisitar el origen como alternativa de reconstrucción se evidencia también en la disposición de las piezas más breves del álbum, que funcionan como pequeños recordatorios de lo que ya fue transitado construyendo paisajes sonoros bien distintos; es otra muestra de la complejidad que pretende y crea Myra. Este es el caso de ‘Echo’, que en sus escasos segundos logra una atmósfera distinguible del disco con la constante recurrencia de la guitarra eléctrica, sobre la que sobrevuelan con total libertad tanto el saxo como el clarinete, tanto en soledad como aunándose en conjunto para enredar y desenredar la canción. Algo similar pero aún más breve ocurre con ‘Breathe’, una suerte de ‘Reflections’ reprise: al principio parece limitar esa referencia a la melodía inaugural del disco a un solo gesto, a los primeros acordes sin llegar a la resolución, pero finalmente vuelve sobre la misma y la culmina. Con esto, reafirma la vuelta al origen como una alternativa de sanación, entendiendo esta como la posibilidad de crear algo nuevo a partir de un dolor ya conocido. No parece ser casualidad, entonces, que Myra haya grabado todo el disco en su ciudad natal y no donde reside en la actualidad, precisamente porque ese retorno al origen no se lee como una mera recursividad, sino que se configura como un espacio familiar en el que se puede ver elementos que hasta entonces no habían sido relevados, para usarlos en nueva creación que los reúne. Haber encerrado a su ensamble durante cinco días en los estudios The Nave de Leeds, grabando completamente en vivo en una sola habitación, le otorga al álbum un anclaje físico irrefutable. El retorno a su pueblo natal es el vehículo que le permite a Myra desarmar la experiencia traumática de la que habla desde la seguridad de lo conocido, resignificando las marcas del pasado a través del diálogo presente.
Y, como si fuera casi predecible, el tema homónimo llega al final más para darle una finalización al disco que para continuar agregando puntos de tensión. ‘Where lights settle’ parece un extenso outro que despide lentamente toda la música creada a la manera de un atardecer; paulatinamente, los instrumentos se van reuniendo en una misma sintonía que invita sutilmente a bailar. Así, más que a un atardecer, el tema que concluye el álbum puede asociarse, quizás, más a un amanecer: lejos de ser una sentencia del final, invita a un nuevo comienzo, una ocasión inédita para producir música distinta en un futuro.
Con todo, “Where Light Settles” se consolida como un mapa sonoro del crecimiento y la progresión, tanto artística como personal, en el que cada una de sus piezas funciona como un paso firme hacia el crecimiento y la sanación. Al elegir el retorno al origen y resguardarse en su comunidad natal, Jasmine Myra desactiva el hiperindividualismo de la época para transformar la herida en un hecho estrictamente coral. La renuncia a la centralidad absoluta de su saxo alto no se traduce en una pérdida de control, sino en la decisión consciente de disolver el dolor individual en el las texturas colectivas. Es precisamente en ese entramado sonoro que se anda y se desanda de manera constante, donde el álbum encuentra su identidad más fuerte y revela que la vuelta al punto de partida siempre esconde la potencia de un nuevo comienzo. Queda abierta la invitación a sumergirse en este amanecer instrumental, un refugio imprescindible para cualquiera que necesite comprobar cómo, después de toda tormenta, la luz finalmente se asienta.
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