Además de participar en las bandas Un Apagón Sensible y el trío punk Mugre, Jazmín Esquivel explora en faceta solista su talento para componer grandes canciones de rock y folk. La sensibilidad pop es una de sus armas fundamentales, no solo por la facilidad que tiene para crear melodías contagiosas, también por la forma en la que juega con los estribillos. Cuando (re)aparecen, siempre introduce algún cambio con su voz; al menos una palabra es cantada distinto para añadir otro matiz emocional.
Después del drástico cambio musical entre el debut principalmente acústico de “Púrpura” (2018) y la odisea febril y bailable de “Medianoche Radio Club” (2021), donde la cantautora incursionó en el uso de sintetizadores y percusiones digitales, se hacía difícil predecir qué dirección tomaría en “La Hora Naranja”, disco autoproducido y publicado a fines de 2025.
De entrada, ‘Al Fin’, deja en claro que se viene un álbum más sereno. Pocos segundos después de que se asiente el riff de la guitarra eléctrica, aparece con delicadeza el saxo de Chivi Pagés. Es un instante breve, que luego sale transitoriamente de escena, pero es fundamental. Hay un ambiente de contemplación ya instalado, que contrasta con un beat que invita a mover la cabeza. Como si emergiera desde una profundidad lejana, la voz de Jazmín llega envuelta en efectos mientras canta: “Está lloviendo, me están pidiendo más de lo que tengo, no se los pienso dar… Cada segundo, el corazón se me parte (…)”. “Al fin, sola en mi departamento”, concluye después, entre agotada y aliviada.
Esta revelación parece posterior al sufrimiento de una pérdida: otro tiempo luego de una experiencia que la conmovió. El riff inicial queda loopeado para que otros acordes entablen un diálogo; profundizando una búsqueda que ya había asomado en “Medianoche Radio Club”: usar la guitarra eléctrica como herramienta para crear atmósferas seductoras y, a la vez, brindar dinámica a las canciones.
Cerca del final del tracklist, en ‘Relámpagos’ (que tiene uno de los estribillos más pegadizos del LP) la guitarra y el sintetizador intercambian añoranza y melancolía. Esquivel exclama: “Fue eléctrica… nuestra tormenta”. No suena a lamento, menos aún a reproche, sino al intento de ordenar una experiencia y darle algún sentido. Si estas dos canciones sugieren el fin de una relación, entonces: ¿qué encontramos en el medio? La celebración de un enamoramiento que florece lentamente y el homenaje a los momentos donde fue emergiendo.
En la segunda canción, ‘fumá’, Martina Fontana en la percusión y Joaquín Muriel en el bajo construyen una base de groove hipnótico sobre la que, entre scratches de bandeja, Jazmín realiza una oda a Montevideo (o, más específicamente, a sus atardeceres, como sugiere la tapa). La hora naranja aparece entonces como un instante suspendido: un lugar donde el romance y la nostalgia pueden brotar hasta confundirse.
Si el mundo imaginario reinado por la medianoche inspiraba los altibajos anímicos y el coqueteo en medio del baile del disco anterior, acá el atardecer opera como marco fundamental de una obra más calma. Por eso mismo, canciones como ‘parece mentira’ y ‘REVOLUCIÓN’ son elementales para variar su clima apacible. Mientras la primera resalta por un beat de baile funk suave y versos rapeados por Miel, en la segunda Jazmín se divierte en un ida y vuelta desacatado, respondiendo las preguntas de las vocales de fondo.
La importancia de Uruguay no se limita a ‘fumá’, sino que toma forma concreta en el candombe que inspira la percusión de ‘Isla de Flores’, ayudando a crear una paz idílica. Pero es en ‘no todo invierno’, momento fundamental de la obra, donde se hallan más nítidas aún las consecuencias de abrirse al amor, o verse atravesado por él. Porque, después de todo, ¿puede alguien elegir cuándo le da lugar al amor? ¿O, cuando irrumpe, nos avasalla el acontecimiento?
Daniel Melero reflexiona en “Incierto y Sinuoso”, su autobiografía, sobre la diferencia entre enamoramiento y amor. El primero, sostiene, se caracteriza por ser un fenómeno pasional que exige estar pendiente del otro todo el tiempo, un gasto permanente de energía. El amor, en cambio, es algo mucho más tranquilo. Tranquilidad que puede confundirse con quietud (incluso como algo negativo), cuando en realidad es lo que permite compartir los florecimientos personales de quienes participan del vínculo.
De eso parece tratarse ‘no todo invierno’, la canción más acústica del disco. Entre suaves campanas de viento y el galope del bombo, Esquivel canta “qué gusto da conversar de lo que sea en tu presencia”, pero inmediatamente advierte: “Se hace imposible olvidar que todo afuera se quema”. Entre incendios devastadores y senadores que aseguran que los glaciares son rocas que no sirven para nada, aparece una sensación de impotencia e incertidumbre difícil de ignorar. Frente a lo que amenaza con despedazarse, el amor se ofrece como sosiego, como refugio.
En su debut, “Púrpura”, Jazmín ya había comenzado a explorar su voz transmitiendo dulzura al hablar del frío, los lagos y las montañas como un hábitat mágico donde podía renovarse y encontrar el despertar de algo escondido en su interior. Acá, varios años después, esa misma ternura viene a expresar la intimidad del amor. El tiempo respira a otro ritmo que en “Medianoche Radio Club”, donde la euforia del interés mutuo y la amenaza latente de un posible rechazo la llevaban a cantar: “Una noche más desplazando el tiempo, todo es ansiedad, nada es ligereza, quiero poseer lo que hoy no tengo”.
La distinción que establece Melero, entonces, ayuda a entender el cambio entre un disco y otro, entre la pasión nocturna y la compañía al calor del sol. Los sintetizadores, los fraseos y loops de guitarra eléctrica siguen ocupando un lugar central, pero ahora están puestos al servicio de otros climas y emociones. El desplazamiento también se aprecia en las tapas de los discos. En “Medianoche” la vemos en una terraza, vestida de negro y con auriculares; atrás, la ciudad y la noche que todo acapara mientras ella mira hacia arriba con sorna, como si le acabasen de decir una estupidez. En “La Hora Naranja” está su rostro en primer plano: expresión risueña, el río de fondo y un ocaso que convierte las puntas de su pelo en brasas.
En el primer disco de Esquivel flotaba la sensación de búsqueda: personajes buscando un destino, moviéndose sin brújula para encontrarse en algún lugar. Musicalmente, ese impulso hacia lo incierto le ha traído frutos en sus sucesores. Hacía el final de “La Hora Naranja”, en ‘paraíso’, Jazmín reconoce estar evadiendo el amor y se plantea una duda: quizás entregando sea mejor el trato. Apenas ella, su guitarra y la imagen difusa de unos árboles meciéndose cierran la pieza de forma onírica. El atardecer deja de ser un momento romántico para convertirse en transición. Acaso ahí reside el núcleo del álbum: la paradoja de un amor que encuentra, al mismo tiempo, incertidumbre en la entrega y refugio en la unión de dos horizontes.
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