Primero, la belleza. Veintitrés minutos y diez segundos de flotar. Yo floto, tu flotas, nosotros flotamos. Se siente bien acá, allá y en todas partes. De día, de noche, lunes o viernes. El hechizo funciona y su brevedad es casi un favor: de durar más nos perderíamos en sus ‘Bim Bom’ y ‘Hó Bá Lá Lá’ para siempre.
La flauta es una odalisca y la percusión en los créditos está porque no se puede poner “milagro”. Por la voz y el tacto de João Gilberto es que se inventaron los adjetivos. No hay know hows ni reading guides. “Chega de Saudade” existe y es tan lindo que es difícil creer que el planeta rotó sin él alguna vez.
Cuando termina toca decidir si volver a pedirle que se reproduzca o ver cómo acordarse de lo que era respirar fuera. Parece increíble que la vida no se trate solo de admirar a las morenas con rosas en sus cabellos y bocas de oro o de ser una de ellas. Suspensión de la incredulidad.
Si es verdad que lo único que podemos hacer antes de morirnos es sacar y reponer belleza del mundo, Joãzinho nos ganó a todos.
Segundo, la técnica. Lo que hasta cierto punto es explicable (pero no discutible) y en informarse se agiganta la fascinación: ese magnetismo que produce João con su guitarra se llama batida. Ese híbrido de las canciones, brasileño y universal, clásico y joven, se dice bossa nova.
La batida es un truco que exige swing, pero que permite pasearse por todo lo que vale la pena. Es un eje en sí mismo, hermano del ritmo, pero no gemelo. Era algo de lo que hacía João Donato en el acordeón y Johnny Alf en el piano, pero más imperturbable, más elástico. Una cinética lenta y rápida que como sin querer queriendo conduce el total.
A su invención se le suma su dominio y sensibilidad para con lo que él solo podía reinventar. En su lengua se posaban Dorival Caymmi, Lucio Alves, Orlando Silva, Frank Sinatra, los pájaros, las olas, los bronces, las brisas. Todos son sus maestros, pero ninguno lo adoctrina. Siempre campa en su elemento, donde cabe cada sonido. Su caudal es tan vasto como el de las mayores estrellas de estadio y virtuosos de ópera, pero en su sutileza camina por lo imperceptible, se hace canción. Un silbido en ‘Aos Pés da Cruz’, un susurro de ‘É Luxo Só’, un segundito entre María y María. Se puede enseñar, pero no sale si no se practica.
El brillo es tal que hasta cierto punto dejó que también lo imiten a él. Si bien no toda la revolución musical de la bossa nova fue responsabilidad de João, él fue el inestable corazón del movimiento. ‘Desafinado’, su manifiesto. Ese puente entre lo viejo y lo nuevo, el esmero por hacer chiquito lo grandioso y grandioso lo chiquito. Antes que el hippismo, la bossa fue la libertad. Este álbum debut de 1959 marca el antes y después definitivo para la música brasileña y su catapulta al mundo entero. Las especias, primero cariocas, luego bahianas, paulistas, norteñas, continúan a día de hoy importándose en cada continente. Todavía saben a la edad de la inocencia.
Tercero, el misterio. ¿Qué clase de genio canta estas zonceras y por qué me conmueven así? Claro, está lo sublime y está lo comprensible, pero hay un grado de confusión que hace al mito y la creatividad. El carisma infinito que lo hacía adorable e insoportable. Ni rockstar, ni genio incomprendido; sí un espíritu libre, sí un campo gravitacional. Un loco de campo que inventó la música de una ciudad. Un modernista fanático de los viejos grupos vocales. Un oído extraordinario para la armonía puesto en la sencillez de la buena canción.
Joãzinho se fue de Río de Janeiro sin saludar cuando los años cincuenta empezaban su segunda mitad. Volvió sin dar razones y con su batida. Conocer el historial de esos meses no despeja dudas, las acrecenta. A esa técnica revolucionaria se la encontró encerrado en el baño de la hermana Dadainha. Fue en Diamantina, una ciudad mínima perdida en Minas Gerais, durante los meses y meses que pasó exiliado de la vida nocturna y la metrópolis hasta la epifanía.
Su encanto se puede compartir, pero no capturar. Desde el fade de la primera canción, la que dio nombre al disco, que uno teme y confirma que se le escapa. ‘Aos Pes da Cruz’ dura menos de dos minutos y sé que terminó el disco porque me escucho otra vez el mismo suspiro.
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