Lolabúm: «No es de patriotas, es porque nos toca»

Lolabúm en entrevista: Pedro Bonfim da su versión de la música de Ecuador, vivir en Bogotá, la industria que quiere construir y el disco que se viene.

Nos encontramos con Pedro Bonfim en la terraza del Fondo de Cultura Económica. Mucho más que lo habitual, luz y sombra contrastan en la tarde bogotana con los contornos que delineó Rogerio Salmona. La capital sudamericana de los días nublados, La Nevera, hoy está tan radiante que al menos dos veces nos vamos a correr para que el sol no nos tueste. Frente nuestro, en el Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella, transcurre el BoMM. El mercado de música que permite la entrevista y, esa misma noche, un showcase de Lolabúm al que no voy a llegar porque se me adelantaron unos cientos de personas en una fila que subestimé. La banda ecuatoriana lleva más de dos años sin publicar canciones nuevas, pero la pasión que despiertan no se aguó ni un poco.

“Lolabúm no tiene fans, sino que tiene fans por disco”, suelta medio en chiste, medio en serio el ideólogo de la banda. Es una afirmación coherente con las obras que publicaron. ¿Qué queda del espíritu indie simplista de “El Cielo” (2016) en el disco doble “Verte Antes de Fin de Año O Clarividencia” (2020) y sus raptos esquizoides? Y de ahí a la impronta pop luminosa de “Muchachito Roto” (2023). Tampoco se parece “Corazón de Guagua” (2024), el último disco solista firmado por San Pedro Bonfim, de factura folkie latinoamericanista.  Los puntos de contacto son intangibles: la sensibilidad autoral de Pedro, siempre inquieto, nunca expulsivo, un modelo musical artesanal, incluso para abordar la post-producción digital, algo de influencia brasileña, la vitalidad juvenil y la transparencia emocional. Sin embargo, el flechazo de ese álbum favorito de cada fan, permanece en el tiempo y eso es gracias a la admiración que despierta la identidad completa de Lolabúm.

El factor sorpresa en su discografía es emocionante y está acompañado de una certeza: tengas la lolapersonalidad que tengas, por fuera del que es Tu Disco de Lolabúm, los demás siempre van a tener al menos un tema que te atraviesen. Mi constelación es “Verte Antes de Fin de Año” como centro y completan ‘Tristes Trípticos’ de “Tristes Trópicos”, ‘NIDI’ de “Muchachito Roto”, ‘Problema de dios’ de “O Clarividencia” y ‘Manitos de Seda’ de “El Cielo”, por nombrar solo una de cada. Y este ejercicio lo pueden replicar fans de todas partes, que los convirtieron en una de las bandas de Ecuador con mayor proyección nacional e internacional.

De civil, Pedro es un chico bajito, menudo incluso. Están en él todavía los rasgos infantiles y adolescentes, pero al escucharlo hablar queda claro que no está disfrazado de adulto. Da respuestas largas, cargadas de ideas, pasión y no menos experiencia. “Soy un idealista, pero tampoco bobo”, sentencia mientras conversamos sobre la industria musical. Los manejos del mercado fueron parte de lo que lo curtió, pero mucho más lo fue la realidad ecuatoriana y la necesidad de hacerse cargo de una responsabilidad política como artista y ciudadano.  

Esta entrevista estuvo guardada seis meses. Primero, porque que rápido pasa el tiempo. Segundo, y más importante: unos días después de que la hicimos, Ecuador volvió a estallar en manifestaciones donde el presidente Daniel Noboa mostró lo peor de su clase política. El 13 de septiembre se eliminaron los subsidios al diesel, elevando así el costo de vida de toda la población. La reacción fue en cadena: manifestaciones populares en todo el país, la mudanza de la sede de gobierno de Quito a Latacunga, persecución, represión, paro nacional por tiempo indefinido, el asesinato del líder indígena Efraín Fuérez a manos de militares, decretos y, finalmente, un referéndum constitucional donde el pueblo expresó su rechazo a las propuestas presidenciales. El saldo son desapariciones forzadas, entre otras tantas violaciones a los derechos humanos, justificadas con los cucos de siempre: terrorismo y narcotráfico. A fines de noviembre la coyuntura comenzó a aplacar. 

No es que la situación sea ideal para publicar tampoco ahora. La Asamblea Nacional del Ecuador acaba de aprobar la Ley de los GAD, que implica una redistribución de los recursos que tiene la misma justificación que la quita de subsidios al diesel: “ahorrar costos”. El mensaje es que el presupuesto se redirige en su inmensa mayoría a la inversión en infraestructura y servicios. Para la cultura se traduce en el cierre de museos, teatros y fomentos, cancelación de miles de eventos y pérdida de miles de puestos de empleo. Además, el impacto a largo plazo en el desarrollo artístico puede ser catastrófico.

El marco es la gira latinoamericana de Lolabúm que estaban planeando en septiembre: ya está en marcha. Ayer mismo se presentaron en Lima y esta semana tienen dos fechas en Buenos Aires y una en Mendoza. El tour se corona en Valparaíso y Santiago de Chile el 6 y 7 de marzo respectivamente. Es una apuesta fuerte para unos meses que son decisivos para el próximo álbum de Lola. Uno que promete ser el más coral del grupo hasta ahora: “estoy mezclando muchas cosas que aprendí con “Corazón de Guagua”, como que la aparición de otros músicos enriquece. Entonces el resto está participando, ya me comentan las letras, porque eso era algo con lo que yo era así súper celoso”, asegura Bonfim. 

Flyer del tour Latinoamericano de la banda ecuatoriana Lolabúm.

Entradas a todas las fechas disponibles acá.

De todo eso, de la riqueza musical ecuatoriana, tantas veces relegada a la hora de pensar el panorama latino, del próximo disco de Lolabúm, de su fascinación con Charly García, de la pandemia, el paro de 2019 y más, hablamos durante casi una hora. 


La historia olvidada de la música ecuatoriana

¿Por qué crees que no hay un panteón de la música ecuatoriana bien claro y unos referentes y una genealogía fácil de rastrear? ¿Hay un tema de falta de industria? ¿Hay un tema de falta de rescate histórico?

Yo creo que es lo más usual que pasa en Latinoamérica, que es que si es música que no se internacionalizó, es música que no vale la pena. Por eso Julio Jaramillo es tan relevante y el gran icono de la música ecuatoriana, a pesar de haber grabado muy poca música nacional. El man grabó canciones de Colombia, México, Puerto Rico, Costa Rica, Argentina; casi todos sus hits son extranjeros.

En cambio, el caso de Polibio Mayorga, como es música popular y que le gusta a gente que no pertenece a ninguna élite, para la cabeza del estado ecuatoriano no vale la pena registrar su historia.

Y la música ecuatoriana me parece que es de la más diversa y más rica, especialmente para un país que es tan pequeño. Porque la de la costa es radicalmente diferente a la de la sierra y la de la amazona ni se hable. Es una cosa impresionante.

¿Y de dónde viene tu interés por estudiar esa historia? También me interesa saber cómo hacés esa investigación.

En parte fue por la música argentina. Yo me llegué a apasionar mucho por su historia, porque me gustaba Charly García y lo que se escucha normalmente, y me encontré con Taringa! [risas]. Me enamoré de la figura de Tanguito. Porque me gustaba Syd Barrett y esas figuras marginales del rock. Cuando descubrí a Tanguito y vi la presencia que tenía la figura que era en el circuito y Manal, toda esa música, dije, «Qué chévere esta tradición.» Entender esta cosa va desembocando y como Spinetta contaba que le veía a Moris en primera fila y lloraba. Y pensaba, «Claro, esto es muy importante para el desarrollo de esa industria.» Ahí pensé, «Bueno, ¿y la mía?». Y ahí me interesé mucho y comencé a buscar eso en espacios como Taringa! y así y no encontré nada. Solo un disco del dúo Benítez-Valencia que se llama “Llamarada Incaica”. Es lo único que había. Y de información… poco es decir mucho. Es muy difícil conseguir. Hay unos libros perdidos, sueltos… Pero ahí tuve ese primer momento en el que me interesé. También porque quería referenciar música latinoamericana en mi música.

Esto te pasa ya siendo músico.

Sí. Mi papá es brasileño, entonces crecí con música de allí, pero es raro, es música latinoamericana obviamente, pero la música hispanohablante era algo que yo no tenía tan integrado en cuanto al rock, que era el género que a mí más me interesaba. Entonces comencé a buscar referentes de rock en Ecuador e intentar ir lo más viejo que podía. Lo más antiguo que encontré en ese momento fue de los 80. Ahora ya encontré referencias desde los 50. Pero eso luego me llevó a encontrar toda la otra música y pensar cómo puede dialogar. También me acuerdo escuchar ‘Cuando pase el temblor’ de Soda Stereo y pensar en este ritmo medio como latinoamericano que tiene. Y dije, «De pronto por eso es que esta canción funciona.» Quería que mi música se impregne de eso.

Cuando comencé a investigar más y me di cuenta de que toda la información que iba a conseguir de música ecuatoriana estaba en los discos. En la parte de atrás de los LPs. Ahí estaba: de dónde venía la música, quién la estaba haciendo, cómo se estaba grabando. Y comencé a jalar los hilitos, buscar directamente a las personas. En Guayaquil (estudié allá y viví allá 5 años) me encontré con locales de vinilos usados, que resulta que eran sellos antes. Era gente que ponía la plata y grabaron muchos músicos muy interesantes. Ese fue el primer momento en el que pude hablar con gente que estuvo ahí y que vió la historia suceder. Y me apasioné mucho. Realmente es una historia super rica que tuvo mucha experimentación dentro de la tradición.

¿Y Polibio Mayorga? Que además tiene un cameo en O Clarividencia.

Lo interesante de él es que justo trajo sintetizadores a Ecuador. Un vocoder, un mellotron, un moog, antes de que Kraftwerk sea popular. Fue a inicios de los 70 y es algo que se popularizó a finales de los 70. Esa innovación que hizo, aprendiendo a manejar un sinte de ese nivel sin saber inglés…Y el man no tocaba en vivo. Él hizo toda la carrera en estudio, que en eso se parece más al productor moderno, a alguien que hace beats. Y fue de los primeros que pudo usar los cuatro canales, entonces comenzó a grabar y experimentar solo.

Es un caso de los que más me apasiona, pero hay muchos así. Y sin topar siquiera la música indígena, que tiene sus instrumentos o sus variaciones de los instrumentos. Como que agarran, por ejemplo, la armónica y le afinan como un rondador. Entonces ese instrumento de afuera suena de adentro. Eso me parece bonito.

La pregunta tonta sería, ¿y por qué hacés rock? que no es la música patria como tal.

Porque no me gusta tampoco la patria. Yo no la hago de patriota, la hago porque me toca. A mí no me interesa ir a defender que el Ecuador es el país. La música es la que me toca y la gente que hace esa música es la que me interesa. Para mí el rock es un medio. Una decisión estética. Pero hay una cosa espiritual, casi mística, que se filtra. Es algo que experimento más en mi proyecto de solista. Que ahí sí topo más ya cosas de ecuatorianos directamente. Tengo una reversión de ‘De Terciopelo Negro’ que es una canción tradicional, pero justo esa versión siento que también tiene como un vínculo con el blues también, una cosa más oscura y de solo guitarra y voz. Y eso es lo que me gusta. El rock tiene esta cosa muy libre. Te quita muchas reglas. Cuando uno hace rock puede hacer música tradicional y todo bien. En cambio, cuando uno hace música tradicional y hace rock es como “ah, estás mezclando”.

En O Clarividencia hay cosas muy de Charly García, ¿no? ¿Cuál es tu relación con su música?

Charly es un gran escritor. Pasa que músicos con ese perfil, que son grandes músicos con todas las habilidades posibles, quizás vas a ver las letras y es un poco como… puso palabras. Pero Charly tiene una manera de sintetizar las palabras y de generar escenas. Desde la primera vez que escuché ‘Promesas Sobre el Bidet’ pensaba, «¿cómo se escribe esto? ¿cómo puedes generar este ambiente tan particular solo con imágenes?” y en mi idioma, que es algo muy importante también.

Además es un músico que tiene una valentía absurda. El man pasó por muchas etapas. Cuando entré en la figura y en todo lo que es, dije, «ah, de esto se trata de hacer música, es la búsqueda constante”. No es que Charly encontró el sonido y se quedó ahí. Más allá de solo el sonido: es la búsqueda. Sigue siendo una guía para mí. Yo escribo letras y digo “¿cómo podría sintetizar esto como Charly?”.

Bueno, una de las virtudes tanto de Lolabúm como de tu proyecto solista es que todos los discos tienen búsquedas distintas. Más allá de esta intención de cambiar para presentar algo distinto artísticamente, ¿cómo ha ido cambiando el proceso justamente de escribir las canciones con los aprendizajes de cada proyecto?

Eso es chévere. El primer disco que me siento así que estaba en capacidades mucho más conscientes fue “Corazón de Guagua”, porque es el primero que me planteé hacer de verdad. El resto son demos que un poco yo coleccionaba y subía porque me gusta subir cosas de internet por Taringa! [risas]. Pero sí, y es lo último que he sacado, y en total son nueve que he publicado a lo largo de mi vida. Y como dice Charly, siempre es como la primera vez. Para mí sigue siendo un misterio. Sigue siendo una cosa que descubro cuando lo hago y eso para mí es hacer música.

¿Cómo se sostiene esa curiosidad? eso de ir por fuera de lo que ya transitaste compositivamente.

El menor tiempo que paso haciendo música es cuando estoy con un instrumento. La mayoría del tiempo que la hago estoy pensando en cosas y viviendo la vida. Me encanta cuando saco la cabeza por la ventana y está sonando un vallenato que en un domingo vacío está rebotando en la ciudad. Ahí me viene mucha inspiración. Pero para mí sigue siendo un misterio, la verdad. Y me gusta eso. No pretendo entender algo así de bonito. Es como ver la naturaleza, a veces es bonito solo verlo, así, que suceda frente a uno. He descubierto que no tengo tanto control como quisiera y eso también es lo chévere.

Hablando de esta sensación de prueba y error y estar siempre descubriendo, me imagino que lo que sentiste, que con este disco es la primera vez que lo lograste, habrá pasado con otros. Mi pregunta con eso es: ¿cómo sabes que algo está terminado?

Cuando arranqué la carrera sentía que todo me definía profundamente. Me tomaba muy en serio y de repente dije como, «Ah, son pruebas.» O sea, son intentos al final. Ya no siento que tenga que cumplir con algo. Estoy haciendo un ensayo y la búsqueda musical viene muy natural con lo que estoy escuchando, con lo que estoy haciendo, no es tan consciente. No es como “bueno, ahora para que Lola pase a otro nivel, voy a hacer música más pop” o lo que sea, como para llegar a mayores audiencias.

Para mí el arte nunca se acaba. Por eso me gusta cuando las bandas siguen reversionando sus canciones para siempre. Que la grabaste significa que esa sea la versión final. Por eso ahora estoy grabando mis conciertos en vivo. Me gusta tener también el registro de que el proceso continúa.

Migra para ver Ecuador con más claridad: la llegada a Bogotá

¿Hace cuánto estás viviendo en Bogotá?

Desde hace dos años.

¿La decisión de migrar tuvo que ver con una cuestión musical o va por otro lado? ¿Qué te llama a vivir acá?

Primero fue Ecuador, porque está muy difícil. A partir de la pandemia vino un momento muy desgastante emocionalmente en el que se hicieron muchos esfuerzos y ninguno era fructífero. Para darte ejemplos concretos, esto te hablo hasta el año pasado, trabajar seis meses en una gira, en armar todo, nueve fechas en Ecuador y matan un candidato, hay algún atentado, hay paro nacional y te quedan, de nueve, tres fechas.

El golpe es económico y emocional, y no tienes a quién reclamar. Yo me sentía muy limitado, no me veía logrando crecer. Eso me deprimió mucho. Y como en 2022 vine a tocar a Colombia con Lola. Me quedé unos días extras y Santiago Navas me propuso hacer mi disco solista. Y dije “bueno, ahí hay una oportunidad como para venir y probar suerte”. Y me fui quedando, me fui quedando y vi que sí podía hacer un panorama en el que Lola podía desarrollarse de verdad.

Bogotá es un gran punto de encuentro, tanto para gente de Colombia, yo aquí tengo muchos amigos de Pasto, Manizales, Cali, Popayán, Medellín, como internacionalmente. Aquí está la conexión con Chile. Ahorita estoy hablando contigo. Que tú vengas de Ecuador es mucho más difícil que que vengas a Bogotá. Y el underground bogotano es un espacio muy experimental, es de las escenas más efervescentes y me entusiasma mucho.

Entonces Muchachito Roto y Corazón de Guagua salen con vos acá. Y es curioso porque estilísticamente por lo menos podríamos decir que son tus discos más ecuatorianos.

Sí. Y eso es lo chévere, porque es alejarse para poder ver con perspectiva. Porque dentro uno es rebelde por no hacerlo, pero de repente estando acá yo mismo extraño y siento cosas. Es loco, siempre he sido de los que defiende quedarse en Ecuador y hacer las cosas ahí. Y todavía tengo presencia allá y me interesa seguir involucrado. Sigo siendo parte de la escena. 

Volviendo a los discos, “Muchachito Roto” lo hice y lo grabé todo en Quito. Cuando salió fue que hice mi primer viaje largo para acá. Entonces yo también venía un poco como intentando mostrarlo. Con “Corazón de Guagua” yo quería decir, «Bueno, yo vengo de Ecuador», y que se sienta en la música y que sea claro para la gente.

¿Qué vínculo tenés ahora con la escena ecuatoriana?

Estando acá siento que puedo aportar más que estando en Ecuador. En Ecuador iba a ser otro músico bajoneado y acá puedo recibir en el sofá a músicos ecuatorianos que vienen a tocar, cayendo los toques, ayudando a mover las cosas. Me parece importante abrir el camino para otra gente, que no se trate de mí y solo de mí y que esa escena sea solo como una nota al pie. Yo solo soy parte de una cosa que está pasando.

Industria musical independiente: elegir lo que queremos construir

Estamos en un evento de la industria, ¿no? Claramente, pero a la vez tiene esas cosas que parecen como que se rompió la Matrix y de repente hay un montón de artistas independientes. ¿Qué relación tenés con la industria? con ver que de repente pasa muy muchísima plata por el mundo de la música, pasan un montón de cosas que no están buenas, otras que sí, obviamente. ¿Qué podemos hacer frente a eso sin tampoco irnos a vivir al monte y tocar para para los amigos?

A ver, si Taylor Swift se queja de la industria gringa, si Kanye West se queja de la industria gringa, ¿por qué nosotros quisiéramos construir esa industria? O sea, la gente que más plata hace, dice que es injusta. Entonces, ahí veo la oportunidad de que nos planteamos qué industria queremos construir entre nosotros y pensar en un circuito latinoamericano en el que podamos más bien vincularnos, lo opuesto a irse al monte. Abrir más las carreteras entre nosotros y hacer una industria más sustentable y justa. 

Deberíamos apuntar en contra del imperativo de lo masivo. No me parece que sea obligatorio masivizarse ni hacerse millonario, porque ese es uno de los mitos de esa industria. Esos objetivos que te plantan, de estar llenando estadios, son cosas que te ponen en una posición en la que crees que tienes que hacer unas concesiones que de pronto no.

Yo vivo solo de esto desde hace cuatro años y no tengo números gigantescos. No soy “masivo”, pero tengo una muy buena vida. Puedo ahorrar, que gente de mi edad no puede hacerlo. Desde la independencia, haciendo la música que me da la gana hacer, trabajando con mis amigos, construyendo cosas que sí me interesan construir. Y es lo que le intento decir a todo el mundo: primero busquemos una vida digna para todos, tratos más dignos para todos, para el sonidista también, para el man de las luces, para el que armó el escenario, que todo sea más justo. Y de ahí veamos cómo podemos escalar, pero que nuestro estándar esté un poco más arriba.

¿Qué cosas concretas se pueden pensar para crecer todos?

Si yo tuviera mucha plata lo que me interesaría es  financiarle la música a otra gente, no comenzar a comprarme cosas que no necesito, sino abrir las posibilidades. Si yo he podido grabar música es porque cuando tenía 20 se nos acercó Poly Music, que es un sello ecuatoriano, y nos ofreció un contrato y nos financió cuatro discos de los cinco que tenemos.

Eso no sucede y en Ecuador peor. Entonces veo en mí un caso muy excepcional para el ecuatoriano promedio y creo que eso se debe al sello. Yo pienso, bueno, ¿cómo lo va a hacer la gente por venir? Y cómo puedo yo ayudar a que en efecto puedan hacer su música y puedan grabarla, publicarla y circularla.

También, desde mi lugar, dar toda la información que pueda. Estoy en contra de guardar esa información. “Este es el tipo con el que tienes que hablar”, “necesitas de esto”, “aquí está”, me parece que eso debería ser así. Esa es la construcción de circuito que me interesa.

También, para construir esa industria creo que hay que pagarle bien a todo el mundo. Si nos pagan bien a nosotros, ¿por qué no le voy a pagar mejor a mi equipo? Para mí es evidente: si el sonidista que está con nosotros desde hace siete años, que le pagábamos $50, ¿por qué  cuando nos pagan más no le voy a pagar 250? si puedo. Eso es lo que a mí me importa.

En Ecuaboi, el temita que abre Muchachito Roto decís, «Todo lo que digo tiene efectos / Todo lo que odio es un reflejo«. Uno no nace sabiendo esas cosas ¿Qué pasa en la vida para entender ese lugar y también, como decíamos con Charly, sintetizarlo?

Esa canción es muy particular. Con los discos del 2020, “Verte Antes de Fin de Año O Clarividencia”, yo venía con mucho ímpetu y me entregué a la locura. Creía realmente en eso. Tiene momentos muy oscuros y existenciales, pero yo estaba en un lugar muy luminoso para eso. En cambio el proceso de “Muchachito Roto” fue muy oscuro.

Qué loco porque los discos parecen lo contrario.

Exacto. Eso es lo loco. “Muchachito Roto” es el disco más pop y como alegrecito y así, pero todo lo hice así como en condiciones muy oscuras, muy desmotivado, sintiendo que nada valía la pena. En Ecuador es muy fácil sentir que uno ya tocó el techo cuando no es así. Y la gente a tu alrededor te hacen creer que eres famoso, aunque sepas que no. Pero todo eso te comienza a crear conflictos e inseguridades. Me veía en fiestas, en lugares y situaciones con gente que no me gustaba, yo mismo siendo alguien que no me gustaba y al mismo tiempo como refugiándome en “no soy esto” para diferenciarme. ‘Ecuaboi’ en particular fue un momento de destrabe para mí. Entendí muchas cosas, entendí que me sentía mal.

Quiero hablar de Verte Antes de Fin de Año O Clarividencia. Siento que es un disco mega rupturista para el estándar del indie, que a veces tiene mucho la idea de hacerlo lo más simple posible y demás. Y ustedes rompieron todo.

Venía de también vivir el paro del 2019 en Ecuador que fue un quiebre. Volví de Guayaquil después de vivir allí cinco años, y tres días después comenzó el paro. Entonces lo primero que me pasó en Quito fue verla en llamas literalmente. Ver el cielo oscuro completamente de fuego, a los indígenas como siendo quienes lideraban el par… Aprendí mucho de eso.

Ahí tuve este momento en el que estaba harto del indie porque sentía que no solo era despolitizado, también muy autocondescendiente. Como que no se exigía nada porque “soy yo mismo”, pero eso no me gustaba. Me frustraba que esa sea mi escena, entonces comencé a buscar otras maneras en Charly, Nicandro Parra, Caetano Veloso o Lori Anderson, que también es una persona que me inspira mucho en la manera de describir una sociedad. Comencé a escarbar ahí y quería hablar con esa gente que estuvo en el paro, que tenía mi edad y que vimos lo que vimos y que nos pasó lo que nos pasó: el país desmoronándose. Es loco porque desde ahí solo ha ido de mal en peor.

En el disco doble hay algo ahí de Polibio Mayorga en el laboratorio rompiendo las canciones. También es un disco mega politizado. ¿Qué recordás en retrospectiva? 

A mí me encanta. Lo arrancamos a inicios del 2020, como en enero, y llevábamos grabado 30 a 40%. Comenzó la pandemia y borré básicamente todo. Fue iniciar de cero. Me encerré e hice casi todo en la locura del confinamiento, solo en un cuarto muy pequeño. Literalmente no interactuaba con nadie. Todo lo que yo estaba haciendo era trabajar en libros de texto de colegio, que me habían subcontratado para eso, y grabando. 

De hecho ‘Tons Ke’ tiene mucho que ver con eso de los textos colegiales porque yo tenía que diseñar actividades para niños de primaria y al final tenía que hacer preguntas y decir como, «Bueno, ¿el texto qué te dijo?». Entonces, vino esa cosa y la escribí de un tirón.

Lo que me apena de ese disco es que lo hice y me esmeré muchísimo, cuidé unos detalles que nadie nunca se va a dar cuenta, horas y horas y horas de estar ahí encerrado y diciendo, «No, y esto y el número y esto se conecta con esto». Y lo mandé a mezclar y… esto yo no lo he dicho públicamente, pero me devolvieron las mezclas y no las escuché. Las recibí y no quería escuchar porque estaba ya muy frustrado, como que sentía que no me estaba entendiendo con el productor y dije como, «No quiero pelearme, ya estoy cansado.» Y solo acepté y bueno mandaron a masterizar y el master tampoco lo escuché.

Lo escuché en algún momento y no suena, obviamente, como yo lo había hecho porque hay cosas que para mí tenían que sonar mal, tenían que sonar chiquitas, tenían que sonar así como torcidas, raras. Y la versión que quedó es lo normal, se quiere hacer que el bajo suene grande y que las voces suenen de tal manera. Entonces siento mucho que es un disco que yo mismo lo traicioné un poco. Como que lo abandoné. Ahí comenzó como mi desmotivación, me drené completamente. Porque quería hacer algo épico, en verdad, quería hablar de Dios y como que para mí así el 2020 y como que sean 10 canciones en cada disco y que juntos sean 20 canciones y que sea el 2020 y que…

Bueno, pero eso está en el disco igual.

Está en el disco. Pero el proceso de hacerlo para mí fue muy demandante. De verdad fue un disco que a mí me comió y yo le entregué a y todo entero y le quiero mucho. Me encantaría remezclarlo, pero también me gusta ya que sea lo que es y que salió así y así fue su historia. Siento que eso lo hace verosímil, porque también es un disco que viene muy de lugares muy auténticos.

Hacer la música de un país en llamas

Me lleva totalmente a la pandemia. Es un disco muy atravesado por las circunstancias.

El nuevo disco de Lola que estamos grabando está mucho más en esa onda. Ahora tenemos una visibilidad en Ecuador que antes no. Y ya me metieron una serie de polémicas políticas serias. Me viralizo en TikTok tres veces al año por decir cosas sobre la situación y me insultan y buscan, y hay gente que me ve también como un referente político.

Lo que yo pienso es: esta es la música que estoy publicando mientras pasa el genocidio. Mientras es el año más violento de la historia del país. Entonces, ¿qué música quiero hacer? 

¿Y ahí haciendo uno lo elige o es eso de que te tocó?

Yo creo que es una mezcla de ambas porque, o sea, a veces uno le toca y elige que no le toque. A veces la historia se para frente a uno y le dice, «Mira, ¿quieres hacer historia? Aquí está.» Y uno dice, «No, prefiero hacerme chiquito un rato.”

Yo me siento en una posición en la que, en el circuito específico en el que estoy, puedo tener una injerencia que me interesa tener y también dejo que la música sea ese medio final. Siento que estoy logrando describir la situación mejor y me gusta como están escritas las canciones.

¿Cómo te influye estar acá a la hora de abordar esos temas?

Siento que también Bogotá tuvo un impacto en eso porque como es una ciudad ahorita está más bonito, pero usualmente es una ciudad un poco gótica, pesada. Yo vivo aquí en el centro y se ven cosas densísimas cada tanto. También mucha miseria, así como palomas muertas en todo el lado, olores horribles. Esa crudeza es para mí es como una gasolina importante. No me gusta la dinámica del artista que la logra y se desconecta. Para mí es lo contrario, quiero estar más cerca todavía y quiero escuchar con más atención lo que se está diciendo por ahí.

San Pedro Bonfim recomienda música ecuatoriana

Quiero aprovechar esta oportunidad para que me cuentes qué música, nueva, vieja, no tan vieja, no tan nueva, de Ecuador estás escuchando y que la reseñes un poquito.

Voy a comenzar con el que me parece el proyecto más vanguardista e interesante actualmente en Ecuador: Pinxame. Son dos productoras que hacen así como, no sé, una mezcla entre Juana Molina, Arca y Rosalía. Es increíble. Es superexpresiva la voz, a veces se siente como si estuviera escuchando teatro. Y la música es bizarrísima. Ellas pagan el precio alto de estar en el futuro, porque en Ecuador es muy difícil que les escuchen, pero me parece que es de lo más increíble que está pasando. Sacaron el disco en 2025, se llama “Diamante Crudo”. Es buenísimo.

También me gusta mucho el duo alternativo de unos chicos de Imbabura, Jesús Bonilla y Félix Maldonado. Hacen música indígena, pero tienen este proyecto de electrónica, que se llama Jatun Mama. El disco salió hoy, de hecho. Y es espectacular porque es un poco esta onda que hubo con Nicola Cruz, pero son indígenas haciendo esa música, entonces no se van tanto al lugar común de lo ancestral por lo ancestral, sino que de repente meten un funk carioca con música de su tierra. El disco salió hoy, de hecho. Es increíble.

Y por último, estoy escuchando mucho un disco que se llama Juyungo. Tiene una historia  apasionante. Es de un francés que llegó a Ecuador, se enamoró de una indígena en Imbabura, se casó y se hizo parte de la comunidad. Esto en ‘66, por ahí. Y ella muere mientras da luz a su hija y él le dedica el resto de su vida a la música de esa región, a registrarla y a grabarla. Y comienza a sacar fondos franceses y logra grabar un montón de música y ese disco, lo bonito que tiene, es que justo, hablando de la diversidad musical de Ecuador, mezcla la costa y la sierra. Entonces, escuchas marimba y música negra, digamos, pero también música indígena y la marimba indígena. Todo eso dialogando. Y es una música que te juro es como se pone tan abstracta a veces, que de repente tiene unos sonidos que dices, «¿Qué es esto?» Es un sinte así de, no sé, Nicolás Jaar. Y es música grabada en los lugares así propiamente y es espectacular. El disco es largo, para escuchárselo así entero en algún viaje.

A mí me apasiona mucho ahí la aparición estelar de Juan Cayambe, que es uno de los músicos que más me ha tocado últimamente, que era un arpista y violinista de Imbabura, indígena, que fue como de los primeros que dijo, «Yo me voy a dedicar solo a la música.» Siempre extremadamente pobre, muy pobre. Y a él le encontró este francés, en el mercado tocando el arpa y cantando. Y le grabó. Es una música que está desafinada entre comillas, pero suena tan particular y tiene un sonido tan así como que me llega el alma y la manera de cantar de él y como que es como si pudiera escuchar cantar a la tierra misma. Es como si Atahualpa Yupanqui se hubiera quedado en una pobreza extrema. Me toca mucho esa música. 

¿Qué se puede contar de lo que se viene?

Estoy encontrando una cosa que me interesa mucho. Estoy persiguiendo esa cosa. Es otro lugar común, pero lo más chévere que hemos hecho. Ya me siento con la madurez suficiente para no perderme en mis propias ideas. Siento que en los otros discos tenía buenas ideas, buenas intenciones y me perdía en mí mismo. Pero en este siento que es lo que quiero hacer. Es un disco osado. Yo digo que Lolabúm no tiene fans, sino que tiene fans por disco. Y esto es como para un nuevo grupo. Es música con cosas del post-punk, del techno y también música experimental. Estoy escuchando mucho el trabajo de Takashi Mizutani, que es un músico japonés que tuvo una banda que se llamó Les Rallizes Dénudés, que nunca grabó en estudio. Todo lo que grabó fue en vivo, bootleg, y es noise, pero también es como si fueran canciones cincuenteras. Es super oscuro. Y al mismo tiempo me interesa mucho la producción vocal de la chicha y el tipo de ecos que usan. Estoy encontrando cosas chéveres. No quiero hacer esta comparación, porque va a sonar tan arrogante, pero siento que es como cuando Charly estaba escribiendo “Clics Modernos” en el momento justo. Me siento así. No porque sea así de bueno, sino porque siento que estoy encontrando las palabras para el momento.

Se viene nuestra primera gira por Latinoamérica. Así, de varios países. De pronto existe la posibilidad de que saltemos del charco. Eso sería también muy bonito. San Pedro está tranquilo, San Pedro en fin como proyecto porque “Corazón de Guagua” acaba de cumplir un año. Entonces tampoco quiero apurar nada. Me gusta que se pueda hacer un proyecto en el que explore cosas que me dé cuando me den ganas. Es un momento muy próspero. O sea, es como de los momentos más oscuros posibles del mundo, pero estoy logrando las cosas en mi vida personal. Voy a publicar un poemario el próximo año.

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