A veces, la única manera de volver a uno mismo es alejarse de todo lo conocido. En 2023, hastiado y desilusionado de su propio contexto, Tomás Joaquín Flores decidió irse de su Córdoba natal para aterrizar en Búzios, Brasil, acompañado por algunas amistades, con la idea de trabajar y vivir ahí el tiempo que sea necesario. Fueron cinco meses. Lo suficiente como para llevarlo lejos de quien había sido y ponerlo frente a quien estaba destinado a ser. Desde entonces, Tomás (a.k.a, Tomasito) mira la vida con otros ojos.
El encuentro con una cultura de afuera me acercó mucho a lo mío. Aprender los yeites y familiarizarme con lo cotidiano de allá me hizo poner el ojo en lo cotidiano de acá. Escuchaba todos los días ‘bom día’ de la gente en la calle o ‘bom trabalho’, deseando una buena jornada. También se me pegó decir ‘Vai con Deus’ y ese tipo de cosas que empezaron a tomar mucho valor en mi forma de ver la vida. Al volver a Córdoba, empecé a apreciar mucho la conversación y nuestro lunfardo, que era algo que no valoraba hasta que tuve el contraste cultural y pude enaltecer lo propio.
Años antes, cuando tenía doce, fue por primera vez a un open mic a rapear unas letras “corte T&K” sobre instrumentales de boom bap noventero. El host del evento, a la hora de llamarlo para subir al escenario, sentenció: “Él es Tomasito, un pibe que rapea. Un pibe muy de barrio”.
Esa frase me quedó en la cabeza y no me la saqué más: empezó a ser parte de mi identidad.
Aunque en esta ocasión fue de manera directa, otra vez necesitó que alguien de afuera lo ayude a encontrarse con una esencia interior de la que, hasta el momento, no había tomado conciencia. El presentador le escupió un veredicto que se tatuó en su piel y se coló en su ADN de manera irreversible. Desde ese entonces, rapea siempre desde el territorio. Y si hablamos de territorio, hablamos de historias en común.
Fotografías: Goyo.

La identidad no brota de la tierra como un yuyo. No es un atributo natural con el que se llega al mundo, sino una especie de ropaje, una invención cultural que se nos asigna —o asumimos— para que los demás puedan decodificarnos. En el gran mecanismo de las relaciones humanas, todos debemos jugar un papel, exhibir una marca de pertenencia. Tomasito necesitó exactamente de dos colisiones con el afuera para delimitar su propio contorno. Fueron esos espejos ajenos los que le devolvieron su reflejo. Porque la identidad, sin importar cómo se construya o quién te la impone, esconde una trampa ineludible: tarde o temprano siempre sale a buscar sus raíces.
Las primeras canciones de rap que escuchó fueron de lo que él cataloga como “rap de barrio”: Fili Wey, XXL Irione y Fuerte Apache. Sabemos que cargar con la credencial del rioba impone cierta postura de combate. Bien o mal, se asume históricamente que la calle moldea el carácter a fuerza de rasparse, forjando el callo de supervivencia necesario para avanzar frente a la dureza del entorno. Pero con Tomasito no es así. Su personalidad le exige pararse a mirar desde la vereda de enfrente, la de la tranquilidad. Elige la pausa. Su forma de habitar el espacio consiste en quedarse a un costado, asumiendo el oficio silencioso de mirar. Convertido en un espectador minucioso de su propia realidad, su táctica de pertenencia es detenerse a poner el ojo sobre el curso de las cosas que pasan a su alrededor. Mientras aquel rap le ponía volumen al choque, él prefiere dejar el caos en la vereda.
Puertas adentro en Guiñazú —el barrio en el que nació, se crió y en el cual hoy transcurre su vida y la de su familia— el universo sonoro es otro. Si el rap le dio la estructura para armar su obra, en la intimidad el registro cambia. Su rutina incluye un hábito al que prefiere dar resguardo por creer que no es lo suficientemente bueno: cantar y tocar tango. Lo hace a diario. Desarma las composiciones para entender cómo están escritas. Hay algo en esos relatos y en la forma en que los cantores masticaban los versos que le sirve para deducir el presente.
Me gusta mucho la interpretación y el lenguaje de los guasos. Tenían una visión del barrio como una institución: un lugar de encuentro, desde donde se observa, más que ser víctima y victimario. Me llega también por la melancolía, la nostalgia y la sensación de desilusión generalizada, que es, más o menos, lo que estamos viviendo todos ahora. Por ejemplo, la letra de Desencuentro [de Cátulo Castillo] creo que podría ser una letra de hoy.
Estás desorientado y no sabés
Qué trole hay que tomar para seguir
Y en ese desencuentro con la fe
Querés cruzar el mar y no podés
La araña que salvaste te picó
¿Qué vas a hacer?
Desencuentro
A sus veintiún años, Tomasito cuenta con el oficio necesario para construir un álbum en absoluta soledad. Sabe producir, mezclar y grabarse a sí mismo, moviéndose dentro de un género que facilita y, en ocasiones, premia la creación autónoma. Su propio archivo funciona como testimonio: en "QSY" (2021), su álbum debut, creó varias piezas sin la intervención de terceros, y para "Alood" (2024) concentró la producción de casi la totalidad de las instrumentales bajo su propia firma. En un escenario contemporáneo tan propenso al individualismo, la gestación de “Los Laureles”, su cuarto disco, lo llevó a tomar una ruta superadora: armar una banda y entregarse a lo colectivo.
Esa inclinación hacia el trabajo en equipo, a su vez, enaltece su subjetividad. Parafraseando a Bárbara Pistoia en “Una Guerra en Paz” (2025): lo colectivo necesita de individuos valientes y particulares, de voces propias y personalidades desafiantes. La dinámica grupal exige personas con espacio, confianza y posibilidades suficientes como para poder desarrollarse, logrando que toda esa identidad personal termine volcándose al servicio de un bien común.
Yo intento que la mayor cantidad de gente forme parte de mi proyecto para salir de la dinámica con la que me manejaba cuando arranqué. En ese momento nadie me tiró una soga: hacía todo yo. No me daba para comprar beats entonces empecé a hacerlos y después ya no confiaba en otros beatmakers. Ahora estoy aprendiendo a trabajar en equipo y me encanta. Me saca el dolor de cabeza de ser tan obsesivo y me gusta mucho que cada uno tenga la oportunidad de aportar su grano de arena. Así salen las cosas. La construcción de lo colectivo es esencial para formar parte de algo, para no vivir deprimido y estresado. Es sagrado.

Esta transformación empezó a materializarse en el silencio de la pandemia. Atrapado en el insomnio de aquellas madrugadas que parecían fundirse en una cuarentena interminable, Tomasito naufragaba a la deriva por el infinito océano de YouTube. Fue en uno de esos desvelos donde el azar lo cruzó con el trío español Big Menú. No solo hacían rap sostenido por una banda, sino que dominaban la alquimia exacta para mezclar la insolencia con el rigor académico.
El hallazgo se transformó rápidamente en una obsesión. Movido por el nuevo impulso, empezó a tomar clases de batería, se sumergió de lleno en los laberintos de la producción y armó su trinchera sonora con plug-ins que emulaban el golpe y la respiración de las baterías reales. Fue un camino de ida; un punto de inflexión que, de manera indeclinable, derribó sus propios muros y le otorgó una visión mucho más amplia, orgánica y expansiva sobre el alma de sus instrumentales.
Hubo un tiempo en que el Hip Hop lo saturó. Buscó refugio en el rock y Los Redondos empezaron a sonar todos los días. Esa inmersión en la obra del Indio Solari, cruzada con la fascinación por la lírica de Luis Alberto Spinetta, le dio un nuevo espesor a su escritura. De ellos absorbió el gusto por la metáfora y el poder de la abstracción. Su imaginario se llenó de bohemia nocturna. Al momento de sentarse frente al papel, la calle, los bares y el humo se convirtieron en su escenografía habitual. Todo ese universo desembocaba en el deseo constante de meterse en un bar y reventarlo tocando junto a su banda hasta las cuatro de la mañana. El armado fue variando, pero hay alguien que estuvo siempre en la formación: su papá.
Está mortal tocar con él. Con el tiempo fui dejando un poco la vergüenza de mostrarle mis temas. Al día de hoy compartimos el proyecto y estamos los dos en la misma. Yo no le muestro mis maquetas a nadie, menos a ellos, pero el otro día, estábamos tomando unos mates y le digo "para el ensayo que viene quiero que hagamos esta maqueta". Y yo en los temas a veces hablo de cosas re íntimas. Compartir ensayos y escenario no tiene precio.
La figura paterna trascendió la simple compañía en el escenario para convertirse en el nexo fundamental de la alineación definitiva para “Los Laureles”. Roque Flores toca la guitarra desde los quince años, pasó por las aulas del conservatorio para perfeccionarse en guitarra y contrabajo, y se formó con el violero de la emblemática banda cordobesa Armando Flores. Su largo recorrido —que arrancó en el metal, mutó hacia el rock y hoy lo encuentra inmerso en el jazz— le permitió formar parte de varios grupos y tejer una red de contactos invaluable. Apoyado en ese bagaje, acudió a su círculo íntimo y convocó a instrumentistas de trayectoria extensa para enriquecer el proyecto de su hijo.
Para esta última formación mi viejo contactó a amigos suyos que son muy grosos, saben muchísimo más que yo. De hecho, cuando arrancamos yo no entendía por qué me estaban pasando cabida, corte que podrían ser mis profes en la facu. Ahora sí entiendo un poco más: confían en mí.

Entre los músicos que su padre le presentó se encuentra Nacho Ramia, el socio indispensable para la existencia de “Los Laureles”. El vínculo se selló por una urgencia académica: Ramia buscaba un proyecto para su tesis de ingeniería en sonido y propuso que el disco fuera su examen final. Durante seis meses, se reunieron cada semana en su casa para desarmar la soledad de las canciones. Allí, las maquetas de Tomasito empezaron a mutar; el productor interpretaba los beats y preparaba el terreno para que, después, la banda completa entrara a poner el cuerpo.
Nacho se mató laburando. El disco es todo de él en ese sentido. Yo tiré la materia prima y después él metió mano a full y quedó increíble. La conexión fue muy buena. Si bien viene del rock, es muy abierto y es un gran trabajador de la música. Al final se sacó un 10.
Esa dinámica colaborativa se expande a todo el conjunto, integrado por músicos provenientes del rock y del jazz. En la actualidad, el trabajo diario junto a instrumentistas de otras vertientes le resulta profundamente enriquecedor. La extrema meticulosidad al momento de concebir e interpretar las pistas rítmicas encuentra un complemento perfecto en la sabiduría y el toque distintivo de sus compañeros. Semejante caudal de talento lo invita a soltar las riendas de sus estructuras, depositando una confianza absoluta en el criterio grupal. El aporte mutuo se cristaliza en una traducción orgánica y precisa, llevando la esencia de las bases digitales hacia el calor del vivo.
Ese colchón musical, tocado por manos expertas y atravesado por códigos de distintos géneros, se convirtió en el lienzo ideal para la poesía de “Los Laureles”. Sus letras abandonan el lugar común para ofrecer viñetas cotidianas de altísima carga emocional. Canciones como ‘Lázaro Baez’, encargada de dar inicio al LP, evidencian esta destreza narrativa. Ya desde su nombre, el track nos anticipa una obra cargada de mensaje político.
De un solo tiro, varios pájaros caen
En la ruta del dinero como Lázaro Báez
Te saludan más que a Perón cuando vas a los bares
Pero, ¿quién va a poner el hombro cuando pase algo grave?
Lázaro Báez
Si bien en esta ocasión es explícito, el rapero esquiva deliberadamente el formato del panfleto. Tomasito detesta el adoctrinamiento y la bajada de línea. Su abordaje de la realidad social emerge en los textos de forma sumamente orgánica, impulsado por el ingenio y el humor. Aborrece la idea de indicarle al oyente hacia dónde dirigir su voto. Su método consiste en jugar con la ambigüedad, deslizar alusiones a la cultura política argentina para interpelar a su audiencia desde la ironía. Ese conocimiento del terreno cuenta con raíces empíricas en su biografía:
Tuve momentos de militancia activa que era lo único que hacía. Después dejé por la coyuntura, porque quería dedicarme a la música y por la falta de respuesta de los dirigentes.
Muchas de las letras del rap argentino actual juegan (muy) al borde del abuso de la comparación, un recurso retórico que se usa para explicar una idea siempre en relación a un nombre propio. La lealtad, por dar un simple ejemplo, se vuelve “cuido a mi clan como los Puccio”. Si bien es un atajo válido que asegura el impacto, su repetición constante satura la escucha y muchas veces sacrifica la profundidad poética en pos del remate. En “Los Laureles”, Tomasito hace todo lo contrario: para abordar cada concepto saca sus acuarelas y pinta. Pinta su barrio, a su familia, a Córdoba, a él mismo y, por sobre todo, a la juventud argentina.
Jóvenes argentinos saben lo que hay que hacer
Si no robás ni vendés, hasta la muerte corrés
La Cuadra
Pero llegar a ese punto no le fue nada fácil. En el solitario laboratorio de la escritura, libró una batalla contra sus propias mañas y el peso de la autoexigencia. Casi sin darse cuenta, quedó atrapado en un laberinto de estructuras predecibles. Hubo un momento de quiebre en su proceso creativo donde la arquitectura milimétrica de sus barras amenazó con devorarse al artista, empujando la pasión hacia un acto automático. Fue necesario dar un paso atrás, desarmar los viejos trucos del oficio y pelear contra la inercia de su propia mente para rescatar el alma de su obra:
Está muy en mí y trato de sacarlo lo más que pueda. Me gusta, pero me parece que está un poco agotado el formato. Yo soy rebuscado con las letras, la idea es darle una vuelta de tuerca. Hay referencias que las descarté. También busco que tenga una pizca de gracia, porque en el primer tema en el estribillo ya hay una: "En la ruta del dinero como Lázaro Baez", pero está chistosa. También en un momento te frikea esa búsqueda de la perfección y termina perdiendo sentido. Por suerte, durante el proceso me di cuenta a tiempo de que me estaba yendo de mambo con la obsesión y me sirvió para soltar más la parte interpretativa, lo teatral, acordarme lo que realmente significan las canciones.

Con los fantasmas finalmente domados, la esencia pasó al frente. Ninguna pieza cristaliza mejor esta metamorfosis que ‘Pugliese’. Acá sigue pintando, pero esta vez abandona el color para trazar un retrato en blanco y negro. ¿Qué retrata? Su cuadra. Una postal que podría ser el calco de cualquier esquina de los barrios cordobeses, donde la vida ocurre de verdad.
Para capturar el pulso de La Docta, salpica el cuadro con los destellos de su propio ecosistema: "Hablamos sin S, hasta le rezamo’ a Pugliese / Cábalas vieja’, bien pulenta". La escena toma forma mientras se suman guiños a su Belgrano querido —"de wacho organicé a mis negros, quería ser Zielinski"— y plegarias a quienes ya no están en este plano: "Gordo Alexis, nunca me desampares". El relato se sigue poblando de códigos ("este no es Jimenez pero le dicen el gato") y cierra con su toque inconfundible: "Yo no seré el más piola pero, ¿Bosnia?".
Justo cuando parece que te instala en una cómoda caminata por la vereda, la canción frena, traga saliva y cambia el aire. Todo ese collage de imágenes sueltas desemboca en una intimidad repentina, regalándonos uno de los estribillos más bellos que haya dado nuestro rap. Un lamento tanguero, donde la rima deja el juego para convertirse en ruego:
Si tuviese la bendición de Pugliese
Te cantaría una y mil veces, si pudiese
Porque los guachos en el barrio están muriéndose
Y mi hermanito recayendo,
pero si tuviese la bendición de Pugliese
Te cantaría una y mil veces, turra, si pudiese
Porque los guachos en el barrio están muriéndose
Pugliese
La cartografía de afectos se extiende también a sus influencias. Los guiños al rock, al tango o al cuarteto asoman con mucha más frecuencia que las referencias al rap. Es una convivencia que se da sin esfuerzo, donde los ídolos locales terminan pesando más que cualquier mito extranjero.
Se dio naturalmente, tampoco me interesa tirar referencias a Nas, 2Pac o Biggie porque vivían cosas muy distintas. Obvio que con ciertos matices, pero me parece que las letras de Goyeneche o La Mona están mucho más cerca de las cosas que vivimos nosotros.
El nombre del álbum habita en la frontera donde la historia grande se cruza con los rituales de cada día. Convive el peso que arrastra el Himno con la picardía de encontrar la hojita de laurel y saber que hoy te toca a vos lavar los platos. Es una forma de abrazar la tradición bajándola del bronce.
Se me ocurrió Los Laureles por el himno e inmediatamente me imaginé la tapa. La pintó Julián Caprara Gatti, de Buenos Aires. Me pareció una manera muy cotidiana de abordar la tradición. Siento que el disco va por ahí: tiene un nacionalismo por un lado político y por otro lado de identidad, muy de lo propio.

Ese arraigo sigue latiendo durante las horas de trabajo. El ritual creativo de Tomasito avanza a la par del laburo diario en el taller de serigrafía familiar. Su jornada es enteramente física y se resume a una tarea: estampar remeras. A medida que el cuerpo asume esa coreo repetitiva, la cabeza encuentra espacio libre para fugarse hacia las melodías.
La mayoría de los temas nacen en mi laburo, escuchando música, y se me van ocurriendo cosas. Hacemos remeras, entonces es muy mecánico e industrial, tenés que poner el cuerpo pero la cabeza se te va para cualquier lado. A mí se me va para el lado de la música.
El repertorio de “Los Laureles” fluye entonces con la armonía de los bastidores del taller. Tomasito elige trabajar sobre la malla de su propia historia, dejando que la música se nutra de lo que tiene a mano. Esa podría ser la metáfora justa para el disco: una estampa donde los fragmentos de la vida se convierten en obra de autor.
El germen de la canción siempre está ahí. Por eso son así los temas, porque nacen de estar en el trabajo. Con mi familia. En el barrio.
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