Ticks de la revolución,
implacable rocanrol,
y un par de sienes ardientes que son todo el tesoro
Juguetes Perdidos
Pareciera que es especialmente difícil ponerle palabras a la pérdida del Indio Solari. Lo es. Es imposible. También lo fue siempre ponerle palabras a su vida, a su presencia, a su mera existencia. Tras una larga lucha contra una enfermedad despiadada, se fue de este plano una figura cuya representación va mucho más allá de la música, y que, sin embargo, no hay forma de graficar sin la potente efervescencia del ADN de sus canciones.
Para comenzar corresponde, y me doy la inusual licencia aquí de dar rienda suelta a un par de lágrimas y a palabras rabiosas, describirlo como el nudo central de la última singularidad argentina. El Indio Solari es el punto donde se superponen muchos de los hechizos que solemos identificar en el arte por ser reflejos de nuestra sociedad, de nuestra cultura, de nuestras vidas.
Al hablar de rock nacional hablamos de un subgénero, sí. O de una versión geográfica alternativa que es parte de la historia de un género que tuvo emulaciones, hijos, primos y sobrinos por todo el globo terráqueo. El rock argentino tiene una antología ya inmensa y más que poderosa, inclaudicable, cuyo pulso aún late, aunque tal vez más tenuemente, en las venas de la música local. Diástoles y sístoles que han dado a nuestra Patria locura, identidad, resistencia y pasión. Y en todo aquel hermoso lío, en décadas de desarrollo, no hay rock más argentino que Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
Podríamos afirmar esto desde lo meramente instrumental y sería cierto. La forma de conjugar los elementos de géneros extranjeros como el rock y el blues en el breve espacio de lo que la Argentina le exigía a tales ritmos, la manera en la que los pogos nos emborrachan de éxtasis como no sucede en ningún otro sitio. La conexión no dicha entre las cuerdas y golpes sobre un escenario y las multitudes que no pueden hacer más que regalarles sus cuerpos. ¿Qué leyenda más representativa hay de esto que la de Patricio Rey? Más que una leyenda, porque su realidad nos atraviesa como una cuchilla. El Indio Solari, el director de orquestas de hasta 500.000 almas.
Y ahí es donde sobre esa capa se vierte también la obra del filósofo popular que fue, es y será el Indio Solari. Un poeta lunfardo que es una prueba contundente de que se puede inventar una forma de caminar. ¿Se puede refutar que lo que llega a las masas es quedarse en lo sencillo? ¿Se puede yuxtaponer la complejidad poética con el raso de la realidad que nos rodea? ¿Se puede hacer contracultura para las mayorías? Sí, se puede. Nos lo enseñó el Indio.
Mamamos del Indio las posibilidades irreverentes e infinitas de las palabras. Nos cautivó con esa crudeza que se vestía simultáneamente de elegancia y de mugre. En lo finamente criollo y en las mil noches léxicas que nos ha dibujado, es un artista que, lejos de subestimar a su público, siempre nos ha desafiado. Mediante opacos fileteados de referencias que, de forma lyncheana pero más que eso quizás insolente y divertida, se negaba a explicar. “Quien quiere ver sólo lo que puede entender no tendría que ir al teatro, tendría que ir al baño”, dijo alguna vez, citando a Bertolt Brecht. Entretenernos, como declaró tantas veces, no era el objetivo cuando a nuestro alrededor ardían las llamas de las crisis, de las derrotas, del desasosiego. La meta es construir, la meta siempre fue pensar. Y, más disruptivamente aún, que pensar no implique una solemnidad de cartón, una frágil unanimidad, sino recorrer colectivamente un camino minado de bombas de arte y urgencia, de cadenas rotas y de la verdadera libertad, que es fiebre, oración, fastidio y buena suerte.
La libertad nos exige, además, abrazar lo complejo, lo contradictorio, lo difícil. La independencia. “Graciosos y valientes.” El hermetismo artístico que caracterizó a sus letras (y a sus acciones) siempre lo postuló como un artista que nos invitaba a sus mundos con finales inconclusos para que nosotros hagamos nuestra parte. En el extremo opuesto de todo lo que se sabe y se supo siempre que “funciona”, de la mecanización y el fordismo industrial. El arte masticado, las explicaciones por fuera de la música. La música debe hablar por sí sola, nos enseñó. El oyente tiene tarea que hacer, nos enseñó.
La consecuencia más poderosa es la atemporalidad de la obra. Las canciones sin tiempo que son su legado más potente, junto con el arco de éxito que demostró posible desde una independencia inapelable que lo hizo junto a Los Redondos pisar espacios que fueron desde El Parakultural hasta llegar a la necesidad inédita de crear estadios con difusos límites en predios intransitados. Perfectamente coherente para una agrupación liderada por alguien que fue expulsado del Instituto de Bellas Artes. Incontenible por su rebeldía que sí tuvo siempre mucho sentido. Desde aquellos inicios como una compañía de rock teatral con virutas circenses y performáticas hasta los himnos para los pogos más grandes del planeta, pasando por cucharadas de blues que nos hacen de bálsamo y nos desintegran la ropa.
Qué curioso (aunque tal vez no) que el Indio haya demostrado aún en la adultez reciente su curiosidad por el presente. Ante lo mal que envejecen la mayoría de los referentes de nuestro rock, se vuelve inusual, una vez más, Solari, que renegaba con la facilidad de desconectarse de las juventudes y apostaba a escuchar a artistas jóvenes que le quedaban lejos musicalmente pero quizás más cerca de lo que muchos creen en algo potencialmente más importante: la búsqueda. La exploración para encontrar cofres de tesoros de reflexión y rebeldía, de potencia y representación local. Hasta se encargó de resaltar a quiénes creía él que estaban allanando una nueva y original forma de llegar al éxito verdadero, al éxito auténtico del artista, como hizo aquella vez en la charla con el medio Gelatina al hablar de las pibas de la música actual, o con sus mensajes de apreciación a personas como Wos o el Malandro. Allí y en tantas otras cosas siempre fue posible ver su generosidad, su apertura. En las antípodas del arquetipo de “viejo meado”, y nunca resignando su forma de ver el mundo, ni que lejos de aquella visión podía haber otras de las que nutrirse. Una verdadera valoración de lo popular y sus fibras más sensibles por encima de todo. Por encima de enormes estadios, por encima de entrevistas mundanas o inocuas, por encima de las joyas fantasía del éxito de lo obsecuente.
Si hay algo singularmente poderoso es el milagro argentino del Indio Solari y de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Un milagro que tuvo desenlace como banda, coincidentemente, en el 2001, un año cicatriz en el cuerpo de nuestro país, y un año en el que la principal sonda que dio vida y fuego a varias generaciones fue justamente su música. Y un milagro que, como todo milagro, no se apaga sencillamente con una separación. Ni siquiera con una muerte. Queda sellado a fuego y soplando brasas en los corazones.
Un milagro totalmente, específicamente, incandescentemente argentino. Un diamante austral que no soltaremos jamás. Intraducible, inabarcable, inexplicable. Un producto que nos recuerda que lo que se exporta no es per se lo mejor, que puede haber cosas nuestras, íntimas, que son personales y a la vez colectivas, sólo para nosotros. Por y para nuestras calles. De tierra, de asfalto, de adoquines, pero nuestras. Qué nos importa lo que pienses, es nuestro y nos infla el pecho cada vez que suenan meros segundos de la introducción de cualquiera de sus canciones. Hay algo en la belleza de aquel desinterés por la validación que es una perla en el Riachuelo.
Como es de esperarse, la mejor despedida no es la que podemos hacerle nosotros a él, sino la que él ya nos hizo a nosotros en su autobiografía de 2019, que escribió junto a Marcelo Figueiras: “A la hora de irme, me gustaría hacerlo a la manera de Leonard Cohen: levantándome en mitad de una partida de póquer sin llamar la atención, dejando las cartas sobre la mesa, sin interrumpir el juego y con la confianza de que mis compañeros no darán vuelta los naipes para adivinar qué me traía entre manos. Me gusta por lo austera, esa idea: irse callado, sabiendo que llegó tu momento de perder y sin distraer al resto de los jugadores, que merecen seguir adelante. ¡Con lo que cuesta armar un full…! Hoy más que nunca suscribo eso que decía hace más de treinta años, en uno de los recortes de prensa que encontramos en las cajas: sólo aspiro a que la muerte me encuentre vivo.”
Hoy transitamos una época que día a día nos golpea a quienes siempre nos hallamos a nosotros mismos en las filosofías que el Indio nos ha acercado. Seguimos, seguiremos, encontrándonos en él, refugiándonos en él. Múltiples generaciones criadas entre los violentos arrumacos de belleza de Patricio Rey y de sus Fundamentalistas sin duda pasaremos la antorcha. Porque nos cambió la vida, nos quitó mil vendas de los ojos, nos hizo aprender y habitar la humanidad de otra forma.
Este asunto está ahora y para siempre en nuestras manos.














