Teo No: “Hay que pedirle menos a la canción”

Conversamos con Teo No, una de las piezas centrales de Senda Discos y la nueva generación de cancionistas bonaerenses, por la salida de "Poesía Nacional", su flamante disco debut.

Si reunís a doscientas personas en una sala, el compositor no va a tardar en hacerse notar. No pasa por si lleva una guitarra en el hombro. Tampoco por una cuestión áurica o que trascienda lo corporal. Se cuela en la forma de decir, de pensar, de describir ciertas emociones. El compositor corre con un privilegio que es, en igual proporción, una condena. Tiene un mirador del universo reservado solo para él. Así, ve cosas que los demás no, con todo lo que eso implica: puede contemplar con lujo de detalle los mejores paisajes, como también sensibilizarse a fondo ante catástrofes aberrantes. Y, sin importar lo que tenga delante, apenas se empeñe en describirlo padecerá de incomprensión. Porque escribir canciones es hablar un idioma intraducible. Y Teo No lo habla con fluidez.

Desde “Calor Digital” (2022) y “Antagonista” (2024), sus primeras publicaciones, Teo se empecinó en la ardua tarea de calcar emociones inmensas en canciones minimalistas. Pero su fuerza creativa siempre le pidió abrir el juego, encontrar algo más grande que su voz y su guitarra. La materialización de Senda Discos, sello que cofundó junto a Santi Toranzo, lo ayudó a dejar de cantarle a las paredes de su habitación para empezar a cantar en ronda. 

Poesía Nacional” (2026), su LP debut, fue producido junto a Toranzo mientras convivían y retrata este período de colectivización, de hallar compañerismo en medio de una travesía habitualmente solitaria. También señala un viraje en el acercamiento de Teo a la composición: de la solemnidad del bedroom folk hacia un rock que se anima a llorar tanto como a reírse. Un collage de referencias, reflexiones y chistes internos entrama la curiosa combinación de una música que no se toma a sí misma tan en serio y que, a la vez —en lo que a su autor respecta—, es lo que más importa en el mundo. 

En una dimensión más profunda, el disco abraza el encuentro como fenómeno ordenador de la experiencia humana. Inmerso en un presente desalentador a nivel social y nacional, Teo apela a la presencialidad como medio esencial para encontrar “la paz en la violencia”; el único antídoto para mantener la frente en alto, incluso cuando nuestros tiempos nos invitan a hacer lo contrario. “Poesía Nacional” cabe en el brindis de un grupo de amigos en un bar, en la baldosa con la que nos tropezamos día a día o en la contradicción andante que es la juventud. Allí donde manda el doomscrolling y pesa mirarse a los ojos, empaparse de vida también se vuelve un acto de valentía.

Nos reunimos la noche previa a la salida del disco en “El Palacio”, hogar de Teo y Tomás Kadijevich, espacio de trabajo de Santi Toranzo y punto de convergencia de todo Senda Discos que, acompañado de una fila de invitados especiales, está por juntarse a celebrar el nacimiento de una obra muy importante para su colección.  


¿Cómo arrancaste a hacer música? 

A fines de la primaria hice el recorrido tradicional que hicieron todos mis amigos, desde el que ahora es ingeniero electrónico hasta el que sigue siendo músico: agarrar la guitarra y empezar a sacar temas de los Beatles. Me pregunto si los pibes de doce años todavía lo siguen haciendo. En ese momento era un boom. Si había fogón o si querías impresionar a la chica que te gustaba del curso, tocar la guitarra era la que iba. Desde el primer momento lo que más me gustó fue el ejercicio de componer. En la secundaria armé una banda medio jodona y en paralelo tenía canciones más sensibles que me guardaba para mí. Varias nunca vieron la luz y si quisiera tocarlas hoy, no me las acuerdo. Nunca estuve en los eventos de bandas del colegio, porque la que tenía funcionaba por fuera. Y a los temas que escribía aparte no los tocaba. Lo tenía todo tapado. De hecho fui al colegio con Lisa Scha y, aunque nos veíamos en esa, tampoco armamos sociedad musical. Todo eso pasó más adelante, en la vida adulta. 

¿Cuándo destapaste todo lo que venías tapando en ese momento?

En la pandemia hice muchas demos en la compu. Ahí me di cuenta de que había algo. Me permití jugar y empecé a darle otro lugar a hacer canciones, a destinarle la energía que en la secundaria no le había puesto. En 2019 fue la primera vez que me mandé a dar un show yo solo con la guitarra, así que los temas ya estaban ahí. Pero el antecedente más directo de lo que estoy haciendo ahora fue ese empalme entre dejar la banda de mi adolescencia, hacer todo lo que hice en pandemia y salir de ahí con otra cabeza. Con mi rol como compositor más asumido, si se quiere. 

En “Calor Digital” y “Antagonista” está bastante presente ese elemento sensible que asociás a tus primeras canciones. ¿De dónde vino toda esa carga emocional?

Creo que vino de un desarrollo muy blanco-negro de lo que creía que una canción tenía que tener para conmover. Como oyente siempre me gustó ese color, esa cercanía. En “Antagonista fui fuerte al medio. Contraintuitivamente, lo compuse antes que “Calor Digital”, así que es más primitivo. Está ‘Las Plagas’, que tiene eso de la balada triste en la que al final entra toda la banda. Es un buen laburo, pero ya no resueno con esa búsqueda. A la vez, hay elementos que son mucho más difíciles de volcar que: “¡Mirá qué emocionante! ¡Mirá cómo entra el bajo!”. Tardé en juntar el lado sensible con el lado jodón con el que jugábamos en la banda. Ahora empecé a meter chistes que son para mí o para que solo los cacen mis amigos. Comencé a divertirme más en el proceso de composición. Y sobre todo, solté esa búsqueda de hacer un temazo. A todas las canciones de “Poesía Nacional” las compuse después de sacar “Antagonista”. Había algo que necesitaba ser destrabado. 

Te iba a preguntar si ser compositor es ser melancólico por naturaleza, pero por lo que veo aprendiste que no, que se puede conmover sin ser solemne.

Sí, para mí es un mandamiento buscar otras alternativas, pensar la canción desde otro lugar. Y no pedirle tanto tampoco. Con Santi [Toranzo] hablamos mucho sobre hacer el ejercicio de darle la misma bola a la canción boluda que a ese tema que pensás que es un hitazo. Es llevar las cosas al máximo: si vas a ser un goma, sé un goma a fondo; si vas a dar una vuelta de tuerca, dale una vuelta de tuerca a la vuelta de tuerca. Lo mismo con lo absurdo, con lo liviano o lo despreocupado. Hay un montón de formas de hacer un tema. No es que las conozca todas, pero sí me parece naif pensar que solo responde a ciertas características. Desde ya, partimos de la base de que una gran canción para mí puede no serlo para vos y viceversa. Todos tenemos esos himnos intocables que si nos los bardean nos vamos a las trompadas. Creo que hay que tomarnos menos en serio, tanto a nosotros mismos como a las canciones. Sacarle un poco de peso a “crear”, que a veces se vuelve una palabra enorme.

Ahora que lo pienso, en “Poesía Nacional” hay muy pocos estribillos. 

Y tampoco es que haya sido a propósito. Cada canción tomó el cauce que tenía que tomar y para muchas fue no tener estribillo. Creo que no pierden nada por no tenerlo. En un mundo tan algorítmico, siempre surge lo de: “¿Pero cómo se va a enganchar la gente?”. ¡Andá a saber con qué se engancha la gente! ¡Hoy se engancha con una cosa y mañana se engancha con otra! Si pensás mucho en eso, estás siempre persiguiendo una zanahoria y dejás de hacer las cosas para vos. Parte de comprometerte con lo que componés es darte cuenta de que lo hacés para nadie más. De ahí salen las cosas que no quedan en la fórmula. 

Muchas veces me da la sensación de que escribís en acertijo. ¿Encontrás valor en eso o si pudieras ser más directo lo serías? 

Me gustan las canciones que nombran las cosas de costado. En mi caso no es una cuestión totalmente intencional, pero sí ubico ese recurso en la música que me gusta. Entre Spinetta y Calamaro, resueno más con Calamaro, porque no me gusta tanto la indefinición por la indefinición en sí misma. Tampoco es Fito Páez, que en una canción te puede contar toda su vida. Creo que Andrés es directo, pero elige serlo de una manera muy poética. Es un punto intermedio que me seduce, porque da lugar a interpretar algo diferente en cada reescucha. Yo no me considero un compositor complejo, estoy parado en el hemisferio de lo directo. Aunque también tengo la curiosidad de encontrar una cierta manera de decir las cosas. Me gusta picotear del misterio. 

La Mudanza’ es la canción del disco que mejor encuentra ese balance, esa poesía de lo directo. Además hay mucha transparencia en la toma de voz, una fragilidad que no miente. ¿Cómo fue grabar eso? 

En general, desde que compongo y grabo una primera maqueta hasta que le hago un demo en la compu pasa mucho tiempo. Me quedo mucho con la versión a guitarra y voz. Esta canción habla de las contradicciones que vienen después de una separación. Y en esa primera versión cruda, la voz estaba el doble de desgarrada de lo que terminó quedando en el disco, porque la grabé con el sentimiento de recién haberla escrito. La maqueta circuló. Lo voy a quemar un poco a Santi, pero me llegó a decir que la escuchaba cuando tenía ganas de llorar. Había un appeal en esa voz rota. En la etapa de producción grabé una voz doblada, con una toma grave y una aguda. Y muy poco antes de mandar a mezclar decidimos quedarnos solo con la aguda para volver a la sensación del demo. Así que es muy loco que traigas lo de la voz, porque es la espina dorsal del tema. Es donde mejor ubicada queda la crudeza. Me hace sentir muy expuesto, pero también es la gracia que tiene. 

La destreza de Santi como productor se conoce en gran parte por su trabajo con Lisa. ¿Qué podés contar vos sobre trabajar con él? 

Santi es un científico loco. Es un gran partenaire, encontré mucho confort en él. Este disco lo hicimos viviendo juntos, entonces se daban esas situaciones de cruzarnos en la cocina, tomar un mate mientras hablábamos de cómo avanzar un tema o grabar medio pasados de rosca tomando birra. Es muy importante sentirte cómodo con quien estás laburando. En un primer momento pensé en acudir a un productor de “la industria musical”, pero elegí producir con un amigo, que da la casualidad de que es un monstruo y, en mis libros, un músico generacional. Trabajar con él fue un lujazo, una experiencia muy positiva. Por eso decidí que también voy a producir mi segundo disco con él. 

La canción que le da nombre al disco en un sentido me remite a ‘Costumbres Argentinas’. Abraza ese gen salvaje y caótico que tenemos, lo toma como parte de una identidad que todavía no terminamos de poner en palabras. ¿Qué imagen te despierta a vos? 

Hubo una duda en mí antes de decidir nombrar el disco como este tema. Ahora está muy en auge el uso simbólico de lo nacional. En un mundo de clips, de fragmentos, llegué a dudar de que el concepto quede asociado a algo panfletario y oportunista. Al final decidí cantarle retruco a eso. A mí esa canción no me lleva a lo nacional por lo nacional y nada más. No es un “Vamos, vamos Argentina / vamos, vamos a ganar”. Es un remate a una vorágine de la juventud, a la duda que uno puede tener de uno mismo. A veces lo personal se vuelve social o lo social puede hacernos sentir representados a nivel personal. Y es muy loco lo que nos toca como generación, de estar en un momento turbulento de nuestras vidas y a la vez en uno de nuestro país. La canción trae una idea medio hedonista que me atraviesa en lo personal y a la vez creo que nos representa a nivel cultural. 

También hay algo de justicia poética en llamar poesía a algo que a primera vista no lo es. 

La poesía justamente no es algo tan conclusivo. Es una foto, una captura de un momento. Es misteriosa y pocas veces te deja todo tan servido como sí otros escritos. Creo que “la paz en la violencia es poesía nacional” es eso contradictorio de: está todo mal, pero lo que nos llena es lo poético. Que no es algo positivo ni negativo, sino que pasa por otro plano. 

En esta canción decís: “Me hice a la idea, cantaría si nadie me escucha”. ¿Cómo llegaste a esa conclusión? ¿Qué peso tiene?

Es algo lindo a dejar escrito para la posteridad. Me gusta como manifiesto decir cantando que cantaría si nadie me escucha. Un poco porque quería decirlo. Y otro poco viene porque escribí el tema en 2022, cuando Senda ya estaba más establecido. Después de conocer a los chicos empecé a tener un poco más claro por qué hago lo que hago y por qué no lo puedo dejar de hacer. Una charla que se da mucho cuando te sentás en un bar a las dos de la mañana con cinco personas que hacen música es: “Yo no puedo dejar de hacer esto”. Hay algo más allá de mí que no me deja. Y a la vez entiendo que lo que hago es para mí. Incluir esa frase en la canción fue un mimo a un Teo más enroscado, al que le importaban cosas que hoy entiende que no son tan importantes. 

Pensando en Senda, ¿qué representa para vos haber encontrado un grupo de personas que esté en la misma sintonía que vos?

Es un alivio, boludo. En estos tiempos hay muchas realidades conviviendo, una es la que habita dentro de la caja negra que es el celular. Hoy por hoy es imposible hacerlo solo. Estás constantemente incentivado a dejar lo que te apasiona, a quedarte con el refrito del refrito del refrito y a pensar en que hay una sola manera de hacer las cosas, porque es la que garantiza que te vaya bien. Entonces encontrarte con gente que vea la música como la ves vos, o que la vea diferente pero comparta el sentimiento, es muy importante. Si un día te creés García o te creés un muerto, te ayuda a tener los pies en la tierra. El sentido de comunidad es imprescindible, aunque todo tienda a alejarnos de eso. Nosotros estamos orgullosos de habitar el under. No es que Senda Discos tenga un gran plan empresarial ni quiera ir a reventar la industria. Nuestro lugar está en el armado de esta comunidad. Quizás el cripto bro que está súper metido en ganar guita no se permita pensar de esa manera y se quede solo. Para mí Senda es un combustible. 

Santi dice que como CEO de Senda es más hippie y que vos sos más metódico. Desde ese lugar, ¿qué idea de desarrollo le cabe a un sello que no pretende tanto de la industria?

Hay apuestas importantes que tienen que ver con hacer crecer lo que está. Acercar a la gente a lo que ya hay armado y hacerla sentir parte. Eso únicamente lo podés impulsar haciendo. Además nos entusiasma, porque no había ninguna garantía de que fuera a pasar. Después está mi lado inquieto, que siempre busca qué se puede hacer desde el sello, como ponerse las pilas en programar fechas. Algo de eso está en el ciclo que empezamos con Tomi [Kadijevich] un domingo por mes acá en casa, donde siempre toca alguien de Senda, alguien por fuera y se retroalimentan entre sí. Eso me lleva a otra cosa que buscamos que es la presencialidad. Es central encontrar lugares en los que tocar gratis, despojados de los intereses económicos de cortar tickets que tiene el mainstream. Que sean espacios en los que te puedas encontrar, tomar una birra, mirarte a los ojos con un otro, escuchar y ser escuchado. Hay algo que odio y es el uso que se le da hoy a la palabra “performático”. Tenemos mucho miedo a que nos gusten las cosas que le gustan a los demás. Senda es un sello al que no le afecta la maldición del cringe. Es un mal de época que te invita a que te acobaches y no compartas. Nosotros combatimos esa pose y, de la mano con eso, tratamos de estar lo más predispuestos posibles a dejarnos atravesar por nuevas experiencias. Así conocimos personas que sienten la canción como nosotros en otras provincias. Hay un montón de gente en la misma. Un ejemplo es Cundo y la gente de Sello Errante, en Santa Fe. También está Mailén [Pankonin] acá en Buenos Aires, Gaby [Caniza] y todos los chicos de Comodoro. No hay un enfoque corporativo de “si no es mío, no me interesa”. Al revés, el punto es conocer, dialogar, compartir. “¿Cómo nos vamos a pelear? Somos mujeres del espectáculo”. 

Escuchándote en vivo me llevé una sensación particular: no cantás hiperafinado ni buscás un sonido hipervanguardista, pero en todo ese caldero hay algo que contagia, algo que traspasa. ¿Qué es lo que te gustaría que distinga a Teo No? 

A veces me siento un chanta. No me considero un gran cantante ni un músico talentoso, en el sentido estricto de la expresión. Sí creo que soy muy genuino. No sé si demasiado, incluso. A veces me pregunto si debería construir un personaje, teatralizar algo alrededor de mí, pero no me sale. Soy el mismo cuando me subo a cantar que cuando estoy hablando con alguien abajo del escenario. Al final lo que mejor hagas va a ser en lo que más sientas que sos vos mismo. 

Antes hablabas de la poesía como foto de un momento. ¿De qué te gustaría que sea la foto “Poesía Nacional”?

Es un disco muy de mis veintis. A veces uno queda odiado con lo que hace, pero a día de hoy le tengo mucho cariño porque es muy de este instante. De vivir en esta casa, de compartir con esta gente, de una época muy particular del país y de cómo lo transité. Al final del día es mi primer disco y esa identificación la va a tener siempre. Pero más allá de eso, es una foto muy linda de una etapa. Refleja muy bien dónde estuvo mi cabeza en este tiempo. Lo que me gusta mucho de los discos es que te permiten hacer un recorrido por la vida de la persona que los escribió. Ese vínculo con la eternidad es lo que me da ganas de hacer el siguiente y el siguiente y el siguiente. 


Escucha "Poesía Nacional" (2026) de Teo No en Tidal, Apple Music, YouTube y Spotify:

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