Las cuatro etapas del sikuri

El sikuri puede ser considerado un género, una tradición, un rol, una danza y hasta parte natural de un paisaje, pero ¿qué pasa si lo pensamos como símbolo? Trazamos una línea desde los registros etnomusicológicos hasta Joshua Chuquimia Crampton.

El otro día estaba viendo unos buenos memes y me encontré con este que, según Know Your Meme, hace referencia a una teoría de Jean Baudrillard. No sé mucho sobre Baudrillard así que voy a limitarme a usar la imagen como plataforma para presentar lo que pienso que son cuatro etapas de la realidad en el sikuri. 

El sikuri es una tradición musical proveniente de la cordillera de Los Andes. Se caracteriza principalmente por el uso de sikus, zampoñas o flautas de Pan. A veces también es acompañado por otros instrumentos como quenas, charangos o erkes y muchas veces también -casi siempre- es acompañado por tambores que van marcando el pulso de la sikureada. 
Podríamos abrir el debate sobre la correcta forma de denominarlo, ya que sikuri, en realidad, es el nombre que adquiere la persona que toca el siku. Como no hay una consenso sobre la desambiguación de estas categorías, vamos a usar sikuri para referirnos a esa cultura musical espectacular de difícil abordaje por su diversidad de estilos, toques y orquestaciones, que dependen tanto de la región en la que se ejecute como en el tiempo histórico de esa ejecución. 
Ahora bien, volviendo al meme, las cuatro etapas del sikuri:



Etapa 1: “El signo es es una imagen o representación de la realidad básica”


Sólo basta con escuchar uno de los tracks del álbum "Traditional Music of Peru", editado por el sello Folkways en 1958, para escuchar un sikuri de los puros puros. ‘Kacarpari‘ (el primero de ellos, ya que el álbum contiene dos con el mismo nombre) tienen todo el sabor del sikuri andino de antaño. Y este sabor está disponible por el trabajo de etnomusicología que hacía la Folkways, grabando músicas folklóricas de todas las latitudes y longitudes del globo. Es decir, la grabación está hecha in situ, en una sikureada de verdad, acá no hay estudio de grabación, ni mezcla, ni master, ni nada que se le parezca. ¡Está grabado en mono! No estamos en épocas aún de llevar una gloriosa Tascam DR-100 o una Zoom H4 y meter dos mics para hacer un estéreo. No m’ijito, esto es puro sonido sikuri monofónico de verdad. La grabación refleja una realidad básica: cómo sonaban los sikuris andinos que, según Edgardo Civallero, “eran tocados desde Pascuas hasta Todos los Santos”.

Si bien podría objetarse que nunca sabremos en realidad cómo era el sonido de un sikuri de antaño en un tiempo y lugar particulares, vamos a tener que servirnos del álbum de la Folkways para intentar develar ese misterio lo mejor posible. Recordemos que estamos ante un signo, no podemos acceder al objeto.
"Traditional Music of Peru" sólo consigna el nombre del track, ‘Kacarpari‘, y que está tocado por “músicos de Huaraya”. No hay nombres propios, ni de sujetos ni de la orquesta, ya que -según lo que pudimos recabar- no había conjuntos de sikuris con nombres como los hay en la actualidad, sino que solamente eran músicos de determinada región al servicio de este género estridente y festivo. Cabría hacer un apartado para pensar si el sikuri es o era una música ritual o de alguna manera litúrgica, pero excede al objetivo de estas páginas así que eso se lo dejamos a los que saben. Cabe destacar es que en ‘Kacarpari‘ podemos escuchar el famoso chuta chuta -descrito eficazmente por Civallero- que es ese salto repetido entre dos notas al final de una frase. Salto que carecen otros sikuris grabados in situ por la Folkways como son ‘Quenita‘, ‘Saucecito‘ y ‘Kollauita‘ del álbum "Instruments and Music of Bolivia", editado en el mismo sello pero en 1962. Cabe preguntarse si el chuta chuta no se encuentra en estas obras por ser bolivianas y no peruanas. No tenemos la respuesta aún y tal vez vos tampoco sepas de qué estoy hablando cuando digo chuta chuta pero no te preocupes que lo retomamos en la Etapa 2 😉 


Etapa 2: “El signo enmascara una realidad básica. La imagen se convierte en una distorsión de la realidad”

El álbum "De Nuestro Pueblo" de Markasata es una bomba. No tiene desperdicio, de principio a fin. Y uno de sus tracks volverá, no como tragedia ni tampoco como farsa, sino como cover, en la Etapa 4. 

Fue co-editado en 1998 por Lyra y Discolandia según consigna Discogs. Asimismo el portal nos habla de un álbum “partially mixed”, es decir que aquí sí podemos encontrar una mezcla de estudio. Y es que "De Nuestro Pueblo" no es un compilado de etnomusicología como los de la Folkways sino un disco producido y grabado como Dios manda. Pero hay un truco: el álbum busca que el sonido sea el más fidedigno a la experiencia de escucha del sikuri in situ. Contiene unas reverbs que otorgan espacialidad, buscando que nos traslademos hasta Huayrocondo, en la provincia de Los Andes, del departamento La Paz, de donde el grupo es oriundo. Y sí, claro. ¿Esperaban que nos remontemos hasta alguna localidad pequeña en la punta de la cordillera? No, ahora estamos en la capital de Bolivia, finiquitando el Siglo XX y tenemos a nuestra disposición una ciudad y un estudio de grabación, al contrario de lo que la tapa del álbum nos quiere hacer creer (o, para ser benévolos, al objeto que busca referenciar).
No sólo las reverbs vienen a demostrar el artificio, sino que también durante algunos tracks instrumentales podemos escuchar la voz de una especie de animador/agitador que va tirando frases o simplemente sonidos no lexicales, una especie de maestro de ceremonias del sikuri, algo que puede escucharse muuuy de fondo en ‘Kacarpari‘ y que allí no está tan presente por las condiciones de esa grabación.

Centrémonos en ‘Ch’uta‘. El track empieza con un bombo bien reverberado que da paso al ingreso de los sikus, junto con una especie de silbato y al animador hablando. Otra cosa, se incorpora el redoblante, instrumento inexistente en las grabaciones de la Etapa 1, al igual que el silbato. Esto ya nos da una pauta de cómo estas expresiones se fueron actualizando con el paso del tiempo. ‘Ch’uta‘ incorpora también un cambio de tempo o bpm sobre la segunda mitad del track, que lo vuelve impresionantemente fiestero y manija. Luego, la voz del animador nos dice “se va, se va” y la dinámica de toda la instrumentación se vuelve más tenue, sólo por un momento, en una especie de broma al escucha, para luego volver con mucha más fuerza y terminar el track a todo ritmo con bombos y silbatos, literalmente. Si bien la realidad del primer sikuri -¿el OG?- ha sido enmascarada nos encontramos con una obra de muchísima fuerza y gran producción. ¿Pueden escuchar los saltos entre dos notas que se formulan cuando terminan los fraseos? Ese es el chuta chuta y Markasata es boliviano, así que descartamos una norma de estilo de tal o cual país. ¿Encontraremos el chuta chuta en la Etapa 3? La respuesta no los sorprenderá.
 

Hasta acá la Etapa 2 pero no quiero finalizar estas líneas sin recomendarles que escuchen ‘Forasteros‘, en principio porque es buenísimo, va a un bpm más lento, es como doom metal de sikuris y en segundo lugar porque lo retomaremos en la Etapa 4, como bien les dije. 






Etapa 3: “El signo marca la ausencia de la realidad básica. La imagen nos hace preguntarnos qué es la realidad y hasta si ella existe”



En 2004 el sello Inbofon edita "El Zenit Supremo del Todo es la Nada" del grupo Chacaltaya. Tremendo título, ¿no? El álbum se presenta con una tapa fantástica que contiene un cerro -¿acaso el Illimani?- rodeado por una suerte de cosmos-manchas de pintura y a sus pies, una manada de llamas. No termino de distinguir si la foto es real o es un montaje y a los fines de nuestra columna no importa, pero si es un montaje llamen al diseñador gráfico y díganle que lo quiero mucho.
El álbum contiene tracks que bordean la liturgia pagana como es ‘El Eco‘ que incorpora unos coros iglesieros que te ponen los pelos de punta y con dos secas de más te meten en una secta.

Pero vamos a lo que nos compete: ‘Sikuri‘. Ya de por sí su nombre nos dice que estamos en la senda correcta del análisis. Abre con un efecto de sonido que simula, pongamoslé, un viento andino. Tampoco estoy seguro de si es la grabación de un viento o un efecto de los que traían los teclados CASIO en los 90, pero he ahí el primer signo que nos marca la ausencia de la realidad. Luego, entran unos erkes, pero que tampoco sé si son erkes o si también hay un sintetizador haciendo una nota en los bajos. Y es que ya nada es real. Estamos en 2004, cualquier instrumento musical es fácilmente reemplazable por una librería de sonido o un sintetizador digital que logre emular -o al menos acercarse- al sonido del instrumento real. 
La intro decrece en fade out y en fade in entra una atmósfera digna de Enio Morricone, con charangos, cuerdas de sintetizador que emulan violines y, ahora sí, los sikus. La pregunta por si los sikus son reales o son sintetizados está a resolver. Mi voto: hay uno real y otro que no. Pero aún cuando se hubiesen grabado los sikus, su sonido pierde la gracia de estar acompañado por un grupo de pares. Porque la esencia del sikuri como género es la de la sonoridad que resulta de la unión de un conjunto de sikus. Sólo a través del conjunto, los sikus tienden a producir sus armonías disonantes o sus melodías formadas por un canon de pregunta-respuesta. En ‘Sikuri‘ de Chacaltaya sí hay pregunta-respuesta, de hecho hasta puede escucharse claramente el chuta chuta, pero la potencia del grupo de sikuris (los ejecutantes) se ha perdido. Por supuesto que Chacaltaya es consciente de esto, ya que su objetivo -creo- no es lograr emular un sikuri como si estuviese en las fiestas de la región de Puno, sino más bien crear una reversión del género atravesado por la tecnología del estudio, los MIDIS y una orquestación mucho más compleja (en el sentido armónico de la música académica occidental). De todos modos, el tema es espectacular y vale la pena ser escuchado. ¿Por lo menos hay algo que emula un siku, no? Prepárense para la Etapa 4.

Etapa 4: “El signo no guarda ninguna relación con ninguna realidad. Es sólo su puro simulacro” 

Joshua Chuquimia Crampton es un artista de ascendencia aymara que vive en Estados Unidos. Él y su hermanx Chuquimamani-Condori vienen trabajando de forma incesante sobre la tradición musical de sus ancestros aggiornada a los sonidos de hoy. El año pasado, el dúo, bautizado como Los Thuthanaka, sacó un disco del mismo nombre en el que incorporan huaynos, caporales, kullawadas, entre otros ritmos folklóricos de Bolivia. El álbum es fantástico, de muy alto vuelo, texturado y excitante. Pero ahora no es hora de hablar de Los Tuthanaka sino de lo que le compete a esta columna y eso es "Profundo Amor", del ya mencionado Joshua. El álbum fue editado por su propio sello, Puro Fantasía, y contiene once tracks de los cuales dos son sikuris. Ok, ¡me atrapaste! No son sikuris per sé, sino más bien covers de sikuris hechos con una guitarra eléctrica con una tonelada de efectos. Y el track que me interesa destacar para seguir con mi argumento memético baudrillariano es ‘Forastero (sicureada)‘.

Como bien ya se dijo, ‘Forasteros‘ es original de Markasata. No les dije pero Markasata significa “de nuestro pueblo”. Sí, a pesar de tener diferentes nombres, el álbum y la orquesta de la Etapa 2 son homónimos. Ahora bien, Chuquimia Crampton lo retoma, pero cambia el plural por un singular. La decisión no parece indeliberada sino más bien una búsqueda. Me arriesgaría a decir que una persona descendiente de bolivianos viviendo en Estados Unidos puede sentirse un forastero, pero ya entraríamos en el terreno de la especulación así que vamos a dejar eso ahí. ‘Forastero (Sicureada)‘ es un trackazo que ya desde el nombre explicita la cita. Pero con una condición, no hay ningún siku en ese sikuri. Es, como el nombre del sello de Joshua indica, pura fantasía. Aquí el signo no guarda relación con ninguna realidad. Aun así el cover dialoga fantásticamente con el original. A través de una serie de efectos, Joshua logra que su guitarra suene con una suerte de nota de acompañamiento que rememora los intervalos armónicos de los sikuris. El sonido es más bien metalero con alguna atmósfera shoegazer. Hay algo de extraterrestre en ese sonido y tiene sentido que hable de forasteros, algo que no es de esta tierra.

Tan atractivo, como lo era Siringa para Pan, es este instrumento y este género musical que en nuestras tierras latinoamericanas puede rastrearse hasta las antaras del 300 a.C. Lamentablemente, no tenemos registros sonoros de aquellos toques. Sólo nos queda ver, como memes del pasado, iconografías y vasijas escultóricas que nos representan la realidad básica de esta intrigante historia. 

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Publicado el 01/09/2026
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