Atalaya del Jazz nace como un punto de observación privilegiado: una torre desde donde mirar el campo amplio y movedizo de un género que nunca dejó de transformarse. El último sábado de cada mes intentaré no solo abordar y analizar discos, sino y sobre todo pensar cómo suenan hoy la tradición, el cruce de géneros y la búsqueda de nuevas formas de narrar con música.
En esta séptima edición, les traigo “We dream” (2026), de Lakecia Benjamin.
La tradición del jazz contemporáneo encuentra en la escena neoyorquina un escenario ideal en el que el linaje clásico choca de frente con las inquietudes de nuestro presente. En ese mapa en constante transformación, Lakecia Benjamin se ha consolidado como una figura insoslayable y prometedora. Tras sobrevivir a un accidente automovilístico casi fatal que decantó en el aclamado “Phoenix” (2023) y sus consecuentes nominaciones al Grammy, la saxofonista debuta en Artwork Records con “We Dream”, un disco nacido como respuesta directa al estado actual del mundo. Lejos de buscar el virtuosismo individual, Benjamin reclutó a un equipo de colegas tan talentosos como ella para construir una declaración colectiva. La obra se despliega como un viaje narrativo que fusiona el jazz espiritual con el Hip Hop y el spoken word, persiguiendo una convicción inquebrantable: cuando la realidad se vuelve demasiado oscura, la música tiene el deber de encender la luz.
El primer gran eje que tracciona este disco es el diálogo ineludible con la tradición y, muy especialmente, con el fantasma de John Coltrane. Esto queda en evidencia en temas como ‘Beyond the dawn’, que quizás se configura como el corte de difusión más sólido del disco. Su melodía principal evidencia una fuerte impronta de clásico, de standard, de canción que se seguirá interpretando por cientos de años. Sin embargo, no es solo la melodía lo que recuerda a Coltrane: Los rimbombantes platillos, el repiqueteo del bombo, el caótico piano haciendo discontinuadas y asincopadas melodías y el contrabajo que contiene todo dan forma a esa especie de inestable estabilidad, de tensa calma en la que todo oyente se zambulle apenas comienza el tema. Esta es la fuerte reminiscencia a aquel maestro del tenor, más específicamente a su etapa coronada por “A Love Supreme”, donde experimentaba con estos elementos en busca de algo superior. Por su parte, Lakecia y su saxo alto no se quedan atrás. Los breves pero potentes pasajes experimentales, repletos de improvisación de cada instrumento a la vez, cobran sentido con el retorno de la melodía, siempre ordenadora. Es por eso que la canción le hace honor a su nombre: sin ir por la senda del jazz espiritual, emprende la infinita búsqueda de un nuevo elemento que se encuentre más allá, pero lo hace fusionando el bop tradicional con arreglos propios del UK jazz, corriente que viene dominando la escena hace casi 10 años. Esta compleja construcción sonora cobra una densidad singular gracias a una sección rítmica infalible, anclada por el baterista Jonathan Barber y el bajista Elias Bailey, quienes sostienen el andamiaje para que los solistas puedan volar sin caerse.
Como contrapartida al peso del linaje bop, el ensamble propone una dinámica horizontal donde el jazz abraza la pulsión urbana y la experimentación posmoderna. Es con ‘Mi gente’ donde el disco comienza a tornarse tramposo, haciéndonos creer que tiende hacia un lugar ameno, apacible, cuando repentinamente vira hacia otro. Es que la suave melodía del primer minuto invita a pensar que se trata de un interludio, que no durará más que eso. Sin embargo, la repetitiva y rota línea del piano emerge sin aviso y tiñe de otros tintes la canción, dando vuelta por completo el panorama. El bajo es quien hereda esa línea casi sambeada desde el piano, sirviendo de una base firme y oscura para que el resto de los instrumentos puedan improvisar. Al saxo alto se le suma otro viento: la trompeta del invitado de lujo que confirma Cristian Scott, renombrado como Chief Adjuah. Juntos, logran que la melodía cobre más fuerza en cada retorno y tienda más y más hacia caos controlado, todo siempre al compás de la intrépida batería que marca el curso de la interpretación con vehemencia. Lo interesante es cómo ninguno de los componentes de la canción renuncian al protagonismo: no hay instrumento que se resigne a un rol secundario, sino que todos ocupan el escenario principal a la vez. Esta dinámica horizontal refleja a la perfección la intención de la líder de centrar el intercambio cultural y el movimiento colectivo, como un recordatorio de que la comunidad funciona justamente cuando todas las voces sostienen el mismo peso rítmico.
En esa misma línea disruptiva aparece ‘Flame Keeper’, donde Lakecia, al menos momentáneamente, se aleja por completo de las influencias más clásicas del género para inscribirse en la nueva corriente que viene reinándolo en el último tiempo. De esto se encarga el sintetizador que se une con completa naturalidad a la banda, aportando una tinte lúdico y juguetón que hasta ese momento el disco no tenía, aunque su melodía suene bastante rasgada a su vez. Y, aún así, el saxo alto encuentra los intersticios para jugar también a su manera: histéricas y breves combinaciones de acordes alcanza un clímax de lo más original, no solo para la escena actual sino para la propia Lakecia, que hasta entonces no había profundizado en esta búsqueda posmoderna. La invitación a la virtuosa pianista Hiromi y al saxofonista Chris Potter empuja la composición hacia un espacio más acelerado, riesgoso y resbaladizo, demostrando la admiración de Benjamin por aquellos artistas que se niegan a quedarse quietos y apuestan siempre por innovar.
Finalmente, toda esta arquitectura musical se sostiene sobre un poderoso arco narrativo atravesado por la palabra, la fisicalidad y la catarsis. Con cierto misticismo y pretensión de snobismo, el álbum abre con ‘First Light’. Busca inscribirse en una suerte de art jazz explicitando la búsqueda y el propósito que tiene el disco: “Out of the ashes I rise, not as the broken thing i once feared to be, but us fire, reborned.” Hay, entonces, unas cenizas desde las cuales el álbum resurge, renacido, cual fuego. Esta temática del crecimiento y la transformación se vincula directamente con ‘Ascension’, cuya estructura está signada por un in crescendo motivado por lo que la propia Lakecia narra: “They say pressure makes diamonds But they don’t talk about the cracking first”, y luego “Becausе sanity isn’t stillness, it’s motion, It’s survival, it’s climbing, and it’s ascension”. El inevitable cambio adviene no sin un costo, no sin una pérdida. Al culminar los versos, estalla la música. Acá, nuevamente, la línea de bajo y el piano se hermanan en un ritmo casi asincopado, discontinuado, que genera un ambiente tan extraño y ajeno como envolvente, inquietante, forjando algo así como jazz rap. El saxo alto explora libremente en sus solos al punto que roza el free jazz. Así, todo el ensamble entiende que la redención, el ascenso tantas veces mencionado, exige fisicalidad, y es en este cruce vertiginoso donde la obra alcanza su punto de mayor intensidad catártica.
Después de atravesar semejante intensidad sonora y poética, el recorrido narrativo encuentra su merecida y diáfana resolución en ‘New World’, una balada de tintes contemporáneos que se aleja de la fricción para ofrecer una calma luminosa, comandada casi en su totalidad por el fraseo melódico de Benjamin. Lejos de sonar a un simple cierre formal, la canción funciona como un vistazo tangible a esa luz que la artista se propuso buscar desde el primer segundo de grabación. En suma, “We Dream” amalgama la tradición jazzística con la cultura urbana sin perder un ápice de su pulso vital. Lakecia demuestra que no concibe la música como un ejercicio artístico estéril, sino como una herramienta colectiva y urgente para iluminar los rincones más asfixiantes de nuestra época.
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