Atalaya del Jazz #8: Cuando el abismo devuelve la mirada

A través de un diálogo irrepetible entre Pharoah Sanders, Floating Points y la Orquesta Sinfónica de Londres, el álbum “Promises” se consagra como un testamento espiritual que desafía la linealidad del tiempo y habita la tensión entre el sonido total y la nada.

Atalaya del Jazz nace como un punto de observación privilegiado: una torre desde donde mirar el campo amplio y movedizo de un género que nunca dejó de transformarse. El último sábado de cada mes intentaré no solo abordar y analizar discos, sino y sobre todo pensar cómo suenan hoy la tradición, el cruce de géneros y la búsqueda de nuevas formas de narrar con música.

En esta octava edición, les traigo “Promises” (2021), de Pharoah Sanders, Floating Points y la Orquesta Sinfónica de Londres.


Pocas veces la música contemporánea fue testigo de un encuentro tan improbable y a la vez tan predestinado como el que propició “Promises”. Gestado a lo largo de un lustro de conversaciones silenciosas entre dos generaciones distantes por medio siglo de historia, el proyecto reunió a una de las últimas leyendas vivientes del jazz espiritual con un referente ineludible de la vanguardia electrónica británica y una de las instituciones orquestales más prestigiosas del mundo. En un panorama musical a menudo fragmentado por la inmediatez algorítmica y el consumo fugaz, este trabajo se plantó desde su génesis como una rareza anacrónica: una invitación a detener la vorágine de la época para entrar en una dimensión donde la tecnología de sintetizadores, la grandilocuencia de las cuerdas de cámara y el soplo orgánico de un saxofón octogenario respiran al unísono como un único organismo vivo. 

“Promises”, una misma composición en nueve movimientos, es fácilmente distinguible por su capacidad de remover a todo oyente del lugar en el que está sin el más mínimo esfuerzo; logra desorientar y dejarse conmover por la última performance de un gran maestro como Pharoah Sanders. Grabado cuando el saxofonista cumplía 80 años, el álbum se erige como una suerte de testamento artístico, un canto final antes de su partida física en 2022. Sin embargo, lejos de tratarse de una despedida nostálgica o de un mero ejercicio de complacencia crepuscular, la obra corona una trayectoria de casi sesenta años que comenzó experimentando con el free jazz al último John Coltrane y que encontró su cumbre histórica con el jazz espiritual en “Karma” (1969). Si en aquel hito del género Sanders recurría a una catarsis torrencial y expansiva, aquí la madurez opera por sustracción, por la reducción de elementos hasta llegar a la nada: lo que en su juventud era fuego abrasivo capaz de extenuar las capas de sonido, en este último umbral se reconvierte en una paciente y fina construcción sonora.

‘Movement 1’ se caracteriza por acercarse de a poco, en oleadas, mientras el motivo que atravesará todo el disco de principio a fin comienza a develarse de forma cíclica, respetando sus silencios y sus espacios. Sin embargo, queda claro rápidamente que no será el componente más importante, dado que solo sirve como base, como plataforma sobre la cual el saxofón tenor de Pharoah encuentra total libertad para expresarse en sintonía, con paciencia pero colmando, a la vez, la atención del oyente. Ese motivo inaugural de siete notas, que es un loop de clavecín y celesta (ambos viejos instrumentos similares a un piano), insiste cada nueve segundos entre leves crujidos de madera de la sala de grabación, funcionando como un pulso mecánico que, implacable, marca el transcurso lineal de un reloj. Frente a esa estricta métrica, Sanders contrapone un tiempo suspendido, elástico y profundamente humano, natural, como si respirara a través de su instrumento. No es casual que, en una entrevista con The New Yorker, Pharoah confesaba que a sus ochenta años ya casi no escuchaba grabaciones ajenas: prefería prestar atención al romper de las olas, al ruido de un tren acercándose o al rugido lejano de un avión al despegar. Esa predisposición auditiva es la que define la ejecución por sobre el virtuosismo técnico: Sanders pareciera posicionarse ante todo como un oyente primordial que como un solista que busca imponerse; su saxo no persigue grandes solos exuberantes sino texturas y fragilidad, soplando notas largas teñidas de melancolía que se funden con la atmósfera del tema a la vez que la forjan. Y, aún así, el aura solemne que envuelve todo es tan elevada como accesible, lo que genera la singular impresión de estar conmovido y concentrado a la vez. 

Ya ‘Movement 2’ contiene más capas de sonido y el motivo pareciera sonar con mayor frecuencia, al mismo tiempo que las cuerdas de la filarmónica comienzan a aportar un paisaje cada vez más inquietante. Cuando se advierte un colapso, Pharoah trae tranquilidad y nos sugiere que inclusive en esas ocasiones es posible cierta inquietante armonía. ‘Movement 3’ tiene a Floating Points, el nombre artístico del productor y DJ británico Sam Shepherd, como principal protagonista, incorporándose mediante teclados y sintetizadores que aportan aún más espacialidad a la composición, a la vez que cierto estupor, cierto vértigo. Todo esto le dificulta a uno la tarea de definir dónde se encuentra: la música gira sin un eje, invitando a perderse, como si observáramos la rotación de un planeta en su órbita sin tener nada con qué compararlo.

Esta aspiración al infinito, a esta desorientación por observar el todo, revela un mecanismo dialéctico presente en el disco: el juego con el agotamiento de cada componente sonoro en ambos sentidos de la expresión, tensado de extremo a extremo. Por un lado, la obra ensaya la extenuación por saturación y repetición: en ‘Movement 4’ y, sobre todo, en el estallido acumulativo de ‘Movement 7’, los sintetizadores, las cuerdas y el saxo van colmando la materia acústica hasta rozar el colapso, convocando a ese Aleph musical borgeano donde la totalidad de los sonidos del universo parece empeñada en convivir en un único instante. Pero, por otro lado, esa misma ambición hacia la plenitud absoluta encuentra su reverso exacto en la extenuación por vaciamiento. En piezas como ‘Movement 1’ y de manera descarnada en ‘Movement 5’, la música renuncia a toda densidad para entregarse al dominio del silencio: allí los instrumentos callan, el aire se calma y el motivo de siete notas queda desamparado, flotando en una quietud casi fantasmal. No se trata de una pausa rítmica azarosa, decorativa o esteril, sino de la voluntad de ilustrar la nada, el silencio, la muerte; ese territorio mudo donde la respiración se detiene y la experiencia terrenal se desvanece. “Promises” oscila permanentemente entre esos dos polos irreconciliables: la asfixia deslumbrante del sonido total y la paz del vacío absoluto. Y es ahí donde radica su principal virtud, en la capacidad de retratar no solo la mirada al abismo, sino, y sobre todo, cómo el abismo devuelve la mirada.

‘Movement 4’ parece engañoso: comienza con los sonidos guturales y vocales de Pharoah, lúdicos, como si de un juego se tratara, como si quisiera hacernos reír, rompiendo con una solemnidad que tanto trabaja la composición. Pero esta aparente inocencia encierra una conexión evidente con las plegarias y los tarareos chamánicos que el saxofonista grabó a fuego en ‘The Creator Has a Master Plan’, la pieza angular de “Karma”. Pero si en aquel clásico la voz brotaba como un trance ceremonial y colectivo, en este cuarto movimiento se revela desde la intimidad, que resulta desgarradora frente al micrófono: la expresión humana reducida a su unidad más primaria y onírica. En paralelo, el sintetizador de Floating Points acumula energía y volumen en partes iguales, mientras que los extraños ruidos de Pharoah lentamente se transforman en cantos graves, profundos, como si salieran de lo más hondo de su ser. De repente, el saxo destella como pocas veces en el disco, sirviéndose del in crescendo del productor británico, alcanzando el clímax del movimiento, que es uno de los puntos más altos del álbum.

Lo singular es que el primer movimiento es de los más largos, pero el 2, el 3 y el 4 duran apenas dos minutos y medio. En cambio el 6, protagonizado por la filarmónica, es mucho más extenso. Es decir, aunque en cantidad de minutos el protagonismo está dividido de forma equitativa entre el tenor de Pharoah y la orquesta, en cantidad de movimientos ocupados el primero le gana por mucho a la segunda: con la misma cantidad de minutos le aporta, diría, muchos más matices al disco de lo que la banda puede hacer. Es como si Pharoah hubiese encontrado algo que equipare su potencia musical, un digno rival, recién en una orquesta entera. En esa colisión de fuerzas resuenan antecedentes donde el jazz de vanguardia midió sus armas contra grandes secciones sinfónicas, como aquel atonal  y casi cacofónico “Skies of America” (1972) de Ornette Coleman (grabado también junto a la Orquesta Sinfónica de Londres) o al viaje onírico “Lord of Lords” (1972) de Alice Coltrane, cuyos pasajes orquestales y arpegios de órgano parecen reencontrarse en las texturas que Shepherd despliega en el octavo movimiento.

En el mismo sentido, este motivo, esa sucesión de acordes que suena regularmente cual rasguido, es lo que pone a esta última obra de Pharoah en una corriente mucho más compleja que la que ocupa solamente el jazz: lo circunscribe a la lógica de la música clásica, que se encuentra, además, respaldada por la participación de la filarmónica. Es como si, en su última composición, Pharoah Sanders hubiera querido realizar una producción que sea transversal a múltiples producciones artísticas y a diversos géneros musicales. Quizás esto se deba a cierta pretensión de completitud, a la voluntad de que esta promesa final abarque lo inabarcable para configurarse como una caja de resonancia de un eco infinito en la que cada cual pueda identificarse a su manera.

Esto es lo que se ilustra en ‘Movement 7’: el in crescendo de las múltiples notas repetitivas de Floating Points, como la infinita caída de una cascada, tiende hacia un estallido final, hacia la concentración de todos los elementos utilizados a lo largo del disco. De nuevo, Pharoah aguarda por el punto más alto de esa acumulación para hacer volar el álbum por los aires: como una última exhalación, su saxofón roza la cacofonía de forma deliberada para alcanzar ese Aleph. Pero, ¿qué pasa con los dos movimientos restantes si ya se llega al clímax del álbum mucho antes? Mientras que el movimiento 8 sirve como colapso del álbum, con los teclados de Floating Points tocando el motivo en tonos menores, ‘Movement 9’ es casi un hidden track: nos hace creer que el disco ya terminó y de a poco retornan las cuerdas con cierto suspenso, como si vinieran desde el eco de un vago recuerdo. Un violín solista rasga el aire, la masa orquestal convulsiona en una sacudida breve y la música finalmente se disuelve en el mismo silencio desde donde había emergido, dejando una estela en la que el tiempo se detiene.

No es casualidad que, tras la muerte del maestro en 2022, el propio Shepherd convocara al saxofonista Shabaka Hutchings para interpretar esta partitura en vivo en el Hollywood Bowl ante una multitud en reverente silencio. La elección distaba de responder a una mera urgencia logística: Hutchings, figura central del renacimiento del jazz británico contemporáneo, creció estudiando en detalle cada inflexión mística de su maestro. Posicionado como su más devoto aprendiz y directo heredero estético, Shabaka había recibido en vida el elogio explícito del propio Sanders, quien reconocía en su sonoridad el pulso de una misma búsqueda espiritual emancipada de compromisos comerciales. Subir a escena para ejecutar las partes del maestro implicó, entonces, la asunción de una responsabilidad devocional: Hutchings sopló el tenor como quien custodia una brasa sagrada que no debe apagarse o un secreto que debe ser revelado. Aquella noche confirmó que “Promises” se trata también de un traspaso generacional: un punto nodal en el que el pasado, el presente y el porvenir del jazz continuarán encontrándose. 

“Promises”, en sus cuarenta y seis minutos indivisibles, condensa una síntesis única donde convergen todas las tensiones fundamentales de la condición humana y musical: el tiempo mecánico del reloj frente a la respiración orgánica de un cuerpo que se despide; la grandilocuencia orquestal contrapuesta a la desnudez de un tarareo íntimo; la saturación magnánima del Aleph y, en su reverso exacto, el vacío existencial del silencio, de la extenuación. Al despojar al virtuosismo de toda vanidad para consagrar a la escucha como un acto creativo definitivo, Sanders, Shepherd y la orquesta legaron un testimonio conmovedor sobre la trascendencia y el traspaso generacional. Como toda obra destinada a desafiar la erosión de las épocas, el álbum prevalecerá por haber sabido registrar lo inmemorial: ese instante suspendido donde el abismo devuelve la mirada y el sonido, lejos de extinguirse, aprende a habitar la eternidad.

Publicado el 26/09/2026