El 30 de abril de 2026 salió “Nuevos Años Locos”, el primer álbum solista de la cantautora bonaerense Elena Radiciotti. Tras destacarse como bajista y vocalista en Isla Mujeres y Fonso y Las Paritarias, Radiciotti se coloca al frente de su proyecto solista y establece un manifiesto sobre vivir la vorágine de la época. Así, el disco retrata el vértigo de lo efímero. O como sintetiza en ‘Llanura’, uno de sus temas: “Un contrato sin palabras / me mantiene adentro”.
Parece que Elena se ha tomado sus veinte y los devuelve como una carta de cócteles de autor, cargados por letras que evocan a la psicosis de una generación expectante y urgida por encontrarse. La música crea una atmósfera de catarsis emocional, matizada por la peculiar picardía que caracteriza a su estilo, donde la ironía y la canción se revelan como sus armas contra el destino.

Carta de tragos con el tracklist de "Nuevos Años Locos" entregada como souvenir en la pre-escucha del álbum.
El título del álbum es un guiño directo a la convulsión de los años veinte del siglo pasado y sirve como paralelismo transversal a la pregunta por el nexo entre el arte y la política. Pero detrás de todo eso, la artista construye su voz a pesar de los condicionantes, inspirando a forjar caminos y destruir las paranoias que quebrantan la voluntad.
A solo unos días del lanzamiento, Elena me espera en el mostrador del café Teófilo, en La Plata. Quedamos a las 13 y llega puntual. Afuera hace frío, el cielo está nublado y en el patio fumamos mientras llegan los cafés. Ella lo hace tranquila, pausada; eleva sus ojos cuando piensa y vuelven recién al terminar cada frase. “Los argentinos estamos acostumbrados a cubrir los baches”, dice mientras conversamos sobre la viveza criolla como respuesta a vivir atrapados entre la supervivencia individual y el colapso colectivo. Tiene más de tres trabajos y aun así no logra mantenerse estable. “Me autopercibo una buscavidas”, se ríe.
¿Qué significó haber sacado un disco con tu nombre?
Hizo que todo se sintiera nuevo, y por suerte, porque sería un garrón que nada cambie. Hace muchos años que toco: con Isla Mujeres hace más de diez y con Fonso cuatro o cinco. Pero hay algo de hacerse cargo de lo que una quiere que no es tan sencillo. Estoy muy contenta con el disco y siento que hay que hacerle justicia. Obviamente existe la industria musical, pero intento no quedarme pensando en lo que no puedo controlar. Más bien quiero darle todo lo que merece. No desde un lugar productivista, sino desde sentir: “Che, esto vale la pena”.
Aunque siempre fuiste cómplice de otras bandas, acá te ponés al frente y hay un primer manifiesto: Elena. ¿Quién es Elena?
No lo sé. Tal vez lo voy a descubrir ahora. No es que no lo sabía de antes, pero se va construyendo. Como que, de repente, existe Elena. Cuando empecé a tocar con Islas ni era bajista. Vi que necesitaban a alguien y dije: “Bueno, ¿por qué no?”. Yo tocaba la guitarra y cantaba. Tenía cierta facilidad porque en mi casa siempre hubo música. Pero me cayó la ficha de que no tengo la líbido puesta en ser buena instrumentista. No me interesa el virtuosismo. Lo uso como una herramienta, pero nunca me puse a estudiar, ni me interesó equiparme y ser una super bajista. En estos últimos años entendí que lo que de verdad me gusta hacer es componer.
¿Y cómo fue ese proceso?
Con Islas, en los primeros discos metía uno o dos temas con mucha inseguridad. Pero con el tiempo empecé a confiar más en mis razones. Encontré un estilo. Después, durante una grabación de Fonso y Las Paritarias en 2024, nos fuimos dos semanas al campo a componer. Era la primera vez que trabajábamos así como banda y a mí me daba mucha ansiedad, también por lo complejo que puede ser estar en un grupo lleno de varones. Todo el tiempo me preguntaba si estaba a la altura. Pero terminó siendo un proceso revelador. Llevé canciones que hoy escucho y se me infla el pecho. Muchas de las maquetas de “Nuevos Años Locos” salieron de esos meses. Me siento muy agradecida con ese proceso, con los chicos y también con Isla, porque me ayudaron a construir esa confianza.
Seguir la corazonada, dejar de dudar tanto.
Claro, eso me costó conseguirlo. Siento que me tomé mis años para decir: “Bueno, ok. Tengo una visión y quiero pelear por eso”.
En una reseña de “Nuevos Años Locos” se caracteriza al disco como un acompañante en la incertidumbre actual a través de la canción. ¿Qué valor tiene la canción para vos?
Yo amo las canciones. Es lo que más me importa en el mundo: hacer una buena canción. Siento que ese fue el lugar del que me agarré, también un poco para esquivar esta cosa de “¿qué género querés hacer?”. Si hay una canción atrás, la podés tocar en la guitarra, el piano o disfrazarla de la producción que quieras. La canción va a estar ahí y se va a sobreponer.
Es medio la dicotomía entre cantora y cantante. ¿Cómo vivís esa diferencia?
Yo me siento full cantora, porque no me considero una buena cantante. La voz es una herramienta para algo. No importa tanto lo técnico, sino lo que esa voz está queriendo decir.
En la canción ‘Nuevos años locos’ decís no entender muy bien el valor de la verdad. Como cantautora: ¿las palabras no traman una razón, una fe o una certeza, aunque sean momentáneas?
Es que la palabra no es equivalente a la verdad, desde ya. Eso fue más un comentario sobre la contemporaneidad y lo fragmentario que es todo. Esto de las teorías de la posmodernidad, de que después de la caída del muro de Berlín ya no existen los grandes relatos. No hay bien ni mal, sino que todo es como un gran relativismo.
¿Y cuál sería el rol del cantor o la cantora?
Hay algo en la letra de ‘Mi Generación’. Esto de: “Solo soy una más de mi generación / condenada a las pequeñas historias y a la poesía de lo personal”. Había leído un artículo de una piba que me pareció re atrevida mal, porque en un momento bardeaba a Rosario Bléfari por “Diario del dinero” y decía: “¿Cómo puede ser que en nuestra generación ya nadie se siente capaz de hablar de los grandes temas o de los grandes relatos. ¿Qué me importa a mí cuánto gastó Rosario Bléfari en un par de medias?”. Como que lo único que nos queda es lo chiquito. La poesía de “abrí la heladera y vi tu mensaje”. A mí igual me encanta esa mierda, pero pareciera que es de lo único que podemos hablar. Después mi disco habla de la cotidianidad. No está puesto en esos términos grandilocuentes de “voy a comentar sobre la época”, el clima político o una gran tragedia. Pero, finalmente, una habla de eso con otro lenguaje.
Hace trece años que Elena dejó su ciudad natal, 9 de Julio (provincia de Buenos Aires), y llegó a La Plata buscando algo más parecido a una salida que a una vocación. Primero estudió unos años de periodismo en la Facultad de Comunicación Social y después se pasó a Artes. En la ciudad también forjó una red de amistades que hoy se ve plasmada en colaboraciones con artistas como Maria Torpe y Lu Pieck.
Durante la charla, destaca la potencia autogestiva de la movida platense: “No es que vos estás en una, haciendo un recital en el garage de tu casa. No. Existe toda una escena que se comporta de esa manera y te permite crecer un montón”. En los últimos años, la profesionalización de ese circuito artístico fortaleció la lógica interdisciplinaria y comunitaria que sostiene buena parte de la forma de hacer cultura local frente a la crisis económica. Espacios como Ciudad de Gatos, productoras como Sifón o Nuevos Vientos y redes pertenecientes a polos productivos como Comunidad Ferroviaria articulan fechas gratuitas, festivales de beneficencia y proyectos colectivos que amplían la circulación de artistas emergentes dentro y fuera de la ciudad.
¿Cómo era el entorno músical de tu casa?
Muy de otro palo. Mi viejo tenía una banda de música tropical y romántica melódica. Yo era chiquita y me subía a las pruebas de sonido a cantar. Me crié en ese ámbito: durmiendo entre dos sillas mientras mi viejo y mí hermana tocaban en clubes de pueblos, en plan “la cosa familiar”. Mi rebeldía fue escuchar rock nacional. En ese momento de la adolescencia tenía internet y descubrí discos de Charly y Spinetta. Y mis viejos eran como: “Ni idea”. Tampoco era rechazo a lo tropical. Simplemente no conectaba y, cuando sos chica, querés estar en contra de-. Bueno, ahora también, lamentablemente. Soy insoportable con eso. No vengo de una familia progre que escuchaba Silvio Rodríguez. En mi casa era más Leo Matiolli, Nino Bravo y todo full del interior. Ahora lo pienso y eso re está en la música que hago. Hay una cosa sesentona, medio Palito Ortega por momentos, de la canción bien clásica. Eso me encanta. Lo busco.
¿Cuáles han sido tus influencias?
El primer recital al que fui en mi vida fue uno de Andrés Calamaro con catorce años. Le pedí a mis viejos que me lleven a Junín a verlo. Fui sola y ellos me esperaron afuera del teatro. Eso está metido en mí. Lo siento bastante en las letras. De hecho, me gusta citar o robar partecitas de temas. Me divierte mucho y no tengo un tabú con eso. En ‘Hundirme En La Arena’ hay un pedazo de una letra de Calamaro: “Menos mal que está nublado”, de ‘Los Aviones’. Me gustan las referencias. Hay una canción de ML Buch, una chabona danesa espectacular, con unos sonidos muy locos y unos sintes muy particulares. Hay un pedazo de una melodía suya que lo agarré y lo re-armonicé. Le puse otros acordes, digamos. Y es el estribillo de ‘Malas Intenciones’. Me gusta mucho “robar bien”, no el plagio. Es un juego de la creatividad, de estar todo el tiempo recibiendo información. Hay algo de la mala educación de usar eso como quieras que me encanta.
El pasado 8M, una de las discusiones giró alrededor del lugar de las mujeres en la industria. ¿Creés que la sensación de insuficiencia tiene que ver con el entorno masculino y los códigos del mercado?
Sé que hay desigualdad en todos lados, pero quedarme solo en la denuncia y el señalamiento de lo que está mal me resulta impotente. Porque una puede decir: “Soy indecisa” o “No me siento suficiente por ser mujer”. Pero eso es faltarle el respeto a miles de mujeres que no son así, que están mega plantadísimas. Conviviendo con varones veo que, sin generalizar, ellos ante la duda afirman. No importa si no saben: tienen una actitud afirmativa sobre la vida. A mí me gustan más las preguntas, me lo pienso dos veces. Por eso me fijo a ver qué hacen ellos. En todo caso, quiero robarles esas actitudes y ver qué pasa si también las pongo en práctica en función de mi propia emancipación. Veo una actitud feminista en eso. Creo en un feminismo afirmativo, que sirva para construir una vida mejor y no una vida apagada por el resentimiento.
En ‘Pleitesía‘, ¿podemos pensar en el pleito y la fascinación por complacer?
De repente parece que soy la persona más psicoanalizada del mundo, pero tampoco es tan así. A veces voy una sola vez al año. Pero bueno, los encuentros que tuve fueron muy significativos. En una sesión hablamos mucho de los celos y de compararse con otras mujeres. De cómo construís a la otra persona de una forma super ideal: “Ella tiene todo lo que yo no tengo”. Y eso solamente existe en tu mente. Hay una fantasía de lo que una construye en su cabeza que es tremendo. Y todo en función de lastimarte a vos, aparte.
Tenés una sociedad anónima, Yuna.Riglos. Hay tarjetitas, remeras y memes. Y al toque la asocié con una de tus letras: “Un amigo dice que en mí todo es ironía”. ¿Qué lugar ocupa el humor en tu vida?
Es mi forma de vivir. Parece algo superficial el “me río de todo”, pero simplemente tiene que ver con ver el absurdo de las cosas. No sé si leíste “Las Primas”, de Aurora Venturini. En ese libro, Yuna Riglos es uno de los personajes de una familia muy disfuncional y todo lo que relata es muy desagradable: familiares con discapacidades y cosas asquerosas, grotescas e incorrectas. Todo el libro está escrito desde su mente como una verborragia constante. Ella se dedica a pintar, en un momento le empieza a ir bien y se siente reconocida en el mundo del arte y las galerías. Es ahí cuando decide ponerse este nombre artístico para que nadie sepa que viene de la mierda misma. Ese personaje me fascinó. Generé mucha identificación. También por venir de un pueblo, no ser nadie y, aún así, apostar por algo. En el libro hay mucho humor y reírse de la desgracia es algo me interesa mucho. No quiero que nadie me quite la posibilidad de reírme de lo que yo quiero, obviamente sin maldad ni con intención de herir. Es todo un tema lo de la corrección política, porque hay mucha gente que se escuda en eso para poder ser un hdp. Pero también hay un problema enorme en usar la solemnidad para seducir. A veces pienso que el progresismo estuvo mucho tiempo en una incapacidad de llegada. De repente viene un chabón como Milei y hay algo de la maldad de poder decir las cosas sin miedo que terminó calando en la sociedad. Me interesa mucho hacer esa lectura. Porque decir que la gente que votó a Milei es tonta me parece algo muy cómodo. ¿Y nosotros qué estamos ofreciendo? Si ni siquiera nosotros estamos contentos con nuestros cuadros, ni vamos a votar con convicción. Yo veo que la gente que va a votar a Milei, va creyendo en algo, algo que es una mierda y que probablemente no salga de la mejor manera. Pero al menos hay deseo. Se perdió el humor y eso para mi fue un gran error. Hay que recuperarlo y reivindicarlo. Hay mucho más poder ahí de lo que una cree.
El desarrollo técnico y compositivo de “Nuevos Años Locos” comenzó de forma mínima: un audio grabado desde el celular, en muy mala calidad, donde Elena canta en voz bajita frente a un teclado Casio desde su habitación. Ese mismo teclado aparece después en la tapa del disco, diseñada por Chiara Girimonti, con una estética de collage retro y postdigital.
Más tarde, en City Bell, los temas tomaron otra dimensión gracias a las largas jornadas de trabajo junto al productor Aziz Asse. Incluso ahí, Elena insiste en que todo parte de la canción: “Tengo frases o ideas que quiero expresar, les pongo acordes, una melodía y ahí empieza a construirse”, explica. “Nunca pienso en géneros. De hecho, no sé cuál es el género del disco. ¿Canción de rock? La clasificación no dice mucho; sirve más para las categorías de internet”.
Una podría pensar que la dulzura de Elena radica en su afección a la rareza como virtud, apreciada en discos como "Barato Ideal" (2024) de Isla Mujeres. Pero su voz no es solo suave: está embestida por la noche. Como el terciopelo, elegante y brutalmente sedoso, que despliega en canciones como en ‘Hundirme En La Arena’.
En ‘Sabias Palabras’ de Fonso y Las Paritarias, Radiciotti cantaba: “No veo nada eterno y joven en la sala” y, a finales de ese 2025, junto a Martín Maltipo reversionó ‘Fumemos Un Cigarrillo’ de Piero, retomando aquella sentencia de “tenemos mucho que hablar”. Quizás sea el orgullo (o la obstinación que nace de él)— lo que nos impide encontrarnos para reescribir nuestro presente.
Escucha "Nuevos Años Locos" (2026) en YouTube, Tidal, Apple Music y Spotify:
Si pensamos “Nuevos Años Locos” como un concepto generacional, ¿cómo caracterizarías estos años veinte?
Son años extraños. Pero siento que no tienen el mismo peso y el mismo poder de lo que fue la fiesta en 1920. La fiesta ahora tiene un rol medio anestésico. Siento que somos mucho menos libres que en esa época. Todo está muy parcelado. Es raro decirlo, porque ahora tenés muchas más libertades que hace cien años, pero estamos mucho más auto-regulados. Dios, ¡no puedo creer que vaya a citar a Foucault! Pero la represión más efectiva no es la de la fuerza sino la que uno ya tiene mentalmente. Eso está mucho más intensificado.
No estamos como en esos años de tirar la casa por la ventana y celebrar. Es más estar en shock, no saber qué hacer.
Es como el hedonismo depresivo del que hablaba Mark Fisher: ese lugar de impotencia e inmovilidad. Contra eso es a lo que una tiene que ir. Estamos en una época en la que no sabemos contra qué revelarnos. La idea de la contracultura en un punto está medio lavada. Hay mil luchas, mil discursos. Odio la idea del bien y el mal, pero estoy segura de que hay que luchar contra la impotencia.
Muchas personas comentaron que el disco era “la voz de mi generación”. ¿Qué te pareció esa repercusión?
Todos mis amigos me dicen eso y yo les digo: “Córtenla, me hacen quedar como una creída”. Me da un poco de vergüenza, pero todo parte de un chiste de una serie de hace diez años, “Girls”. Son unas pibas que acaban de terminar la facultad en New York y una de ellas es escritora. Se junta con sus viejos y ellos le dicen: “No te vamos a pasar más plata”. Ella no sabe dónde meterse y les responde: “Miren, yo sé que esto puede sonar raro. Pero puede que yo sea la voz de mi generación”. [risas] O al menos una voz de alguna generación. El personaje de ella es super narcisista y no tiene idea de lo que está haciendo. Hay algo de esa actitud que me parece genial. Pero obviamente no me lo tomo en serio, no me considero la voz de mi generación.
Qué importante es para nosotros que nos llamen y se nos nombre en conjunto.
Sí, el nivel de orfandad en representación es grande.
¿Ese es el rol del arte?
Hay algo que genera mucho efecto: gente que se siente nombrada. Muchas personas que escucharon el disco hicieron hincapié en eso y es un montón. El disco habla de mí, principalmente, y a través de mi visión de las cosas se filtra todo lo demás. El otro día un amigo me comentaba que había ido a ver la última película de Lucrecia Martel y tenía la sensación de que al haber tanta falta de Estado, la gente se estaba agarrando de esos lugares como espacios de resistencia y representación. Tipo, la gente estaba en el cine debatiendo y aplaudiendo. Y me quedé pensando en qué puede ser que esté ocupando ese lugar ahora.
¿Qué opinas de la reversión de los símbolos nacionales en la música argentina?
Por momentos me genera conflicto. Veo que todos se están vistiendo de criollos. Por un lado, genial; si fuera al revés nos estaríamos quejando. Si estuvieran todos cantados como puertorriqueños con una bandera de EE.UU sería un garrón. Pero también está el riesgo de la banalización de los símbolos. Incluso con Fonso me pasa por momentos. “Che, ¿estamos banalizando los símbolos de la CGT?”. Son preguntas honestas que prefiero hacérmelas.
Por algo están, reaparecen.
La gente está buscando algo.
“Brindo con amigos que me odian en secreto”, cantás en ‘Lista de Objetivos’. ¿Cómo te llevás con la competencia y la presión de ser y hacer por miedo a quedarse atrás?
Medio que el mundo está diseñado para que nos sintamos así todo el tiempo. Te embarcás en un proceso personal re zarpado y de repente abrís Instagram y decís: “Ah, mirá, este lo hace mejor”. Me parece que un artista se choca en carne propia con la competitividad del ambiente. Quedarte en un lugar inmóvil porque sentís que no tiene sentido, eso me pasó mil veces. Si hay algo contra lo que luchar es eso: el aniquilamiento de la voluntad. Hay que encontrar algo a lo que aferrarse. Lo que me pasó con este disco fue sentirme tan conectada con lo que estaba haciendo que me dejó de importar lo que me importaba. Antes pensaba: “¿Y si me pongo a hacer otra música porque en realidad lo que está pasando es otra cosa?”. Pero cuando de verdad encontrás una forma de decir y te empezás a sentir comprometida con el proceso creativo, llegás a: “Che, esto soy yo y lo quiero decir de esta manera”. Ahí te empieza a gustar lo que haces. Que es re complejo, ¡lo es! Y hasta suena idealista. Pero se trata de buscar tu propia conexión.
El próximo jueves 4 de junio Elena Radiciotti presenta en vivo "Nuevos Años Locos" en La Fábrica (Fitz Roy N° 1245, CABA).
Entradas disponibles en Sumoticket.















