Una presentación a ojos cerrados: Fermín Carpena en Buenos Aires

Sin listas prearmadas y con un repertorio inédito, el cuarteto de Fermín Carpena convirtió el histórico club porteño en un refugio de complicidad donde cerrar los ojos fue la clave para no perderse nada.

El pasado viernes 16 de octubre, Thelonious Club y todos los allí presentes fuimos testigos de la construcción de un ritual impredecible. Este histórico reducto porteño, con su atmósfera de refugio curada al calor de las decenas de foquitos de luz del escenario, albergó la presentación del cuarteto liderado por el guitarrista Fermín Carpena. Para esta ocasión, la formación reunió a figuras consolidadas del circuito: la trayectoria rítmica de Eloy Michelini en batería, la solidez de Iván Chapuis en el contrabajo y la versatilidad de Ciro Gamallo en el piano. En vez de proponer una exhibición limitada a un solo género, el ensamble subió a la tarima para negociar la música compás a compás y nota a nota, asumiendo el riesgo del vivo como la verdadera motivación de la noche.

Con los ojos cerrados, Fermín Carpena toca el primer acorde en su guitarra y, así, anticipa el devenir de toda la velada: solo abrirá los ojos una vez terminada cada composición, para volver a cerrarlos apenas comience la siguiente. Ocasionalmente, los abrirá en medio de sus solos y de los de sus compañeros para congraciarse con ellos. Pero la percepción general es bastante clara: parece conocer su instrumento de memoria, prescindiendo de la mirada sobre los trastes para orientarse, como si el sonido le bastara. En este primer momento del show, el resto de los integrantes del cuarteto adoptan una postura similar, cerrando los ojos también cuando es pertinente, ya sea escuchando detenidamente su propia música o prestando singular atención a la destreza de Carpena. Lejos de hacerlo para encerrarse dentro de sí, esta ceguera voluntaria agudiza una escucha compartida, en la que cada rasguido de las cuerdas funciona como señales secretas entre los cuatro, como claves de entendimiento mutuo. Es a través de estos gestos que el cuarteto logra un notable grado de intimidad con la audiencia, que se completa con el hecho de que esta canción todavía permanece inédita, sin nombre siquiera, según aclarará Fermín al tomar el micrófono. Detalles como este generan la sensación de que, al verlos, uno asiste a la sala de experimentación de la banda, a su laboratorio grupal, en donde todos los integrantes se sienten en plena libertad para improvisar, probar temas nuevos y animarse a innovar. La barrera tradicional entre el escenario y las mesas se diluye por completo: el público deja de ser un receptor pasivo para transformarse en confidente de una exploración sonora que ocurre en tiempo real.

Fotografías: Valentina Rebaudengo.

La atmósfera muta sutilmente con ‘I’ve never been in love before’, un standard que oficia de segundo tema. Con esta composición, además, se confirma el augurio de un estilo que es casi una insignia de la banda: las introducciones tienen siempre un aire calmo, lento, apacible, inaugurándose a través del contrabajo o la guitarra, tomándose cada cual su debido tiempo para dar comienzo a cada interpretación. Y, en paralelo, están siempre presentes dos elementos que completan el panorama: el lúdico walking bass, típico de los años dorados del swing y del bop, y el ride de la batería, el platillo mayor, marcando eternamente el ritmo. Acá es cuando prima la alternancia entre momentos de álgida improvisación y pasajes silenciosos, ya sea por el solo del contrabajo de Chapuis o porque Fermín le da paso al piano de Gamallo para que comande él la canción. En esa cesión constante del protagonismo no hay ningún indicio de competencia de egos, sino la prueba de una conversación cercana donde el silencio del otro se cuida tanto como la voz propia. Así, compartiendo de forma solidaria y alternando entre quien solea y quien toca la melodía principal, construyen poco a poco cada track, que, a su vez, tienen como inconfundible motor rítmico al contrabajo y a la batería, marcando la acelerada cadencia. Tanto con el standard como con la forma de interpretarlo, la banda expone su conocimiento y su pasión por la trascendencia del jazz, a la vez que despliega la destreza necesaria para versionarlo con la frescura que corresponde a un clásico, para que así suene renovado.

Entre tema y tema, los músicos se miran, susurran, se ríen, se hacen gestos, como si estuvieran improvisando toda la velada. Al pasar, se escucha furtivamente el nombre de una composición por parte de Fermín Carpena, a lo que el baterista responde: “como quieras vos”. Esa breve respuesta condensa la confianza ciega que sostiene al grupo: la certeza de que, sin importar el rumbo elegido, estará lista la complicidad necesaria para respaldar la decisión, fuera cual fuera. El carácter poco planificado del setlist, lejos de darle un aire amateur a la presentación, denota el pleno potencial que hay canción a canción: ni ellos tienen la completa certeza de cuál será el siguiente, lo que otorga una inquietante intriga al comienzo de cada track. Al exponer sus dudas y decisiones internas a pocos metros de las mesas, los músicos desarman cualquier solemnidad escénica y refuerzan la cercanía de un encuentro entre pares. 

Esto último queda plasmado con el tercer track, otro inédito de Carpena, porque es cuando la banda demuestra que sabe mucho más que tocar bebop: una melancólica melodía, una trágica y lenta balada más propia del blues que del jazz, emana suavemente de la guitarra y del piano. Ahora, el acompañamiento del contrabajo no es a partir del walking bass tan frenético y juguetón, sino que repite una y otra vez el mismo riff, pesado, casi asincopado. Así, cuando parecía que con las primeras dos canciones podía preverse el devenir de toda la noche, la originalidad del cuarteto irrumpe de improviso para señalar que no se encasillan en un solo género ni en sus muchos subgéneros, sino que saben encontrar virtud en las múltiples e infinitas ramas del árbol genealógico del que el jazz es solo una parte.

Pero, como no podía ser de otra manera, como si hiciera falta recordarnos cuáles son la bases que unen a esta formación, en el cuarto tema se vuelcan de lleno al bebop, rozando el hard bop de artistas como Wes Montgomery o Kenny Burrell, figuras evocadas por la presencia de la guitarra eléctrica y la ausencia de vientos. Es acá donde encuentran sus puntos más elevados de improvisación desde el piano de Gamallo y la guitarra de Carpena, que se ven fogoneados constantemente por los gritos del baterista; “go baby go” y “eeeeyyy” son los más recurrentes, que generan algunas risas tanto entre los músicos como en la audiencia. Esas exclamaciones espontáneas de Michelini rompen la cuarta pared, contagiando a todos los espectadores de la misma euforia que ellos experimentan. En ciertos pasajes, Chapuis toca notas tan agudas en su contrabajo con su mano izquierda, que su mano derecha apenas tiene lugar en lo que queda del puente para sacarle sonido al instrumento. Esto evidencia lo vertiginoso de la interpretación, cuyo bpm, si se registrara, superaría ampliamente los 300. No hay dudas de que es en momentos como este donde la banda encuentra su mejor versión, donde se los nota más a gusto, donde tienen mayor margen para jugar: en el jazz más acelerado, en el hard bop que revisitan y reinventan con tanta fineza como irreverencia. 

Sin embargo, siempre esquivos y cambiantes al intentar definirlos, estos jóvenes músicos particularmente virtuosos vuelven a desmarcarse de todo posible encasillamiento: la quinta composición que interpretan está signada por un ritmo singular, atípico del jazz, mucho más cercano a un bolero. Lo llamativo es que Eloy Michelini lo efectúa en su batería sin ningún tipo de palillos: sus dedos, alternando entre el índice y el anular de cada mano, son los que comandan el tempo en esta particular ocasión. Creo que ese gesto de abandonar los drumsticks para hacer música a mano limpia condensa la búsqueda de toda la presentación: reducir al mínimo los intermediarios para que la música suene al ras de la piel, obligando al salón entero a inclinarse hacia adelante para prestar una escucha atenta. También de Carpena, también inédito, aclarará el propio artista, lo que ya plantea una inevitable pregunta: ¿cuándo saldrá el disco que reúna todos estos tracks? Y, aún más, ¿cómo será la forma de ese álbum? ¿Mantendrá fielmente la diversidad de géneros que demuestran en vivo o se ceñirá a un sonido de estudio igual a sí mismo? Parece que todavía debemos esperar para saberlo.

Es recién en el último tema cuando el piano y la guitarra, en vez de alternarse la melodía cada cual por su parte, se entremezclan a la vez, se funden en el theme dándole una profundidad que contrasta con todas las interpretaciones anteriores. Esa unión final es una coronación tan merecida como natural para la velada: después de haberse escuchado y esperado pacientemente durante todo el concierto, los instrumentos se entrelazan en una sola onda sonora. Así, la banda cierra la presentación tal y como la comenzó, con un bebop chapado a la antigua: con unos decibeles y bpms más abajo, cada integrante tendrá su lugar y momento de solear con tranquilidad, para luego volver a la melodía solo para cerrar la canción y, así, la noche. Cuando finalmente se abren los ojos y se apagan los amplificadores, persiste en el aire la certeza de haber asistido a un refugio de complicidad en el que la música se construyó desde la cercanía más genuina y más real.


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Publicado el 04/11/2026
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