Marcos Valle y Ana Frango Elétrico: heredar el groove 

El encuentro entre la voz aterciopelada de una leyenda consagrada como Marcos Valle y la irreverencia de la escena indie actual en la voz de Ana Frango Elétrico confirmó que la mejor manera de honrar el pasado es hacerlo bailar.

El pasado miércoles 16 de septiembre, la historia de la música popular brasileña quedó retratada de forma fidedigna, tal y como es: un organismo vivo que muta, respira y, por sobre todas las cosas, baila. Esa vitalidad quedó demostrada en Deseo, un espacio que funcionó como el punto de encuentro perfecto para un cruce histórico. De un lado, Marcos Valle, el legendario cantautor, guitarrista y tecladista que desde 1963 sabe llevar la bossa nova hacia las pistas de baile, tiñéndola de funk, boogie y sintetizadores. Del otro, Ana Frango Elétrico, una de las apariciones más prometedora de la escena contemporánea carioca, que retoma esa fusión pop-jazzera para inyectarle una frescura indie y cierta irreverencia generacional. Lo que podría haber sido un simple homenaje reverencial se transformó, en cambio, en una clase magistral sobre la vigencia del groove. 

Con un BPM alto, enérgico, Marcos Valle y su banda comienzan con ‘Aqua de coco’. Con el movedizo teclado de Valle y la trompeta como un sintetizador por sus filtros, desde temprano se va configurando el género que determinará toda la presentación: una fusión entre bossa, samba, jazz y funk, tan compleja como innovadora. Lejos de acomodarse en la nostalgia, en los viejos estilos ya consagrados, la banda irradia desde el primer minuto una energía rítmica que sitúa al show en un presente absoluto, demostrando que su setlist está diseñado para hacernos transpirar.

Algunas canciones después, entra Ana Frango Elétrico con un gorro animal print a cantar a dueto con Marcos con un inconfundible sonido a clásico: el ritmo mecido de la bossa inundando cada canción, ya sea de forma más balada o más bailable, marca el tiempo de cada tema. Tocaron ‘Samba de verano’ y así ya no hay duda de que hay algo especial en esa complementación del dúo, entre la voz quebrada de un cantante histórico y añejado como Valle y la voz vivaz de Ana Frango, pero que a su vez tiene una suerte de sordina que la hace armónica para la otra. Mientras ella suena como una Edith Piaf brasileña criada a base de bossa y carnaval, lookeada con unos anchos pantalones de vestir y una campera de cuero, él ofrece un estilo aterciopelado, fraseando gran parte de sus versos pero cantándolos cuando es necesario. Esa colisión estética y vocal es el corazón del espectáculo, en el que, en vez de competir por el protagonismo, construyen una textura compartida donde la experiencia del maestro guía y apuntala la irreverencia de la aprendiz.

Fotografías: Valentina Rebaudengo.

Tras una lluvia de aplausos, reemprenden la música como si tocar un botón se tratara: un groove fusión rápido al estilo de Cassiopeia irrumpe Deseo y la gente no puede evitar empezar a bailar. Ana Frango comanda sobrada esta parte, como si compartiera la misma experiencia que Valle, mientras la gente acompaña, ya sea gritando, haciendo palmas o simplemente bailando. Es en estos pasajes donde más se luce la banda: el bajista deslumbra con su abrumante conjunto de arreglos, a la vez que el baterista logra mantener una cadencia inverosímil, tan agitada como estable, en el que el resto de la banda se encuentra a gusto para desenvolverse. 

Al mismo tiempo, una fuerte vibra lúdica, jovial y juguetona colmaba el espíritu de cada canción: una línea de bajo repetitiva alternando entre dos acordes y un sencillo teclado de Valle ceñido a blancas dominan frecuentemente el sonido. Pero súbitamente corta y vuelve a un ritmo frenético propio del jazz fusión japonés, de la mano, de vuelta, del teclado de Valle que toca con un apuro finamente calculado. Esa ductilidad para transitar tanto una sonoridad minimalista como ritmos exaltados evidencia que ambos artistas comparten un mismo código genético musical, uno que prioriza el movimiento del cuerpo por sobre la exhibición técnica vacía, meramente vanidosa.

El más claro ejemplo de este llega con ‘Não tem nada não’, single que hace exactamente un año sacaron en conjunto Marcos y Ana. Lo interesante es que la canción vio la luz en el disco “Previsão do Tempo” (1973) de Valle, coescrita junto a pesos pesados como João Donato y Eumir Deodato. Sin embargo, la más reciente versión es marcadamente distinta a la original: Ana Frango toma ese groove clásico de los setenta y lo pasa por su filtro nu-disco, logrando que suene fresco y urgente en la pista actual, invitando a todos a bailar; todo, siempre, con la participación directa del propio Marcos, que ve interpretar su propio tema como nunca antes. La mayor diferencia con aquella versión de los setenta es el corte que tiene. Cerca del segundo minuto en la versión de estudio, el ritmo cambia súbitamente, la atmósfera se transforma y Ana comienza a cantar en inglés: “She wakes up early every morning / Just to do her hair now / Because she cares, yeah”. La pista se viene abajo con este cameo de ‘Gypsy Woman’ de Crystal Waters, especialmente en el estribillo caracterizado por su “La da dee, la dee da”, que todos comienzan a cantar a la vez. Y, de repente, retoman la melodía de ‘Não tem nada não’, dejándonos a todos ligeramente desorientados, en un confuso estado etéreo que alcanzar a todos los allí presentes.

Ana rompe nuestros corazones y, sin saber si la volveremos a ver en el escenario, se despide entre reverencias y abrazos, con la banda pero especialmente con Marcos que, tras esto, se limpia emocionado las lágrimas que le brotan. Es un momento de vulnerabilidad genuina que rompe con cualquier distancia escénica, recordando que detrás de la precisión del ensamble hay un profundo respeto humano, una admiración mutua. Y, sin embargo, en vez de descansar unos instantes, ni bien Ana pone un pie afuera del escenario, el teclado de Valle comienza una melodía que se sabe infinita. Mientras invita a todos a aplaudir en un instintivo estilo de bossa nova, la banda se prepara para hacer lo que mejor sabe.

Lo singular de esta etapa madura de Valle es que toma esos elementos típicos de la música popular brasileña, pero no lo hace para volcarlo a un folk, que sería acorde a su edad, sino que los fusiona con el funk y con el jazz, como siempre lo ha hecho. El resultado es tan ameno y disfrutable como único: al escucharlo, uno se sabe en presencia de un sonido singular que mezcla virtuosismo performático con un ritmo popular en partes iguales. Valle no se limita a citar sus influencias pasadas: las trabaja y las transforma en una compleja capa de sonidos que sigue sonando moderna, porque nunca dejó de dialogar con la pista de baile ni con su público.

Y cuando parecía que todo había terminado, Valle retorna al escenario con Ana de la mano para culminar con ‘Bicicleta’: la energía de ambos nos hizo olvidar lo reiterativo del tema, que lejos de hartar sirve para que hasta los más desprevenidos la aprendan rápidamente y comiencen a cantarla. En ese cierre eufórico se condensa la tesis definitiva de la velada: la música popular brasileña es un continuo que ignora las brechas etarias.

En suma, considero que es en la complementación de una leyenda como Valle con una estrella en ascenso como Frango donde se encuentra el germen de algo fundamental en cualquier cultura: el trasvasamiento generacional en la música. Creo que ellos lo están logrando, demostrando que la mejor forma de honrar la tradición y continuarla no es conservarla intacta en un altar, sino pasarle la antorcha a quienes saben mantenerla viva y en constante movimiento.

Publicado el 17/09/2026

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