«Hay mucha música que aún no escribí y que me está esperando» Rodolfo Mederos a los 83 años

En el marco de su primera fecha del 2024, este viernes primero de marzo en el Torquato Tasso, la leyenda viviente del bandoneón, Rodolfo Mederos, repasa toda su carrera y discute sus principios

Fotos: Ailen Ramirez.

La música ha convertido a Rodolfo Mederos en un trotamundos. Conoció las grandes metrópolis, New York, Paris, São Paulo y Tokio, y tocó en todas, también en ciudades mucho más impensadas como Praga, La Habana, Shangai, Riad, Bangkok, Tenerife, Johannesburgo, Manila y Guadalajara. Su hogar está en el barrio de Constitución, donde nació. Tuvo oportunidades de elegir suburbios de todo el planeta para asentarse, pero su casona está en el mismo barrio de bochinche e inmigrantes: en su niñez tanos y gallegos, hoy paraguayos y senegaleses. Ubicado en Capital, pero de cara al sur, Constitución es un ecosistema de paso para la masa que todos los días va y viene del Conurbano en el tren Roca. El pasado se conservó en anticuarios y edificaciones a medio reformar donde ahora hay una barbería dominicana o un local de comida venezolana. Ahí está Mederos, parte de un paisaje que sigue siendo esencialmente porteño.

Quizás sea el bandoneonista vivo con mayor renombre en el planeta, pero está lejísimos de ser famoso. Es un vecino más. El hecho de que reciba alumnos semanalmente apenas puede levantar la sospecha de que sea alguien importante en su campo. Lo primero que uno aprende sobre Rodolfo estando cerca suyo es que no le interesa ser un patrimonio caminante. Si lo aplauden demasiado hasta se persigue preguntándose en qué se habrá equivocado. Le resbalan sus nominaciones a los Latin Grammys y piensa mucho más en las tres nuevas formaciones que está preparando que en los tiempos donde acompañó a Piazzolla o a Spinetta. En su estudio hay recuerdos de colección para la historia del tango junto a dibujos que le dedicaron niños. Recortes de prensa y cientos de partituras, propias y ajenas, están bien ordenadas, pero el lugar privilegiado junto a su piano lo tienen hojas en blanco, esas donde pueden pasar cosas nuevas. Con sus ochenta y tres años valora su historia, pero tampoco se deja hipnotizar. Está mucho más interesado en lo que pueda encontrar mañana.

Al leer sus declaraciones en entrevistas uno puede imaginar a Mederos como un tipo seco y amargo, vaciado de cualquier forma de optimismo. La indignación está a la orden del día cuando habla de que el tango se terminó en la década del 50, más allá de que él no vea el fin de su historia como algo negativo. Tampoco lo pintan muy alegre sus comentarios sobre la actualidad del ser humano, que le parece desoladora. Sin embargo, Rodolfo está lleno de energía y es un gran compañero de conversación, de los que se deja llevar por sus propias ideas sin volverse confuso o demasiado autorreferencial. Es didáctico con sus puntos, tiene a mano siempre alguna analogía o una anécdota para robustecer la argumentación y hasta divierte con diálogos ficticios donde discute con detractores conjeturales. El carácter fuerte y la ideología punzante con la contemporaneidad no le quitan la risa y el cariño. Cuando hacemos las fotos para la nota se presta para todo, incluso propone ideas, juega y tira guiños despreocupado. Su humor diluye la distancia que se le puede tener por ser una eminencia, es un veterano tanguero claro, pero también padre, maestro y hasta coleccionista de juguetes.

Algo que se percibe en Mederos es que siempre tuvo que luchar para ser quien era, algo que forjó su personalidad e hizo sus principios a prueba de todo. Por encima de cualquier cosa está su amor a la música, en sus seis bandoneones, sus partituras y en quienes lo acompañan en ensayos, clases y presentaciones. Para él debería ser “la primer comida”.

-Escuchar música es un acto muy íntimo, muy privado, muy intenso. Mucho más que bañarse o hacer el amor. Es despojarse de muchos prejuicios, encontrar el tiempo que habría que encontrar, que no son diez minutos, tampoco son catorce horas. Un tiempo razonable para cerrar la puerta, poner el disco en un buen ámbito de sonido y percibir todo eso y preguntarse «¿qué es eso?¿por qué es eso así y qué me pasa con eso?» y volverlo a comer de vuelta y de vuelta. Es la única forma, sino la música es apenas un desodorante.

No es de extrañar que para él sea vital la experiencia musical sí solo pasó sus primeros siete u ocho años de vida sin tocar el bandoneón. A esa edad llamaron a su padre ferroviario a trabajar a Entre Ríos y la familia se mudó justo en frente de un polaco que tenía un fuelle con el que tocaba exactamente tres valses, cuatro polcas y dos tangos. Con un primer acercamiento lúdico y pasional, de oído, empezó un camino por el cual ha dejado de lado insumos significativos de todo tipo. Hoy lo ve como una “tarea proselitista, incluso política e ideológica”. No siempre fue así. La primer responsabilidad llegó cuando su papá pudo amarrocar unos mangos de su sueldo obrero y regalarle su primer bandoneón. Semejante gasto no podía ser simplemente una compra, tenía que ser una inversión. A los doce años el instrumento se lo llevó con él a Córdoba en otra mudanza y allá empezó a integrarse a orquestas de la ciudad. Lo rudimentario de estos conjuntos dejó descansar su entusiasmo como instrumentista por lo que pasó su adolescencia como estudiante de biología en la facultad, más aplicado a la ciencia que al arte. Su futuro cambió con dos llamados de Piazzolla.

El primer llamado fue indirecto. Rodolfo escuchó ‘Lo que Vendrá’ en la radio y por primera vez se atrevió a pensar el bandoneón como una vocación. Como una epifanía, esa composición le dio vuelta la cabeza. Empezó a devorar todo disco y partitura de Piazzolla que llegase a Córdoba hasta el punto de obsesionarse. La biología fue quedando atrás cuando se descubrió compositor y ensambló un extraño octeto con cuerdas y vibráfono, inspirado en Astor y Horacio Salgán. Su mirada progresiva del tango era evidente y entre los otros intérpretes del género crecía el recelo. Los músicos de jazz le dieron el alimento para su curiosidad y comprensión. Esos primeros tangueros que lo juzgaban, a quienes años después acusó de solo hablar de minas y carreras de burros, ya advertían una disputa sin fin para Mederos.

Piazzolla se encargó de que el segundo llamado sea imposible de rechazar. “¿Cuándo te venís a Buenos Aires?” le dijo después de escuchar grabaciones suyas en la radio local en 1960, cuando Rodolfo tenía veinte años. En el ‘65 volvió a Córdoba para tocar en el Teatro Rivera Indarte (ahora Teatro San Martín) y pidió que el conjunto del momento de Mederos hiciera la apertura. Al terminar el concierto salieron juntos los dos y ahí Astor repitió la interrogante, “¿Cuándo te venís a Buenos Aires?”. Frente al teatro estaba la facultad de ciencias exactas donde Rodolfo iba a estudiar todos los días de guardapolvo. Entre la espada y la pared, tuvo que elegir entre las expectativas universitarias de unos padres de clase obrera y el instrumento. Otra frase contundente del marplatense lo convenció: “dejá la biología para los biólogos, vos sos músico”. A la semana siguiente estaba en una pensión de la capita

Hasta acá la parte romántica. Cuando llegó a la orilla del Río de la Plata, Rodolfo tenía los pesos contados y nada seguro. Tocaba en cantinas y hasta le robaron el bandoneón que le había regalado su viejo. Piazzolla le hizo un préstamo de uno suyo para que pueda seguir, pero muchas más ayudas no tenía. Lo echaron de la pensión después del primer mes y dormía en camas de colegas. Para intentar salir adelante formó un cuarteto con el flautista Arturo Schneider, el guitarrista Rodolfo Alchuorrón y el contrabajista Fernando Romano y grabaron un EP de cuatro canciones, “Buenos Aires al Rojo”, pero no hubo caso con las convocatorias. El cantautor Oscar Matus, que prestó su estudio para grabar ese primer material, se convirtió en su mayor aliado para la segunda mitad de los 60. En el ‘67 hicieron juntos el disco “Matuseando” en sociedad con músicos del folklore como Domingo Cura y Jorge Cutello. No había ido a Buenos Aires para grabar cuecas, zambas y guaranias, pero en esa época se sentía como “una especie de flotante”.

Uno creería que ser músico es cerrar los ojos y escribir y después inyectarse, tomar whiskey… no”, dice ahora con la conciencia de todo lo que pasó para sobrevivir. Los últimos años de la década de los 60 fueron surreales para él, los más duros de su juventud. Se ríe y suelta algún “que lo parió” cuando recuerda que Matus lo invitó a un encuentro militante de la canción de protesta en Cuba porque sobraban boletos. Plena dictadura de Onganía y ese fue su primer viaje en avión, con escala en Checoslovaquia a la ida y en París a la vuelta. Se la jugó y se quedó casi un año como bohemio en Francia “sin saber qué hacer de la vida”.

-Ahí conocí a un amigo que me dejó vivir en su casa un tiempo. Después me alquilé un bulincito en pleno Saint Germain. Agarré laburo en un boliche que cuando llegué el dueño, un ruso, me dio un álbum de canciones rusas. Todavía me acuerdo de algunas. Yo necesitaba morfar así que tocaba lo que quisiera. No había un escenario, era una única mesa larga con cuarenta comensales y yo tenía que ir por alrededor de la mesa con el bandoneón colgado como si fuese un acordeón. Hasta me dieron un gorro de cosaco. 

En 2024 se estalla de la risa contando la anécdota, pero en aquel momento era difícil creer que había elegido lo correcto cuando en su haber tenía cuatro años de carrera de biología adentro y la idea de especializarse en genética vegetal. En Francia también cuidó chicos y llegó a robar comida, “cualquier cosa para poder morfar, iba a una boulangerie y me afanaba quesos”. El motivo para volver tampoco fue muy alegre: su padre se enfermó y no tuvo otra opción.

Cuando Rodolfo habla de Osvaldo Pugliese señala la estatuita que tiene en su estudio. Quizás sea el mayor santo de su devoción del panteón tanguero, debatiéndose el puesto con Salgán y Pichuco. En 1969 Pugliese renovó su fila de bandoneones, salieron Osvaldo Ruggiero, Víctor Lavallén y Julián Plaza, quedó solo Arturo Penón y una oferta de trabajo que Mederos, sin demasiadas ganas, tomó. Respetaba la labor de Pugliese, pero no iba con él vestir de traje e interpretar los viejos tangos ya perfeccionados. No importaba ser la oveja negra, necesitaba comer y hasta la fecha era su mejor trabajo. Los otros dos fuelles vacantes los tomaron Juan José Mosalini y Daniel Binelli, que años más tarde iban a ser sus compinches en Generación Cero.

El periodo que cubren los discos “La Biandunga”, “Sentimental y Canyengue”, “El Andariego” y “Noches de San Telmo” (de 1969 a 1976), Pugliese mantuvo a nuestro protagonista en su línea de bandoneones e incluso le encargó arreglos. Rodolfo llenaba las partituras con sus inclinaciones rupturistas y el director le borraba la mayoría de lo que agregaba. La misma tensión entre el lápiz y la goma que tuvieron Piazzolla y Troilo décadas atrás. Mederos pensaba en exploraciones microtonales y música aleatoria, pero Osvaldo no se dejaba impresionar. Inconforme con esa economía de notas y acordes que tardaría años en apreciar, Rodolfo encontró en la primera camada de rockeros un terreno fértil para nutrirse.

Al repertorio de su tocadiscos se sumaron Pink Floyd y Emerson, Lake & Palmer y cuando los Almendra lo llamaron para que participe en ‘Laura Va’ hicieron la primer canción de rock con bandoneón en la historia. También estuvo en ‘Apelación de Otoño’ y ‘Los Lunes de la Humanidad’ para el disco “Melopea” de Litto Nebbia, ‘Cuando Ya Me Empiece a Quedar Solo’ del “Confesiones de Invierno” de Sui Generis y, en una junta con Billy Bond que rememora con risotadas, el álbum psicodélico “Buenos Aires Blus” de La Pesada del Rock and Roll.

A su vez se mezclaba con artistas de folklore como Cesar Isella y Kelo Palacios, así como con el nicho jazzero. Las pruebas más claras de su sed musical se pueden encontrar en dos discos de culto de jazz fusión: “Pupa o Crisalide” (1975) y “Quotation Marks” (1976) del italiano Enrico Rava. Para ambos LPs del trompetista tano grabaron algunos temas junto al chileno Matías Pizarro y los autóctonos Jorge “el Negro” González, Ricardo Lew y Néstor Astarita. La memoria de esas sesiones en el estudio venía juntando polvo hace mucho y Mederos ahora se divierte pensando “¿con cuanta gente me mezclé?¿habrá sido para bien?”, pero para que no quepan dudas afirma “me juntaba con toda esta muchachada y la pasaba bárbaro, además, aprendí un montón”.

-Yo desde que tenía 13 o 14 años me empezaba a preguntar “¿qué es una trompeta?” tocando el bandoneón en orquestas típicas miraba a los pianistas o bajistas de jazz, que no tocaban como los nuestros, hacían cosas distintas. Me fui queriendo incorporar, no para convertirme en un músico de jazz, está claro, pero digo “que lindo es eso, ¿por qué me lo voy a privar?” Y cuando aparece el rock lo mismo. Me gustaba todo eso, me parecía muy genuino y necesario. No era algo forzado o de moda. Ya no era tocar ‘La Yumba’ o ‘La Cumparsita‘. Las dos músicas urbanas por excelencia, son el tango y el rock. Hablan de la ciudad, ahí yo no veo ni un riachuelo, ni un bosque, ni una montaña, veo cemento. 

En esos años los tangueros lo miraban con lupa, lo tomaban como mal ejemplo. Ha llegado a decir que se sentía completamente solo en su generación. Mosalini y Binelli eran los únicos a los que podía considerar amigos en todo el ecosistema del tango. Nadie ahí le discutía directamente, solo había críticas desde cierta oscuridad y su oposición era hacer lo que quería.

-Pugliese mismo, con todo el amor, el respeto y la admiración que yo le tengo, en algún momento tuvo su sospechas de respecto de mi actividad. Tampoco lo entendía, con todo lo supuestamente marxista y evolucionista que era su pensamiento. Ahí me parece que estaba aferrado a una especie de mundo diferente. Yo tenía ganas de salir y así pasó. En esa época tenía el pelo y la barba largos, no podía estar en una típica ¿cómo hacía con un traje? y dije «no es por acá» y seguí con mis ojotas, mi morral y me cagué de hambre, porque en esa época cuando me fui de la orquesta donde ganábamos una guita digna. Fue uno de los precios que tuve que pagar.

Con el archivo digital de la revista Pelo y otros recortes de prensa de la época se puede establecer una línea temporal de su tesis más demoledora y polémica. Como sabe las reacciones hasta se divierte un poco variando el diagnóstico, el día de esta nota dijo que el tango está “caminando como un zombie sonámbulo en una sala de hospital”. En la mayoría de las entrevistas lo ve muerto o en coma, así que esta versión hasta podría ser optimista: al menos se mueve. Ya en los 70 hablaba de esto, aunque cada vez ha sido más severo con su acta de defunción. La discusión sobre la muerte del tango es casi tan vieja como su existencia, la argumentación actual suele tener que ver con que ya no es música popular que represente a las masas rioplatenses, pero también hoy hay más bandoneonistas que nunca en Buenos Aires. En este caso el meollo no debería opacar que Mederos a partir de este pensamiento toma dos accionares en paralelo: Por un lado llama a encontrar una música nueva que ocupe ese lugar; y por el otro adora y celebra continuamente la historia del tango, la cual considera “monumental”.

-El tango hizo lo que no hizo ninguna otra música en el mundo. El barroco necesitó trescientos años para llegar a Bach. El clasicismo necesitó doscientos cuarenta años. Al tango le alcanzó con cincuenta años. Desde las primeras músicas hasta Horacio Salgán, por ponerte un último eslabón de la cadena. «¿Por qué no Piazzolla?» por ahí está en el margen, podemos incluirlo como la última capa de pintura, pero no termina de ser la materia. Y ahí sí, pongo la raya y digo «muchachos hagamos la suma y vemos que tenemos, porque a partir de acá tenemos que hacer otra cosa». Esto lo tengo clarísimo, si no es caer en la melancolía de que «ay, aquellos tanguitos…». El tango representó todos esos acontecimientos emocionales, existenciales y filosóficos de la gente del Río de la Plata, ¿más queremos pedirle? Ni bailamos como aquella gente, ni tocamos como aquella gente, entonces si no somos aquella gente, hagamos nosotros nuestras propias cosas.

Con este impulso de encontrar novedades, cuando se fue de la orquesta de Pugliese fundó Generación Cero. “Para mí era necesario y también era necesario hacerlo con esos músicos, no viejos violinistas de tango. Buscaba gente a veces ni siquiera tocaba del todo bien, pero tenía otra cosa”, así se encontró con Gustavo Fedel, ex-tecladista de la banda de rock progresivo Espíritu, el joven virtuoso de la guitarra Tomás Gubitsch, por aquel entonces miembro de Invisible, el baterista jazzero Pocho Lapouble, sus compañeros en el fuelle Mosalini y Binelli y más músicos que fueron rotando. La agrupación dejó dos discos, “Fuera de Broma” (1976) y “De Todas Maneras” (1977), que junto “Todo Hoy” (1978), el primer disco de Mederos solista, en la misma línea que Generación Cero, hacen a su etapa de mayor reconocimiento y fascinación por parte de la crítica y los coleccionistas.

Rodolfo ocupaba un lugar de integración interesante para los jóvenes hippies de la época, su grupo les podía funcionar como puente para las obras de Astor Piazzolla, el Quinteto Real, el Sexteto Mayor y Eduardo Rovira, una música que les hablaba en un código distinto al de Crucis y La Máquina de Hacer Pájaros, pero que podían captar. Eran años de auge para agrupaciones con filo jazzero y rockero como la Mahavishnu Orchestra y Generación Cero era un catalizador de toda esa energía creativa. Hasta la fecha es el conjunto más emblemático en fusionar estas tres músicas para crear algo nuevo, sea calificable como la música de Buenos Aires de la que hablaba Piazzolla, el “tango nuevo”, “fusión”, “moderno” o “contemporáneo”. Las inquietudes de Mederos que siempre habían estado limitadas de una u otra forma finalmente habían encontrado vía libre para crear. Como estandarte estaba una bandera que Rodolfo mantiene siempre, generar, en algún punto, incomodidad con su arte.

-Es interesante que la música genere irritabilidad. No porque esté mal tocada, si no ese “correte de ahí, no estés tan cómodo”. Esa música que siempre te acaricia, tiene olor a rosa y gusto dulzón, no. La que de alguna manera te lleva a un borde a preguntarte “¿y ahora qué hago?¿y esto cómo es?¿y por qué aquello?”. Que haya que afrontarla en estado de alerta. Ahí creo que cumplió el nivel básico que tiene el arte de sacarte de ese lugar de confort. No hay nada más mediocre que el confort. 

Si el arte logra eso…” Rodolfo se besa los dedos como un chef.

-No siempre es aplaudido, es más, muchas veces es rechazado. Piazzolla fue un caso por no ir muy lejos. Igor Stravinsky en 1913 se tuvo que escapar por los techos del Teatro los Campos Elíseos en París, ciudad que era un poco el epicentro de toda la cultura europea en aquellos años. El champagne, los perfumes y la música eran el top, mucho más que Italia, Alemania e Inglaterra. Ahí se estrena “La Consagración de la Primavera” con la Sinfónica de París. Teatro lleno. Y claro, el ruso este empezaba con una disonancias que te erizaban todo. Una sonoridad no confortable para no decir otra cosa. La gente empezó primero a hablar, luego a silbar, luego a gritar y finalmente a tirar con objetos. La orquesta se tuvo que ir del escenario y Stravinski se tuvo que escapar por los techos del teatro para que no lo maltratara el público. No hace tanto, apenas cien años. Es un ejemplo más de otros tantos que te puedo contar en el momento de que todo lo que incomoda, que te reestructura, lo dejamos para mañana, “ahora dame algo rico, algo dulce, algo que me calme”.

A pesar de esto, el timing de Generación Cero fue bueno para encontrar un público del otro lado. Surgió en un momento fértil para la música instrumental que tome riesgos y se ganaron una audiencia fiel. El elefante en la habitación era, por supuesto, la dictadura de Videla, que estaba en sus años más siniestros. En ese contexto Rodolfo, con treinta y pocos años, a ojos de los milicos llevaba adelante “una actividad medio extraña: músico, pelo largo y joven. No era un empleado de banco así que «uh, ese, zurdo total». Tocaba el fuelle y eso era una especie de salvoconducto. Hubiera tocado la guitarra y ya estaría en cana”. Llegó a pensar en irse del país “porque corría riesgo la vida”, pero se quedó, no sin presenciar secuencias insalubres.

-Una vez estábamos en medio de un toque, se prendieron las luces, «‘¿qué pasó?» y entran unos tipos con carabinas. Todos manos para arriba, las mujeres por un lado, los tipos por otro lado. Todos, los músicos también. Se llevaron llevaban gente que no tenía documentos. Yo me salvé porque uno de los canas me vio tocando el fuelle con Pugliese, ¿podes creer? Me dicen «bueno, usted salga» y después yo hice llamar a los muchachos. Le decía al sargento «mire, ese muchacho es pianista» y pude ir rescatando un poco a todos. La pasamos como el orto.

A diferencia de muchos seguidores, Mederos no pondera esta etapa de su carrera por encima de las demás. Cuando se cruza con alguna partitura o canción, le llama la atención, “digo “mirá que interesante cómo concebí tal cosa en una época donde tenía poco material conceptual, no había estudiado mucho, pero se me ocurrió eso» y de pronto escucho un poquito más y ya con un criterio más analítico «mmm no, así no, ese acorde, no va». Ya no puedo cambiarlo porque es así, pero hoy lo haría distinto”. Cuenta que, como siempre, en esa época avanzaba “con seguridad, pero también con muchas preguntas”. La confianza y el empeño en sus exploraciones lo hace sentir satisfecho en retrospectiva.

Los álbumes como tal no son una preocupación mayor para Mederos. La motivación siempre fue la música en vivo, los long plays le parecen simples fotografías: “Estamos viendo una foto que no es la realidad. La música existe cuando el músico la hace, el agua existe cuando la tomo, hacer el amor existe cuando tengo a alguien para hacer el amor, todo lo demás es mentira. La concepción moderna de álbum como espacio predilecto para la obra del músico no tiene nada que ver con cómo se los llegaba a pensar en la época dorada del tango. Desde el entendimiento post-Beatles un disco como “De Todas Maneras” es más que simplemente el registro que quedó de lo efímero, es la forma palpable para conocer, en su estadío más acabado, una música trilingüe completamente inexplorada hasta ese momento.

Unos años después, con la llegada de la democracia y sin el favor del público rockero, que ya estaba avocado al new wave, Mederos volvió al estudio para dos discos más: “Buenas Noches, Paula” (1983) y “Verdades y Mentiras” (1984). Esta breve etapa se emancipaba del ejercicio experimental algo atado a ciertas modalidades del rock progresivo (delatadas desde la portada de “Todo Hoy”) para volcarse en un dialecto ya propio, imposible de clasificar como tango, rock o jazz, sin dudas bonaerense. En 1990 le dijo al diario La Voz del Interior “¿A quién le importa la vanguardia? No importa cuán moderno sea uno sino en qué medida logra sensibilizar al otro” y la delicadeza de “Buenas Noches, Paula” puede ser la mejor representación fonográfica de ese difícil equilibrio entre la innovación y una suerte de universalidad emocional.

Este periodo no tan celebrado, pero sin dudas nutritivo, desembocó en un apagón. El siguiente disco llegó en 1989, “Reencuentros”, que además es su único trabajo no disponible en internet. Durante ese interín fue protagonista del film de Hugo Santiago “Las Veredas de Saturno”, una co-producción francoargentina que lo recibió en condiciones muy por encima de las de su primera estadía en París. Encarnó a Fabián Cortés, un exiliado de Aquilea (una Argentina ficticia donde la dictadura había vuelto poco después de su caída en 1983) que caminaba las calles parisinas junto al fantasma de Eduardo Arolas, leyenda de la guardia vieja que murió en la ciudad allá por 1924. A la trama de arte de vanguardia en el exilio y la necesidad ineludible de volver para reencontrarse con la inspiración, se sumo una banda sonora creada por Rodolfo con quizás su música más incómoda jamás hecha. Su bandoneón crujía con una banda simil-Generación Cero atravesada por Osvaldo Caló, Tomás Gubitsch e instrumentistas franceses. Pasaron unos cuantos años para que Mederos vuelva a caminar ese camino musical de riesgo.

Rodolfo dejó de encontrarse a sí mismo en la búsqueda vanguardista. Necesitaba volver a casa. Ser un renegado del tango para siempre era insostenible para él, que siempre lo amó. Para volver hacía falta, curiosamente, llegar a la conclusión de que realmente el tango estaba acabado.

-Yo creo que siempre tuve esa sensación, pero no siempre tuve la conciencia. Esa conciencia me tranquilizó, porque si no uno estaba como en una especie de deuda, “ay, tengo que tocar como como Troilo”. Me llevó años, pero cuando salió a la luz dije «no necesito vestirme de». Uno es lo que es y tiene que asumir eso. ¿Disfrazarse de tanguero para qué? Es como disfrazarse de gladiador, no estamos en la Roma del imperio romano. No es fácil admitir esto porque es como la muerte de los padres, ¿no? Está el recuerdo, la foto, está la obra. Yo soy parte de la obra, porque estuvieron mis viejos y entonces eso da una fortaleza, pero uno ya no tiene las ganas de vivir ahí. Es como falso eso o ingenuo, es vivir en casa prestada. Déjame vivir en mi lugar aunque sea un rancho.

Para él es caprichoso querer vivir en casa de los padres, pero eso no quita que se los pueda visitar: “necesité volver a casa de mis viejos, comer el puchero que hacía mi vieja, los mates que cebaba mi viejo. Volver a alimentarme un rato. Lo visité unos días y ahí hice la orquesta típica”. Esto lo entendió después de años sin una orientación satisfactoria con su carrera. La respuesta vino de la mano de la educación cuando formó parte del equipo fundador de la Escuela de Música Popular de Avellaneda en 1987. Como docente en el EMPA, terciario que actualmente es uno de los mayores semilleros de músicos en el país, se reencontró con el formato de orquesta típica y recuperó de lleno el fervor que menguaba. Aunque ya no está en la EMPA sigue dando clases, una actividad que lo mantiene vibrante.

-Trabajar con los estudiantes no solamente me gusta, sino que lo considero necesario. Son dos cosas. Una es “lo tengo que hacer”, como un militante, y la otra es “que lindo es hacerlo”, como un diletante. Es lindo porque, aunque es algo que parecen decir todos, sigo aprendiendo. Parece increíble, ¿no? vos decis «pero maestro, ¿a los 83 años que va a aprender?», si yo no tuviera más que aprender ya me tiro un tiro. Si alguien me demuestra que yo no tengo más nada que aprender me pego un tiro. ¿Porque si no para qué la vida? ¿para darse las vacunas y hacer visitas al médico? uno necesita seguir aprendiendo y discutiendo. Seguramente yo tengo una cantidad de experiencia útil para ellos y ellos tienen una cantidad de, digamos, ingenuidad muy energética que también me viene bien. Uno es un poco como Drácula, toma la energía.

Esta experiencia hizo al Rodolfo que conocemos desde la década de los 90. Avanzando sobre la tarea colectiva y con el tacto para hacer experimentaciones musicales sin ser brusco. Inconscientemente le había estado pidiendo al tango que sea algo que no era, pero en esos años empezó a apreciarlo más y revalorizó su tiempo con Pugliese, cuya música ahora considera “que sigue siendo inalterable y cada vez más alta”. Llevó a cabo un disco en homenaje a Carlos Gardel y el repertorio clásico (‘La Yumba’ y ‘Caminito’ por ejemplo) le empezó a ganar terreno en su quinteto a las propias composiciones para los CDs “Tanguazo” (1993) y “Eterno Buenos Aires” (1999). Este último ocupa un lugar privilegiado en la discografía de Mederos por comprender la mayor complementación entre la tradición tanguera y su propia impronta. Además se juntó con Sergio Paolucci para “Free Jazz Tango” (1996) y gestaron un trío junto a Héctor Console y Daniel Barenboim con el que hicieron “Mi Buenos Aires Querido” (1996), música rioplatense atravesada por la clásica.

La colaboración se ha mantenido como signo de la adultez musical de Rodolfo Mederos. Se alimenta de otros influjos creativos, parecido a lo que le pasa con sus alumnos. Se cruzó con personajes impensables como el ídolo de la salsa venezolana Oscar D’León o el grupo de folklore canario Los Sabandeños. Sus participaciones más reconocidas están en la obra de Joan Manuel Serrat, pero ha llegado a concretar discos con el pianista brasileño Marcelo Ghelfi y el cantaor flamenco Miguel Poveda. Las experiencias más nutridas elegibles han sido dentro del territorio argentino, “Tangos” (2000) a dúo con el guitarrista Colacho Brizuela y el CD-DVD con su trío y el poeta Juan Gelman, “Del Amor” (2011). En esas reuniones se logró un código común donde cada una de las partes se pudo abrazar sin desprenderse de sus propios caminos. Los resultados son conmovedores.

La actividad de Rodolfo no ha cesado con el pasar de los años, con el pasado como fuente y el futuro como objetivo. Su gran problema es el presente, no suyo sino de la humanidad. Entiende que la globalización ha puesto en peligro las identidades culturales, “se perdió esa cosa esencial que era la pertenencia. Ahora todo es de todos lados y de ningún lado”. Además está severamente en contra de lo que define como un “sometimiento” a la tecnología que nos reemplaza en nuestras funciones y nos deja inútiles. Lo define como un “lento y progresivo desmantelamiento de los saberes”. Denuncia que nuestra sociedad está corrompida por la velocidad: “la inmediatez es un somnífero y es muy castrante, no permite el proceso”. Prescinde de tener un celular por más que muchas personas le insistan en que necesita WhatsApp. Su respuesta es clara: “¿Con eso me vendrán mejor las armonías?¿frasearé mejor?¿tendré más salud? ¿seré más feliz por eso? No. Entonces, ¿para qué quiero eso?”.

-A veces pienso en Juan Sebastián Bach, que para mí ha hecho algunas de las cosas más maravillosas del mundo, y digo «esa música no debe ser real, nadie pudo haber compuesto esto sin teléfono celular, sin fotocopia, sin una birome». En el 1600 no había ni un lápiz, ¿cómo escribió todo eso? Yo apenas puedo tocar algunas cosas, mal tocadas, ¿será verdad o yo estaré confundido? no puede ser.

La preocupación esencial en este panorama son los jóvenes, “porque mi mirada está puesta en los que siguen. Aunque mi oído está para atrás, mi mirada está para adelante”. Su pensamiento es que la gente ya no escucha música. “Es para matar el silencio, que es lo más lindo del ser humano”, lamenta. La palabra para él es “orfandad”. Y lo peor le resulta que nada de esto va a hacer a la humanidad más feliz.

-No hay tiempo para escuchar música. Cuando el hombre debería tener más tiempo con tantas cosas que hizo a favor. No hay tiempo, ¿pero entonces cómo hacía Bach en aquella época para escribir todo lo que escribió? y tenía catorce hijos y tenía que ir a atender a sus estudiantes y al coro y después limpiar las aulas.

La perspectiva es devastadora, pero Rodolfo ahí halla fuerza para seguir: es su cruzada. Con ochenta y tres años está trabajando a pleno con sus cuatro conjuntos y sus clases, “se siente que de alguna manera estás regando las plantas, alguna florecerá y la mayoría no, pero es esa esperanza, un poco ingenua tal vez, de que alguien perciba algo”. Insiste en subir a un escenario y tocar, no por plata ni por el aplauso, por algo mucho más profundo, “hacemos eso porque no podemos hacer otra cosa. Porque la otra cosa sería la nada. La muerte y más allá de la muerte. Uno hace eso porque se siente vivo”.

-Hay que cargarse de energía y seguir buscando. Seguramente hay muchas cosas buenas que hay que hacer. Tengo la sensación de que hay mucha música que aún no escribí, que me está esperando en algún lugar. Está en mí ir a buscarla y cuando ocurre uno se siente vivo y bien. Y luego hay que seguir buscando. Con estos músicos, con otros músicos, en este lugar, en otro lugar. En el fondo estoy tranquilo. Lo que me inquieta es esa búsqueda que me late el corazón porque no sé dónde va a estar ese diamante que está metido entre las piedras, que parece un carbón al principio, que no se entiende, ¿dónde está? Entonces salgo con el pico y la pala y vivaqueo, me comen los mosquitos, paso frío, me agarra la lluvia y tengo hambre, pero estoy en la montaña, cavando y cavando y aparece algo. Eso es fantástico. Eso es maravilloso. ¿Me podría ir a algún joyero a comprar un anillo? si, pero yo lo quiero encontrar.

El hambre de más lo hace incansable. Cuando habla del “placer y la sensación de poder que da encontrar eso” suspira con una satisfacción que da ganas de seguirlo. De la misma manera, es apasionante escucharlo hablar sobre la historia del tango, a la que ha entregado gran parte de su tiempo este siglo, como estudioso y como intérprete. Su aporte más esencial es el rescate de la primer era, la guardia vieja, de la que prácticamente no quedan más que partituras y una influencia que solo detectan los expertos.

-Siempre hay que rescatar eso porque eso fue todo un árbol que ha crecido y que ha dado su fruto, es eso, desde las raíces, 1900, 1880 tal vez. Desde ahí que cayeron las primeras gotas del tango. Claro, uno toma aquella música de las partituras que habrán llegado de esa época y todavía no era el tango, era como una especie de embrión, estaba vivo, pero todavía no tenía forma. Hacia el 1900 empezó a consolidarse esa vieja guardia que para mí es fundante. Quien no conoce eso creo que no conoce nada. Es necesario conocerlo y además es maravilloso, una aventura formidable, que nos deja distintos. Conociendo eso ya uno no piensa igual, no siente igual, no oye igual. Cuando metió la mano ahí en ese vientre, cuando tomó de ese cordón umbilical, son distintas las cosas.

Ángel Villoldo, Arturo de Bassi, Enrique Saborido y Eduardo Arolas son algunos de los compositores de la guardia vieja que homenajea hasta hoy. En 2006, 2007 y 2008 respectivamente publicó los discos “Comunidad”, “Intimidad” y “Soledad”. El primero con orquesta típica, el segundo con su trío y el tercero en solitario, una trilogía que es su gran homenaje al tango. Estas producciones, con todos los años y giras que acarrean, no contradicen la hipótesis de que el tango ya no está entre nosotros. 

-Hemos nacido desconectados de una parte de la historia. Construyamos la nuestra, ¿no sabemos qué? bueno, nos jodemos. Busquemos qué ¿o no somos mas inteligentes o no somos mas sensibles? Nos fuimos degradando ¿por qué aquella gente inventó una cosa que se llamó tango o bossa nova o jazz y por qué nosotros no?¿nos cortaron las alas?¿qué pasó? eso hay que resolverlo. Lo anterior es un libro que se cerró, hay que leerlo, entenderlo y aprender de eso, pero hay que escribir un nuevo libro.

Parte de su presente sigue incluyendo ese libro. Con Sergio Rivas en el contrabajo y Armando Vega en la guitarra, que lo acompañan desde los 80 y ha recorrido el mundo con él, sea como trío o como núcleo de orquesta típica. Son la compañía más longeva en la trayectoria de más medio siglo que porta Mederos. A pesar de que aquella orquesta ya no siga (Rodolfo se da por satisfecho) “el trío subsiste porque es muy divertido”. La conexión entre los tres solo se consigue con el gran calibre musical de cada uno sumado a ese amor mutuo y las incontables veces que estuvieron unidos con sus instrumentos. Rodolfo confiesa que en todo momento sabe lo que le pasa al resto y eso es recíproco, ahí se encuentra la versatilidad y la ligereza que no tienen las orquestas. La pregunta que se podría presentar es ¿y por qué siguen tocando tangos?

-¿Por qué no?¿por qué no voy a visitar a mi padre y a mi madre? Si además lo necesito. Necesito volver a tomar ese vaso de leche fresca que me daban cuando yo era chico. Ahora los visito, charlamos, me cuentan sus cosas, les cuento mis cosas, me siento en la misma silla que me sentaba cuando era chiquito y vivía con ellos, pero al rato miro el reloj y digo “mmm, me tengo que ir”. Les doy un beso y me voy a la calle. Me voy al riesgo a la incertidumbre, a no saber qué va a pasar. Toco esa música porque me encanta porque es maravillosa. También es mía, pero yo tengo otra vida. Entonces toco y soy muy feliz y, cuando estoy por terminar, ya me voy para otro lado, satisfecho. 

Nada entusiasma más a Rodolfo que sus conjuntos nuevos, son sus armas y su desafío feliz. No se le nota la edad cuando cuenta todo sobre los tres proyectos con brillo en los ojos. Parece estar en el mejor momento de su carrera. “Los Perros Ladran” es, en apariencia, una orquesta típica. Cuatro violines, viola, violoncello, piano, bajo y cuatro bandoneones para una finta que toma el timbre y las virtudes de la formación tanguera para hacer otras músicas, composiciones de Generación Cero incluidas. La idea fue de su colaborador y ex-alumno Miguel Caragliano y Rodolfo ya confiesa que se divirtió arreglando nuevamente un tema como ‘Conspiración’. “El tango es muy híbrido y ¿por qué yo voy a estar en la pureza cósmica? no hay nada químicamente puro”, marca. Ensayan todos los sábados y tienen un proceso de prueba y error que lo revitaliza.

Otro proyecto todavía sin estrenar es “El Juego”, un espectáculo que preparan a dúo con su hijo. En la intimidad él y Valentín, que se dedica a la actuación, pero también toca el piano, se juntan hace años a compartir música. Por accidente descubrieron una coincidencia entre el tango ‘Silbando’ y la música del Padrino, “¿Nino Rota le robó a Sebastián Piana? No, los dos coincidieron, ¿cómo coincidieron y por qué? Eso fue una chispa que tiramos y había un bidón de nafta. Se incendió todo y ahí empezamos a descubrir boleros, bossas novas y blues, que tienen que ver con el tango e hicimos un laboratorio en el que mezclamos cosas”. 

-Este espectáculo se va a llamar «El Juego» porque estamos jugando, no solamente a mezclar y a sorprendernos y a sorprender a la gente que no sabe de esto, sino que ante un comentario cualquiera, “puf”, sale esta otra cosa. Es medio teatral, es musical porque tocamos, pero también hay algunas cuestiones que exceden los estrictamente musical.

“Pulso” es su nueva banda y lo tiene que no da más de la felicidad. Hace unos años retomó Generación Cero momentáneamente, pero se disolvió; y ahora quiere hacer una recuperación desde otro lado de esas ideas. “El bajista es un infierno como toca tiene 20 años recién cumplidos. Yo lo miro y digo «No puede ser como toca ese tipo y cómo piensa», me sorprende todos los días”, cuenta. El pianista tiene 21 y el baterista tiene 24, y también tiene palabras de admiración para ellos. Si uno suma la edad de los tres, no llega a los 83 de Rodolfo, que no está interesado en seguir con veteranos, quiere “ver qué pasa con esta nueva generación, qué sienten, qué necesitan y para dónde van. Podemos ir juntos para allá, ¿No?”. 

-Este es el cuarteto básico, que además puede tener implicancias con terceros. Como es un grupo base pueden ocurrir invitados. “¿y de dónde?” de dónde quieras, puede venir un bailaor flamenco, un violín de tango o una trompeta del jazz. ¿Y pero qué es esto?¿tango? no, ¿jazz? no, ¿rock? no. Es medio todo eso, es lo que soy yo. ¿Me gusta Alfredo Gobbi? sí, pero también me gustan Frank Zappa y Stravinsky. Los tres me representan de alguna manera.

Al cuarteto le depara una pronta presentación oficial en los escenarios y, sobre la posibilidad de en algún momento grabar un álbum, Rodolfo dice que “seguramente se de. Una fotografía juntos tenemos que tener”.

-Para mí es volver a salir a la calle. Si no hago esto ¿qué querés que haga? Si no lo que hay en el futuro es un geriátrico. Si no vivimos para eso, ¿para qué?¿para consumir remedios?¿para visitar a los médicos?

Mientras conversamos llega de improvisto Santiago Medina, el bajista de Pulso, una visita que pone contento a Rodolfo y viene bárbaro para preguntar por influencias del S.XXI que traen los compañeros de la banda, que quizás Rodolfo no tiene. Santi me ataja, “Guarda que Rodolfo está bastante actualizado. La otra vez le pregunté “che, ¿escuchaste Snarky Puppy?” y me dijo “Si, claro, los conozco”. Últimamente hablamos mucho de ellos, le gusta bastante el tecladista y el baterista también”. Por su parte Mederos da su opinión, “son genios, el virtuosismo es maravilloso y se me cae la baba, lo armónico está bien, pero tampoco es un descubrimiento. La forma es muy interesante, no es que no sabe a dónde ir, pero no va directo, eso es muy interesante. De ahí yo estoy heredando cosas y cuando escucho recargo las pilas”. El otro músico contemporáneo que surge en la charla es el pianista armenio Tigran Hamasyan, nombre al que Rodolfo simplemente responde con un “pffffffffffff” mientras levanta las manos en señal de admiración total.

-Hablamos de las diferencias generacionales, está muy bien y encima nos potencia. Yo digo que la diferencia entre un joven y un no joven es que nosotros, cuando hemos sabido ganarlo, tenemos el privilegio y ellos tienen la ventaja. Hay que ir para ese lado de la energía, de la imaginación, del riesgo, ¿no? Sino es la silla de dos ruedas, es el bastón.

De más está decir que Mederos no planea retirarse. Tampoco piensa en su legado, le basta saber que siempre intentó ser honesto con lo que hace y que no para de buscar esas posibilidades musicales que todavía no lo dejan dormir. Quizás su legado sea ese.

La charla se desvía entre anécdotas y complicidades, pero antes de que se apague la grabadora Rodolfo lo mira a Santiago y, como si se despejara el estado del mundo, suspira contento, “yo me divierto mucho. Me encanta esto. Yo no sé… si me obligaran a hacer otra cosa, así más formal yo… me parece que…” y antes de decir lo peor recalcula: “Yo me quiero juntar con esta especie, ¿viste? A algún lugar seguro vamos a llegar”.


Este viernes primero de marzo Rodolfo Mederos trío se presenta por primera vez en el 2024 con la promesa de sorpresas y novedades en el repertorio: Encontrá toda la info acá.

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