El estribillo es la insignia de la hegemonía musical. Simboliza lo que se presume infaltable. Un punto al que se desea llegar, un cantar esperado. Para alguien que lleva tres décadas de trayectoria, lo esperable sería que renegara ante la novedad y se limitara a hacer arqueología de un pasado al que no puede regresar. Eso no puede estar más lejos de Dani Pérez.
Todas mis reglas están en la hoguera
Los que fuimos en verano
El compositor, productor e ingeniero de mezcla rosarino pasó media vida haciendo discos con los Sucesores de la Bestia, grupo que a lo largo de su extensa trayectoria siempre le dio lugar a las contradicciones: definir al funk como su columna vertebral o -tal como advierte su magnus opus– afirmar que “Esto No Es Funk” (2010) resulta igual de cierto. En definitiva, aunque se asomen un indie melódico o un rock distorsionado, el funk aparece como filosofía transversal a su obra. Viene a asentar que cuando hay groove todo lo demás queda en un segundo plano.
A día de hoy Dani no corea los estribillos de su generación. Cuando los Sucesores interrumpieron su actividad en 2019, conectó con la nueva camada artística de la ciudad. Ahí definió que, aunque no tuviera una banda, nunca dejaría de hacer música en grupo. Su segundo disco solista, irónicamente titulado “Estribillos” (2024), no se enfoca en esa sección melódica sino en otra fuertemente subvaluada: los pre-estribillos, también denominados puentes. Dani tiende puentes con la generación que le sigue, favorecido primeramente por su encuentro con Los Versos, su banda soporte. Y acompañado además por una refrescante variedad de colaboraciones: Amelia, China Roldán, Bifes con ensalada, Luisina Cali, Nasir Catriel y fasciolo son partícipes y co-protagonistas de una obra que agrega a la música negra un tinte inconfundiblemente popular. El funk, el NeoSoul, el rock y la balada se asoman de a ratos en este viaje ecléctico que tiene como único hilo conductor el corazón.
Hoy por hoy el corazón de Dani está puesto en Audioburó Estudio, su mayor orgullo. Un espacio que empezó como un pequeño estudio de grabación y devino en un hogar para la gestación de la música rosarina, al cual da vida junto a Fermín Sagarduy, su socio técnico y compañero de locuras. Habitan este recinto no solo los sintetizadores de los que Dani es fanático, ni los artistas que vienen a ensayar, grabar y mezclar sus canciones, sino todo aquel que desee acercarse a tocar, escuchar y compartir cuando el Buró lo propone. Las propuestas oscilan entre Silencio Club, su listening party de cabecera, y workshops con ingenieros de mezcla de alta trayectoria.
Una generación entera de rosarinos conoció a Dani Pérez a partir de su trabajo en la grabación, mezcla y mastering de “Ballet para las Masas” (2025) de Nasir Catriel y fasciolo, a quienes además acompaña en vivo desde las bandejas. Ese encuentro no hubiese tenido lugar sin un acto poético de por medio. Hay hilos rojos que solo el arte sabe entrelazar. Y el caso de este trío dinámico ejemplifica a la perfección el concepto de “confianza ciega”. Hizo falta solo un par de maquetas para que Dani accediera encarecidamente a potenciar el sonido del disco, sin saber que estos chicos que apenas conocía lo habían sampleado dos veces. ‘Las Nuevas Olas’ y ‘La Vuelta a los Díaz’ acercaron la historia de Dani a una juventud que la desconocía por completo. Él, honrado y envuelto en fascinación, sigue poniendo su fuerza de trabajo a disposición de un rap argentino que se muestra en su momento más propositivo. La gratitud no entiende de géneros, ni generaciones.
Es sábado por la mañana y toco el timbre de Audioburó. Recorro sus salas llenas de sintetizadores, discos e historias. Nos sentamos en la cocina. Fermín, que estaba rondando la casa, se sienta con nosotros. En un rato va a sumar unas palabras. Mientras Dani unta sus tostadas, hablamos del presente cultural de Rosario. De gestión, de nuevos y viejos venues y de un techo de crecimiento que pasó de estar hecho de cristal a sentirse de hierro.
El condimento que más sabor le da a la charla es el defasaje generacional. Dani tiene el doble de mi edad y eso se traduce en un ida y vuelta peculiar: nos cautiva eso que nunca vamos a terminar de descifrar de la generación del otro. La diferencia reside en que, mientras yo solo puedo vivir el pasado de Dani a través de sus palabras, él habita mi presente en un estado de apertura y lucidez totales. Si le cito el meme de “the future is now, old man”, seguro me saca cagando. Y con todo el derecho del mundo.
Venís de una generación que llegó a hacer música sin Instagram ni YouTube de por medio. ¿Te quedó algo de los 90 en el ADN?
Las redes sociales llegaron cuando yo tenía veintitrés. Me re metí, me re sirvió. Me hicieron conectar con gente que no sabía que existía. La experiencia que más me llevo de eso es la comunidad Argensynth, donde estábamos todos los sintetistas del país. La creó Bruno De Vincenti, uno de los fundadores de Miranda!. De ahí conocí a Ernesto Romeo de La Siesta del Fauno y otros amigos que mantengo hasta hoy. De otra forma no hubiese podido llegar a ellos. Pasar a la digitalidad en esa instancia fue algo bueno para mí. Yo vengo de la época de los objetos, de editar los discos en CD y en vinilo, de pegar afiches por la calle, de repartir flyers en los recitales de mis amigos, de que salir en el diario fuera algo importante. Todas cosas que hoy en día son parte de la digitalidad. No está en mí ser melancólico ni defender un pasado, ya estamos acá [risas]. Los 90 fueron una época muy machista, de mucha agresión, de una escena en la que hablar de amor era de puto y ser puto era un insulto. Habiendo vivido la movida del grunge y lo que pasó con Nirvana, por ejemplo, es cierto que la gente se abrió un poco a sonidos que eran más difíciles para el oído en ese momento. Ahora parece pop, pero en ese momento era agresivo de escuchar. Ese momento de los 90 en el que salieron todos esos discos de los Red Hot Chilli Peppers, Soundgarden, Metallica, Massive Attack, N.W.A, fueron tres o cuatro años increíbles. Para mí como adolescente fue un momento de darme cuenta: “Se puede hacer música rara y que te vaya bien”. Lo que me quedó fue esa libertad. En ese momento veía artistas más grandes que eran cerrados y llegaban tarde a todo. Pero fueron años de muy buena música. Como adolescente no entendía lo que estaba pasando, pero sí que era muy estimulante.
¿Sentís que hacés música rara?
Mi lugar es particular, porque no hago música experimental, lo que sería clásicamente algo raro, pero tampoco hago algo re accesible. Estoy en un lugar híbrido. Me suele pasar de invitar a cantar a compositores amigos y que les cueste cantar mis temas. La forma de mis melodías no les suena natural. Yo hago lo que me sale, no está muy pensada mi música. Tiene una fibra popera, pero a la vez se disfruta del lado del que quiere escuchar arreglos no tan tradicionales. Aunque soy cancionero, hay una cosa de haber escuchado mucho punk, hardcore, metal, house y rap en los 90. Son bordes que no tienen que ver con la canción y se traducen en mi forma de tocar.
Se cumplen treinta años del inicio de Sucesores de la Bestia. ¿Qué te genera esa marca temporal?
Con los Sucesores tocamos desde 1996 a 2019. Hicimos diez discos. Cuando empezamos yo tenía dieciséis, ahora tengo cuarenta y seis. Lo que quizás no entienda alguien que no formó parte de una banda mucho tiempo, es que se vuelve parte de tu identidad. Ensayás dos veces por semana, tocás una vez por mes, sacás un disco por año. Y eso fue así para nosotros durante veintitrés años. Nos escuchó gente que tenía quince y ahora tiene cuarenta, nos escucha gente que tiene quince ahora mismo. Por más que nunca hayamos sido masivos, fuimos parte de la vida de mucha gente, tanto de nuestra ciudad como de otras. Eso es algo que nos va a atravesar siempre. Ahí es donde se logra el alto comunicacional de la música: las canciones son como un puente entre algo que hiciste en tu casa para vos solo y el hijo de alguien que te escuchaba hace veinte años. Eso te marca una forma de hacer las cosas. Hoy en día con Los Versos casi no toco ningún tema de los Sucesores. Solo uno o dos. Y son diez discos, hay muchas canciones para tocar si quisiese [risas]. Pero no me gusta el pasado. Los treinta años no los vivo como algo a lo que quiera volver. Lo que sí pensé, para que las canciones no se dejen de escuchar, fue colectivizar el repertorio: “Si les gustan cántenlas ustedes, yo tengo el estudio, hagamos un disco”. Le pusimos “Todo lo que fui lo dejo escondido en estas canciones”, que es parte del estribillo de nuestro tema ‘Presencia Incómoda’. Soy muy fan de Beach Boys y siempre me gustaron esas frases de ellos que son universales y a la vez melancólicas, como ‘God Only Knows’. La frase que elegí define estos treinta años que pasaron: todo lo que fui lo dejo escondido en estas canciones para que alguien lo quiera descubrir. Las canciones al final son eso: mensajes que uno deja para el futuro.
En ese sentido, ¿cómo recibiste el hecho de que Nasir Catriel y fasciolo hayan sampleado dos canciones de la banda en “Ballet para las Masas”?
Eso fue tremendo. Primero porque me lo escondieron [risas]. Yo empecé a trabajar con Santi en “fasciolofía” y en el medio me iba mostrando maquetas de otras cosas en las que estaba trabajando, entre ellas “Ballet para las Masas”. Sin conocerlo a Catriel ya me di cuenta de que era increíble. En un momento le pregunté a Santi cómo iban a grabar el disco. Me dijo: “No sé, no tenemos nada de plata…”. Le respondí: “Me subo, hagámoslo, pero reunámonos, que tampoco soy Papá Noel [risas]”. Nos reunimos los tres, me mostraron más maquetas y dentro de esas maquetas aparecieron ‘Las Nuevas Olas’ y ‘La Vuelta a los Díaz’, que eso no me lo habían dicho. Fue anterior a la amistad y a que les ofrezca trabajar en el disco. Las únicas dos clases que tomé para trabajar en lo que trabajo hoy fueron sobre cómo samplear. Lo primero que hice en mi vida fue samplear un disco en vinilo. Que me hayan sampleado ellos fue un círculo impresionante. Fue realmente un sueño.
Después de la etapa Sucesores, ¿cómo fue repensarte como solista?
Fue natural. Yo ya había sacado un disco solista antes, “La Sombra del Primero” (2015), pero la banda eran los Sucesores, entonces era medio trucho [risas]. Cuando terminó esa etapa yo no pensaba seguir tocando. Vos ensayás con una gente durante veinte años y de golpe ya no está más. Ya no pensás en armar un show, en mandar el disco a tal lado. Todo eso desaparece de tu vida. La parte de hacer música seguía estando, pero lo grupal ya no. A mí en ese momento me resultó un alivio no estar más pendiente de eso, pero justo después vino la pandemia. Ahí, sin tener idea de nada, hice los temas que terminaron estando en “Estribillos”. Con gente de mi generación no me quería juntar más a tocar. Tenía la percepción de la nueva camada, pero no conocía prácticamente a nadie. Había tenido un primer contacto con Barfeye y con Piwi [artistas rosarinos], iban apareciendo amistades, pero fue todo en transición. Y durante la pandemia, Los Versos se armó por sí solo. Con Lisandro Valdelomar y Guido Castellotti, bajo y batería del grupo, nos fuimos pasando maquetas a lo largo del encierro. Lichu ya sabía algunos de mis temas y con Guido ya había pensado en grabar, así que naturalmente empezamos a tocar juntos. Nos juntamos a zapar acá en la sala. Yo les propuse hacer covers, pero ellos me dijeron: “Somos tu banda”. Ya venían tocando con Nachito Seret en otros proyectos y lo llamamos para tocar el teclado. Nacho es Dios: llegó sabiendo todos los temas. Al poco tiempo empezamos a armar el vivo y a partir de ahí el disco se fue transformando. Terminé regrabando distintas cosas con cada uno. Mis ganas de tener una banda de vuelta tuvieron que ver cien por ciento con ellos. Sino no se hubiese armado.
A la hora de encarar una obra nueva, ¿qué te aporta el bagaje de los años que llevás como músico?
A veces la experiencia puede ser un problema, porque está directamente ligada a la expectativa. “¿Cómo yo voy a hacer un disco que suene mal?”. “Ese tema es demasiado simple”. “¿Cómo voy a tocar en este lugar si llevo tocando tantos años?”. De ese tipo de ideas me solté. Tuve que desprenderme de mi experiencia para poder arrancar otra vez. Me juntaba con los chicos y por la edad ellos no habían vivido la etapa de los Sucesores, no conocían mi historia. La banda, mis canciones, mis colegas, todos los lugares donde les contaba que tocábamos; para ellos todo eso no significaba nada. Lejos de ser un golpe al ego, eso para mí fue la oportunidad de ser un nuevo Dani Pérez. Por otro lado, en “Estribillos” la buena parte de la experiencia se vio acentuada. Tenía claro qué errores no quería cometer, cómo resolver algunas cosas más rápido y que trabajar en equipo me gustaba mucho más. Además, en otros discos ya me había dado el gusto de tomar ciertos caminos, ahora ya no estaba para irme por las ramas. Porque un disco es como un obsesionario, ¿viste? Podés meterte en una espiral y no salir nunca más.
¿Qué tuvo de distinta la creación de “Estribillos” a la de los demás discos?
Aunque es cancionero, compuse mucho desde el bajo y desde el piano, entonces aparecieron otras sonoridades. Construí más a partir del groove que de la armonía. Me gustó explorar ese lado mío que en los Sucesores no había aparecido tanto, más ligado al soul y al gospel. Me gusta ser camaleónico y a la vez encontrar un sonido que la gente pueda identificar. El mayor elogio que puedo recibir es que alguien diga “esto suena a Dani Pérez”.


Comparto una confidencia: el mismo fin de semana en el que esta entrevista fue realizada, coincidí con varios músicos rosarinos, la mayoría de ellos sub-veinticinco, y al contarles que iba a reunirme con Dani, su reacción genuina fue de admiración. Pero no esa admiración petrificante, condescendiente, que se suele tener hacia alguien que alguna vez supo ser genial. Era un respeto en tiempo presente. “Dani es un fenómeno”, “Dani es el mejor de todos”. Asombrado, me pregunté cómo alguien que transitó la totalidad de su carrera en una misma ciudad pudo recibir semejante aprecio de parte de gente que ni siquiera pertenece a su generación. En el plano de la canción, el puente se limita a habitar el presente. Poco le pesan las estrofas que le anteceden, y eso lo vuelve tremendamente generoso: solo piensa en el estribillo que tiene por delante. Dani es, sigue siendo, y su forma de ser es ayudar a otros a que sean. Todo lo que fue lo dejó escondido en sus canciones, y todo lo que es se esconde en el imaginario de cada uno de los artistas con los que comparte hasta hoy. Dani Pérez es todo lo que Rosario puede decir de Dani Pérez y, a la vez, el secreto mejor guardado de la ciudad.
Nunca es uno, siempre los demás
La próxima
Audioburó Estudio es donde ese secreto se pronuncia. Cuando ganó el premio a mejor disco rosarino por “Estribillos”, Dani cerró su discurso de aceptación pidiendo “un aplauso para la cultura rosarina, que somos nosotros, los que estamos acá”. En definitiva su propósito es ese: reunir en una misma sala a quienes conforman la cultura rosarina y aplaudirla como recordatorio de lo que es capaz de lograr.
Cuando la idea de abrir Audioburó se convirtió en un proyecto concreto, ¿qué tenías en mente?
Yo me dedico al audio desde los veintitrés. Desde ese entonces es mi trabajo principal. Empecé en un lugar más chiquito que este y eso ya era Audioburó. Pero al tener la sala de ensayo de los Sucesores en zona sur, que nos quedaba bastante lejos, empecé a imaginarme tener todo junto en un solo lugar. Lo que también imaginaba era que fuera un lugar de encuentro. Que la gente viniera a tocar y yo pudiera compartirle mis instrumentos. Soy fan de la síntesis desde chico y recién pude tocar el Minimoog, que es la epítome de la síntesis mundial, cuando fui a La Siesta del Fauno. Cuando pude comprarme el mío, lloré. Hace poco organizamos un open house en el estudio: dejamos prendidos todos los instrumentos y todo aquel que venía podía tocar lo que quisiera. Ahí quizás tenías pibes de veintiún, veintidós años que ya estaban tocando un Minimoog. Al no haber tenido ese acceso, me parece valioso que otros lo tengan. No me da miedo que se rompan cosas, que venga gente que no conozco tanto o que haya mucha gente en el mismo lugar. Yo abro la puerta diciendo: “esto también es tuyo y como es tuyo, cuidalo”. Ha venido mucha gente y no pasó nada raro, así que algo estamos haciendo bien. Nuestro slogan es “play the music” y años después creo que lo estamos logrando.
Fer, acá te podés sumar: ¿Cómo se dio la decisión de empezar a trabajar juntos?
Fermín: Empecé a trabajar con Dani pasando pistas en Los Versos. Habíamos tenido alguna que otra interacción y sabía que él estaba al tanto de mi trabajo porque me recomendó para algunas mezclas. Yo también había llevado a un par de bandas a masterizar sus temas con él. Me acuerdo que un día me dijo de juntarnos a hablar y yo pensaba que era en función de pasarnos laburo entre nosotros. Cuando me propuso sumarme al Buró no lo vi venir ni en pedo. En un laburo como el nuestro es jodido encontrar reconocimiento externo. Y la propuesta cayó justo en un momento en el que estaba considerando sumar un trabajo más. Así que me dio pilas, me motivó a aprovechar la oportunidad y darle movimiento al estudio. No me lo tomé simplemente como “dejo de trabajar en mi casa y me paso al Buró”, sino como “ahora el Buró tiene este nuevo espacio”. Empecé a pensar al estudio como un conjunto. Al fin y al cabo lo que le da fuerza es lo colectivo.
Dani: Siempre quise compartir el estudio con alguien más. Fabricio Silvestri, con quien co-fundé los Sucesores, es socio del Buró pero desde un lugar financiero y logístico. Necesitaba un socio técnico. O simplemente alguien con quien tomarme una pausa y charlar de cosas ñoñas, porque el trabajo de estudio puede ser muy solitario. A medida que fui trabajando cada vez más con Fer, nos fuimos haciendo amigos y me di cuenta de que era la persona indicada. A la vez veía que podía servirle como salto profesional: yo también me moví a un lugar más grande a su edad. El salto tiene sus dificultades, pero al final trae mucho crecimiento.
En un contexto en el que predominan el home studio, el do it yourself y la digitalidad como una extensión de la música misma, ¿qué valor encuentran en el trabajo que se hace acá?
Dani: Para mí esto de declarar a los estudios como innecesarios tiene que ver con una cuestión capitalista de siempre reemplazar una cosa por otra. En el mundo de la síntesis se vio muchísimo. Venías tocando un piano, era muy grande para llevarlo de gira, entonces: “Tomá un Rhodes”. ¿El Rhodes desafina? Bueno: “Tomá un piano digital, que tiene presets, el Rhodes no sirve más”. “Ah, pero este otro tiene más presets”. “Ah, pero ahora este tiene samples”. Con los vinilos, los cassettes y los CDs fue lo mismo. Y es lo mismo con los estudios. Es una cuestión de conveniencia económica. Claramente es más práctico hacer música solamente con una compu y unos auriculares. Pero mi amigo y gran maestro Ernesto Romeo decía: “Yo elijo tocar todas estas cosas. Quizás la gente no entienda lo que hago, pero entiende que la estoy pasando bien”. Esto es lo que yo hago para pasarla bien. No es conveniente. Una orquesta tampoco lo es, pero eso tiene que ver con el negocio, no con el arte. Nadie que esté todo el día haciendo música con la compu preferiría no venir al estudio si pudiese. Yo viví la época en la que para grabar en estudio tenías que ir de parte de un sello. También arranqué con una compu y una plaquita. Y sé que con eso se puede lograr algo igual de bueno, aunque el proceso sea una verga. Ahora que viví lo otro, sé que me gusta mover perillas. El estudio tiene la capacidad de aislarte de tu casa y del resto del mundo. Eso es una magia espectacular.
Fermín: Tanto el hardware como lo digital son herramientas. La compu fue mi manera de introducirme en la música. Descubrí que hay sonoridades que solo pueden nacer de ahí. A la vez hay algo muy positivo en habitar un espacio físico. Te permite estar con otra gente, que es necesario. Para los que crecimos escuchando música hecha en un estudio, si no abrimos esa puerta hay algo que se desconecta. Si solamente entrás desde la compu, no entendés del todo cómo funciona la música que aprendiste a amar.
Dani: Lo que está bueno del estudio es que hay que resolver. Estás pagando por algo con lo que vas a contar por poco tiempo, así que tenés que rebuscártela. Y ahí empezás a tomar decisiones. Poder decidir sobre un producto todo el tiempo hace que nada termine de definirse. La música que más me gusta es la que tiene cosas que se decidieron en el momento. Hay una frescura que se transmite aunque no entiendas nada de técnica. El estudio te obliga a construir tu oficio, a tener tus propios trucos bajo la manga.
A partir de los workshops se generó un flujo educativo en el estudio. ¿Qué te interesa transmitir en esos espacios?
Para mí es muy importante que la parte educativa suceda. Yo soy cien por ciento autodidacta, pero tuve la suerte de formar parte de cursos dados por ingenieros internacionales en Buenos Aires. Por ejemplo, estuve con Gordon Raphael, productor de “Is This It” (2001) de The Strokes. Fue una suerte enorme poder aprender de la gente que modela la música que escuchamos en todo el planeta. Emociona ver las ganas que tienen de compartir lo que saben. Y es loco darse cuenta de que son como uno. Los plugins son los mismos, los micrófonos son los mismos, todos arrancamos igual. Lo interesante está en escuchar lo que ellos hicieron con su suerte. Gordon, por ejemplo, era un bro que tenía un estudio chiquito como cualquiera de nosotros, que iba a los bares y dejaba su tarjeta a las bandas ofreciéndoles grabar, y resultó que una de esas bandas fue The Strokes. Abrió con nosotros el proyecto de ‘Last Nite’ y tenía doce canales. Ese era el sonido de The Strokes. Podrían haber usado los mejores instrumentos, los mejores parlantes, pero nada de eso hizo falta para volverse un clásico que va a vivir en la música para siempre.
En mis workshops trato de transmitir eso: “Hacé con lo que tengas, pero hacé”. Yo aprendí sin nada y fueron muchos años así. De hecho “La Sombra del Primero” es un disco hecho en un departamento chiquito en el centro con muy poquitas cosas. Fui a Chile a un workshop de Mick Guzauski, que mezcló “Random Access Memories” (2013) de Daft Punk y en la instancia de presentar las mezclas de cada uno, mostré ‘Tené Cuidado Yo Podría Destrozar Tu Corazón’, una canción del disco. El loco solo felicitó dos canciones: la de Brian Iele, que había grabado en Estudio El Pie con una banda zarpada, y la mía, que grabé en mi departamento con dos pesos. Esa cosa punk de hacerlo vos mismo, que el rap asumió completamente, es la que va. Y esa cosa consumista de que tenés que tener los mejores fierros simplemente no es cierta. Sin duda es mucho mejor técnicamente. Ahora: no hace falta nada de eso para hacer un buen tema. Para mezclarlo tampoco.
Antes mencionabas que te encontraste con una nueva generación de artistas rosarinos. ¿Cómo ves el presente artístico de la ciudad?
Todo lo que me encontré en 2018 prometía muchísimo y cumplió. Caliope Family, Groovin Bohemia, Bifes con ensalada; los ves ahora y están todos rompiéndola. Después de eso apareció una generación más joven aún, que la está rompiendo pero desde el lugar de promesas. Tengo una mirada bastante positiva. Habiendo sido testigo de casi tres generaciones de música, puedo decir que sin duda esta es la mejor que tuvimos, tanto en calidad artística como en cantidad de gente trayendo esa calidad. También veo una apertura genuina, una actitud más horizontal de compartir la data. Creo que eso siempre estuvo, pero nunca se sintió tan bien como ahora. Eso sí: las condiciones siempre son un garrón. Generalmente cuesta separar las condiciones de la música en sí. La música está re bien. Pero ni desde el privado ni desde el Estado hay una respuesta real, son todos golpes en la oscuridad. Pareciera ser que la única salida sigue siendo la terminal de ómnibus [risas]. La idea de irse a vivir a Buenos Aires sigue estando muy presente. No es una tragedia, tampoco debería ser compulsivo. Lo ideal es que sea una opción: si querés, podés. Aunque, desde mi experiencia cercana con “Ballet para las Masas” y lo que generaron los chicos desde acá, quizás no haga tanta falta irse.
Al principio de la entrevista decías que no sos nostálgico. ¿Qué es lo que te da esperanza de la música?
El momento actual está muy negro. Tenemos presidentes muy dementes que están cerca de botones rojos muy peligrosos. Tener esperanza no es tan fácil porque todo puede cambiar muy drásticamente. Hace unos días Trump declaró que iba a borrar de la historia a una civilización entera. Lo leí mientras tomaba un café y dije: “hoy quizás se termina todo”. Lo que me da esperanza es juntarme con los demás. Los algoritmos son un bully para la humanidad y nosotros como especie ya no soportamos tanto. Frente a eso, ¿a qué volvés? A juntarte con amigos, a hacer un tema, a la presencialidad de un recital, que sigue siendo irreemplazable. Estar con otros no se negocia, es un ritual. Creo que el ser humano a través de la tecnología empezó a buscar la perfección, la pureza, lo perfectamente acabado. Y nosotros no somos así: somos sucios, nos rompemos, las cosas se nos rompen. Por eso nos gusta el vinilo, por eso nos gusta ir a un recital, transpirar, que nos empujen y nos caiga cerveza. Nadie va a quejarse de eso, porque tiene que ver con cómo somos. No somos tan civilizados como pensamos. No podemos controlar todos los resultados. Por eso la música sigue sobreviviendo como arte: aunque sean los mismos acordes de siempre, cada tanto viene un loco a proponer algo completamente nuevo.












