Si algo representa la muerte del Indio Solari en la industria de la música es la falta de ídolos populares, cada vez más evidente en el ámbito artístico. Sin embargo, la música contemporánea argentina es rechazada por un sector no menor de la sociedad. Este rechazo, muchas veces infundado en críticas sobre la calidad musical, la impostura o la ausencia de instrumentos, melodías y virtuosismo, no representa ni de casualidad lo que se está gestando fuera del Top 50 de Spotify. Lo curioso es que esa reacción ante una nueva música argentina, que escapa de la hegemonía del rock nacional, fue atendida por el mismo Solari, que ya en el año 2000 reflexionaba sobre la respuesta de “Último Bondi a Finisterre” como un álbum que rompía dicha hegemonía con la que se lo asociaba.
Solari ya hace 26 años definió que la búsqueda de la juventud por un sonido diferente al instaurado socialmente era algo natural, ya que no se puede ser joven sin buscar aventurarse en la vida. En este caso, se podría profundizar este debate, no solo con la industria del “trap”, que rápidamente se volvió el centro de la escena, también con los circuitos del Hip Hop, el emo, el pop experimental, el R&B en Rosario o el nuevo hardcore que suena en antros bonaerenses y hasta está escapando de la periferia. El potencial musical de las movidas que interpelan a la juventud es subestimado. Porque, aun si el mismísimo Gerard Way de My Chemical Romance para su show en Huracán apadrina a la banda Nenagenix, estos no logra romper ese techo invisible.
En el caso del Hip Hop, las críticas se pueden hacer desde el desconocimiento o la ignorancia de lo que representa en la sociedad argentina, y cómo, con las transformaciones sociales, se convirtió en sinónimo de la juventud. El pibe de los astilleros se volvió el turro que ve zapatillas colgadas en su barrio, como dice Mir Nicolás, el mayor exponente argentino, en “Tierras Raras”, un proyecto colaborativo donde Dano, Cerounno y H de Perra se proponen demostrar a qué nivel de calidad llegan.
Decir que el Hip Hop puede llegar a ser más que el rock para la sociedad en el año 2026 trae a colación otro debate, que es el de la “bananización” de la sociedad argentina, o “la pérdida de valores”. La mera mención a Malandro de América como un referente musical moderno daría lugar a la discordia, por cómo contrasta con lo que han sido nuestros músicos a lo largo de la historia, pero al mismo tiempo, no desentona. Después de todo, este país es la casa de Mercedes Sosa, a quien, aunque genera controversia, seguimos abrazando.
Hay un componente “marrón”, como se dice despectivamente, en la cultura de la música argentina, y no es solamente el trabajo de Malandro. Milo J, a días de haber salido “La Vida Era Más Corta” —un álbum que trajo la música folklórica, la zamba, la milonga y la chacarera de vuelta a escena—, se tomó el atrevimiento de decir que “Argentina es marrón” y eso levantó polémica. El colectivo “Identidad Marrón”, una organización que se creó para visibilizar y combatir el racismo estructural, el colonialismo interno y la invisibilización de las personas con fenotipo indígena, busca romper el mito de la Argentina homogénea y blanca al reivindicar el “marrón”. Con esta base podemos ver cómo gran parte del público con una ideología política más conservadora o “blanca” se expuso a sí mismo, no solo por su evidente rechazo, también por su desconocimiento. Pero este debate no excluye a propios, ya que siempre se ha analizado la música argentina desde una perspectiva porteña. Curioso es que este debate es universal. No importa la ideología, sino algo mucho más profundo y arraigado a nuestra historia: la batalla por la federalización.
¿Se han puesto a pensar cómo los grandes referentes de la música argentina no solo salen de Buenos Aires, sino que condicionan a que la música se entienda desde el lente porteño, o sea, uno de clase media? ¿Dónde queda el interior, o el conurbano? ¿Es justo hablar de música argentina sin tener en cuenta los trabajos nacidos en la marginalidad? Una figura cuestionada en La Joaqui tomó el escenario de los Premios Gardel para discutir sobre la música que nace en estos espacios y que es la expresión de las clases sociales menos pudientes. Ella reconoció que no hacía “música” y que no tuvo las herramientas para aprender a tocar un instrumento. Cuando Milo hablaba de Argentina siendo “marrón”, y cuando hablamos de música “marrón”, nos referimos no solo a lo marginal, sino a lo que escapa del discurso musical pudiente. Los trabajos nacidos fuera de la burbuja o la hegemonía que irrumpieron y cambiaron las cosas como las conocemos. Por esto Milo reivindica la figura de la música “marrón” como parte indudable de la cultura argentina.
Y parece que el Indio pensaba lo mismo, porque el mismo Malandro, tan controvertido como puede ser, reveló que se había ganado el respeto y el cariño de Solari. Él mismo había colaborado con Gaspar Benegas, el guitarrista de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, la banda a la cual se le otorgó la misión inclaudicable de cuidar el legado del Indio. Esto muestra que la conexión del ídolo no solo con el rap, sino con la música contemporánea, va más allá. También respaldó a otros exponentes modernos, como Lali, a quien se refirió como “la muchachita que llena estadios”, o WOS, con quien colaboró para su último álbum —algo que Solari no hacía nunca, y que se venía gestando desde ‘Luz Delito’, donde WOS hacía referencia al clásico ‘Queso Ruso’ (“Fíjate siempre de qué lado de la mecha te encontrás”).
Indudablemente, uno de los géneros más “marrones” en Argentina últimamente es el Hip Hop en todas sus variantes. La mayor crítica hacia el mismo, partiendo de una base conservadora, es que no tiene melodía o armonía. Es una perspectiva limitada, eurocentrista e incapaz de comprender las transformaciones de los lenguajes artísticos. Frente de esa idea, las figuras de nuestra música han demostrado que no tienen la necesidad de responder a esos reclamos, sino seguir militando la innovación y las ganas de crear algo nuevo como bandera, que escape de los consumos usuales y se meta en territorio inexplorado. La segunda mayor crítica es "que no es nuestro", que viene de afuera. Entonces, la respuesta fue empezar a adaptarlo a la realidad argentina. Empezar a hacer que tanto la cultura como los géneros musicales puedan ser “nuestros” o, inclusive, complejizar el debate, tomando la cumbia villera o el RKT, otro caso de música “marrón” o marginal, y comprender qué características que los emparentan. Y ahora, que técnicamente el Hip Hop está checando todas las casillas vacías para la discusión musical, se limita a señalarlo como música “marrón” o simple.
Es común que se ignore esta parte de la discusión, pero el Hip Hop y la música “marrón” argentina están conectados por las mismas circunstancias. Sabiendo que nació de manera independiente y se abrió paso en los barrios bajos de Estados Unidos como una suerte de resistencia, volvemos al Indio y proponemos la teoría de que lo que él hacía no está muy alejado. Si el rap en Argentina, además de ser parte de la música contemporánea desde hace décadas con Actitud María Marta, Illya Kuryaki & The Valderramas o Sindicato Argentino de Hip Hop, comparte similitudes con la cultura ricotera, la cultura de la cumbia y la cultura de la música denominada “marrón”, se puede plantear un hilo que los conecta.
Hay muchas personalidades, como el tan infame Leandro Serodino (Simioteca) que se posicionan desde una perspectiva clasista, tajante con lo que él considera la decadencia de la música en Argentina. Curiosamente, ese pensamiento nace de su rechazo a la música “marrón” al ver, por ejemplo, su análisis del Tiny Desk de Milo J, cuando dice que “es un cotolengo de sabores sin valor artístico”. Serodino también subestima la producción de canciones de trap diciendo que favorecen a la satisfacción inmediata, pensando, de manera ignorante, que producir un tema de trap en 2026 es solo apretar botones.
Una lógica similar seguía el debate del autotune, hasta que se demostró incontables veces que se puede utilizar como un recurso más que útil para los géneros musicales contemporáneos. Sin embargo, remontémonos a la cumbia villera y como se la infravaloró musicalmente por pensar que era “simple” o que no era tan prestigiosa como los grandes exponentes de rock de la época. Si la historia siempre encuentra la manera de repetirse, eso implica que ahora el Hip Hop es el fenómeno representativo de la sociedad argentina.
Reconocemos que decir que el rap argentino está siendo más representativo de la sociedad en la crisis mileísta que un, digamos, “neo-rolinga” es una declaración atrevida que mucha gente atribuiría a la ignorancia. Es una afirmación que choca directamente con la hegemonía del rock, la misma que el Indio criticaba y hasta desafió en “Momo Sampler”, un álbum que se podría conectar con el Hip Hop, no solo por ser la materialización de todo lo que hace a la cultura ricotera, sino por adentrarse en un territorio desconocido, a través de samples o el diggin’ de sonidos únicos (‘Sheriff’, por ejemplo, suena como una base que usaría MF DOOM). Quizás por eso una obra como “Ballet Para Las Masas” de Nasir Catriel y fasciolo sea tan representativa de la sociedad argentina. Álbum que, de hecho, fue apadrinado por el mismísimo Litto Nebbia, quien dispone de una naturaleza melómana.
Hasta los mismos raperos deciden abrazar la influencia del Indio, ya que en el mismo proyecto que menciono hay diferentes frases que podrían ser tatuadas en cualquier brazo por el componente poético que tienen. (“Ballet para las masas, la comunión de las razas / Provoca días de lealtad y octubres en la plaza”). El Hip Hop argentino, finalmente traducido y adaptado a la realidad social de este país, identificable con el pibe de barrio bajo, es capaz de evocar las visiones de mundos lejanos, creados como parte de la experiencia de escuchar una canción (“Hombres miran al sudeste sin saber qué buscan / Sueños se queman lento como carbón en la hookah / Recordaba esos recreos masticando bazookas / Merendando campeones con el Nesquik sin azúcar”). Tiene lo abstracto de una metáfora, lo cómplice y divertido de una referencia a la cultura pop y la energía de un punchline que es un grito de resistencia ante algo que solo se puede expresar a través de la música, sin caer en el activismo performático. Siguiendo esta misma idea, genera rechazo decir que Solari pudo haber hecho Hip Hop en “Momo Sampler”, pero el estilo de vida ricotero tiene muchas similitudes, ya que ambos son movimientos que no se entienden como música, sino estilos de vida e identidades marcadas. El ricotero se define por cómo actúa, cómo se presenta, los valores que tiene, lo que aprendió de la obra del Indio, y eso no es muy lejano a lo que decía KRS-One: “Hip” es intelecto y conocimiento. “Hop” es el movimiento o la acción que lo pone en práctica.
Aun sabiendo todo esto, cada joven que puede llegar a decir que el Hip Hop puede ser argentino es atacado con declaraciones que cuestionan su conocimiento musical, o lo que se percibe como “buena música”. Mientras tanto, uno de los pocos artistas que ha sabido adaptar las melodías spinettianas a su obra sin caer en la impostura es Mir Nicolás, que salió a la cancha con “SP.I” en el año 2024, un proyecto de rap cargado de “spinettaje intenso” con samples de ‘Parlante’, ‘La Grasa de las Capitales’ de Serú Girán, un skit de interludio con la voz del Pity Álvarez y un tema donde refiere al mismísimo Astor Piazzolla: “Astor Piazzolla sabía de mí, hablando de Alas / En la cancha como Callejeros alzando bengalas”.
La experimentación también es parte indeleble de la música argentina. En “Momo Sampler” hay cuarteto, candombe, murga, carnaval, samplers y un sonido travestido que acompaña un aire siniestro pero íntimo. Tomando las palabras del mismo Serodino, ese álbum es “un cotolengo de sabores”. Un sentimiento similar al de ese proyecto atraviesa la estructura de “Valle Chakal Ki” de Alkoy, un proyecto que está hecho como un tributo a la música salteña, que es de donde proviene el rapero, y también está cargado de un aura única que lo hace destacar.
Te van a hacer zapatear pa’ que vuelva la zamba
Golden Era en Argentina is coming
Da igual la vara y quién la mantenga más alta
Qué caravana, de jarana con Jano y palabra santa
Era Dorada
Pero entonces, si el Indio llamaba hace dos décadas a que los jóvenes experimenten libremente con el género, ¿por qué es que dicho joven hace el clásico conservador de entrada para caer bien? ¿Solo buscamos adentrarnos en la música argentina cuando vemos algo similar al pasado? ¿Buscamos constantemente “el nuevo tal” en vez de invertir en nuestro país? Podría ser nostalgia, pero el futuro llegó hace rato y hay muchos que han jugado con la música, le han agregado carácter, identidad y pertenencia a cosas que ni siquiera eran nuestras de raíz.
Podríamos reducir la discusión a lo generacional, al choque de identidades, a la diferencia de consumos, pero el Indio ya sabía que el público se incomodaba cuando había algo que escapara de su zona de confort. Por ello hizo “Último Bondi a Finisterre”, y por ello profundizó en la misma dirección con “Momo Sampler”.
Es fácil decir que Argentina no tiene buenos artistas desde la época del rock de los 80. Es una creencia popular, o una actitud normalizada en la discusión musical que rodea a este país, aun si quienes se mencionan no hacen solamente rock and roll (siendo el caso de Los Redondos, por ejemplo). Lo que sería difícil o controversial es decir que la ausencia de ídolos populares puede ser una consecuencia de que repitamos los mismos clásicos buscando los mismos sonidos. Quizás no hay ídolos porque no se hace el esfuerzo de adentrarse en el arte de la música con autonomía, sin esperar a que una banda aparezca mágicamente o que un algoritmo diga quién tiene que sonar.
Después de todo, la misma escena en la que germinó Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota es la siempre voraz escena platense. Y si Los Redondos pudieron ser la competencia directa de un gigante de la industria como Soda Stereo, ¿qué impide que las escenas emergentes puedan representar la música argentina por encima del deseo de Spotify? La música argentina está muerta si la escuchamos con una naturaleza sumisa y no hacemos el ejercicio de decidir qué escuchar.
Cuando el Indio saludó a Malandro, le dijo que su música era una evolución de muchas cosas, y quizás, entre esas cosas, está la música “marrón”. La zamba, la murga, el candombe, el carnaval, la cumbia o simplemente la música que represente al pueblo. Y esto no es solo hacer referencias a la cultura argentina o juegos de palabras ingeniosos. En la nueva ola hay una federalización que no es lo más común en Argentina. Podría ser la primera vez que, en una ola de músicos tan extensa, los referentes escapen de la city porteña, con figuras de Tucumán, San Luis, Córdoba o Santa Cruz comiéndose todo.
Doly Flackko, por ejemplo, es de Río Gallegos. Los susodichos Nasir Catriel y fasciolo son de Rosario. Y si hay artistas que son de Buenos Aires, son del Conurbano, como el caso de Mir Nicolás, de Pablo Podestá, o Cerounno, de José C. Paz. Esta camada de artistas podría figurar como los poetas del siglo XXI, y algunos son “marrones”, negros o mestizos. Esto no representa una “pérdida de valores”, sino la idea de que la cultura argentina va más allá de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y que la música sirve como una herramienta para plantear una mayor independencia. Y al final del día, lo que hizo destacar al Indio fue eso: la independencia. Entonces, el hilo conector entre el Hip Hop argentino como el género que podría asomarse a conmover a las masas y el más grande ídolo de la música argentina podría estar ahí, en la idea de un arte 100% nuestro, que hagamos crecer en frente del deseo de una industria, o en este caso, un algoritmo.
Si Litto Nebbia abrazó “Ballet Para Las Masas”, y Lucrecia Martel se conmovió con “Valle Chakal Ki”, ¿qué nos impide hacerlo también?
Escucha "Momo Sampler" (2000) Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota en Tidal, Apple Music, YouTube y Spotify:












