El nuevo jazz canchero

Colectivo Obligado, Latelonius, Ekathé, Fuego Fatuo, Joaquín Vanrafelghem y otros tantos comparten la batuta de una movida argentina de jazz-funk y nu-jazz en pleno crecimiento que hemos convenido acuñar "jazz canchero". Así viene la mano.

Kamaal Williams, el ya mítico tecladista inglés también conocido como Henry Wu, publicó su trabajo “Last Night in Paris”, siendo este su primer LP desde “Stings” de 2023 y trayendo nueva vida al nu-jazz inglés. No sabía qué hacer con mis ganas de hablar del disco, hasta que, este último mes, me crucé con tres hechos que creí no del todo inocentes. 1) En un evento de un local de ropa, en San Isidro, rodeado de gente linda, cheta, canchera y feliz que comía queso y tomaba vino, tocó una banda de jazz fusión, el Gonza Otto Groove Quartet; la lista de temas fue muy buena, pero contó con la particularidad de empezar con uno de Yuseff Dayes. 2) En el patio de la Facultad de Filosofía y Letras, después de otro aburrido evento de revistas independientes que yo mismo organicé, apareció como por arte de magia una banda, Pequeño Tirano. Sinceramente, me pasaron por encima. Una bomba atómica, pero también dentro del amplio espectro del jazz fusión. 3) Fui a ver a Vinocio gratis en el CCK, y recordé que la única vez que los había visto había sido cuando telonearon a Kamaal Williams en Niceto. Y entendí: o algo está sucediendo hace tiempo con el jazz fusión en Argentina, o lo que me pasó a mi en septiembre de 2026 fue sólamente una consecuencia gratuita que demuestra que puedo inventar patrones a gusto y disfrazarlo de descubrimiento. 

La enfermedad taxonómica

Hablábamos con mis amigos después de una fecha de jazz en el bar del momento. “Jazz es batería, bajo y piano. Otra cosa no es: los negros bailando en un sucucho, moviendo las patas. Después ya fue cualquier cosa” decía uno, envalentonado por los negronis. Saltó otro y le dijo “pero entonces ¿Wes Montgomery no es jazz?”. “No, es una verga Wes Montgomery, me chupa los huevos”, le responde. “Pero ¿Coltrane tampoco?”, indignado: “Con Coltrane ya se rompe todo, igual banquen: yo tomé mucho, no sé bien qué estoy diciendo”. Hoy, unos días después de escucharlos, sufro un resfrío exagerado. Si bien puede tener que ver con el frío polar y húmedo del eterno invierno porteño y con el deplorable estado de mis defensas que sufren mi consumo diario de alcohol y la ausencia de frutas y verduras en mi dieta, sospecho que en realidad es otra cosa. Mis amigos, me parece, me contagiaron la enfermedad taxonómica.

La taxofilia de la crítica musical fue siempre un problema, pero para hablar de música popular contemporánea, empapada totalmente de fusiones incluso improbables, parece casi ridículo. El rock más pesado lo padece quizás como nadie: metalcore, posthardcore-emo, core a secas, hardmetalsademohardpostcore y demás etiquetas al borde del absurdo se revolean como si fuesen documentos de identidad entre los fanáticos del (los) género. Pero estas no son sólo discusiones de bar. Incluso en los medios más tradicionales de periodismo de música popular uno se encuentra con títulos como el neo-rolinga sin terminar de entender en qué consiste el rolinga de la música de reybruja ni qué es lo neo de Autos Robados. Casi podríamos decir que la tarea exclusiva de la crítica de música popular, su forma de canonizar, es nombrar y categorizar. Llegar primero a un nombre original es más importante que encontrar una manera mínimamente coherente de justificar su orígen. “Esto es x”, y no mucho más.

El rock argentino, sin embargo, atravesó siempre las turbulentas aguas de la taxonomía. En el número 30 de Punto de Vista, de 1987, Pablo Vila explora el asunto en un muy buen texto titulado ‘El rock. Música argentina contemporánea‘, preguntando si el rock nacional no es en realidad música de fusión y qué es entonces lo argentino del mismo. ¿Cómo nombramos a un género musical teniendo en cuenta su infinidad de referencias e incluso las diferencias dentro de su espectro? ¿Qué tan regional puede ser un género global? Es, al fin y al cabo, la misma discusión de ‘El escritor argentino y la tradición‘: ¿necesita el arte argentino un elemento eminentemente nacional para ser llamado así (dígase la fusión con algún género autóctono o la representación del territorio o cualquier otro símbolo patrio), o es argentino simplemente por haber sido hecho por argentinos?

Hace poco, Twitter Argentina tuvo que sufrir mientras presenciaba una penosa discusión entre rockeros y raperos, que debatían qué género era el más argentino y representativo del momento presente. Una estupidez sin sentido, que nos recuerda que la mejor manera de ganar un debate es inventando el problema¹. Lo que llama la atención, sin embargo, es que muchos de los argumentos del lado del rap consistían en citar barras con referencias costumbristas. Pareciera que el rap argentino contemporáneo está engripado de referencialidad. Ya sea en "Ballet para las Masas", en "Promo X Cierre", en "Valle Chakal Ki", en "Los Laureles" o en "Ideas del Sur", todos trabajos buenísimos, los letristas te tiran referencias a la cultura popular argentina por la cabeza, como si eso asegurara el lugar del rap dentro del olimpo de géneros argentinos. Si bien la referencia a la cultura pop es un recurso básico del rap en todos lados, la aparición repentina de proyectos hiper-fijados con el color local es, por lo menos, notable. 

Volviendo de nuevo a Borges, repitamos: en el Corán no hay camellos. La pregunta por la argentinidad del rap argentino es tan inconducente como la que aquejó al rock años atrás, y su certificado no necesita de la fusión con géneros folklóricos ni de un sinfín de barras nombrando a Susana Giménez o a Pugliese. Pero, ¿es relevante el nacionalismo de otros géneros, también?

Eso se pregunta Tomás Cervi en ‘El Groove Argentino‘, retomando lo que planteó por primera vez en ‘«La Mano», el último álbum de Tomás Torres‘ y que Agustín Wicki expandió en este mismo portal: ¿qué es el groove y que es lo argentino del groove argentino? Encuentra, por suerte, una salida por arriba. El groove no señala un género específico, sino otra cosa (que pueden buscar en los textos citados), y su argentinidad está dada de hecho, a pesar de que nombra ejemplos contemporáneos de fusiones con géneros autóctonos, como el muy buen "Rioja" de Baltazar Clusellas. Sin dudas, se mueve dentro de ciertas taxonomías: el jazz, el funk, el R&B, el soul, el hip hop, el NeoSoul, el nu-jazz. Géneros que priorizan el swing, sin más, y que así permiten todo tipo de fusión. Pero, de nuevo ¿qué son estos prefijos extraños? ¿Nu-jazz? ¿NeoSoul? Los prefijos neo, en general, indican siempre una fusión dentro de un marco. ¿Sería el rock nacional un neo-rock por ser también música de fusión? ¿Y el rap?

Intentemos tomar un ejemplo. El jazz murió, aproximadamente, 87 veces y media, incluso antes de nacer. Si bien hay mucho jazz contemporáneo muy bueno, tradicional, para cualquier oído no acostumbrado suena como cualquier jazz, con la diferencia de escucharse con más calidad. Su poca circulación entre casi exclusivamente gente del palo hace que muchos digan, con sus razones, que el jazz se murió. El jazz fusión ya se hizo y dió lugar a otras cosas que también se murieron. Entonces, ¿qué nos permite hablar de nu-jazz? ¿Qué tiene de jazz para ganarse el título? ¿Qué sucede en Argentina con eso?

Una pobre historia del jazz fusión

Voy a trazar una cronología caprichosa y pobre con algunos puntos clave de las fusiones populares del jazz relevantes para el tema: gipsy jazz; jazz afrocubano; bossa nova; Miles Davis hace todo tipo de música durante los años sesenta culminando en el difícil "Bitches Brew"; el jazz institucionaliza su acercamiento a la música académica con el Real Book en los setenta, convirtiéndose en música pasible de ser estudiada en universidades; jazz latino; Weather Report populariza el jazz fusión y lo acerca al mundo del rock progresivo; Jaco Pastorius, Chick Corea, Pat Metheny, George Benson, Herbie Hancock, Jean-Luc Ponty y otros expanden su alcance; samba-jazz, jazz-flamenco, jazz-funk, las propias fusiones de países como Etiopía, Sudáfrica y Japón y todo lo que cabe en un etcétera. El género atraviesa un periodo de comercialización que conduce al aburrido smooth jazz de gente como Kenny G; aparecen fusiones con nuevos géneros, como el acid-jazz inglés de referentes como Roy Ayers y el jazz-rap de otros como A Tribe Called Quest; mientras los discos de jazz se convierten en samples recurrentes de bases de Hip Hop, el grupo Underground Resistance expande los horizontes de la música electrónica desde Detroit con composiciones que parecían standards sin los solos; los músicos luego agrupados por Questlove en el colectivo Soulquarians (The Roots, D’Angelo, Erykah Badu, el genial J Dilla, Q-Tip, Common, Roy Hargrove) y otros como Lauryn Hill o The RH Factor revolucionan la música negra popular; Radiohead toma infinitos recursos prestados del jazz inglés de los noventa para cambiar el rock para siempre con "Kid A". El nuevo siglo recibe al jazz como un objeto de museo o como los vientos de las canciones de Amy Winehouse; las escenas underground de Londres y Los Angeles acercan al jazz al público joven y sintetizan gran parte de esta historia: nu-jazz. Como dije, una cronología caprichosa y pobre.

¿Quiénes son los protagonistas de esta escena de jazz nuevo? En Estados Unidos, la movida de Los Ángeles (con otros puntos focales, como Chicago, Nueva Orleans o Nueva York) gira en torno a músicos como Kamasi Washington y Thundercat, que influenciaron a su vez los éxitos de tipos como Kendrick Lamar y Mac Miller, pero también están Chief Adjuah, Snarky Puppy, Cory Henry y Robert Glasper, entre otros, y un poco más lejos, en Canadá, los BADBADNOTGOOD. En Londres, gente como Yussef Dayes, Kamaal Williams, Tom Misch, Rocco Palladino, Charlie Stacey, Alfa Mist, los Ezra Collective, Nubya Garcia, Kokoroko, Shabaka Hutchings. No es nuevo a la neo-rolinga, solo por ser contemporáneo: los músicos encontraron maneras muy interesantes de sintetizar la larga historia de fusiones jazzeras que mencioné antes y que no se habían logrado en el pasado. Texturas sintéticas y electrónicas se unen a los instrumentos acústicos de toda la vida, mediados por producciones espectaculares que configuran un paisaje sonoro fatalmente contemporáneo, y que permite al mismo tiempo el sopor del mood como música de fondo sofisticada y el aceleracionismo sónico del broken rhythm como score epocal.

Los músicos, en general, se conocen entre todos, y tienen sets y discos grabados en conjunto. Por ejemplo, podríamos decir que el disco fundamental del nu-jazz londinense es "Black Focus", de Yussef Kamaal, proyecto integrado por Yussef Dayes y Kamaal Williams (del que también participó Shabaka Hutchings). Sin embargo, el trabajo con más éxito comercial de esta escena es "What Kinda Music", de Tom Misch y Yussef Dayes, que incluye colaboraciones de Rocco Palladino y Freddie Gibbs, entre otros. En fin, la cuestión es que este movimiento existe gracias al cruce constante entre varios músicos con muchas ganas de probar cosas nuevas, bien educados y muy talentosos, con una motivación general compartida: devolverle al jazz su impulso original -ser música de pista para antros oscuros- y ser conscientes de su calidad de género afro y marginal. El último disco de Dayes se llama, de hecho, "Black Classical Music", y aprovecha para sumar también influencias de géneros antillanos, afrobeat y todo el gran espectro de la música negra en diáspora del último medio siglo.

Kamaal, por su parte, lanzó "Last Night in Paris". El trabajo resume los últimos años de producción del inglés, quien, recluido de la escena que él mismo formó por un conflicto con el sitio Resident Advisor² y por sus posturas radicales frente al genocidio en Palestina, se dedicó a pasear por diferentes países del norte de África y hacer varias residencias en antros parisinos, dar clases de piano y leer el Corán. El disco, mezcla de jazz tradicional, beats de Dilla y tracks de house, es su primer trabajo con este proyecto desde "Stings", de 2023. Williams, hijo de una taiwanesa y un inglés, oriundo del sur de Londres, nunca se encontró a gusto con la cultura británica. En 2011 se convirtió al Islam y decidió cambiar su nombre a Kamaal (nacido originalmente Henry Gilbert), que significa “perfecto”. Tiene, además, un alter ego llamado Henry Wu, con el que publica house (lanzó cuatro tracks este mismo año, incluyendo un remix de ‘I Can’t Help It‘ de Michael Jackson y uno llamado ‘ARGENTINA‘) y pincha música con una consola en fiestas y radios. Ha declarado tener el síndrome de Asperger y no quiere que su música sea clasificada como jazz, sino que prefiere el término Wu funk. 

Su personalidad conflictiva y sus posturas políticas radicales no solo expresan muy bien su identidad musical, sino que también son un fuerte contraste frente al estilo de su antiguo compañero Yussef Dayes. Mientras Kamaal es más bien serio, casi punk, canchero, nocturno, imposible de vender, Dayes es bien conocido por sus outfits coloridos, sus sets al aire libre que parecen una publicidad de Coca Cola, su estética diurna y feelgood y su multiculturalismo pacifista y hippie.

El nu-jazz argentino

Si bien no son los únicos de los mencionados que se presentaron en el país en los últimos años, son los únicos dos que vi. Dentro de esta brevísima comparación que tracé entre ambos, sus recitales entran como pruebas gráficas del problema. 

Yussef Dayes tocó en el Konex. Como en cualquier evento, la fila para entrar era delatora: freaks de la música, gente que estudia en la EMBA o en la EMC o en algún conservatorio, alumnos de Puan o de FSoc y algún influencer cool y bien vestido. Del otro lado, el del VIP, músicos conocidos e influencers más cools y mejor vestidos. Además de la onda re copada y colorida del Konex, en las escaleras rojas del patio podíamos ver a Ca7riel y a Paco Amoroso con todos sus músicos y a algún otro tipo del ambiente. El telonero fue Mat Alba, nuestro propio niño mimado por la industria, hippie y desabrido, salieri profesional de Jacob Collier (copiándole incluso el mal gusto y el poco criterio para incursionar en el pop), que impresionó a todos con su habilidad para tocar la guitarra de maneras poco ortodoxas y la cantidad de octavas de su rango vocal, tal como lo haría una IA. El recital de Yussef, si bien fue increíble, lo sentí de alguna manera insípido: invitó a un chaqueño a tocar un bombo legüero haciendo un dúo increíble, su banda es espectacular y el público lo disfrutó muchísimo, pero el mensaje de pacifismo multiculturalista soft de parte de un inglés con cara de feliz cumpleaños queda en poco. Si bien hablar de música clásica negra parece ser una operación política potente, el estilo general del proyecto de Dayes pareciera demasiado liberal, casi socialdemócrata. Sus conciertos en lugares hermosos alrededor del mundo, que incluyen siempre pequeñas entrevistas al músico en las que explica lo importante que es la mixtura cultural, simulan ser a veces una versión evolucionada y mucho más sofisticada de ‘Imagine‘. Su música suele ser más tranquila, tanto melódicamente como en cuanto al tempo, generando el espacio para que Yussef se luzca con su batería y use sus mil y un platos para tocar tresillos perpetuos en un 4/4 que se asemeja a una base de rap.

Williams, en cambio, tocó en Niceto. Si bien tampoco es exactamente Cemento, el recital fue en marzo de 2024, y el calor del lugar y la cantidad de gente le daban el toque justo de incomodidad como para no sentirse en el VIP de un aeropuerto o en el Movistar Arena. Los teloneros de esa ocasión fueron los chicos de Vinocio, que estaban estrenando su disco "Horizonte". A decir verdad, gran parte del público había llegado notoriamente por ellos: outfits bloke-core con mocasines de cuero, minitas con el pelo atado con gomina y broches, bigotes cools y gorras sin viscera y tote bags poblaban las cuadras de Niceto Vega haciéndolas parecer un Lollapalooza con más olor a porro. El recital de Williams fue demoledor. En lugar del cuarteto de Dayes, formado por Venna en saxo, Elijah Fox en teclados y Rocco Palladino en bajo, Williams se presentó con un trío que incluía al baterista Peezy y el tecladista Brian Hargrove, ex miembro de los RH Factor. Sin bajo, guitarra, saxo ni ningún otro instrumento más allá de teclados, sintetizadores, cajas de ritmo y una batería eléctrica, el jazz de Williams no se parece a nada que se haya hecho antes, al mismo tiempo que combina las grandes influencias del jazz fusión en un nuevo estilo futurista. Minimalista en su formación, pero maximalista en su sonido, sus presentaciones son siempre una oda al virtuosismo y el ritmo, utilizando el clásico formato de improvisación del jazz de siempre: a partir de una idea central, ya sea una frase melódica, un ritmo o una textura particular, la banda despliega toda su habilidad siempre y cuando el público se mantenga en movimiento. Su música tiene mucho más que ver con la electrónica, con tracks largos y partes armónicas que parecen diseñadas con un secuenciador. A diferencia del show de Dayes, el acercamiento de Williams al público argentino fue distinto. Después de estar todo el recital con una campera deportiva, promediando la mitad de las dos horas que duró, confesó que lo único que conocía de Argentina desde chico y que lo volvió fanático del país era a Diego Armando Maradona. Se sacó la campera para revelar una camiseta azul con un 10 en la espalda. Durante años, de hecho, tuvo la siguiente publicación fijada en su perfil de Instagram:

La cuestión, sin embargo, es que estos dos músicos son tremendamente influyentes para la escena musical argentina. Los muchachos del colectivo Obligado se inspiraron en ellos no solo para la conformación de su grupo -incluyendo a varios proyectos que tienen formaciones estables chicas, pero que aprovechan el colectivo para hacer colaboraciones constantes-, sino que además tienen un estilo musical parecídisimo. El mencionado "Horizonte", de Vinocio, tocado justo antes del show de Kamaal, por momentos es casi un disco de covers. Lo más parecido al Wu funk que se ha hecho en el país, creo, es el EP "Drama", de Frank Iudica, lanzado este mismo año, pero el estilo general de los diferentes proyectos que participan del colectivo, como Chinwezz o la ya mencionada Vinocio, caen siempre dentro del gran espectro del nu-jazz.

Esto no es tampoco un fenómeno nuevo: vivimos aún los resabios de la primavera de la música negra en el país en la década pasada, con cantidad de proyectos de R&B y groove que se convirtieron en popularísimos e inundaron los festivales de la Capital Federal mientras el rap y el trap colmaban las listas de hits y los locales de ropa barata. Sanos hijos de Willy Crook, Illya Kuryaki, el Spinetta jazzero, la mítica Alfombra Mágica y "De Prepo" de Jorge López Ruiz, además de Nafta, Militantes del Climax, la Tiger Mood, Crewrod, Mustafunk, Lopsis, Palta & The Mood, Tapones de Punta y todo lo que sucede alrededor de Ca7riel y Paco Amoroso y sus producciones solistas, por nombrar a algunos, hay muchos proyectos muy buenos y con mucho movimiento en la noche porteña. Pasaré revista de algunos, en un ejercicio gratuito de name-dropping (¿acaso hice otra cosa?).

Los músicos de los últimos mencionados, por ejemplo, tienen su propio proyecto independiente, la UATS: tocan jazz fusión clásico y virtuoso a la manera de Weather Report y organizan fechas que son más parecidas a fiestas que a conciertos, haciendo giras por todo Latinoamérica. Javier Burín, su tecladista, también forma parte de Sacrum, un trío que hace una suerte de jazz palero experimental para fanáticos frenéticos del género. Además de ellos, existen también Ekathé, Pibes Chores, los distintos proyectos de Cirilo Fernández y algunas de las cosas que hace Hernán Jacinto o Daniel “Pipi” Piazzolla, Ramiro Flores, Fuego Fatuo, Fatoduo, Joaquín Vanrafelghem, Mojeeni, LPM Trío o los super conocidos Cindy Cats. Estos últimos, siendo mayormente músicos sesionistas de artistas mainstream, cuentan con la validación de toda la industria y arman sus fechas junto con cantantes reconocidos y validados, aprovechando la ocasión para meter data en sus covers y un estilo groovero y bailable. También existen varias bandas relativamente nuevas que se evocan a hacer un funk popero, con más similitudes estéticas con grupos como Parcels y aún con el indie de la década pasada, como Videoclub y Só. También existen Latelonius, Caliope Family, fasciolo, Bifes con ensalada y Sofia Casadey en Rosario, y probablemente me pierdo de muchos proyectos más federales por culpa de mi porteñismo fatal.

Todos estos músicos, sean más o menos conocidos, son el acercamiento al jazz que los jóvenes no especializados conocen: el casi inefable groove. De la misma manera en la que se formaron las escenas de Londres y de Los Angeles, el acercamiento a otros géneros y la vuelta a la noción de música de pista produjo que el género vuelva a entenderse como algo cool y copado para ir a ver o meter en una playlist, además de la consciencia de los propios músicos sobre lo importante de formar lazos distintos entre ellos y acercarse a públicos jóvenes para hacer crecer el movimiento. Se me dirá que absolutamente cualquier movimiento en la historia de la música hizo lo mismo, pero creo que la potencia, en este caso, es que todo tiene una impronta joven y eso brilla por su ausencia en el mundo del jazz. 

El nuevo jazz canchero propone, en su estética y su cosmética, una forma copada de ser joven en los años 20 que nos tocan. Un punto medio, quizás, entre el jazzero falopero y whiskero tradicional y el indie que mezcla sertralina con MDMA de la década pasada. Si bien es imposible trazar una cartografía completa, muchos de los proyectos y los movimientos acá mencionados son piezas clave para entender qué es lo que sucede hoy con el jazz argentino y cuáles son sus posibilidades de cara al futuro. Ninguno es Charlie Parker, eso está claro, pero si bien la calidad de las obras puede variar y confío en que irá mejorando, lo más importante es que por mera presencia lograron instalarse como una de las escenas de la música nacional contemporánea. Además, la apuesta es casi exclusivamente producir música original. Casi no tocan standards, y, cuando tocan temas de otros, suelen ser elecciones particulares que van conformando, de a poco, otro canon. Además, hacen fiestas con vinilos, tocan gratis en plazas, se visten bien, se ríen tocando y entienden muchísimo mejor el criterio con el que utilizar herramientas nuevas como sintetizadores y cajas de ritmo que cualquiera de los jazzeros viejos que aún escuchamos en cualquier festival municipal, con una irreverencia que no necesita ser fingida y que produce por sí sola legitimidad. Todo esto, sin necesidad de hacer la mejor música del mundo, tiene ya su valor y su potencia.

Lo que creo que queda claro, para los taxonomistas obsesivos, es que el prefijo “nu” está más que justificado. Entonces, cuidándome de ser mejor que aquellos etiquetadores de géneros irresponsables, me limitaré a sacar una sola conclusión, un nombre, con tal de declararme por fin crítico musical: existe una escena de nuevo jazz canchero en Buenos Aires que está muy influenciado por las escenas tan cool de nu-jazz de Los Ángeles y Londres. Su argentinidad está dada de hecho y la fusión con géneros autóctonos como el folklore no sería más que otro paso en la historia del jazz fusión.

Por lo demás, prefiero dejar solamente algunas preguntas: ¿Tendremos, de pronto, muchas fiestas de jazz fusión colmadas de veinteañeros lindos y conchetos? ¿Es esto positivo para el género? ¿Vos, fan del jazz a la Ryan Gosling en "La La Land", seguís renegando al escucharlos? ¿Logran ser algo más que buena música de fondo para tomar vinito y fumar tabaco armado? ¿Puede el jazz volver a convertirse en algo canchero o está ya condenado al olor a humedad?


¹ Para una versión no confrontativa del argumento en la que simplemente se hace una elegía del rap local, como debería haber sido desde un principio, recomiendo.

² El medio publicó denuncias anónimas en contra del músico, quien luego ganó el juicio y expuso un supuesto conflicto personal con quien escribió la nota que incluía indicios de que el resto de los músicos de la escena se “vendieron” a las grandes empresas discográficas. Sin embargo, también fue acusado de comportamiento violento contra otros músicos y productores de la escena.

Publicado el 22/10/2026
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